Le he preguntado sobre todo por sus lecturas de poetas y por su propia experiencia como poeta, pero ¿qué otros géneros le interesan? Sé que anda escribiendo una novela, y al parecer son pocos los poetas del último siglo que no sienten la tentación de la novela, un género que ha sabido incorporar todos los géneros, así sea de manera contradictoria.
No sé si escribiré más de una novela. Tampoco sé si me pararé por miedo a la cordialidad trágica de ese género que tiene tanto de retrato transfigurado de la vida en común, empezando por la de dos y llegando siempre a impregnarse del rumor de la injusticia del mundo y hasta de la injusticia de la vida. Sólo estoy seguro de esforzarme en evitar en esta primera o única la convivencia de géneros, por más que se me habría dado quizá mejor el vuelo libre. Pero fue una apuesta, una apuesta real con un amigo muy serio, muy nervioso al ver que me quedaba de pronto en el desempleo total hace siete años, a mis cuarenta y algo, como tantos millones de personas en nuestro país y en otros, entonces y ahora. Mi novela, por miedo a mi amigo y también por miedo a que la convivencia de géneros me llevara a más desempleo aún, fue resultando un poco como un folletín de los que escuchaban nuestras abuelas en la radio, como el de título inolvidable Simplemente María. Es una tentación apasionante esto de encontrarse uno en lo más íntimo de las vidas de otros, una vez que hemos leído a Flaubert y a Henry James y le damos vueltas a toda María posible y a nosotros mismos. Quizá de la poesía sólo me quede ahí la convicción de que la vivencia práctica es un punto de partida, pero nada más, cada ser es siempre un destilado de varios seres. Pero no sé, estoy hablando de algo que más que dar yo a la luz, como suele decirse de los libros, me dará a la luz a mí, me parirá, llevo dentro de esa novela seis o siete años, como en un útero de cordialidad trágica en que se transfigura lo familiar, lo amoroso, lo social, el daño que existe gemelo con la vida, la injusticia atroz connatural al hombre, el esfuerzo no siempre voceado por combatirla, cada uno en su vida, en su minucia sureña. Curiosamente pongo a convivir a tres personajes del sur y a tres del norte, en un espacio un poco asfixiado. Ya veremos.
Aunque es un poco arriesgado, ¿qué poetas le siguen interesando hoy?
Lleva usted razón, hay riesgo, el riesgo comienza en el gusto. El riesgo del interés literario es tan crucial como el del interés político. No es ninguna tontería defender durante años o décadas una poética o una política que igual están dejando una cultura o un país peor de lo que estaban, y a veces sin vuelta fácil a algo con sentido amplio de progreso. Interesarnos en unos poetas y en otros no es como afiliarse o como invertir. Buena parte de la poesía más evidentemente social y sentimental de ahora en España es resultado de unas inversiones de poetas mayores en edad. Las mías no son rentables de un modo inmediato, esto me parece claro, Shakespeare, Donne, Eliot, Auden, el propio Baudelaire, mi interés en el poema espiral no socialmente heroico con ínfulas de solucionador de daños, sino que le hace sitio al daño, lingüísticamente sitio para empezar, rumor de la tragedia como yo le hice en mí desde que escuchaba cien veces, casi más que leía, grandes poemas como antes había mirado desde la cuna del paseo Rueda la gran grúa. En cuanto a lo que me interesa estrictamente hoy, es cada vez más la poesía, con mayúscula o con minúscula, allí donde la encuentro: en mi memoria llena de poemas, que como bien saben mis amigos me los sé todos de memoria; y en la memoria de otros. Siempre es poesía como limada por el tiempo o por la prevención del desgaste que supone la adopción de posturas, poesía con tensión justa y con soltura, sin pedantería, con inventiva, en libros y en poesía previa al libro en la disposición de niños como una de ocho años que el otro día, en una lectura en un pueblo de la serranía de Ronda, me dijo muerta de risa, como si se hubiera tomado un chupito, que se le había «subido el corazón» con los poemas. En una aldea, en México, desde la grada de la cancha de deportes donde había sido la lectura, también un niño, pero él muy serio, me preguntó qué había que hacer para ser inmortal. Le dije que vivir. Muchos poetas de América Latina creen, por cierto, que para bien o para mal sigue habiendo hiato transatlántico; no creo que sea cierto. Si pensamos que una editorial tan universalista, no sólo panhispánica, como Pre-Textos cumple ahora cuarenta años, el problema no es de falta de diálogo, sino de que en poesía los diálogos son tan privados. Hay hiato entre poetas de la misma ciudad, hay hiato entre los libros de uno mismo. Ahora he publicado un diálogo nada hiático, puede que escéptico sólo a tramos, con un joven poeta inteligente y valioso, David Leo García, en la revista Años Diez.
¿Cree que hay una crisis de la poesía, en el sentido de pérdida y extravío o aún se puede, como usted dice, hacer sitio al daño y a la grandeza e inventar el mundo en sílabas contadas?
La crisis de la poesía es consustancial a ella, porque, a diferencia de la pintura o la música, arranca, deseablemente además, de un lenguaje parecido al que usamos para hacernos entender con las personas y las cosas, muy parecido en principio al idioma que usamos para comprar en el supermercado, pero la pretensión esencial es otra: llevar a sus máximas consecuencias ese lenguaje, todos sus ingredientes, tensión, relajación, humor, contradicción, verdad, mentira, exageración, precariedad. Y no para entender nada sino para algo quizá más humilde o grandioso: sostener una canción y una danza, una respiración de la memoria individual que se funde con la de otros y corre en algo tan memorable como los logros que en esto son, por citar ahora ejemplos en español, «Espacio», «Don de la ebriedad» o «Piedra de sol».
¿Esa fusión de lo de uno con lo de otros sería para usted, haciéndonos eco del poema de Jaime Gil de Biedma, el argumento de la obra?
Si pienso en el argumento de El ciclo de la evaporación, el argumento de la obra es casi el de la vida: el amor es tan fuerte que es lo más frágil de todo y es lo primero que se rompe, no sólo como las Torres Gemelas o la paz o la economía mundiales, sino para colmo a la vez que ellas. Y el amor vuelve y ensancha el mundo, incluso geográficamente, y su música comprende al que sufre, al que teme, al que se arroja desde un rascacielos, al invadido luego por causa de eso, al que inyecta rojo en la probeta, al jubilado que lee el diccionario, y el amor viaja al fondo y a la superficie de las cosas y al fondo de la eternidad que vuelve a romperse, y luego el amor vuelve y detiene y mueve el tiempo como lo detiene y mueve la poesía. Gil de Biedma en el poema breve y sentencioso que usted cita y que se refiere más bien al argumento de la vida, que compara shakespearianamente con una obra de teatro, si extraemos como suele hacerse los dos últimos versos, lo de que envejecer, morir, es el único argumento de la obra, podría resultar un poco flamenco, un poco cantaoramente bruto, desecador de la vía Manuel Machado y la vía de Poemas para un cuerpo de Cernuda, que usted sabe mejor que yo que viene de Bécquer, que viene de Heine, etcétera. Todos ellos son buenos y a mí me gusta mucho el flamenco, pero sus letras estaremos de acuerdo en que son brutales cuando no se detienen y recrean un instante en lo que usted llamaría admirablemente la minucia. Cernuda lo hace. No sé si la minucia es el argumento, una lluvia, una hierba que un caballo no quiere comerse, creo que no, que serían más bien la cifra involuntaria del argumento. En El ciclo de la evaporación creo que hay un verso que dice «detener el destino con palabras» y otro que antes habla de «como quien mueve el tiempo con palabras». Quizá esta conexión natural de un impulso poético sólo pueda verse en secuencia y por eso creo que lo ambicioso es el poema breve, que lo confía todo a una sola cifra como en el haiku o en la soleá. Confío en todo caso en la cifra de las cosas que están antes y estarán después que nosotros. El argumento no puede ser su fatalidad o su destrucción. El argumento es nuestro despliegue de minucias o tremendous trifles contra la destrucción. El esfuerzo en mirar. En el momento en que el cantaor con la camisa rota o Jaime Gil de Biedma con su batín de raso cantan que el único argumento es «envejecer, morir» están en un quejido que hay que respetar por todo su derecho y su hondura, pero si el canto emula de verdad el procedimiento de la vida atenderá al esfuerzo natural de lo cíclico y al esfuerzo humano por cifrarlo en poesía lo mismo que se descifra en la filosofía. Quizá ese último poema mío lo he titulado con la palabra evaporación porque otras fases del poema y de la vida son menos exhibibles: sublimación, condensación y caída, aquel ciclo que recuerdo del colegio a falta de acordarme de otras instrucciones y datos y poemas ripiosos, y en esto de los poemas infantiles me parece, por cierto, que estamos cada vez peor, con pocas excepciones. A mí mi padre me decía alguna décima cíclica de Calderón y creo que fue suficiente para justificar y animar al que miraba más de lo necesario, sin saber ni mi padre ni yo que aquello era una décima, ni que era de Calderón, ni tener mi padre más contacto con poetas que con el trovador ciego don Manuel Benítez Carrasco, que marcaba el ritmo de los versos con golpes de su bastón en la tarima. Eso: evaporación y caída, ciclo y vuelta a empezar. A falta también de otra fe, la vuelta a empezar se cumple en el poema.