POR MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Ciro Bayo y Segurola (1859-1939), vagamundos y dromómano, viajero finisecular por tierras americanas cuando pocos españoles lo eran, que lo mismo se dedicaba a desasnar hijos de gauchos en la Pampa argentina, que montaba a caballo y se echaba al camino rumbo a la Exposición Universal de Chicago de 1893, la Colombina, con un cartel a la espalda que publicitaba su proeza. Una vida empañada, al menos en España, por una tristeza irremediable, pero que conoció un esplendor americano. Un Bayo, para mí, leído en los días heladores de Potosí, en el Archivo Nacional de Sucre y en la calorina de Riberalta, a orillas del Madre de Dios, en varios viajes entre 2009 y 2013.

Bayo entró en Bolivia desde la Argentina a finales de 1892 o en los primeros días de 1893. Lo hizo por La Quiaca (Villazón). Para entonces ya había padecido los rigores de la puna de Jujuy, tal y como relata en El peregrino en Indias (1911), su primera y más extensa y minuciosa crónica boliviana; un episodio que luego retoma, ampliado, en Por la América desconocida (1920 y 1927).[i]

Su primera etapa boliviana fue Tupiza, una localidad que entonces era el feudo de los Aramayo, mineros poderosos y legendarios, y la minúscula capital de un territorio fronterizo sin ley o con poca ley, por el que pululaban buscadores de oro, desertores de guerras perdidas (como la tercera carlista), fugitivos de la justicia y aventureros de varias nacionalidades. Algunos pasarán como sombras por las páginas de Bayo: por ejemplo, esa en la que dice que, en aquella época, para triunfar en Bolivia sólo hacían falta un fusil y determinación. Pocos años después de que Bayo pasara por ese territorio minero, aparecieron en escena Butch Cassidy y Sundance Kid, que atracaron un convoy de la empresa Aramayo.

De Tupiza, Bayo se dirigió a Potosí. Tardaría dos o tres días en recorrer el imponente camino que une Tupiza con la ciudad del Cerro Rico, unos 250 kilómetros. Deja rastro de su paso por la apacheta de la zona de Cotagaita, un lugar de culto a los apus y achachilas, las almas protectoras, y de ofrendas, entonces y ahora, situadas de ordinario en collados. Bayo se cruza con un muerto a caballo y deja a un lado una población desolada de nombre inquietante: Sepultura. Ese el primer encuentro con esa realidad boliviana de los mitos y las creencias ancestrales, un mundo mágico poblado de almas en pena intercesoras con el más allá, y con el consumo de hoja de coca, el acullico, del que dice servirse mezclado con lejía (llujta) elaborada con ceniza de camote o cal.[ii]

Bayo da cuenta de la visión imponente del Cerro Rico que domina Potosí, esa ciudad en la que el diablo anda disfrazado de viento que te puede atrapar en la calle de la Pulmonía, escenario de codicias, riquezas y cuchilladas. La monja Alférez anda por la calle que lleva su nombre, cerca de la de las Víboras, escenario de la guerra de vicuñas (castellanos y extremeños) contra vascongados[iii] porque estos se hicieron con los puestos administrativos y los lavaderos de mineral. Y da cuenta también de que el esplendor minero es cosa del pasado.

Si estuvo, como dice, en Tupiza para la fiesta de Reyes, la de los caballistas, Bayo no se detuvo mucho en Potosí porque llegó a Sucre el 11 de enero de 1893.[iv] Esa es una jornada muy larga para hacerla a caballo en cinco días.

En Sucre su primera estación es un tambo –esto es, un alojamiento populoso para arrieros, viajeros a caballo, mercaderes con sus mercaderías y almacén de éstas– de los que, al menos en la ciudad de La Paz y en el mismo Sucre por la parte del Mercado Campesino, quedan algunos ejemplos residuales. El de Bayo estaba en un antiguo convento desamortizado por el mariscal Sucre. Habla ya de la llajua, ese condimento que acompaña todo plato boliviano y cuyo ingrediente más notable es el locoto, tan picante que Bayo lo bautiza como «botafuego».

A los días de llegar, Bayo se dirige a la Recoleta, el espléndido convento franciscano que domina la ciudad desde el cerro Churuquella: una sucesión de preciosos patios ajardinados y una formidable biblioteca. A juicio de Tristán Marof en su corrosiva novela La ilustre ciudad[v] –el pasaporte que le permitió a su autor no poder regresar jamás a Sucre–, aquel convento, en el que casi todos los frailes eran vascongados, «olía a Pamplona y a carlismo». Bayo no cayó con mal pie.

Su protector es un fraile catalán que enseguida le busca un quehacer y lo acompaña a La Florida, la finca de Aniceto Arce, expresidente de la República, situada a pocos kilómetros de Sucre en la carretera de Potosí, por la que había entrado días antes. Imagino que Bayo se quedaría tan pasmado ante el lujo de la quinta como se queda hoy el viajero a la vista del espectáculo de sus imponentes ruinas: un paraíso de jardines, albercas, cultivos, patios, fuentes, salones con empapelados franceses, frescos alegóricos que dan la medida de la magnificencia minera… Ah, sí, y agua corriente caliente y fría, si no en todas las habitaciones, sí en muchas, lo que a juicio de don Pánfilo, el originario quechua que cuidaba de las ruinas y de sus fantasmas –y mostraba de paso los túneles en los que estos habitan–, era el colmo del lujo. El mobiliario hace mucho que se fundió en remates y anticuarios argentinos y bolivianos.

Decir Aniceto Arce era decir poder: poder político y poder económico. Era uno de los miembros de la rosca minera y había sido presidente de la República hasta el año anterior. De hecho, la sede del gobierno de la República estuvo en La Florida.

Sea a través de Arce, de los amigos de Arce o de los frailes de la Recoleta –donde vivió Ciro Bayo–,[vi] el caso es que Bayo se ve en el trance de montar un colegio para la buena sociedad sucreña. Así, entre los meses de marzo, abril y mayo de 1893, Bayo inserta en el periódico El Día su anuncio de «Colejio Infantil», el que acabó abriendo en el número 179 de la calle de San Alberto, «al lado de las Educandas». Ese número no se encuentra hoy día, pero sí otras edificaciones, con patios coloniales rodeados de galerías, que permiten hacerse una idea de cómo era el colegio de Bayo.

Bayo no estaba solo en esa empresa porque desde el comienzo aparece como socio suyo Víctor Puig, poco menos que relegado al olvido pero presente entonces. Su vecino y competidor en la enseñanza era Ricardo Mujía, que tenía su colegio en la misma calle de las Educandas y daba clases de «dibujo, francés y caligrafía».[vii] Mujía, activista político, prócer social, publicista, sería una de las relaciones habituales de Bayo en Sucre.

A juzgar por las pistas que deja a su espalda, Bayo se integró enseguida en aquella sociedad sucreña que retrata Marof: pacata y clasista hasta casi hoy día. No en vano los aymaras del altiplano llaman a los chuquisaqueños «los bolígrafos» por su prurito de «sangre azul». Basta visitar su cementerio: el Père-Lachaise de La Plata perulera.

La Chuquisaca que Bayo conoce es la heredera de la época de la explotación del Cerro Rico y los veneros de Potosí. Los propietarios mineros vivían en Sucre porque su clima es mucho menos hostil que el de Potosí. Para saber cómo era la ciudad en la época de Bayo hay que escudriñar con lupa viejas fotografías y dejarse llevar por el cabe imaginar, pero hay suficientes elementos de juicio facilitados por el propio Bayo para afirmar que se trataba de una sociedad estamental, de grandes diferencias sociales, donde la alcurnia familiar pesaba tanto o más que el propio dinero de origen minero, potosino o no, que era el que daba lustre a la ciudad desde siglos atrás. Detrás de Sucre están las instituciones, pero también las minas y los negocios mineros.

Digo que Bayo se integra en aquella sociedad porque muy poco después de su llegada empieza a colaborar en la prensa local y en diferentes sociedades cívico-culturales, por ejemplo, como miembro honorario de la Sociedad Bernardo Monteagudo.[viii] Ya sea a través de seudónimos diversos –Boyarico, Cairo y otros–, Bayo no desdeñó las polémicas, entre literarias y políticas, y tuvo varias, y agrias. Se hizo notar.

Unos meses después de abrir su colegio y ya activo ciudadano de Sucre, Bayo acomete su propia empresa periodística y funda El Fígaro, en cuya mancheta se puede leer: «Periódico Cómico-Literario, Director: Ciro Bayo».

El primer número de la revista aparece el 10 de agosto de 1893. Se proponía salir los días 10, 20 y 30 de cada mes. La suscripción costaba un boliviano. Entre los colaboradores figuran nombres «de la mejor sociedad chuquisaqueña», letraheridos, políticos o desocupados de casino diurno y chichería nocturna, tal y como los dibujó Víctor Puig. En ese primer número aparece, a modo de «Presentación y saludo», una conversación de Bayo, desdoblado en Fígaro, que declara: «Tengo algunos ahorrillos, quiero establecerme en Sucre y, quiero además, cultivar el trato de su sociedad que me han dicho ser la flor y nata de la gente boliviana». Algo que no debió salirle del todo bien, aunque sí se relacionó con gente que, en ese momento, llevaba las riendas del país y figuró en la política y las finanzas bolivianas hasta muy tarde. Campero, Arce, Baptista…, Bayo trata, a la vez, con liberales y con conservadores, que un año después de salir éste de Bolivia iban a enfrentarse de manera sangrienta en la Guerra Federal (1898-1899). Es en ese contexto en el que hay que ver la publicación de El Fígaro.

Lo cierto es que Bayo pagó la publicación con los ahorros que había hecho con su paga en el colegio y con las aportaciones voluntarias de los suscriptores, que le llevarían enseguida a mal traer. Resulta gracioso el «Palique» dedicado a quienes se suscriben y no pagan.