Damián Tabarovsky
El momento de la verdad
Mardulce
79 páginas
POR RAQUEL GARZÓN

Una esquina cualquiera de la ciudad puede oficiar de mirador o atalaya. El narrador de El momento de la verdad, de Damián Tabarovsky, escoge la de Scalabrini Ortiz y Córdoba, dos avenidas en Buenos Aires. Y espera. Desde allí hace foco a través de una mira, confiando en dar en el blanco (su «misión», su tarea), mientras el semáforo alterna colores. Pasan colectivos, estudiantes, madres con cochecitos, un capataz habla a través de un megáfono, cruzan figurones de la televisión, taxistas apuran el día y se despliega la vida con su ruido y con su música.

Personajes, recuerdos, lecturas que disparan teorías… Todo se encadena en la cabeza de un narrador que se define en suspenso, en impasse, y se identifica con el «futuro anterior», esa forma verbal que usa el francés para describir acciones que van a desarrollarse en el futuro, pero se describen concluidas como cuando decimos J’aurai fini mon travail avant le dîner (Habré terminado mi trabajo antes de la cena).

El nombre de ese tiempo verbal —se entusiasma el narrador— indica que el futuro llega antes que todo. «Pero el futuro se extravía siempre, dobla en otra dirección, se retuerce sobre sí mismo, funciona como melancolía», concluye como quien desiste de un viaje, cansado antes de partir.

De esa derrota vivida como demolición trata El momento de la verdad, ahondando la apuesta programática de Tabarosvsky (Buenos Aires, 1967): hacer de las ideas personajes, mientras se sospecha metódicamente incluso de la propia narración.

Esta «novela de peripecias mentales» narrada en primera persona por un francotirador quiere explorar el modo condicional (las cosas podrían haber sido de otra manera), desde una lengua en estado de irresolución y titubeo. La vacilación se enarbola «como un lugar en el mundo, como fortaleza, como distancia y reaseguro frente al ruido trivial de la época». Un bullicio en el que caben desde las miserias del capitalismo actual hasta reflexiones acerca de la escritura. Ese anhelo es, a la vez, deseo y decepción. «Narrar es comentar, es un comentario interpretativo o tal vez un conflicto de interpretaciones», afirma.

El protagonista aguarda horas que parecen años (ha envejecido en la espera). Enfoca a través de la mira. ¿Dará en el blanco? Tabarovsky no quiere tramar una historia; no le interesa («… otros las contaron antes y mejor que yo. ¿Se puede seguir contando historias?»), pero no puede evitar que los lectores pendamos de la anécdota de ese hombre en guardia ni que nos escueza la violencia que proyecta su cabeza en ebullición, imaginados, el dedo en el gatillo y el blanco móvil acercándose, mientras resuena el brrrrrrr ensordecedor del taladro callejero de alguien que cuelga un cartel de un escaparate.

¿Qué podría evitar lo que parece inminente? El miedo a no ver, a perder contacto con la realidad, que se venga encegueciéndolo. «Ahora que el miedo se cumplió, ¿qué ocurre? ¿Qué queda? La imposibilidad de volver al estado anterior, a la vida común y corriente, al café con leche», dice.

Hace 20 años, en Literatura de izquierda (2004) Damián Tabarovsky insistió en una broma atribuida a la poeta Alejandra Pizarnik (por qué no escribía novelas, le preguntaron, y habría respondido: para no escribir frases como «¿querés una taza de café con leche?») y lacró esa bebida como emblema de lo convencional. En ese polémico ensayo el autor de Las hernias analizó el estado de la cultura y la literatura argentinas. La vanguardia se expresa en un «a tientas, un zigzag, un merodeo siempre precario». Frente a ella, el mercado y la academia son «dos lugares a salvo» desde los cuales se escribe la mayor parte de la literatura y la crítica que se publica. Ambos, afirmaba, escriben a favor de sus convenciones, con más certezas que preguntas.

Al mercado y la academia Damián Tabarovsky, autor, crítico y editor, opone la literatura que le interesa: la «literatura de izquierda», escrita por un escritor sin público y dirigida al lenguaje, que sospecha de toda convención, incluidas las propias, y se escribe siempre «sin otra sed que el deseo loco de la novedad».

El momento de la verdad ejercita y afila una vez más ese músculo a través de una mira. «La vista llega antes que las palabras», escribe John Berger en Modos de ver. De allí, tal vez, la lucidez y la desolación.