Gustavo Martín Garzo
La ofrenda
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018
302 páginas, 19.90 € (ebook 13.00 €)
POR JUAN ÁNGEL JURISTO

 

La trayectoria literaria de Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) ha sido rutilante desde sus inicios, por no decir agradecida: desde El lenguaje de las fuentes que publicó Lumen en 1993 y con el que se le galardonó con el Premio Nacional de Narrativa hasta esta La ofrenda, su última novela, su obra ha recibido numeroso premios, amén de una repercusión entre el público lector harto curiosa, pues es autor que consigue fascinar a aquellos que gustan de su literatura hasta llegar a conseguir un numeroso grupo de incondicionales que esperan impacientes su siguiente entrega narrativa con, digamos, no disimulado fervor. Novelas como Marea oculta, La princesa manca, La vida nueva, Las historias de Marta y Fernando, Tan cerca del aire, Donde no estás dan cuenta de esa cualidad, no tan común entre nuestros escritores, aun los más leídos.

El autor mismo, en alguna que otra entrevista, ha ofrecido quizá la clave de esa fascinación que producen sus libros. Martín Garzo quiere que sus narraciones desvelen aspectos ocultos de nuestra personalidad, no en vano, al igual que António Lobo Antunes, realizó estudios de Psicología, aunque las obras de ambos tomen resoluciones radicalmente diferentes, y es probable que esa finalidad, aliada a una concepción poco trágica de nuestra condición, además de esperanzada, adquiera cierta carta de verdadera naturaleza literaria, se encarne, diríamos, en una serie de personajes que adquieren su verosimilitud al cumplir como arquetipos psicológicos de la personalidad. Por ejemplo, el caso que nos ocupa en La ofrenda, que, en realidad, es una recreación del mito de la Bella y la Bestia, tema que fascinó a Martín Garzo desde niño, en concreto, desde que vio La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon), película de 1954, dirigida por Jack Arnold, que tenía como protagonista femenina a Julia Adams, una actriz con suficientes perfiles prerrafaelitas como para despertar difusos sentimientos eróticos en los adolescentes de entonces. Recuerdo que yo también, al igual que Martín Garzo, la vi en la adolescencia, y como él guardo especial preferencia por la obsesiva criatura anfibia que perseguía a Julia Adams, verdosa e inquietantemente reconocible porque tenía una forma humana casi perfecta. Película típica de la serie B, trata de la no menos típica expedición científica al Amazonas, donde habita un ser monstruoso, y que llega hasta nuestros días con la serie de Anaconda. Desde luego, este mito es lo suficientemente potente como para despertar interés en el arte del siglo xx, desde la high cult, con filmes firmados por Jean Cocteau, a las versiones mass cult que tienen a King Kong como referente obligado. Esta persistencia del mito fue estudiada de manera acertada y bella en el tomo cuarto, «Mitología primitiva», de la magna obra Las máscaras de Dios, del antropólogo Joseph Campbell, donde describe en forma prolija y acertada ejemplos de obras clásicas del siglo xx inmersas en la concepción mítica; especialmente curiosa es la correspondencia que establece entre la tetralogía de José y sus hermanos, de Thomas Mann, con Finnegans Wake, de James Joyce. Lo curioso de esta novela de Martín Garzo, impensable en épocas pretéritas por lo que tiene de mezcolanza de géneros, es que esta recreación se base en una película de serie B, pero debemos tener en cuenta que, felizmente, el autor pertenece a esa generación tocada por lo mejor que nos ha legado el posmodernismo, es decir, la resistencia a establecer diferencias jerárquicas entre los géneros y, sobre todo, una tendencia a la cita como valor esencial que cuenta con Walter Benjamin como ilustre abanderado.

La novela es recreación en su término más estricto, aunque bien cabría decir que es una nueva versión de La mujer y el monstruo si le añadimos una cierta dosis de ironía, pero esa ironía es sólo un aspecto más de algo que se muestra, poco a poco, mucho más complejo. Ya digo, la literatura de Martín Garzo tiende a la fascinación, y no es para menos. No hay muchos escritores que traten una novela con argumento de película de serie B que sea, en realidad, una narración de una enorme complejidad psicológica, tan compleja que, al final, el lector no sabe muy bien a qué atenerse. Patricia Ayala es una joven enfermera que es contratada por una anciana para que la cuide. La anciana vive en la isla Taboada, una isla ficticia fundada por un gallego cerca de Madagascar. Patricia quiere olvidar una relación sentimental particularmente desagradable y le parece idóneo pasar una temporada fuera del país y, así, ahorrar algún dinero. Se traslada a la isla Taboada y allí, en una inmensa mansión rodeada de canales y jardines que llegan hasta las habitaciones mismas, la Construcción, descubre en el agua la presencia de una criatura que se siente atraída por ella. Al principio, su reacción es huir del lugar, aunque termina justificando su permanencia del siguiente modo, lo que nos habla del complejo mundo psicológico que nos describe el autor: «A las niñas, desde muy pequeñas, se les enseñaba a buscar la aprobación de los demás. Todo lo que hacían y eran, desde la forma en que se movían hasta el vuelo de sus vestidos y melenas, era para resultar adorables. Pero ¿qué pasaba cuando esos que te miraban no te gustaban? Todas las chicas tenían que aprender a convivir con miradas así: las miradas de los que las desnudaban por las calles, de los que pensaban obscenidades al verlas, de los que querían llevarlas a lugares de los que no se volvía. ¡Y qué extraño era que a esas edades también necesitara tales miradas! Descubrir lo que sabían de ti y que tú desconocías. Todo el mundo tiene una vida secreta. Casi todos los secretos tienen que ver con el sexo. Es sorprenderte lo que la mayoría de la gente esconde a lo largo de su vida».

La novela está dividida en dos partes: la primera es una narración en un tú impersonal, de corte tradicional, donde se nos cuenta el viaje de Patricia, su estancia en la isla y se nos familiariza con los personajes presentes en la narración, Rose Hansson, la anciana; un tal Bardamu, que apenas oculta la cita pertinente al personaje de Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline; Cristophe; Juma, de patibulario aspecto; Gonzalo, el amor desdichado de Patricia que actúa en la novela como personaje en la sombra… y una segunda parte, que resulta ser el diario que Patricia lleva en la isla, que actúa al modo de cámara subjetiva y que, finalmente, desvela, o cree desvelar, el misterio que oculta en esos canales donde habita la criatura.

La novela, no hace falta decirlo, es prolija en alusiones al agua: hay buceadores, ahogados en misteriosas circunstancias, cetáceos que se mueven entre esas aguas, criaturas que encandilan a los jóvenes desde las orillas, y aparece Butes, un joven marinero perteneciente a los argonautas que saltó al mar para unirse a las sirenas, a pesar del canto de Orfeo. Además, es tendente a la cita de obras y autores de manera constante: desde las Variaciones Goldberg, la música de Gesualdo da Venosa, por ejemplo, a Céline, y, desde luego, hasta el punto de que es esencial en la novela, las alusiones al Kafka del cuento «El híbrido», que trata de la herencia que recibe un joven, un extraño animal mitad gato, mitad cordero, del que tiene que ocuparse, obligatoriamente, el gólem, otra extraña criatura, y antecedente ilustre en el mito que el Dr. Frankenstein de Mary Shelley popularizó: «En el viaje del fin de carrera estuve unos días con mis compañeras en Praga. Visitamos el cementerio judío y la vieja sinagoga. Una leyenda afirmaba que el rabino había creado una criatura de barro, a la que había insuflado vida sirviéndose del poder de ciertas palabras sagradas, al objeto de defender el gueto de Praga de ataques antisemitas».

Así pues, Martín Garzo nos dice que nosotros mismos somos esa extraña criatura, ese híbrido que tan sutilmente describió Kafka en las motivaciones de su cuidador: no sabemos qué hacer con estos seres y con nosotros mismos y se impone la idea de que son una proyección de nuestra oscura personalidad. De ahí la inquietud que nos despiertan estas historias que, en el fondo, no son otra cosa que novela psicológica, de ahondamiento en la personalidad humana, como tenía como banderín la novela realista. Pero esta novela va más allá, hasta el punto de preguntarse sobre qué sea eso de la literatura: escribir es similar a encontrarse con una realidad monstruosa, que nos obliga a dar cuenta de nuestros fantasmas, de sueños de los que ignoramos su significado. Resulta una tarea radicalmente distinta a la labor que realizan nuestros semejantes y, a la vez, trata de ellos, de sus deseos más ocultos y de sus acciones más sociales también.

Aunque esa metáfora sobre la literatura puede aplicarse al amor mismo, y eso hace Patricia Ayala: ella dice en un momento determinado que «el deseo es un oficio de tinieblas». Oscuridad, pues, que no se esclarece nunca por mucho que lo intentemos y que extiende su manto inquietante en la querencia que tenemos por otorgar luz a la oscuridad, a aquello que tememos. De ahí las historias de fantasmas o las de las criaturas que salen de abismos insondables… Agua, oscuridad, luz, creación…, de tal manera que siempre nos ronda el anhelo de no estar a la altura de nosotros mismos. La novela cita un verso de Wisława Szymborska: «Para el nacimiento de un niño el mundo nunca está preparado», y estas palabras son capaces de resumir lo que Martín Garzo ha expresado en La ofrenda, narración equilibrada, muy bien construida, llevando el suspense, o la inquietud, paso a paso, y por caminos magistralmente explorados, por la cultura pop. El autor ha escrito una novela de raigambre posmoderna de alto calado: el lector reconoce aquello que está leyendo casi como si se encontrara ante un déjà vu, algo ya experimentado en historias como la de Mary Shelley o en películas innúmeras del mito de la Bella y la Bestia, en la que King Kong brilla con especial complacencia. Pero es mérito de esta novela haberse detenido en las series B; mérito e inteligencia, pues, las más de las veces, este tipo de género oculta menos las intenciones que las obras más sofisticadas, dejando al claro la obligada oscuridad del mito. Ironía de Martín Garzo es que esta novela basada en un film B contenga una carga tan compleja que nunca terminan de esclarecerse los motivos que llevan a Patricia a actuar del modo que lo hace. El deseo es oscuro y necesita de esa oscuridad para manifestarse. En el fondo nos contentamos con poco, por suerte. ¿Por poco? Patricia escribe: «Buscamos otra cosa. ¿Qué? Es lo que nos gustaría saber. Probablemente nada especial, que sólo nos cuiden y quieran».

Esta frase contiene la suprema ironía de esta novela.