Y al final de la lección cuarta de ¿Qué es filosofía?, 1929, recordaba: «En el pequeño patio de Oriente se alza dulce y trémula, como un surtidor de fontana, la voz ungida de Cristo que amonesta: “Marta, Marta —una sola cosa es necesaria”. Y con ella aludía, frente a Marta hacendosa y utilitaria, a María amorosa y superflua (VI, 328).

En «Amor, ética, justicia» (Gómez, 2018), tuve ocasión de señalar —en su tramo final, pues el resto se consagraba a otras cuestiones—, a propósito de uno de los personajes de Dostoievski, lo cercanos que se encontraban tales pasajes de Dostoievski a algunos de Pablo de Tarso, especialmente en 1 Cor 1. Y, como allí indiqué, aunque es obvio que Ortega está muy lejos del temple apocalíptico y atormentado de Dostoievski, tanto como en buena medida lo está de las formulaciones y la concepción de Pablo,[4] también el animoso Ortega supo indicar en alguna ocasión que cuando un hombre se ve como realmente es, se ve como «un pobre hombre».[5] Y tal vez por ello, el Ortega inicial y más esperanzado no quería sobrevolar por encima del mundo sino asirle también en sus aspectos aparentemente más ínfimos para llevarlos a su plenitud, que es como entendía el amor en Meditaciones del Quijote, a través de lo que denominaba «salvaciones»:[6]

Es frecuente en los cuadros de Rembrandt que un humilde lienzo blanco o gris, un grosero utensilio de menaje se halle envuelto en una atmósfera lumínica e irradiante, que otros pintores vierten sólo en torno a las testas de los santos. Y es como si nos dijera en delicada amonestación: ¡Santificadas sean las cosas! ¡Amadlas, amadlas! Cada cosa es un hada que reviste de miseria y vulgaridad sus tesoros interiores (I, 312).

 

Lo que, como vemos, no está lejos de ese «verse pobres y ser nadies» del texto que comentábamos, en el que, por lo demás, la referencia a los «dos mil años» parece dejar fuera de duda el origen al que pretende retrotraer tales valoraciones.

 

Pero volvamos, para despedirnos (sabiendo que, como decía el poeta, «todo amor es un adiós que no se acaba»), al puerto viejo de Gijón. Ese viejo puerto en el que

Algunas balandras y quechemarines aguardan aquí y allá, movidas levemente por la respiración del mar, que se contrae y se dilata en ritmo jamás roto como un pecho infinito. Atracada junto a un montón de tablas y unos toneles de éter yacentes sobre el muelle, está la goleta Luisa, tan blanca y tan menuda, dejando ver todas sus intimidades. Es ya una amistad, contraída por el azar de un encuentro, como todas las amistades. [… Aunque quizá], su nota más vigorosa y cumplida, la que mejor se prende en la memoria y más sacude la fantasía consiste en unas lanchas boniteras vizcaínas que siempre hay en él surtas. Sobre todo cuando se ha anunciado galerna y el cielo ceniciento gravita a lo largo de la costa, acuden por docenas, con un rumor de alarma, ligeras y trémulas bajo las ráfagas… (I, 408-409).

Es preciso, no sólo una excelente calidad literaria, sino también ser capaz de admirar y de amar mucho, para dejar textos como los que hemos estado viendo.

 

*

 

Con todo, Argentina, Francia, Alemania y, dentro de España (sin pretensión de exhaustividad), Andalucía, Extremadura, Asturias… fueron muchos los paisajes que suscitaron su reflexión y de los que Ortega nos habló. Pero fue indudablemente Castilla el objeto preferente de su atención y, dentro de Castilla, la sierra del Guadarrama y, muy particularmente, El Escorial.

Ya en La pedagogía del paisaje, donde nos dice estar hablando con Rubín de Cendoya, místico español (quizá un desdoblamiento suyo o una figura en la que, en cierto modo, encarna a Giner de los Ríos —como apunta en Temas del Escorial—), le habíamos visto señalar: «Los paisajes me han creado la mitad mejor de mi alma». La escena se desarrolla «en la raya de Segovia, dentro de un monte de pinos, al tiempo que el sol caía, mirando abrirse delante, en egregio anfiteatro, las lomas nerviosas de Guadarrama» (I, 53). Ahí, en la tradición noventayochista e institucionista, Ortega estima que los paisajes nos ayudan a conformar nuestras virtudes. Por eso contrapone, frente al «paisaje-maestro» del Guadarrama, los paisajes que rodean a Madrid, los cuales, salvo El Pardo y la Moncloa, son «misérrimos y malditos». Y si «las dos grandes virtudes que ha de formar en el hombre la pedagogía son la sinceridad y la serenidad […], ambas las enseña la naturaleza mejor que todos los maestros del mundo» (I, 56). Es cierto que hoy los paisajes no enseñan naturaleza propiamente tal, pues «la naturaleza murió hace muchas centurias envenenada por un silogismo; pero nos enseñan moral e historia, dos disciplinas de exaltación que nos hacen no poca falta a los españoles» (ibídem).

Esa interpenetración de la naturaleza y la cultura en el paisaje será, cada vez más, y como tendremos ocasión de ver, una seña distintiva de Ortega, muchas de cuyas reflexiones, incluidos algunos temas mayores de su pensamiento, se enhebran a propósito de comentarios al paisaje. Muy explícitamente en Verdad y perspectiva (1916), donde precisamente el marco del Guadarrama le sirve para exponer su teoría del perspectivismo, esto es, el que la realidad sólo puede llegarnos multiplicándose en mil caras, y sólo podemos acercarnos a ella desde el punto de vista que cada cual ocupa, lo que nos hace insustituibles y nos debería llevar a procurar la integración de diferentes visiones, cada una de las cuales sólo puede captar un aspecto o pedazo de lo real:

Desde este Escorial, rigoroso imperio de la piedra y la geometría, donde he asentado mi alma, veo en primer término el curvo brazo ciclópeo que extiende hacia Madrid la sierra del Guadarrama. El hombre de Segovia, desde su tierra roja, divisa la vertiente opuesta. ¿Tendría sentido que disputásemos los dos sobre cuál de ambas visiones es la verdadera? Ambas lo son ciertamente por ser distintas. […]. La realidad no puede ser mirada sino desde el punto de vista que cada cual ocupa, fatalmente, en el universo […]. Cada hombre tiene una misión de verdad. Donde está mi pupila no está otra: lo que de la realidad ve mi pupila no lo ve otra. Somos insustituibles, somos necesarios […]. El paisaje ordena sus tamaños y sus distancias de acuerdo con nuestra retina, y nuestro corazón reparte los acentos. La perspectiva visual y la intelectual se complican con la perspectiva de la valoración. En vez de disputar, integremos nuestras visiones en generosa colaboración espiritual (II, 19).

 

Pero será, como decíamos, al Escorial al que dedicará más atención y el que suscitará multitud de reflexiones. Unas pueden ser consideradas más bien descriptivas (aunque cualquier descripción encierre cierta dosis, ineliminable, de interpretación, aun cuando sólo fuera por el punto de vista al que acabamos de aludir). Otras serán más directamente interpretativas y valorativas. Otras, en fin, tomando pie en el entorno y en el paisaje, levantan construcciones intelectuales sobre diversos temas. Muy explícitamente, por ejemplo, en el «Tratado sobre el esfuerzo puro» y las consideraciones sobre la melancolía que desarrollará en «Meditación del Escorial» y en «Temas del Escorial». Pero, además de en estos artículos, el monasterio y el paisaje circundante estuvo muy presente en diversas obras de Ortega, al que le hemos visto confesar que allí había asentado su alma. Quizá ello estuvo facilitado porque su familia había alquilado al Patrimonio Real un piso perteneciente al conjunto arquitectónico del monasterio, al que iban a menudo y donde incluso Ortega, recién casado, fue a pasar unos días. De ahí, y su particular sensibilidad, los numerosos escritos que en él se asientan y sus frecuentes alusiones a ese paisaje. En efecto, a los ya citados habría que agregar, al menos, Muerte y resurrección, como tuvimos ocasión de recordar, y numerosos pasajes de Azorín: primores de lo vulgar (1917, II, 157-191). Y sobre todo, quizá, la «Meditación preliminar» de Meditaciones del Quijote, su primer gran libro, cuyas reflexiones, según nos dice, surgieron precisamente en el entorno del monasterio de El Escorial, «nuestra gran piedra lírica», como lo califica en diversos momentos (I, 363; II, 173; II, 553):

El monasterio de El Escorial se levanta sobre un collado. La ladera meridional de este collado desciende bajo la cobertura de un boscaje, que es a un tiempo robledo y fresneda. El sitio se llama «La Herrería». La cárdena mole ejemplar del edificio modifica, según la estación, su carácter merced a este manto de espesura tendido a sus plantas, que es en invierno cobrizo, áureo en otoño y de un verde oscuro en estío. La primavera pasa por aquí rauda, instantánea y excesiva —como una imagen erótica por el alma acerada de un cenobiarca—. Los árboles se cubren rápidamente con frondas opulentas de un verde claro y nuevo; el suelo desaparece bajo una hierba de esmeralda que, a su vez, se viste un día con el amarillo de las margaritas otro con el morado de los cantuesos. Hay lugares de excelente silencio —el cual no es nunca silencio absoluto— […]. Así es este lugar. Hay aguas claras corrientes que van rumoreando a lo largo, y hay dentro de lo verde avecillas que cantan—verderones, jilgueros, oropéndolas y algún sublime ruiseñor. Una de estas tardes de la fugaz primavera, salieron a mi encuentro en «La Herrería» estos pensamientos (I, 329-330).

 

Pero, en «Meditación del Escorial» (1915, II, 553-560) y en «Temas del Escorial», conferencia que pronunció en el Ateneo de Madrid en el mismo año de 1915, y en la que en parte aprovecha y funde pasajes tanto de la Meditación como de Muerte y resurrección, además de volver a incidir en el paisaje, intenta una interpretación del monasterio e incluso de la historia española. ¿Qué posible sentido tiene este monumento colosal, cuyas proporciones disimulan tal vez la inmensidad del edificio, el cual «es solamente la piedra máxima que destaca entre las moles circundantes por la mayor fijeza y pulimento de sus aristas» (II, 553)?

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