POR MALVA FLORES

Un lenguaje de aceros exactos
Octavio Paz

Recientemente me han invitado a participar como jurado de varios concursos de poesía y he declinado con mustias palabras de gratitud a todos ellos: gracias, pero no, gracias. Decidí no volver a concursar o a ser jurado de ningún certamen, porque el juicio, literario o no, se ha convertido en una actividad sumamente peligrosa. Si concurso y gano, malo. Si soy jurado, peor.

Ya había sido advertida sobre los embates a mi propio juicio en otras ocasiones de ingrata memoria pero el año pasado, al defender a un colega acusado de machista, la envergadura de los juicios sobre mi juicio me dejó francamente temerosa y asombrada. Traigo a cuento aquellas palabras pues me sirven para mostrar un síntoma y una enfermedad que está diezmando nuestra conciencia crítica. El problema no es, sólo, la acusación a un crítico, la manera en que se utilizan las redes sociales y la bola cibernética constituida en juez literario, sino algo más pernicioso aún, si es que esto es posible. En aquella ocasión escribí muchos argumentos, todos ellos desechados por mis críticos, pero fue un párrafo el que más animadversión provocó. El artículo se llamó «La legitimidad del insulto» y el párrafo de marras decía:

Sí, soy mexicana, soy mujer, soy mulata, soy feminista, soy poeta, soy madre de una joven que vive asustada por el acecho cotidiano que sufrimos todas las mujeres. Soy profesora y no soy de derecha. No necesito de palabras postloquesea que me describan para edulcorar o dizque teorizar la realidad. Realicé desde la primaria hasta el doctorado en instituciones del gobierno. Soy becaria del SNCA [Sistema Nacional de Creadores]. Es decir: recibo un apoyo económico del gobierno por mi trabajo creativo igual que quienes poseen una membresía del SIN [Sistema Nacional de Investigadores], con una diferencia: estos últimos, en el área de letras, estudian la obra de los creadores del SNCA, pero pueden permanecer con esas becas toda su vida y despreciar olímpicamente a los creadores (críticos, narradores o poetas) porque no tienen una «formación teórica o académica». Trabajo en una universidad pública y como a quienes poseen una beca del CONACYT [Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología] para estudiar en el extranjero (particularmente en los Estados Unidos) —y después venirnos a instruir sobre el poscolonialismo—, me paga el Estado. Un Estado que no protege a las mujeres (diariamente, asesinan a siete mujeres y violan a un promedio de treinta y cinco, según datos de la CNDH [Comisión Nacional de Derechos Humanos]). Un Estado cuya corrupción es como la Hidra de Lerna. Un Estado al que debemos cambiar.

 

Mis «críticos» en las redes y en la prensa —la mayoría de ellos mujeres universitarias, escritoras y profesoras que dicen respetar el derecho de las mujeres y las minorías— me citaron, pero nunca pudieron escribir la palabra «mulata», que yo había utilizado. La cambiaron por «mestiza». Sus «citas» eran una obvia farsa, pero me sorprendió la incapacidad de mis malquerientes para decir una palabra, como si ella fuera un insulto y no una descripción que yo misma había utilizado para describirme. «Al pan, pan y al vino, vino», decía mi abuela —cuyo dominio irrefutable sobre toda su familia se ejerció desde la cúspide de su cascada de máximas: «La verdad, aunque sea motivo de escándalo».

Hoy la verdad está proscrita; el escándalo, no: es agua del día. Lo procuramos, lo mimamos, lo construimos como el único elemento capaz de sacarnos de nuestra abulia y espanto. Desde la academia hemos ocultado la verdad con «palabras» feas, insípidas, quirúrgicas. Todo sea por el bien común. Pero hay allí una simulación que debería aterrorizarnos como individuos, como sociedad y como especie (en alto peligro de extinción, por autofagia).

No imagino cómo leerán las generaciones venideras aquellos versos de Paz donde se peleaba con las palabras:

Dales la vuelta,

cógelas del rabo (chillen, putas),

azótalas,

dales azúcar en la boca a las rejegas,

ínflalas, globos, pínchalas,

sórbeles sangre y tuétanos,

sécalas,

cápalas,

písalas, gallo galante,

tuérceles el gaznate, cocinero,

desplúmalas,

destrípalas, toro,

buey, arrástralas,

hazlas, poeta,

haz que se traguen todas sus palabras.

 

Repetirán que Paz era un genuino representante del heteropatriarcado, machista irredento, «gallo galante», miembro conspicuo de la clase hegemónica, blablablá (es decir, etcétera). Ésa será la interpretación del poema y darán vuelta a la página.

Las palabras son peligrosas y el mismo Paz sabía que ahí, en ellas, podía hallarse el origen del mal, pero también de la expiación.

Hubo un tiempo en que me preguntaba: ¿dónde está el mal?, ¿dónde empezó la infección, en la palabra o en la cosa? Hoy sueño un lenguaje de cuchillos y picos, de ácidos y llamas. Un lenguaje de látigos. Para execrar, exasperar, excomulgar, expulsar, exheredar, expeler, exturbar, excorpiar, expurgar, excoriar, expilar, exprimir, expectorar, exulcerar, excrementar (los sacramentos), extorsionar, extenuar (el silencio), expiar.

Un lenguaje que corte el resuello. Rasante, tajante, cortante. Un ejército de sables. Un lenguaje de aceros exactos, de relámpagos afilados, de esdrújulos y agudos, incansables, relucientes, metódicas navajas. Un lenguaje guillotina. Una dentadura trituradora, que haga una masa del yotúélnosotrosvosotrosellos.

Paz soñaba con un «lenguaje guillotina» y nosotros decapitamos al lenguaje. No exagero. Tuve el infortunio de presenciar cómo un profesor de poesía se debatía entre enseñar a Pablo Neruda o no. Las razones de la que seguramente fue exclusión tenían como fundamento el «machismo» de Neruda. Me quedé muda, como mudos vamos a terminar todos. Yo sí ofrecí en mi curso a Neruda. Mis estudiantes llegaron como avispas sombrías: no les había gustado, no lo entendían; junto a Huidobro (que habíamos leído la clase anterior), era nada.

En clase (que ya no se llama clase sino «experiencia educativa») siempre pregunto, antes de ofrecer cualquier opinión, si el libro que leímos les gustó o no. Les pido que debatan y defiendan su punto de vista. No me interesa que citen a cuanto teórico o crítico hayan mala o buenamente leído. Los quiero a ellos, frente a las palabras del poeta, del narrador o del ensayista literario. Esta vez había unanimidad, de modo que yo resultaba, como dijo el vertiginoso Huidobro sobre el machista Neruda, un «plumífero», una de «todas las tontas de América».

«¿Qué leyeron?», les pregunté a mis estudiantes. Entonces dio inicio mi perorata: Sí, Neruda había sido un machista terrible. Sí, Neruda había escrito poemas malísimos y una «Oda a Stalin». Sí, Neruda había abandonado a Malva Marina, su hija con macrocefalia. Sí, a todos los defectos de un hombre. ¿Así leemos? ¿La literatura se ha convertido en documento, materia sociológica o presentación de cargos judiciales solamente? ¿No importan el ritmo, ni las palabras que dan la mano a otras palabras y transforman con ese solo hecho la materia del mundo?

«Hay muchas metáforas que no entendemos», me dijeron. La siguiente media hora hicimos metáforas. Expliqué el mecanismo de la analogía, no con arduas teorías: en vivo, con un cuaderno y un vaso que tenía sobre mi escritorio. Al final, elegimos poemas de Residencia en la tierra y leímos tres, en voz alta, como en la antigua primaria. Les dije: Neruda era un poeta telúrico. Quise que temblara el salón con sus palabras. Me reservé la lectura de «El tango del viudo» para el final.

Oh maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,

y habrás insultado el recuerdo de mi madre

llamándola perra podrida y madre de perros,

ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer

mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre,

y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas,

sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún

quejándome del trópico, de los coolíes corringhis,

de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño

y de los espantosos ingleses que odio todavía.

 

El rostro de quienes ahí estaban se fue transformando. Yo los veía. Sentía su emoción, porque la literatura es eso: una experiencia, no educativa, sino una experiencia de vida y empatía: «un lenguaje de aceros exactos».

 

[NOTA MANUSCRITA AL CALCE DE LA ÚLTIMA PÁGINA]

Cuando el día de la clase sobre Neruda volví de la universidad, abrí los diarios virtuales. Las coincidencias entre la literatura y la vida son tan exactas que me estremecen. Mario Vargas Llosa, el autor de La ciudad y los perros, Conversación en la catedral, etcétera; transformador de nuestra narrativa; el aún padre de tantos escritores que, sin reconocerlo, van dejando un reguero de su voz en sus propias novelas, había escrito en El País, «Nuevas inquisiciones»:

Ahora el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades, es el feminismo. No todas las feministas, desde luego, pero sí las más radicales, y tras ellas, amplios sectores que, paralizados por el temor de ser considerados reaccionarios, ultras y falócratas, apoyan abiertamente esta ofensiva antiliteraria y anticultural. Por eso casi nadie se ha atrevido a protestar aquí en España contra el «decálogo feminista» de sindicalistas que pide eliminar en las clases escolares a autores tan rabiosamente machistas como Pablo Neruda, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. Las razones que esgrimen son tan buenistas y arcangélicas como los manifiestos que firmaban contra Vargas Vila las señoras del novecientos pidiendo que prohibieran sus «libros pornográficos» y como el análisis que hizo en las páginas de este periódico, no hace mucho, la escritora Laura Freixas, de la Lolita de Nabokov, explicando que el protagonista era un pedófilo incestuoso violador de una niña que, para colmo, era hija de su esposa. (Olvidó decir que era, también, una de las mejores novelas del siglo veinte).

 

Cierro el iPad por temor de que alguien me vea leyendo a ese mal hombre que aparece en las páginas del ¡Hola!, que quiso ser presidente y falló; que algún día dijo que México era la «dictadura perfecta», que ganó el Premio Nobel seguramente porque era neoliberal; un «dinosaurio decrépito»; un «burgués que defiende a los de su clase» y la bola revolucionaria de Twitter enloquece pues, pocos días antes, la historiadora Carmen Bojórquez propuso quemar sus libros. Sí, oyó usted bien: en pleno siglo xxi, quemar los libros. Hitler estaría feliz.

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