Este elenco de circunstancias lo completa la amante del señorito Gonzalo, una interesante francesa, cocainómana y algo fatal, cuya presencia es reveladora de lo que sucedía en aquel año 1917, en el que se inauguraba el metro madrileño como un heraldo de lo nuevo. Es un personaje femenino que da el toque de mundanidad que había llegado a la capital con la Gran Guerra junto a una larga lista de escritores y artistas, que va de los franceses Gleizes, Lipchitz, Marie Laurencin, Picabia y el matrimonio orfista de los Delaunay al grupo de polacos, que encabezaba el poeta Tadeusz Peiper, pasando por Vicente Huidobro y Diego Rivera, quienes traían en el equipaje el cubismo y el futurismo para alumbrar su versión española, el ultraísmo. Todos ellos llegaron en estos años a un Madrid que mostraba ya signos de renovación y atisbos de modernidad en una Gran Vía que avanzaba con la misma lentitud que las ideas de vanguardia, de las que Domingo de carnaval no recoge ningún rasgo.

La francesa nevilleana, entre sofisticada y cocotte, es un personaje que tiene algo de Mata Hari –quien también estuvo en Madrid el tiempo suficiente para encandilar a César González-Ruano e inspirarle un libro– pero pasada por el arrabal; una demimondaine que ha sustituido el champagne y el can-can por el tinto y el cuplé. Y es que la Gran Guerra fue fértil agua de mayo tanto para la economía, volcada en la exportación a los contendientes, como para la incipiente vanguardia artística española, pues tanto Barcelona como especialmente Madrid se convirtieron en destino de artistas y escritores de todas las nacionalidades que huían de un incómodo París en guerra, en el que unas veces caían bombas de los zepelines y otras del Gran Berta.

Neville, siempre hábil en la selección de actores, contó para el sainete con su musa, la fascinante Conchita Montes, con el joven Fernando Fernán Gómez, con el consagrado Guillermo Marín, con su actriz fetiche, Julia Lajos, y con la magnífica banda sonora del compositor José Muñoz Molleda, que había sido discípulo de Ottorino Respighi, quien supo captar el aire que combinaba el organillo madrileño y el chotis y darle tono de modernidad a la música tradicional. Con todos ellos Edgar Neville recreó varias obras artísticas de José Gutiérrez Solana, su amigo de los días de la tertulia ramoniana del Café Pombo, a la que acudía desde fechas tempranas y cuya pista se puede seguir en el reciente estudio que Eduardo Alaminos ha dedicado a la llamada Sagrada Cripta de Pombo (Ramón y Pombo, Sevilla, 2020). El propio Gutiérrez Solana recogió esas reuniones en una conocida pintura –hoy en el MNCARS, tras su donación por Ramón–, en la que retrata a los tertulianos y a una botella de ron Negrita con aires de personaje.

En numerosas secuencias de Domingo de carnaval se puede distinguir la influencia, cuando no la recreación, de pinturas, dibujos y grabados de Gutiérrez Solana dedicados al carnaval madrileño y su entorno ciudadano. Aunque las máscaras que desfilan por las calles del Rastro, fácilmente reconocibles en la película, se inspiran en los numerosos grabados y dibujos del artista dedicados al tema, el apogeo de esta voluntad de recrear cinematográficamente la pintura de Gutiérrez Solana, de por sí muy espectacular, se alcanza en la obra dedicada al carnaval en la pradera de San Isidro, perteneciente a la colección del propio Neville. En esta pintura aparecen unas máscaras y unas comparsas, como una comitiva surgida de obras de Pieter Brueghel o de James Ensor, junto al Ventorro del Chaleco, al lado de la ermita de San Isidro, con el Madrid más goyesco al fondo. El director y escritor madrileño reprodujo fielmente la pintura en las últimas secuencias de la película, en lo que era una apoteosis plástica y a cuyo rodaje asistió un asombrado José Gutiérrez Solana, quien no llegó a ver la película acabada, pues murió poco antes de su finalización, en julio de 1945.

Es este escenario del balcón del Manzanares un paisaje goyesco y solanesco, sí, pero también barojiano y ramoniano que obsesionaba al madrileño Neville. Años después de nuevo le sirvió para una secuencia de una película; en este caso su imprescindible Duende y misterio del flamenco (1952), obra dedicada al cante flamenco, en la que, a la sombra de Palacio y de la cúpula de San Francisco el Grande, ilustra un palo tan madrileño como los caracoles –«las alegrías de Madrid», les llama acertadamente– con un genial cuadro de baile de Pilar López Júlvez, la hermana de la mítica Encarnación López Júlvez, la Argentinita. Esta película, sin duda, está en el origen de las dedicadas décadas después por Carlos Saura al mundo del flamenco, que tanto interesaba a Edgar Neville, quien asistió al famoso Concurso de Cante Jondo celebrado en Granada en 1922, en el que estuvieron Federico García Lorca y Manuel de Falla, entre muchos otros.

Las secuencias que cierran Domingo de carnaval tienen como escenario la pradera de San Isidro, con la ermita del Santo y las ventas de San Isidro, y,  como novedad, se centran en uno de los suburbios madrileños, unas zonas propias de la urbe contemporánea, surgidas bajo los impulsos de su crecimiento. Son espacios intermedios, donde aún no ha llegado la ciudad y de donde se ha retirado la naturaleza, que atraen a lo provisional, a lo desplazado, a lo marginal, característica que los convierte en escenario de actividades y personajes más o menos dudosos, sin cabida en los barrios tradicionales, incluidos los populares. En este espacio en que predomina lo orgánico, el detritus, se instalan las verbenas, los circos o las ventas, donde la distancia del centro de la ciudad permite la discreción que acompaña a la transgresión. Son los arrabales unos lugares que desde el desarrollo urbano de finales del siglo xix tienen una especial personalidad social y estética, así como una marcada poética literaria y artística. Aparecen en ciudades como Madrid, Buenos Aires o Nápoles, en las que se dice que los barrios bajos invaden la ciudad. Uno de los primeros textos en los que el arrabal madrileño, sus personajes y lugares tienen categoría de escenario es Insolación, la novela de Emilia Pardo Bazán publicada en 1888, que probablemente leyó Edgar Neville.

Precisamente en esta obra la escritora gallega sitúa los amores de los protagonistas –Asís Taboada, la marquesita viuda y gallega, y el simpático y rico gaditano Diego Pacheco– en el entorno de las ventas que se encuentran tanto en la pradera de San Isidro como en las que dan nombre a las del Espíritu Santo, tan bien descritas por Azorín y José Gutiérrez Solana tras sus visitas dominicales a los alrededores del cementerio del Este. Son dos de las zonas del extrarradio madrileño a las que se unirían pronto el entorno de los Cuatro Caminos y de Pacífico, que iban acogiendo una población cada vez más numerosa procedente tanto de la emigración rural como desplazada de los barrios populares del centro. El ambiente que recoge Pardo Bazán al describir una festiva pradera de San Isidro remite al escenario donde Neville sitúa la última parte de Domingo de carnaval, y muestra una atmosfera semejante en la que aparecen las charangas de máscaras y destrozonas. Aunque en este caso no sea con ocasión de las Carnestolendas, sino de la feria del patrón de Madrid, las semejanzas son evidentes: «El campo de San Isidro es una serie de cerros pelados que, un desierto de polvo, invadido por un tropel de gente entre la cual no se ve un solo campesino, sino soldados, mujerzuelas, chisperos, ralea apicarada y soez, y en lugar de vegetación, miles de tinglados y puestos donde se venden cachivaches».

A pesar del precedente poco conocido que suponen Insolación y Emilia Pardo Bazán, a quien se puede considerar la descubridora del suburbio para la literatura, son los escritores del noventa y ocho, concretamente Pío Baroja y Azorín, quienes tuvieron especial querencia literaria por los llamados barrios bajos: los barojianos de las Injurias y las Peñuelas –a los que el escritor vasco llamaba en La busca «un aduar africano»– situados junto al Manzanares, más allá de la puerta de Toledo, o los azorinianos de las Ventas. Junto a ellos habría que añadir al Blasco Ibáñez noventayochista de La horda, centrada en los suburbios del norte, en el mundo de los Cuatro Caminos y Tetuán. Sin embargo, de todos los escritores de fin de siglo, quizás sea Gutiérrez Solana quien mejor recoge esos lugares en los que anidaba la nueva miseria surgida con el rápido crecimiento de la ciudad. Todo ello lo llevó a sus dibujos, óleos, grabados y también a textos como los citados, Madrid. Escenas y costumbres y sobre todo Madrid callejero. Como hemos adelantado, en estas obras aparece descrita una parte de Madrid que coincide con los tipos y lugares que se cruzan en las novelas de Azorín y Baroja porque el mismo Madrid, que es el de Domingo de carnaval, pervive cuando Solana escribe sus obras dos décadas después. De la idea que tenía el artista y escritor acerca de los barrios bajos y de los suburbios del Manzanares es buena muestra un párrafo del capítulo de Madrid, escenas y costumbres titulado «Las chozas de la Alhóndiga»:

Al salir del Bazar de las Américas, tropieza nuestra vista con unos desmontes; en una hondonada del terreno hay una aglomeración de cabañas miserables que han formado un pequeño pueblo; los tejados son de hierba seca y hojas de latón llenas de herrumbre; encima hay piedras para que el viento no se lleve estas cubiertas; los tubos de estufas viejas sirven de chimeneas. Algo separadas de estas zonas se ven las altas chimeneas de ladrillo de la fábrica de destilación de alquitrán y fabricación de carbones prensados. Por entre las calles de las chozas sale un humo blanquecino y pobre de los hornillos que sacan a las puertas para hacer la cena […].

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