Este bello relato presenta al algarrobo como primer ser vivo en la Tierra, la forma de vida más antigua que precede a las demás. En su origen, carecía de todo valor: «era una planta rastrera, reptante, endeble y raquítica, la cual nada era, nada significaba, ni nada producía». No obstante, en agradecimiento por ayudarlo a vencer al genio del mal, el genio del bien, identificado con el sol —jefe de los dioses—, lo convierte en «semejante y aliado». Lo dota de poder y diviniza —«tendrás las características de un dios encerrado, de un dios en potencia, de un dios encadenado»—, otorgándole fortaleza y vida eterna, así como autosuficiencia y autonomía, sólo dependiente del sol. Del árbol sale el indígena mochica, habitante de la costa norte peruana. El algarrobo adquiere la esencia divina y genera, además, al ser humano. No obstante, el mito explica la naturaleza dual o ambivalente del árbol —que, se infiere, posee también el ser humano—. El demonio o genio del mal le concede una parte de sí mismo: «el fuego de la pasión te convertirá en cenizas […]; te conmoverás cuando el viento de la adulación te roce […], pesará sobre ti el soplo del olvido y de la ingratitud, […] estarás unido a la Tierra, con todos sus vicios y defectos». La conclusión del mito condensa la ontología del algarrobo: es dios, es diablo, es autosuficiente.

El hecho de que el algarrobo genere al hombre —por intercesión del sol— hace pensar que el ser humano, en la concepción local, tiene como referente y como modelo al árbol. El ideal humano es un modelo vegetal, arbóreo (la absorción de las propiedades del árbol como panacea de la vida humana se verá después). Reforzar la humanidad sería literal, esencialmente, arborizarse.

Por otro lado, hoy el carácter ambivalente del algarrobo se atisba en las prácticas de los especialistas locales de la medicina tradicional: los «maestros curanderos» y los brujos o «maleros». En la costa norte peruana, las «mesadas» o sesiones ceremoniales de curación o brujería suelen ser celebradas por el maestro curandero o por el malero al aire libre, en las laderas de los cerros o en vestigios de ruinas sagradas, bajo el cobijo de un algarrobo. La presencia del árbol en este tipo de rituales se concibe como una forma de redirigir sus poderosas influencias hacia la acción ceremonial que ejecuta el ritualista. Al igual que en el mito, se puede invocar al poder benigno o maligno del árbol.

 

EL HUARANGO, CRIADOR DE HOMBRES. UN MITO DE LA COSTA SUR

En la región de Ica, donde el árbol se denomina huarango, éste aparece también asociado con los ancestros del ser humano, aunque en este caso, más que del origen del hombre, se habla de su vida o mantenimiento gracias al alimento del árbol y de la asociación del huarango con el poblamiento y la organización social. Un relato mítico, publicado en la década de 1990, consigna lo siguiente:

Antes, Ica era un pueblo pequeño de gente buena. Así dijeron nuestros abuelos. Durante muchas generaciones cargaron en sus espaldas trabajo y sufrimientos.

Un día que vagaban acosados por el hambre vieron cruzar en el cielo un pichingo[16] que llevaba en su piquito la flor de huarango. Eso era la señal que tanto habían esperado. Rápidamente reunieron a los hombres más fuertes y siguieron al pajarito por las pampas de Huayurí y no lograron encontrarlo. Pasó otro tiempo, y en el día que los hombres más viejos murieron vieron otra vez al pichingo llevando la flor de huarango. En esta oportunidad no perdieron tiempo y emprendieron marcha en los arenales que van para el mar donde vieron al gorrión posarse en un árbol de retorcida frondosidad. Era el huarango que destacaba en los arenales como un huerfanito abandonado a su suerte; pero no fue así. Al llegar al árbol vieron que era fértil, lleno de frutos con muchas vainitas amarillas esparcidas bajo su sombra. Al ver que no podían llevárselas, se lamentaron de no haber traído sacos y optaron por comérselas. Las pocas vainitas que llevaron al pueblo fueron bien recibidas y sembradas en diferentes lugares

En cada paraje donde crecieron los huarangos establecieron nuevos pueblos y, como los frutos que comieron contenían semillas, en el camino donde pasaban fueron dejándolas sin saber que más tarde esas pampas se poblarían de huarangales.

En honor a este huarango que les dio sombra y alimento lo simbolizaron árbol de la vida, planta que representa esperanza; nace en los desiertos, es dura como sus semillas y vive más de mil años. Y como en ese tiempo la gente antigua era sana y sabia se hicieron llamar hijos de noble huaranga, que es origen de dinastía. Cuando los habitantes de esta región crecieron en población y cultura los cacicazgos fueron divididos cada uno en Pachas, y éstas, a su vez, subdivididas en Chuncas, que de acuerdo a la etimología de los vocablos significan, el primero: tierra de aldeas, y el segundo: habitantes de caserío.[17]

 

El mito pareciera, en cierto modo, dialogar con el anterior. Comienza hablando de una generación que fracasa en su intento por encontrar el huarango como planta nutricia. Sus descendientes siguieron a la avecilla con la flor del árbol —una espiga o inflorescencia amarilla que es el preludio de la vaina comestible, la huaranga— en el pico.[18] El huarango es descrito por su aspecto, «un árbol de retorcida frondosidad». Se lo presenta como un ser autónomo, aislado («como un huerfanito abandonado a su suerte»). A partir de ese momento, el mito se centra, ensalza, aborda metonímicamente, subsume el árbol en el fruto. El huarango se diluye en la huaranga. Imagen de fertilidad y abundancia son las vainas amarillas y maduras caídas al suelo. Los hombres las adoptan como alimento. Del huarango matriz, originario y original, surgen los demás huarangos a medida que los hombres, al consumirlas, dispersan las semillas, replantan el paisaje de huarangos en sus desplazamientos. El árbol que alimenta al hombre se sirve de éste para reproducirse. La comida del hombre, indica, al crecer, los asentamientos, en una relación de coevolución o codependencia hombre-huarango. Si la huaranga da vida humana, nuevos árboles son nuevos pueblos. El paisaje humanizado es un paisaje de huarangales.

El final del mito es explícito y esclarecedor en cuanto al huarango-vivificante: «árbol de la vida». Las cualidades que se le atribuyen recuerdan a las del primer mito: «planta que representa esperanza; nace en los desiertos, es dura como sus semillas y vive más de mil años». Los seres humanos surgen del huarango o se afilian genealógicamente a él por consumirlo —hecho fruto— como alimento: «Y como en ese tiempo la gente antigua era sana y sabia se hicieron llamar hijos de noble huaranga, que es origen de dinastía». El árbol, se aprecia, mantiene una suerte de relación de paternidad con respecto a los habitantes, una estirpe humana que toma al huarango como criador y protector, que establece con él un vínculo de dependencia para su alimentación, reproducción y supervivencia.[19] La población crece, se multiplica y ocupa la región en distintas formas de organización territorial.

 

LA VIDA ES UN ÁRBOL, EL ÁRBOL QUE DA LA VIDA

En la costa peruana, el algarrobo o huarango produce, en sus meses de maduración, unas flores diminutas y amarillas arracimadas en inflorescencias tubulares, que los pobladores no consideran muy llamativas. «El algarrobo no da flores, sólo verdea, pero una vez que se forma es una vainita». Ya maduras, curvas o rectas, cuelgan de manera característica. El árbol las deja caer a sus pies y son recolectas del suelo como preciados objetos. Tras elegir las más gruesas e intactas, sin marcas de insectos, completas en su pureza amarilla, se llevan a la cocina.[20]

Tras lavarse, se cortan en secciones y se hierven varias horas, hasta que las vainitas se deshacen en una miel amarronada, que se espesa al enfriarse. La algarrobina es pensada como un destilado del árbol, suerte de elixir que alberga y concentra las cualidades atribuidas al gigante arbóreo. Las propiedades del algarrobo referidas por los mitos están presentes en la algarrobina, verdadera metonimia por la que el ser humano puede incorporar en su persona las virtudes y facultades del árbol. Referente de humanidad por excelencia, a la vez que modelo de la vida, el ser humano aspira a parecerse o a asimilar la vitalidad arbórea. La vida del algarrobo transferida por la algarrobina comprende distintos ámbitos: dicha «miel» otorga fuerza vital a la persona —«da mucha vitalidad»—, a la vez que confiere longevidad —«la gente vive un poco más, los moches la tomaban»— y brinda el potencial genésico, reproductivo, del árbol —«tanto al hombre como a la mujer les da fertilidad».[21] Además, el algarrobo, a través de su extracto, es sinónimo de salud, en forma de previsión de un amplio espectro de enfermedades, que cubren la práctica totalidad del cuerpo humano.[22]

Pero se considera que el algarrobo transmite vida no sólo a través de la algarrobina. La obtención de vitalidad por los seres humanos puede tener lugar directamente visitando un árbol milenario. Al árbol del Bosque de Pómac acuden los pobladores de las inmediaciones con el fin de pedirle sanación ante una enfermedad, o para aplicarse en una herida «tierrita fina» de la que yace bajo las ramas inclinadas del coloso vegetal. «Cuando alguien tiene un padecimiento y no sana, va al árbol a orar por su salud, o coge un poquito de esa tierrita de abajo del algarrobo y se echa, entonces se cura rápido».[23] La práctica más común entre los habitantes aledaños consiste en encomendarle sus peticiones al algarrobo milenario por medio de una invocación mental y un pequeño papelito en el que ésta es escrita y ocultada en las oquedades de su corteza. «En el mismo árbol, en los huequitos, la gente va a ponerle papelitos: para que les vaya bien, que tengan fuerza, que en lo todo que se propongan tengan mucha vida, porque el árbol tiene mucha vida también, para que le dé vida más abundante a uno, a su esposa, a su familia; pero hay que ir con mucha fe hacia el árbol. Le piden: “Arbolito, tú que estás lleno de vida, dame de tu vitalidad”». Escrutando el algarrobo es posible hallar algún papel desvaído, o incluso monedas, flores y velas en la cruz de madera de una hornacina adyacente. «Antiguamente le rendían homenaje, le rendían fiestas todos los pobladores de alrededor, porque era un árbol sagrado que mandaba mucha algarroba. Es por eso que se dice que el árbol es milenario, porque nos da vida, nos proporciona algarroba para poder sobrevivir».[24] Hoy en día aún es frecuente que, al transitar frente a él, los pobladores se quiten el sombrero en un gesto de reverencia.

La vida que difunde a su alrededor el árbol milenario no concierne, sin embargo, exclusivamente a los seres humanos. El algarrobo se considera que sostiene también, comunicando sus propiedades a través del alimento, a los animales domésticos de los alrededores, que se benefician de su poder. «Les da mucha vitalidad; por ejemplo, los burritos lo comen, son animales muy fuertes, son animales de carga».[25]

Finalmente, el algarrobo vivifica a los seres que lo visitan y constituye en sí mismo una comunidad de vida: «El árbol es su casa de varios animalitos, hormigas, ardillas, las aves, el pájaro carpintero hace su nido ahí, en sus ramas hace la chilala su nido,[26] las aves lo ven como su hogar, como su albergue, un lugar seguro para ellos, y justo al árbol le sale su mielecita, y las abejas van construyendo sus colmenas; a todos los animalitos les da vida ahí. Ese arbolito todavía tiene vida, mucha vida natural, porque guarda mucha fuerza. Aunque es un algarrobo muy seco, podemos observar todavía que sigue emanando sus raíces, da la vuelta por allá, y por allá… Pero aún tiene vida, todavía sobrevive, porque vemos sus ramas verdes. Y el resto del Bosque de Pómac depende de este algarrobo milenario que es el que genera, el que procrea a los demás».[27]

«Levantando su soledad intensa en el azul seco, él era —escribe Paul Valéry— el Árbol Dios».[28]

 

BIBLIOGRAFÍA

Arguedas, José María y Francisco Izquierdo Ríos. «El Achiqueé (Ancash) «, en Mitos, leyendas y cuentos peruanos. Lima, Punto de Lectura, 2011 [2009], pp. 91-94.

Beresford-Jones, David. Los bosques desaparecidos de la antigua Nasca. Lima, Antares Cultura y Desarrollo, 2014 [2011].

Cieza de León, Pedro. La Crónica del Perú. Primera parte. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1995 [1553].

Cobo, Bernabé. Historia del Nuevo Mundo. Capítulo xxi, en Obras del padre Bernabé Cobo. Vol. i. Madrid, Estades Artes Gráficas, 1956 [1653].

Descola, Philippe. Más allá de naturaleza y cultura. Buenos Aires, Amorrortu, 2012 [2005].

León Barandiarán, Augusto D. Mitos, leyendas y tradiciones lambayecanas. Contribución al folclore peruano. Lima, Club de Autores y Lectores, 1938.

Lorente Fernández, David. «Entrevistas y notas de campo (febrero 2018 y abril 2019), Bosque de Pómac, Lambayeque, Perú «. Inédito.

Martínez, Gregorio. Biblia de guarango. Lima, Peisa, 2001.

Martínez, Gregorio. «La cruz de Bolívar «, en Tierra de caléndula. Lima, Peisa, 2017 [1975], pp. 39-51.

Ormeño Iglesias, César. Misterios y simbolismos de la cultura nasca. Lima, Delgado Villanueva Editores, 1995.

Reinhard, Johan. The Nazca Lines. A New Perspective on Their Origin and Meaning. Lima, Editorial Los Pinos, Sexta edición, 1996 [1988].

Valéry, Paul. Diálogo del árbol. Barcelona, José J. de Olañeta, Editor (Traducción de Esteve Serra), 2017 [1943].

Vargas Llosa, Mario. El pez en el agua. Memorias. Barcelona, Seix Barral, 1993.

Vildoso, Carlos. Apuntes sobre el huarango. Lima, Centro de Estudios para el Desarrollo y la Participación, 1996.

 

 

 

[1] Mario Vargas Llosa, El pez en el agua (1993, p. 13).

[2] Bernabé Cobo (1956 [1653], p. 124).

[3] Pedro Cieza de León (1995 [1553], pp. 104-210, 202).

[4] Véase Vildoso (1996).

[5] David Beresford-Jones (2014, p. 158).

[6] Johan Reinhard explica: «A common interpretation for the geoglyph at Nazca is that it represents a plant, with some identifying it as the huarango tree. Such a motif can easily be explained in terms of a fertility cult» (1996, p. 52).

[7] Véase Beresford-Jones (2014, pp. 166, 135-141).

[8] Gregorio Martínez, Biblia de guarango (2017, p. 188).

[9] Véanse Vildoso (1996) y Gregorio Martínez (2017, p. 263), entre otros.

[10] Huarangal hace alusión a un bosque de huarangos. La expresión aparece por ejemplo recogida en el cuento de Gregorio Martínez «La cruz de Bolívar», Tierra de caléndula (2017 [1975], pp. 39-51).

[11] Testimonio de Enrique Sanmillán, 17 de abril de 2019, registrado frente al árbol milenario en el Bosque de Pómac.

[12] Información recabada por el autor en febrero de 2018 y abril de 2019 (Lorente Fernández, notas de campo, 2018 y 2019, Bosque de Pómac, Lambayeque).

[13] Como explica David Beresford-Jones (2014, p. 176), «su edad fue establecida durante la década de 1980 […] por investigadores de la Universidad de Huamanga y de la Universidad Agraria de La Molina, mediante el conteo de sus anillos de crecimiento». Hoy, por tanto, la edad del árbol es mayor.

[14] David Beresford-Jones (2014, p. 176).

[15] Augusto D. León Barandiarán, Augusto D. Mitos, leyendas y tradiciones lambayecanas. Contribución al folclore peruano. Lima, Club de Autores y Lectores, 1938, pp. 61-62.

[16] Denominación para cualquier pájaro pequeño, avecilla; después, en el relato, se habla de un gorrión.

[17] César Ormeño Iglesias. Misterios y simbolismos de la cultura nasca. Lima, Delgado Villanueva Editores, 1995, p. 253.

[18] El motivo del pajarillo con la rama de la planta en el pico, al que siguen los seres humanos para acceder a la fuente nutricia, es común en otras narraciones peruanas y andinas. En el libro de compilatorio de tradición oral editado por José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos se recoge el cuento «El Achiqueé», recopilado en Ancash. En él se cuenta que, tras morir una viuda con dos hijos, «quedaron los huerfanitos abandonados sin techo ni pan, y un día que vagaban acosados por el hambre, vieron cruzar por el espacio a un gorrión que llevaba en el pico la flor de la papa (producto muy codiciado y escaso en el lugar), entonces pensaron que, probablemente, siguiendo al pájaro llegarían al sitio donde había papas» (2011 [2009], p. 91).

[19] La que se establece entre el huarango o algarrobo y los seres humanos es un tipo de relación que se adscribe a lo que Philippe Descola ha denominado como «protección»; los humanos —junto con los animales y otros árboles menores, como se verá más adelante— son dependientes de los árboles milenarios, ancestros dadores de vida, para su reproducción y bienestar (2012, pp. 468-473).

[20] El procesado de las vainas del algarrobo tiene lugar principalmente en la costa norte, aunque también existen lugares en los que se extrae y procesa su dulce derivado en la costa sur.

[21] Testimonio de Enrique Sanmillán, 17 de abril de 2019, registrado frente al árbol milenario en el Bosque de Pómac.

[22] El testimonio de una mujer de la zona lo expresa bien: «La algarrobina es muy buena para los bronquios y el asma, para el dolor de estómago, la diabetes, la anemia, cuando uno tiene la hemoglobina muy baja, las enfermedades del hígado, ayuda a desinflamar los riñones; tiene muchas propiedades. A los niños pequeños se les da en juguito, en ayunas, una cucharita pequeña». Recabado el 20 de abril de 2019.

[23] Testimonio de Enrique Sanmillán, 17 de abril de 2019, registrado frente al árbol milenario en el Bosque de Pómac.

[24] Los dos testimonios pertenecen a Alexander A., poblador de Pítipo, 21 de abril de 2019.

[25] Testimonio de Enrique Sanmillán, 17 de abril de 2019, registrado frente al árbol milenario en el Bosque de Pómac.

[26] La chilala (Furnarius cinnamomeus) es un ave color canela del Ecuador y el noroeste del Perú, típica de los bosques secos ecuatoriales, que elabora un nido de barro característico, de corte esférico, con recámaras internas.

[27] El testimonio, de Enrique Sanmillán, como los precedentes, incluye el diminutivo en castellano como una marca reverencial, una manera de dirigirse respetuosamente y con cariño al árbol.

[28] Paul Valéry (2017, p. 52).[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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