Con estos precedentes, la carta abierta de Cernuda habría de ser otro clavo en el ataúd que se iba haciendo de Séneca y que a Bergamín le dolía en propia carne. La editorial cerraría, efectivamente, en 1947.
Entretanto, Cernuda fue publicando en El hijo pródigo. Colaboró por primera vez en su número 3 (junio de 1943), donde reproducía su artículo publicado en el Bulletin of Hispanic Studies (Liverpool) titulado «Juan Ramón Jiménez». Volvió a hacerlo en el 9 (diciembre de 1943) con «Quetzalcóatl». «Vereda del cuco» (uno de los dos poemas que añadió a Como quien espera el alba después de haber ofrecido el libro a Bergamín) apareció en el 20 (noviembre de 1944). En el 28 (julio de 1945), el ensayo «Tres poetas clásicos». De la colección siguiente, Vivir sin estar viviendo, ofreció el poema «La ventana», primero de «Cuatro poemas a una sombra» y escrito en 1944, en el número 37 (abril de 1946), dedicado a J. B. (según las anotaciones de Derek Harris y Luis Maristany, José Bergamín, y ciertamente no se nos ocurre otro que pueda corresponder a esas iniciales). La dedicatoria, que desde luego significaría una reconciliación y acaso una muestra de agradecimiento a quien tiraba la toalla editorial pero le había publicado casi toda su poesía hasta ese momento, con excepción de la colección más reciente, se eliminaría al incluirse el poema en la tercera edición de La realidad y el deseo, donde, como ya sucedía en la segunda, se suprimieron varias dedicatorias de las publicadas o consignadas en los manuscritos o mecanoscritos originales: a Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Emilio Prados, Antonio Colinas, Serafín F. Ferro, Ramón Gaya, Carlos Morla y Stanley Richardson (quedaron, o se incluyeron en poemas nuevos, la dirigida a Manuel Altolaguirre y Concha Méndez del poema XIV de Donde habite el olvido y «Los fantasmas del deseo» del mismo libro, a Bernabé Fernández-Canivell; de Invocaciones, «Dans ma péniche», a Rosa Chacel; de Las nubes, «Elegía española II», a Vicente Aleixandre, y «Tierra nativa» a Paquita G. de la Bárcena). Sin embargo, otros poemas escritos tras la publicación de la segunda edición incluían dedicatorias, y uno de estos casos es el del poema «Limbo» de Con las horas contadas, dedicado a Octavio Paz. Las otras dedicatorias que sobreviven en lo añadido a la tercera edición de La realidad y el deseo son también para personas muy queridas de Cernuda: Concha de Albornoz, Ramón Gaya y Carlos Otero.
Guillermo Sheridan, que a lo largo de sus pesquisas pacianas ha tenido acceso a numerosos epistolarios, recogió en un artículo publicado en Letras Libres («Octavio Paz. Cartas de Berkeley», número 155, noviembre de 2011) las misivas que el autor de Libertad bajo palabra, ausente de México desde enero de 1944, envió a su tocayo Octavio G. Barreda, con quien había lanzado la revista aun cuando el segundo fue siempre, nominalmente, el director de la misma. Pero Paz no dejaba de comentar y proponer, e insistía, «una y otra vez, en publicar los poemas de Cernuda».
Cernuda y Paz se reencontraron primero en Londres en diciembre de 1945, luego residiendo ya Cernuda en México de 1953 a 1958 (siempre recibiendo favores de Paz) y, finalmente, de nuevo unos días en 1962, como recordó el mexicano en su ensayo «La palabra edificante» (Universidad de México, número 11, julio de 1964, posteriormente recogido en Cuadrivio). Por él sabemos, ahora en «Juegos de memoria y olvido», que Cernuda le confió el mecanoscrito de Como quien espera el alba, ya definitivamente finalizado en Cambridge en 1944, y Paz se lo devolvió «con dos o tres anotaciones, que él agradeció y no sé si tomó en cuenta» durante este encuentro de 1945, ya acabadas la guerra y la amenaza de destrucción. Cernuda le había escrito el 24 de junio de 1944 anunciándole el envío, en correo aparte, de su nueva colección de versos con esta petición: «No sé si habrá ocasión de publicarla por ahí; en todo caso, quiero que algún amigo tenga copia de mi trabajo… sería demasiado dejar que se perdiese en cualquier accidente de los que hoy cercan nuestras vidas». Poco más de dos meses habían trascurrido desde que Cernuda diera por terminado el último poema de la colección, «Río vespertino». Paz había dado el paso de intentar que el poemario viera la luz: «se me ocurrió proponer a los amigos de Litoral la publicación del libro, pero él me rogó, con vehemencia, que no lo hiciese». Siempre estuvo Cernuda en buenos términos con Altolaguirre. ¿Sería por Prados, con quien sufrió diversos episodios de animadversión, por quien no quiso esa publicación que Paz propuso? Éste puede referirse a los dos fundadores originales de la editorial y revista o, en un sentido más amplio, a los que con ellos resucitaron fugazmente en 1944 Litoral: Juan Rejano, José Moreno Villa y Francisco Giner de los Ríos. Difícil hoy saberlo, aunque me inclino por lo primero.
En carta del 10 de este mes a Concha de Albornoz, Cernuda escribe:
Y acaso pronto, ahora o más tarde, tal vez para el verano, cuando vayas a México como me dices, esté ya impresa mi nueva colección de versos, que Altolaguirre tiene en su poder y de cuya aparición no tengo la menor noticia. Sin duda estiman que esto es cuestión que no debe interesarme.
Cuando Paz se trasladó a París a ocupar el puesto para el que había sido designado en la legación mexicana, llevó a Cernuda, como hemos visto, la copia a Londres, breve escala a su viaje a Francia. ¿Se trataría de la misma copia de Como quien espera el alba que tenía Altolaguirre, tal vez enviada por Paz desde San Francisco, Middlebury o Nueva York, lugares por los que pasó en el intervalo? Lo cierto es que Cernuda gestionó por su cuenta la edición y el libro se publicó en Buenos Aires en 1947 por la editorial Losada. Casi con toda seguridad la publicación se realizó merced a los buenos oficios de Molinari, a quien había conocido en Madrid en 1933 y con quien Cernuda tuvo trato epistolar desde entonces. Molinari también publicó en la misma colección (Mundos de la madrugada, 1943 y Esta rosa obscura del aire, 1949). Lo que no pudo el argentino fue conseguir que se publicara Tres narraciones, pues tras unos primeros indicios positivos por parte de Manuel Victorio Fernández Valiela, Losada comunicó a Cernuda que el libro no se publicaría. El 31 de julio, el sevillano participó esto a Molinari en una carta que evidencia que el segundo actuó como mediador. En cuanto a Fernández Valiela, fitólogo argentino, había sido colega de Cernuda en el Emmanuel College de Cambridge, y también le echó una mano a la hora de publicar en Buenos Aires, dado que en la Ciudad de México se le cerraron puertas que él creía expeditas.
Cernuda no volvió a ver a Bergamín desde febrero de 1938, año en que él abandonó España, a diferencia de lo que sucedió con otros muchos exiliados españoles y de lo que ocurrió con Paz, con quien, ya se ha expuesto, tuvo ocasión de reencontrarse en numerosas ocasiones. Terminada la efímera vida de la editorial Séneca no consta que Cernuda y Bergamín retomaran el contacto epistolar, y cuando el primero evoque al segundo lo hará con justicia aun sin olvidar la reedición no autorizada por él de sus traducciones de Hölderlin. El descenso de la amistad entre Cernuda y Bergamín coincide con el ascenso de la que unió al primero y Paz —ésta ya, sí, hasta el final de la vida del poeta sevillano—. Amigo de los dos, Paz, más afín a Cernuda en ética y estética, dejó páginas memorables sobre éste y su obra, de una finura intelectiva en la que se juntan íntimo conocimiento personal, intuición poética y un bagaje literario que le permitió establecer con seguridad todos los correlatos necesarios. Bergamín, aparte de aquel ensayo de 1927, luego guardará silencio sobre su amigo y no llegará a participar en el número monográfico que la revista La Caña Gris (1962) dedicará al poeta de La realidad y el deseo. Pero es a él a quien debemos, y Cernuda el primero, la edición de esa poesía reunida en 1936 y luego en 1940, una vez en España y la otra en México. No es moco de pavo. A pesar de tiranteces, ambos siguieron en buenos términos, como indica la mencionada dedicatoria de Cernuda, hombre poco dado a esos gestos. Y Juan Gil-Albert recuerda precisamente en el texto con el que colabora en ese homenaje de La Caña Gris que viviendo en México Bergamín le dijo: «Cuando no soporto ninguna lectura recurro a Luis» (esto hubo de ser entre finales de 1939 y finales también de 1942, cuando Gil-Albert marchó a Argentina). No obstante, el tiempo y la distancia los fueron alejando, como es ley humana y más, si cabe, entre personas separadas por el exilio que no volvieron a coincidir sobre el mismo suelo.
De Bergamín, además, separarían a Cernuda las dos caras aparentemente inconciliables de cristianismo y comunismo que en aquél coincidían sin fisuras. Cernuda, como vio Paz, abandonó el cristianismo al dejar la infancia, y su discurso era pagano. Ambos hombres, Paz y Cernuda, estuvieron, asimismo, inicialmente en la órbita del comunismo, del que luego se distanciaron. En este sentido, es importante la apertura de miras y falta de encasillamiento de que gozó El hijo pródigo, a pesar de las pataletas de cierta ortodoxia, pues en sus páginas convergieron autores como Péret o Serge, no plegados al estalinismo, junto con otros que fueron estalinistas a carta cabal, si cabal es palabra que pueda aplicarse a la complicidad con el crimen. Bergamín fue, por el contrario, quien en 1937 tildó de fascista a un ídolo, tanto en lo personal como literario, de Cernuda: André Gide, quien recibió todo tipo de insultos y vilipendios al publicar sus dos escritos surgidos como reacción a su viaje la URSS. En Con las horas contadas, Cernuda incluyó «In memoriam A. G.» al conocer la muerte del autor de Los monederos falsos en 1951. Lo cerraba este endecasílabo lapidario: «Bien pocos seres que admirar te quedan».
En las personalidades fuertes, la admiración no se reduce al ámbito de los afines pero está abonada en aquellos que constituyen un modelo moral, un ejemplo, no sólo en lo estilístico. Paz vio, como nadie hizo, las virtudes de Cernuda (sin olvidar sus debilidades), y éste halló en aquél, doce años más joven, ánimo, acicate, rigor e inteligencia no rebajada a partidismos. Mateo Alemán, que como Cernuda nació en Sevilla y murió en México, dejó escrita en Guzmán de Alfarache esta sentencia que puede aplicarse a la relación, si no entre Cernuda y Bergamín, sí entre el primero y Paz, ese mexicano de origen andaluz: «Débense buscar los amigos como se buscan los buenos libros. Que no está la felicidad en que sean muchos ni muy curiosos; antes en que sean pocos, buenos y bien conocidos». Cernuda tuvo pocos amigos verdaderos: Bergamín no resistió las ordalías del tiempo. Paz lo fue para siempre y aún póstumamente, dando de ello muestra tanto en sus actos como en sus escritos.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]