
Manuel Rico
Los filos de la noche
Editorial Huso
219 páginas
Hay novelas que llegan y novelas que regresan. Los filos de la noche, publicada por primera vez por Editorial Fundamentos en 1990, reaparece ahora en una versión «revisada y definitiva», fruto de un proceso de reescritura iniciado hacia 2014 y concluido durante la pandemia. No estamos ante un rescate sentimental ni ante una reedición conmemorativa, sino ante la voluntad de saldar, treinta y cinco años después, una deuda con un texto al que su autor siempre quiso volver.
La obra pertenece, sin ambages, a una tradición muy reconocible: la novela española de la «mala conciencia» generacional, esa estirpe de relatos —Vázquez Montalbán fuera de Carvalho, partes de Chirbes, Guelbenzu, incluso Marías— en los que un protagonista, que vivió los años finales de la dictadura y los primeros de la Transición se enfrenta al balance de las renuncias y las certidumbres derruidas. En el ámbito poético el tema es básico, por ejemplo, en la obra de Antonio Gamoneda. Los filos de la noche también pertenece, y de pleno derecho, a la nueva narrativa española de los ochenta, aquella corriente, tan criticable en algunos aspectos como decisiva en otros, cuyos protagonistas más obvios serían, entre otros muchos, Muñoz Molina, Millás o el propio Rico.
Abel, el protagonista, es un escritor retirado en la sierra norte de Madrid que recibe una noche la visita inesperada de Elia, la mujer con quien compartió militancia, lecturas y cama durante los años setenta. Esa epifanía rompe la calma e instaura lo narrativo: a partir de ese instante, la novela transcurre durante una larga conversación, que desmadeja un tiempo que va de 1968 a los primeros años de la democracia.
Lo que distingue al libro, y lo que lo convierte en una obra innovadora cuya fuerza se mantiene intacta, es su elección formal. Manuel Rico —que es, antes que nada, un poeta de oficio largo y prestigio sostenido— opta por una herramienta exigente: la narración en segunda persona, aprendida de Robbe-Grillet y los franceses del nouveau roman, combinada con un estilo libre indirecto. El «tú» que se dirige a Abel es incisivo, original, y posee la singular virtud de presentarse casi como primera persona sin llegar nunca a serlo. Cumple el difícil reto de ser una segunda que se desliza hacia las entrañas del personaje y, al mismo tiempo, conserva una distancia ética sobre él. La novela se construye, además, sobre varios planos temporales superpuestos que el lector va cosiendo gracias a las referencias que el autor aporta, mientras el estilo directo de los diálogos, totalmente verosímil, ancla la narración en la realidad.
El hábitat de la novela es el habitual de Rico: las calles de la periferia madrileña, las barriadas obreras, la sierra norte como contrapeso, la clandestinidad o los dilemas morales. También aparecen referencias muy propias de la época, como los intercambios de parejas o la primacía del psicoanálisis. Debe destacarse una contraposición sumamente reveladora: la narrativa contemporánea española habla casi siempre de las élites, y muy rara vez de la gente que llegó a las barriadas y levantó este país. Aquí, como en el resto de la obra de Rico, aparecen con justicia, sin condescendencia ni épica.
Los filos de la noche es una novela realista en el sentido más exacto: muestra que la idealización que proyectamos, la manera en que creemos que deben ser nuestras vidas, casi nunca coincide con lo que ocurre. Es también una novela sobre la memoria —sobre la distancia irremediable entre lo que recordamos y la realidad— y sobre lo que jamás decimos al otro hasta que pasan décadas. La cita de Eliot que la precede —«¿Me atrevo / a molestar al universo? / En un minuto hay tiempo de decisiones y revisiones / que un minuto volverá del revés»— condensa esa incertidumbre vital con una precisión que la novela honra. Existe, además, una intriga sostenida: el lector no sabe qué deparará el reencuentro a los protagonistas.
La combinación con los hechos históricos es otro de sus grandes logros: aparece aquel diciembre del setenta y tres, con Carrero Blanco por los aires y el proceso 1001 en los periódicos, «ese tiempo fugitivo en el que tu memoria resbala», cuya mezcla de trascendencia y fugacidad refleja magníficamente la novela. El compromiso político—que ya no existe, vivió su canto de cisne en el 15M y hoy nadie siquiera se lo plantea— no se idealiza: aparece atravesado por la fatiga, el cansancio, cierta derrota de los ideales que recorre toda la obra de Rico. También Madrid, que es la misma ciudad y, al mismo tiempo, otra distinta. Son las mismas calles, pero ya nada se les parece.
Manuel Rico ha vuelto a su libro con paciencia de orfebre. Era una deuda razonable y ha quedado saldada.