Un par de semanas después, y en coherencia con el que había sido su discurso desde el principio, publicó un extenso artículo, «Palabras a Cataluña», en el que se dirigía directamente tanto a sus lectores españoles, como a los políticos catalanes. A los primeros les insistía en que la autonomía de Cataluña era algo deseable, merecido e inevitable. A los segundos les recordaba que, si finalmente se lograba el objetivo, debían ser magnánimos y no apropiarse en exclusiva del logro, sino admitir que, igual que la llegada de la República había sido la culminación de un esfuerzo colectivo, el hipotético Estatuto de Autonomía de Cataluña era, también, el resultado del trabajo de mucha gente, incluidos los periódicos republicanos y sus fundadores (no citaba ninguno en concreto, pero es obvio que pensaba en Crisol, su diario en ese momento, y en su fundador, Nicolás María de Urgoiti, que ya había fundado El Sol en 1917), cuya aportación, según él, había que ponderar en su justa medida. Merece la pena reproducir un fragmento del artículo para comprobar la maestría con la que Azorín argumentaba su postura, contraponiendo lo que había de racionalidad y lo que había de emotividad en la reivindicación catalana, para apelar a la empatía de sus lectores y convencerles de que aquello que pedía Cataluña era algo justo, que en nada iba a perjudicar al resto de España. Casi noventa años después, sus palabras cobran hoy una inusitada actualidad:

La cuestión de Cataluña es una cuestión de razonamientos y de sentimientos; una cuestión científica y una cuestión sentimental. Hace mucho que las razones han pasado, en el problema de Cataluña, a segundo lugar. El sentimiento lo domina ahora todo. Y cuando el sentimiento se ha infiltrado en una masa nacional, podréis hacer todo lo que queráis para combatirlo o paliarlo, pero no conseguiréis nada. Sería preciso para acabar con el sentimiento, acabar con los moradores de la nación y arrasar todas sus ciudades. Contra el sentimiento, en las colectividades y en los individuos, no es posible luchar. Cataluña —si las flaquezas de los parlamentarios reunidos en Madrid, en los que no tenemos ninguna confianza, no se atraviesan— va a tener su plena soberanía. Y si esas flaquezas de los parlamentarios se opusieran, la atendría también; la presentación en la asamblea del memorial catalán debe ser considerada como un mero trámite de cortesía, y nada más. Y ya que vais a ser libres, catalanes, queridos, amigos, procurad serlo con dignidad. No os ufanéis los dirigentes, con petulancia infantil, de haber traído vosotros la libertad y la República; una larga cadena de generaciones ha trabajo por traer lo que ahora adviene; es todo el pueblo catalán, y no vosotros solos, el que habrá traído la República; habrán sido todos los intelectuales de Cataluña los que, operando sobre la masa, a lo largo del tiempo, la han ido saturando de la idea de libertad. Si algún gran periódico, en los últimos tiempos de servidumbre, realizó el esfuerzo decisivo para que la República viniese, no olvidéis, por lo menos, de dar representación en vuestra asamblea al fundador y al director de ese diario; lo contrario sería tanto como una negrísima ingratitud, una indignidad solemne (Azorín, Crisol: 2-IX-1931).

 

El 4 de agosto de 1932, con el anteproyecto del Estatuto de Autonomía de Cataluña (conocido como Estatuto de Nuria, por haber sido redactado en esta localidad catalana de la comarca gerundense del Ripollés) ya tramitado por la Generalitat y ratificado en referéndum, pero todavía pendiente de ser aprobado por las Cortes (cosa que sucedió el 9 de septiembre), Azorín decía en el periódico Luz que las regiones españolas «que tengan vitalidad para serlo, deben ser autónomas». Además, añadía que la autonomía debía ir acompañada de un reconocimiento a la lengua catalana y de la creación de una universidad propia, como instrumento necesario para potenciar el desarrollo de la cultura catalana. Aunque unos años antes había reprochado a los diputados socialistas que se aliaran con la derecha española para defender el nacionalismo catalán, ahora rectificaba su postura y admitía que el internacionalismo no estaba reñido con la defensa de las autonomías: «lo que con las autonomías fomentamos es precisamente el internacionalismo. Internacionalismo que es, en su esencia, diversidad y comprensión de la diversidad. Internacionalismo que abarca la variedad en lenguas y en sistemas de todas las manifestaciones del pensamiento nacional» (Azorín, Luz: 4-IX-1932). Para él, una cosa era el catalanismo que exigía la independencia o la separación entre Cataluña y España, cosa a la que se oponía frontalmente; y otra, distinta, era el regionalismo o soberanismo catalán que pretendía vivir autónomamente, cosa que él no sólo aceptaba, sino que defendía una y otra vez.

En 1935, el periodista y político Francisco Gómez-Hidalgo, diputado de Unión Republicana en las Cortes de la República, publicó un libro titulado Cataluña-Companys, cuyo prólogo firmó Azorín. En él explicó a los lectores que, antes de redactarlo, había ido a visitar al expresidente de la Generalitat de Cataluña, Lluis Companys. Lo había hecho en la cárcel Modelo de Madrid, donde Companys y el resto de su gobierno habían sido trasladados para ser juzgados por el Tribunal de Garantías Constitucionales de la República, acusados de haber proclamado el Estado Catalán dentro de la República Federal Española, el 6 de octubre de 1934. Aquel prólogo era un ataque al centralismo español y una defensa de la plurinacionalidad del país: «España es varia y múltiple. Dentro del área ibérica alientan diversas nacionalidades. Las constriñe en su espontaneidad una estructuración violenta y secular. España tenía antes de la unificación forzada, una espontaneidad que fue reprimida» (Azorín, 1935: 8). Ese proceso de uniformización que, según él, empezó con el matrimonio de los Reyes Católicos, había pretendido eliminar la diversidad del pueblo español, pero no lo había conseguido, pues esta había subsistido de forma soterrada. El caso de Companys, en particular, y de Cataluña, en general, demostraba la existencia en el país de una absoluta falta de sensibilidad para con las culturas distintas a la hegemónica, que era la castellana. Ese mismo año, en un artículo publicado en el diario Ahora, volvió a la carga para defender, por enésima vez, que la autonomía de Cataluña podía ser beneficiosa para todos, porque se había demostrado que la unificación impuesta por la monarquía hispánica no había funcionado. Los distintos pueblos españoles habían perdido su carácter propio y la autonomía era una herramienta ideal para recuperarlo:

¿Por qué España no ha de recobrar la libertad de movimientos de que gozaba antes de la unificación operada por Isabel y Femando? La unificación es infecunda. Con la unificación desaparece la espontaneidad en el pueblo. De esa unificación bárbara ha nacido la realidad de la leyenda negra. Leyenda que no es leyenda, sino materia auténtica. Tan auténtica en los tiempos pasados como en los presentes. Auténtica en Jerez y en Barcelona, en 1892 y en 1896, como en Cuba y Filipinas, con motivo de las guerras coloniales. […] Los pueblos de España no recobraron su fecunda espontaneidad. En el silencio de la casa catalana, en el campo, pensamos en Cataluña y en Castilla. La azada castellana y la azada mediterránea; son distintas; pero todo es trabajo. El trabajo alienta sus reivindicaciones profundas, que habrá que realizar. Camino para lograrlo es la autonomía de los pueblos de España (Azorín, Ahora: 9-V-1935).

 

Como sabemos ahora, ese camino de las autonomías terminó de forma abrupta y violenta, como la propia República, cuando la victoria del bando sublevado en la Guerra Civil dio inicio a la dictadura de Francisco Franco. Lo que no desapareció jamás fue el amor que sintió Azorín por Cataluña y el cariño que profesó a sus gentes. La última prueba de ello nos la dio en fecha tan tardía como el 1966, apenas un año antes de morir, cuando el alcalde franquista de Barcelona, José María de Porcioles, hizo una visita oficial al ayuntamiento de Madrid y fue obsequiado por su homólogo, Carlos Arias, con una edición especial de Madrid, el emotivo libro de memorias en el que Azorín había contado sus primeros años en la capital de España, donde había llegado a principios del siglo, siendo un joven aspirante a la gloria literaria. Para quedar bien con su invitado barcelonés, el alcalde madrileño pidió al ya nonagenario escritor que estampara una dedicatoria en aquel ejemplar para Porcioles, pero, en vez de personalizarla, él quiso dedicar el libro «A la capital del Principado, desde arriba, Madrid, hacia el Mediterráneo. Con toda cordialidad» (José Tarín-Iglesias, ABC: 3-III-1967). Palabras de amor, sencillas y tiernas, con las que Azorín se despidió —sin saberlo— de una cultura, la catalana, y de una ciudad, Barcelona, por las que siempre demostró tener no sólo un enorme respeto, sino, también, una innegable admiración.

Nota: este artículo forma parte del Proyecto de investigación «Josep Pla y el periodismo literario en Cataluña, España y Europa (1918-1981): análisis, interpretación y difusión de un espacio narrativo entre la ficción y la no-ficción» (Ref. PGC2018-101783-B-I00), financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

 

Bibliografia

· «Azorín, en Barcelona», ABC, 30-III-1906.

· Azorín, «Si Cataluña quisiera…», La Vanguardia, 6-VI-1916.

–. «La cuestión catalana», ABC, 8-VI-1916.

–. «El patriotismo», ABC, 11-VI-1916.

–. «El único medio», La Vanguardia, 13-VI-1916.

–. «El deseo de todos», ABC, 15-VI-1916.

–. «La verdad a los catalanistas», ABC, 21-VI-1916.

–. «España: el nacionalismo», ABC, 1-V-1917.

–. «El despedazamiento de España», ABC, 6-II-1919.

–. «En su integridad», Crisol, 19-VIII-1931.

–. «Palabras a Cataluña», Crisol, 2-IX-1931.

–. «Autonomías», Luz, 4-VIII-1932.

–. «Todo un pueblo», Ahora, 9-V-1935.

–. «Prólogo», en F. Gómez-Hidalgo, Cataluña-Companys, Madrid, Librería Enrique Prieto, 1935.

–. Artículos olvidados de J. Martínez Ruiz, Estudio, notas y comentarios de texto de José María Valverde, Madrid, Narcea, 1972.

–. Una hora de España (entre 1560 y 1590), en «Obras escogidas», vol. II, coordinadas por Miguel Ángel Lozano Marco, Madrid, Espasa Calpe, 1998.

· Juliá, Santos, «Despertar a la nación dormida: intelectuales catalanes como artífices de la identidad nacional», Historia y política, n. 8, 2002, p. 89.

· Tarín-Iglesias, José, «La postrer dedicatoria azoriniana a Barcelona», ABC, 3-III-1967.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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