Rafaela Lahore
Debimos ser felices
Montacerdos
101 páginas
Rafaela Lahore
Debimos ser felices
La Navaja Suiza
160 páginas
POR PEDRO PABLO GUERRERO

«Antes de que yo naciera, mi madre ya había escrito una nota de suicidio. La tarde en que la leí, estábamos en su casa y yo tenía más de veinte años». Es difícil no engancharse con el inicio de la novela Debimos ser felices, ópera prima de Rafaela Lahore (1985). La escritora uruguaya, afincada en Chile, debuta con una indagación en el pasado familiar que avanza en primera persona mediante párrafos breves, incluso brevísimos, a razón de uno por página (salvo al final), recurso, si no nuevo, administrado con eficacia. Cada fragmento opera como un texto relativamente autónomo, sugestivo, a la manera de estampas, en el sentido que se le da a esta palabra en un libro como Alhué. Estampas de una aldea (1928), de José Santos González Vera.

Hay en la novela de Lahore, como en la del chileno, descripciones lacónicas, de prosa cuidada y puntuación irreprochable que, lejos de idealizar bucólicamente el entorno rural del norte uruguayo, se detienen, sin perder el aplomo, en episodios absurdos y brutales. Algunos se remontan al siglo XIX, como la masacre de charrúas perpetrada en 1831 por el coronel Bernabé Rivera, capturado un año más tarde por los nativos sobrevivientes, quienes le dan una muerte atroz.

A la región que debe su nombre al militar, en un campo situado a cuarenta kilómetros de Brasil, se van a vivir los abuelos maternos de la protagonista después de casarse un día de 1946. Eran primos hermanos. Él se llamaba Amantino, un hombre al que la narradora no alcanzó a conocer y que se negó a llamar «mi abuelo», tratándolo siempre por su nombre («como si fuera un personaje histórico, un extranjero, un enemigo»), caracterizado en el libro con rasgos violentos y un manifiesto desapego parental:

«Para Amantino sus hijos nunca tuvieron nombre.
Ernesto era el rengo.
Braulio, el pajero.
Mi madre, la loca.»

La huida será el único recurso para escapar de esta fuerza anuladora. Tarde o temprano, los integrantes de la familia, salvo uno, se marchan de casa, incluyendo a la esposa. «Ernesto se convirtió en médico. Braulio, en hombre de campo. Mi madre en profesora de literatura», cuenta la novela. En Montevideo, estudia en la universidad, hace clases en liceos, acumula libros, se casa después de los 36 años y tiene una hija a la que hace dormir cantándole —con alguna variante— «Érase una vez», el conocido poema breve de José Agustín Goytisolo musicalizado por Paco Ibáñez: «Había una vez un lobito bueno, al que maltrataban todos los corderos».

A pesar de que el tiempo narrativo de la obra coincide, parcialmente, con el de la dictadura uruguaya (1973-1985), esta última se menciona solo una vez en el texto y de manera tangencial, a propósito de un profesor de historia que estuvo preso, y que llega al colegio donde hace clases la madre. Su matrimonio es, a esas alturas, una mera relación de buena vecindad y se enamora enseguida del nuevo colega. Solo hablan una vez, banalidades, pero «le gustaría criticar, despotricar, hablarle del miedo que sintió a veces». Nunca se atreve a decirle lo que siente. Se reprime. Podemos preguntarnos si, hasta cierto punto, y guardando las proporciones, no sucede con Debimos ser felices lo que pasa con la novela autobiográfica Crónica familiar (1947), de Vasco Pratolini, escrita en forma de una carta al hermano del que el autor fue separado cuando niño. Una narración sobre la que Juan Forn observó «que en sus páginas no se menciona ni una sola vez la palabra Mussolini, pero casi se puede tocar el fascismo en su atmósfera».

En la novela de Rafaela Lahore, los recuerdos de Montevideo se van alternando, en un relato no lineal, con escenas del campo que, a pesar de la distancia, nunca queda atrás. Del rancho llegan noticias de hijos no reconocidos («No hay que andar desparramando el apellido»), episodios de locura, intentos de suicidio y accidentes fatales. «La muerte es tener moscas sobre la cara», reflexiona la protagonista, todavía adolescente, después de asistir a un funeral. Es destacable cómo Lahore captura en un detalle nimio toda la carga ominosa de un concepto. Varias páginas antes, cuando evoca una noche de verano junto a su madre, su abuela y sus tías en la ciudad de Rivera —fronteriza con Brasil—, expresa la inquietud que le causa, a los once años, ver las moscas posadas en las pantorrillas de las mujeres mientras estas conversan y se pasan el mate, sin tomarse siquiera el trabajo de espantarlas. «Siento que la vejez es eso y me da un poco de vergüenza», piensa.

Sutil pero revelador desplazamiento metafórico. Si la vejez es tener moscas en las piernas, la muerte es tener moscas sobre la cara. Debimos ser felices está llena de estas imágenes dobles que se mueven, combinan y reflejan unas en otras, alcanzando distinto valor según el lugar que ocupan en el relato. Si el abuelo se arroja a un pozo y lo internan en un hospital psiquiátrico, su hija en un episodio anterior mata involuntariamente un pájaro (un benteveo) al disparar contra la rama de un árbol con un rifle de aire comprimido. Ambas imágenes confluyen en una nueva, en otro pasaje, cuando la madre visita a la narradora, que se ha ido a vivir a Chile: «El pasado es un pozo en el que suelo asomarme a veces, pero a vos te hizo caer, como cayó el cuerpo de Amantino, como el benteveo, como si se pudiera estar siempre cayendo».

Debimos ser felices toma su título de una frase dicha por la madre cuando mira una fotografía en la playa donde aparecen ella, su hija y la abuela. Melancólica reflexión, por cierto; familiar para quienes echan una mirada retrospectiva a una edad en la que ya no se pueden cambiar las cosas. La irreversibilidad de lo vivido es un motivo literario que, en el siglo XX, frecuentaron narradores como Henry James («La bestia en la jungla»), Kafka («Ante la ley») y Dino Buzzati (El desierto de los tártaros), en variaciones infinitas. La novela de Lahore nada en esas aguas, pero con un estilo propio de nuestro tiempo.

Nos referimos a lo que el crítico Vicente Luis Mora advirtió en 2015, desde las páginas del número 783 de Cuadernos Hispanoamericanos, y que más tarde desarrolló extensamente en un estudio incluido en el volumen Grietas (2022), de Teresa Gómez Trueba y Ruben Venzon (editores). «En nuestros días el fragmento está más vigente que nunca en las letras hispánicas», escribe Mora, comprobando la influencia del texto corto sobre la novela, su infiltración en este género literario, el retorno de las formas breves y la creciente presencia de obras narrativas escritas en modo discontinuo desde mediados de los años 90. En una larguísima enumeración, Mora menciona desde Fabulosas narraciones por historias (1996), de Antonio Orejudo, hasta LUX (2021), de Mario Cuenca Sandoval, solo por nombrar los extremos de un arco temporal que abarca también a numerosos autores latinoamericanos, incluidos Mario Bellatin, Álvaro Bisama y Valeria Luiselli.

El crítico español distingue dos tipos de novelas: las fragmentarias, «compuestas por esquirlas parecidas a secuencias», término que remite a una «continuidad» o «sucesión de cosas que guardan entre sí cierta relación» (Diccionario de la Lengua Española), y las discontinuas, de naturaleza más radical, en las que predominan los «pecios exentos», centrípetos, incomunicados, a los que Mora compara con «mónadas sin ventanas». La novela de Lahore, resulta evidente, pertenece al primer grupo. Pero más allá de las taxonomías, lo que asombra es la certera explicación que Mora propone sobre los orígenes de esta explosión fragmentaria en la que, según creemos, se insertan obras como Debimos ser felices. La fractura y división del discurso sería fruto, en gran parte, del modo sincopado en que recibimos la información en la actualidad. Sobre todo, a partir de la irrupción de internet, que favorece la «micro-escritura», definida por Martín Prada en los siguientes términos: «La historia del presente se está escribiendo en mensajes de escasos caracteres, en una revitalización del aforismo, del texto fragmentario. No es tanto narración o crónica sino proliferación de impresiones. Es la fase “micro” del lenguaje, tanto en su extensión, el post, el tuit, como en su espectro de referencia: lo personal, lo más particular».

Debimos ser felices se inserta en esta corriente de micro-escritura que fusiona memoria y ficción, pero sobre todo manifiesta desde su título un malestar que, según Vicente Luis Mora, es común a buena parte de la narrativa del fragmento. Una angustia estructural, profunda, disconforme con nuestro entorno y nuestro quehacer creativo, pero que el crítico español pretende dar vuelta, convirtiendo su pathos en un ethos y su ansiedad en un ejercicio de consolación boeciana de la existencia: «Permítanme apuntar que las novelas discontinuas y fragmentarias pueden representar también nuestra humildad: la consciencia de las limitaciones que tenemos como especie, como artistas, como pensadores».

Si Mora apela, con voluntad optimista, al principio esperanza de Ernst Bloch —recordando que todo fragmento es una utopía limitada—, Rafaela Lahore intenta, en las secuencias finales de la novela, exorcizar la angustia de su madre invocando los recuerdos más felices de su niñez campesina. Una apelación a cierta especie de memoria emotiva que procura compensar, aunque sea en el terruño de lo onírico, las pérdidas reales que traen aparejadas el envejecimiento y la modernización. «Todas esas cosas había una vez/ cuando yo soñaba un mundo al revés», como arrulla la madre a la protagonista de la novela. Hay en esta letrilla infantil una promesa, al igual que la hay en el camino que inicia la autora uruguaya con Debimos ser felices.