«Un amigo me cuenta que en ciertos países emergentes, como China, las utopías siguen estando muy presentes en la ciencia-ficción contemporánea; que sus autores siguen creyendo en un porvenir luminoso y optimista, seguramente porque conciben con idéntico optimismo su presente. Ignoro si es cierto: no he leído a ninguno de los autores que cita. Sí puedo decir que la literatura de Europa y Estados Unidos imagina un futuro tal vez más oscuro que nunca, lo que sin duda es un síntoma de la oscuridad con que el mismo Occidente concibe su papel actual en el mundo»
POR JUAN GÓMEZ BÁRCENA

No hay mejor modo de conocer una sociedad que contemplar el modo en que proyecta su futuro. Si el Renacimiento creía en esperanzadoras utopías; si los escritores de la Unión Soviética concebían un futuro pleno de igualdad y de fértiles colectivizaciones agrarias, desde hace casi un siglo la sociedad occidental no alberga sueños, sino pesadillas. Distopía: ése es el nombre con el que nos referimos a esas pesadillas. Un amigo me cuenta que en ciertos países emergentes, como China, las utopías siguen estando muy presentes en la ciencia-ficción contemporánea; que sus autores siguen creyendo en un porvenir luminoso y optimista, seguramente porque conciben con idéntico optimismo su presente. Ignoro si es cierto: no he leído a ninguno de los autores que cita. Sí puedo decir que la literatura de Europa y Estados Unidos imagina un futuro tal vez más oscuro que nunca, lo que sin duda es un síntoma de la oscuridad con que el mismo Occidente concibe su papel actual en el mundo.
Entre las obras recientes que han dibujado un porvenir más aterrador, a muchos se nos vendrá a la cabeza la excepcional La carretera de Cormac McCarthy, donde un padre y un hijo vagan por un mundo muy próximo -inquietantemente próximo- que se derrumba. Como muchos lectores, en su momento disfruté, y también padecí, la imagen de nuestro tiempo que proyecta McCarthy. A todos esos lectores, sin embargo, me gustaría hablarles de otra novela, firmada por un autor fallecido y prácticamente desconocido, que cuatro años antes de la publicación de La carretera nos brindó un mundo acaso más aterrador e igualmente excepcional por su maestría. Me refiero a Plop, de Rafael Pinedo.
Conocí Plop en 2012, diez años después de su aparición en Argentina, cuando publiqué mi primer libro de cuentos en la desaparecida editorial Salto de Página*. Baste decir ahora que por aquel entonces Salto de Página era una editorial emergente, que bajo la batuta de ese editor excepcional que era y es Pablo Mazo publicaba los primeros libros de algunos autores hoy indispensables, como Jon Bilbao o Aixa de la Cruz. Recuerdo, al poco de firmar mi primer contrato, una conversación hasta altas horas de la noche con Pablo. Recuerdo, al término de esa conversación, preguntarle quién era su autor favorito de cuantos había publicado. De vez en cuando uno hace esa clase de preguntas a su editor, tal vez con el deseo secreto de que responda: «¿Y tú me lo preguntas? Ese autor eres tú». Por supuesto, Pablo no dijo nada semejante. Me contestó, sin dudar: ese autor es Rafael Pinedo. ¿Quién has dicho? Rafael Pinedo. Si no lo has leído, ya estás tardando.
Uno debe hacer siempre caso a las recomendaciones de su editor, de modo que no tardé. Fue así como me enteré de que Rafael Pinedo era un escritor argentino que falleció prematuramente en 2006, a los cincuenta y dos años. Antes de su desaparición, tuvo tiempo de escribir tres novelas cortas, con títulos igualmente breves: Subte, Frío y Plop. Tengo elogios para las tres, pero por la última siento esa clase de admiración que uno sólo siente por sus verdaderos maestros. Eso fue para mí: una lección que pasados los años todavía sigue ejerciendo su pedagogía.
Como tantas novelas futuristas, Plop puede encuadrarse en el género de la distopía. La elección del marco cronológico, sin embargo, es ya sorprendente. Si la mayoría de las novelas futuristas se preocupan de narrarnos el derrumbamiento del mundo tal y como lo conocemos -ya sea en forma de guerra nuclear, de agotamiento de los combustibles fósiles o de apocalipsis zombie-, Plop decide viajar más lejos. No nos habla del fin del mundo, sino de los tímidos y terribles comienzos de otro. Los personajes de Plop habitan una tierra que no conocemos, y ellos, a su vez, no conocen la nuestra. Se mueven en una geografía perturbadora, llena de esqueletos de rascacielos, de lluvia ácida, de paisajes desolados; un mundo donde llueve incesantemente y los seres humanos nacen y mueren en el barro. Han olvidado todo lo que fueron, lo que fuimos: todo lo que queda de la memoria de nuestra civilización reside en la cabeza de una anciana a la que le queda además poco tiempo de vida. Con su muerte, desaparecen los últimos recuerdos de nuestro tiempo; desaparece, incluso, el conocimiento de la escritura, y con él la llave al conocimiento del pasado.
Ni nosotros ni ellos saben qué tragedia se abatió sobre la civilización humana. Acaso ni siquiera les importa: toda su concentración está puesta en la supervivencia -ésta es, de hecho, la frase que se repite como un mantra cada vez que dos grupos humanos se encuentran en medio de las ruinas y de la mierda que lo inunda todo: «Acá se sobrevive»-. En ese mundo hostil, desprovisto de conocimientos tecnológicos y de todo resabio de cooperación humana, la población mundial se ha visto brutalmente diezmada, y como estrategia de supervivencia ha comenzado a organizarse en pequeños grupos. No es inexacto llamarla tribus. Porque lo que muestra Plop, a pesar de su mirada futurista, parece corresponderse más con nuestro pasado que con nuestro futuro. Es, de hecho, algo así como un libro de antropología, en la medida en que describe una sociedad de cazadores-recolectores que nunca existió, pero que perfectamente podría existir.
La sabiduría de Pinedo para comprender las estrategias de relación humana en contextos hostiles y para imaginar posibles formas de socialización alternativas es deslumbrante. Todo en Plop respira verdad. La imagen que nos devuelve del mundo es inconcebible, por su grado de desolación y crueldad, y al mismo tiempo asombrosamente verosímil. A lo largo de las páginas de la novela, seguimos la errancia en el límite de la supervivencia de una tribu concreta -imposible saber qué ocurre en otros territorios, porque ellos mismos lo ignoran- y asistimos al nacimiento de nuevos ritos y costumbres. La tribu de Plop -pronto hablaremos de él, de ese personaje llamado Plop, que protagoniza la novela- ha fundado también nuevos tabúes. El sexo, que para nosotros tiene lugar casi siempre en contextos de privacidad y discreción, se practica abiertamente y sin tapujos; en cambio, no existe transgresión mayor que mostrar a un compañero la profundidad de nuestra boca abierta. Los miembros de la tribu son capaces de mantener relaciones sexuales a la vista de todos, pero en cambio se rehúyen los unos a los otros para comer, y cuando lo hacen se cuidan siempre de protegerse de miradas ajenas tapándose discretamente la boca.
Cuando una tribu se encuentra con otra y no están dispuestas a pelear por los escasos recursos, emplean ciertas frases rituales –«¿Qué hay?» «Ganas de truequear» «Adelante, adelante»-. Truequear significa, claro, comerciar con sus escasas posesiones. Y así se dan algunos intercambios sorprendentes: diez raciones de comida a cambio de un animal de carga; un cuchillo sin óxido a cambio de pasar unas horas con un individuo virgen. Cuando alguien ha mantenido relaciones sexuales con un miembro de otra tribu, debe ser sacrificado: es la única forma de controlar la propagación de las enfermedades venéreas. La sociedad está dividida en una suerte de sistema de castas, donde ciertos individuos están condenados a trabajar hasta la extenuación y otros -sólo un poco más afortunados- sobreviven precariamente gracias a sus sacrificios. La misma muerte está lejos de ser un tabú; se trata de un acto público que se asume con naturalidad, como una parte más de la vida.
«- Hijo de puta -le dijo con una sonrisa parecida a una mueca.
– ¿Te morís? -preguntó.
– Sí.
– No jodas.
– No jodo, el que se jode sos vos, que te quedás en este lugar de mierda».
Así es Plop, el mundo de Plop: un lugar de mierda. Un mundo implacable y cruel, porque sólo aquellos que están dispuestos a ejercer la crueldad tienen posibilidades de sobrevivir.
La lengua que usan sus personajes sigue siendo el español, pero un español sobre el que se han operado algunas transformaciones decisivas. En la tribu de Plop, por ejemplo, nadie habla de tener relaciones sexuales ni mucho menos de hacer el amor: lo que hacen los unos con los otros es «usarse». El sexo consiste siempre en eso, en alguien que usa a otro alguien, y por tanto es, además de una fuente de placer, una cuestión de jerarquía. En cuanto al tiempo, en la tribu de Plop ha desaparecido la división en meses o años. La edad de los hombres y mujeres se divide en solsticios: alcanzar los cuarenta solsticios, es decir, los veinte años, ya es haber vivido una vida asombrosamente larga. También es posible subdividir el tiempo en lunas. Y las distancias que con nuestros automóviles y aviones parecen manejables se han hecho de pronto inmensas, en un entorno en que sólo puede avanzarse a pie -entre el barro, entre los cascotes y los cristales rotos- o como mucho subidos a un carro o cabalgando a lomos de algún burro famélico. Las frases que se dirigen unos a otros son cortas, secas, afiladas: ciertamente no hay mucho que decir ni hay palabras con qué decirlo. Los nombres de los personajes son onomatopeyas o concisos apodos: Plop, Rarita, Urso, La Tini, Guerrera. La lengua que Pinedo recrea tiene algo de la clarividencia con que Víctor Klemperer analizó en La lengua del Tercer Reich la transformación del alemán que se operó con el nazismo. Me recuerda también a ese diálogo maravilloso que tiene lugar en la primera temporada de Game of thrones, cuando Daenerys Targaryen pregunta a su intérprete como se dice «Gracias» en dothraki, para agradecer su regalo de bodas. «No existe gracias en Dothraki». Que yo recuerde, tampoco se dice ni una sola vez gracias en Plop.
Como bien puede imaginarse, se trata de una novela que pone más el acento en la sociedad que en el individuo. No es esperable una gran profundidad psicológica en un mundo donde los seres humanos apenas cuentan con el tiempo y las palabras adecuadas para pensar. Esto no quiere decir, sin embargo, que no exista un cierto análisis psicológico de ciertos personajes. Sin duda, el más memorable es el propio Plop. ¿Quién es Plop? El hijo de una esclava que fue obligada a continuar caminando mientras daba a luz: su bebé cayó sobre el barro que lo inunda todo para hacer, claro está, plop. Eso es Plop, el nombre de Plop: una onomatopeya en la que se cifra todo el sufrimiento y la esterilidad de la vida humana. El tiempo interno de la novela comprende la vida y la muerte de Plop: desde el momento en que cae sobre el barro hasta el instante en que -no se trata de ningún spoiler: lo sabemos desde la primera página- Plop será ejecutado, precisamente enterrado en el fango. ¿Por qué será ejecutado? Eso sí debemos descubrirlo. Pero ese recorrido, esa vida cuenta mucho más. Porque Plop es lo que podríamos llamar un arribista. Alguien que por su crueldad y determinación será capaz de escalar poco a poco, desde el escalafón más bajo de su tribu hasta su cúspide, para luego caer en desgracia. De él puede decirse algo semejante a lo que el narrador de la película Barry Lyndon dice de Redmond Barry: que las mismas habilidades que lo llevan a lo alto acabarán precipitando su desgracia.
Pero tal vez el hallazgo más lúcido de Plop no esté tanto en la construcción de un escenario apocalíptico como en el uso de la prosa. A lo largo de mi experiencia como lector, pocas veces me he topado con un estilo más desnudo, con una sintaxis tan deliberadamente pobre, con una reducción tan radical del lenguaje a su mínima expresión. Y lo que Pinedo nos descubre es que, del mismo modo que el filo de un cuchillo corta gracias a que aplicamos una determinada presión sobre la mínima superficie de contacto, un lenguaje brutalmente conciso también puede cortar y desangrar la realidad como lo haría un cuchillo. En Plop el horror carece de adjetivación o de piruetas sintácticas, porque es, de hecho, el mejor modo de captar la forma en que sus personajes entienden el mundo que los rodea: un mundo desolado y en ruinas, como está desolado y en ruinas el lenguaje que han heredado. El lector no ve detrás de cada párrafo la mano de un escritor que busca deleitarse con cada imagen, sino apenas unos ojos fríos, clínicos, unos ojos casi muertos, que nos muestran la realidad sin ambages ni adornos.
Hay algo en este estilo exento de artificios y pleno en crueldad que recuerda al estilo de Agota Kristof en Claus y Lucas. En el caso de Kristof, la desnudez del estilo procedía del abandono del húngaro -su lengua materna- para apostar por el francés, una lengua en la que durante muchos años se sintió analfabeta, tal y como explica, precisamente, en La analfabeta. Este exilio lingüístico, este empobrecimiento voluntario, fue según parece responsable del esquematismo de su prosa. Desconozco a través de qué fórmula secreta Pinedo ha logrado un extrañamiento similar de su lengua materna sin llegar a abandonarla. Sospecho que no es el resultado de un hallazgo fortuito, sino que su aparente sencillez ha sido tallada minuciosamente, a partir de sucesivas reescrituras en las que poco a poco se ha eliminado todo ornamento y todo detalle superfluo. Pienso, en este caso, en el Carl Theodor Dreyer de Ordet, quien según parece diseñó los escenarios de la película según este mismo principio de progresiva condensación. Según parece, por ejemplo, equipó una cocina de todos los utensilios y comodidades que cabía esperar en una cocina corriente, y fue eliminándolos uno a uno, hasta comprender que sólo un puñado de ellos bastaba para resumir la esencia de una cocina. Ése es, podría decirse, el gran hallazgo de Pinedo: mostrarnos hasta qué punto puede simplificarse el uso del español, y cómo esta simplicidad paradójicamente no hace sino dotar de fuerza y de profundidad al lenguaje.
Me viene ahora a la cabeza la fórmula ritual de saludo que, como decía más arriba, repiten algunos de los personajes de la novela: «Acá se sobrevive». Es exactamente así: Plop no es tanto un libro sobre la vida, como un libro sobre la supervivencia. Sobreviven un puñado de personajes en el mundo atroz que Pinedo retrata y sobrevive también, precariamente, el recuerdo del propio Pinedo en España, en boca de algunos escasos pero fervorosos admiradores. Yo soy uno de esos admiradores. Quiero pensar que su recuerdo no se extinguirá nunca del todo; más aún, que llegará el día en que Plop sea considerado un título incuestionable de la literatura de principios del siglo XXI, aunque estuvo muy lejos de serlo en su tiempo. Mientras tanto, cuando alguien me pide una recomendación de lectura -ese alguien, es cierto, debe de ser un lector un poco especial; alguien que disfrute de la crudeza Cormac McCarthy, de Agota Kristof, de Fernanda Melchor- siempre acabo respondiendo: lee a Rafael Pinedo. ¿Quién has dicho?, me preguntan de vuelta siempre o casi siempre. A Rafael Pinedo. Si no lo has leído, ya estás tardando. Y como puedo llegar a ser muy insistente, debo decir que casi nunca tardan.
* Ahora pienso que tal vez sea demasiado simplista llamarla desaparecida. Salto de Página está en una situación mucho peor que desaparecida: forma parte de Malpaso, que continúa debiendo cantidades importantes de dinero a cientos de profesionales del mundo de las letras, entre ellos yo mismo. Pero la precariedad del sector y la impunidad con que algunos se aprovechan de ella es asunto de otro artículo.