
Miguel Ángel Hernández
Yo estoy en la imagen
Acantilado
274 páginas
En una de las secuencias más memorables de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Rick Deckard introduce una fotografía de papel en la máquina de escanear y descomponer digitalmente imágenes mientras se sirve una copa: se trata del Esper, «una computadora de alta densidad con una capacidad de resolución tridimensional muy potente y un sistema de refrigeración criogénico», según el kit de prensa del filme. La foto pertenece a Leon y en ella, a simple vista, aparece una única persona: Roy Batty. Mediante un sistema de ampliaciones y retrocesos, el ex policía indaga en la imagen hasta descubrir que ésta miente: en un espejo puede verse el reflejo de Zhora, una replicante, lo cual arroja un total de dos personas en la estampa. Deckard avanza en la investigación y encuentra, así, otra pista gracias a su olfato de detective.
Quienes hemos leído varios de sus libros y artículos y seguimos su trayectoria en redes, sabemos que el cerebro y la capacidad de análisis de Miguel Ángel Hernández funcionan de manera muy similar a las de Deckard. Pero, allá donde éste requería de los servicios del Esper, Hernández Navarro se vale de su mirada, que descifra los códigos de las imágenes para ver donde otros no ven y encontrar ciertos detalles indispensables que a otros se nos pasan por alto: «Siempre, de un modo u otro, estamos en la imagen. Sin embargo, muchas veces simulamos que no es así».
Ésta es una de las delicias que depara el compendio de textos que acaba de publicar en Acantilado, Yo estoy en la imagen, con el subtítulo aclaratorio Ensayos afectivos y ficciones críticas: esa destreza para el diagnóstico de una fotografía y para revelar cuánto hay de nosotros mismos, de los espectadores, en determinada imagen, y cuánto nos afecta, y por qué vemos algunas imágenes sin estremecernos y, por el contrario, otras nos estimulan y nos hieren y ya no podemos olvidarlas. A esta habilidad analítica para los contenidos audiovisuales se suma un planteamiento en el que se borran los límites entre el ensayo y la narración. Es decir, Miguel Ángel Hernández escribe ensayos críticos pero les da una forma narrativa con la que, además de ilustrarnos, logra entretenernos, de la misma manera que, por ejemplo, lo hace el cineasta británico Adam Curtis en el territorio del documental.
En algunos textos el autor introduce cargas profundas de memoria, hilos conductores entre lo que ve y lo que siente al recordar aspectos propios en torno a su familia y a su experiencia. Esto está en sintonía con una declaración de Ariana Harwicz en El ruido de una época cuando apunta: «Escribir es ante todo una operación temporal, como la música. Escribir es más que vivir, es vivir dos veces». Esa operación temporal, en manos de Hernández, pasa muchas veces por el previo examen visual en su faceta de «detective de imágenes», y por eso una fotografía de una mujer herida puede recordarle el desvalimiento de su madre cuando estuvo enferma: «Lo que yo vi en aquella foto era algo que no estaba en la imagen. Pero esa proyección de mi subjetividad me hizo prestarle una atención diferente, construyó un puente entre la imagen y mi emoción».
En otros, aunque anidan en el terreno del relato, no faltan las revisiones ensayísticas, de tal manera que esa disolución de fronteras nos absorbe desde las primeras líneas al mezclar tiempos y espacios, presentes y futuribles: «La primera impresora de recuerdos –así la llamaron coloquialmente y con ese nombre terminó quedándose– se instaló en el Centro de Neurología Cognitiva de la Universidad de Northwestern a finales del año 2045».
La recopilación se divide en cuatro partes temáticas: «Imágenes (punzantes)», «Tiempos (retorcidos)», «Espacios (desplazados)» y «Memorias (alteradas)». Estos títulos ya son un hallazgo maravilloso en sí mismos. En su intento de «buscar un modelo de escritura a medio camino entre la crítica y la narrativa», el escritor y ensayista llega a una conclusión: «La crítica mata, la narrativa salva». Pero de esa unión, de esa amalgama que podría ser un conflicto y que él convierte en un apareamiento de contrarios, extrae logros admirables y en sus pliegues se van cruzando y solapando la construcción de sus novelas, los daguerrotipos, las imágenes de Joan Fontcuberta, la enigmática serie fotográfica de Mar Sáer titulada A los que viajan, la memoria de sus padres, los dibujos de Javier Pérez o las teorías de Walter Benjamin, entre otros asuntos y vericuetos. En el prólogo lo avisa: «Toda percepción es, así, afectada. Y también afectiva».