Cuando ese año se clausuró el Congreso, el ministro de Instrucción Pública y Colonización le envió al Beni con un cargo oficial «satisfaciendo así sus deseos de visitar el oriente boliviano».[1] El cargo consistió en la instalación de las escuelas de Riberalta y Villa Bella, para lo que recibió una dotación de 1.200 pesos, más otros 50 para útiles para las dos escuelas, y 1.500 pesos más para la construcción de un local.

Sucre es un buen lugar para preguntarse por ese viajero español que viajó por tierras americanas cuando no lo hacía nadie. ¿Por qué se echa Ciro Bayo al camino? No quedará muy claro. Mariano Baptista Gumucio me dirá que fue porque padecía dromomanía. Esa puede ser una explicación a su temperamento inquieto, ya baqueteado, que pasa de los frailes a la gente armada sin pestañear. Yo no tengo claro en qué momento Bayo viaja a La Paz y de ahí a Yungas, hasta Chulumani, el país cuasi tropical que la Cordillera Real separa, un territorio bravo de cocaleros ahora (y de narcos), de cafeteros en su época –donde hubo Café del Panteón, el del cementerio de Chulumani, hay ahora jacuzzis para elaborar pasta base…, y pocas bromas–.

Encajar los viajes de Ciro Bayo en su cronología no es fácil. Muchos viajes, poco tiempo y comunicaciones lentas y precarias; pero estar, estuvo, sólo así se entiende la precisión de Las grandes cacerías americanas, de los lugares desconocidos para los que aporta una «guía de viajeros en casa», a la manera de Ford.

 

RIBERALTA

En mayo de 1896,[2] Ciro Bayo se dirige al oriente boliviano en una expedición de una dureza extraordinaria, que justifica la envidia barojiana, y de ahí al Beni, pasando por Moxos y navegando por el Mamoré hasta llegar por tierra a Riberalta y Villa Bella, poblaciones separadas por la estruendosa Cachuela Esperanza, el feudo del feroz gomero Nicolás Suárez. Un viaje largo y muy duro que relata con una asombrosa minuciosidad y riqueza de informaciones recogidas sobre el terreno o fruto de su trabajo de erudito, como cuando cita a Alcides d’Orbigny, cuya obra, el clásico Voyage en Amérique méridionale, sólo pudo leer en la edición de 1835-1847.

La Riberalta que conoció Bayo era una población recién fundada sobre la base de campamentos y fortines militares que protegían la todavía incipiente explotación de la goma. Tanto en la prensa de aquellos meses como en las sesiones del Congreso, Bayo tuvo oportunidad de leer y escuchar que aquellas eran «regiones abandonadas», territorios que era preciso defender con las armas; que había mucha mortandad a causa de los ríos y de las enfermedades, y que las compañías de seguros no querían asegurar nada que tuviera que ver con aquella remota región.

Riberalta era una ciudad en la que se hacía dinero fácil, cundía la explotación de indígenas y de blancos cautivos por deudas obligados a trabajar en condiciones de esclavitud; había alcoholismo, mucho juego y ninguna ley que no fuera la de las armas. Ese será el testimonio de Luigi Balzan, que viajó por la zona en 1892.[3] Pocos años después de Bayo, aparecerá en ese mismo escenario el inglés Percy B. Fawcett,[4] y la impresión será peor que la del español: una prisión sin otros barrotes que la selva, donde la explotación, los abusos, los crímenes quedaban poco menos que impunes, y donde a diferencia de lo dicho por Bayo, más que buenas armas, lo que había que tener era mucha munición.

En el comienzo del siglo xxi, la situación no es tan sobrecogedora pero no deja de ser inquietante a nada que te apartes de los caminos trillados. Ya no hay, o apenas, caucho, pero hay empresas beneficiadoras de castaña en condiciones poco claras y discutidas; hay conflictos con los madereros, con los buscadores de oro legales e ilegales; hay contrabando con el Brasil y hay narcotráfico, y las rutas son de extrema inseguridad a juicio de quien cobra el viaje.

El encargo oficial de montar una escuela que le lleva a Bayo a Riberalta quedó en nada y se vio obligado a buscar un empleo, o a aceptar el primero que se le ofrece, como contador de una barraca gomera, la San Pablo, propiedad de Nicanor Salvatierra, situada río arriba del Madre de Dios, en una zona de grandes meandros y pantanos en los que el escritor se dedicó a cazar caimanes. Hoy, de la barraca queda muy poco, por no decir nada: un astillero ruinoso y unas edificaciones que se traga la selva, pero que permiten apreciar que aquello no fue nunca un paraíso.

El Madre de Dios es un río impetuoso, de no fácil navegación a la remontada, de modo que si no obtienes plaza en un pesado batelón, el barquero del puerto de Riberalta que te lleve tiene que ir esquivando los grandes troncos que arrastra el río porque un golpe equivale a un naufragio seguro.

Bayo no cuenta cómo conoce a Salvatierra, pero algo debía de haber leído en los periódicos de dos años atrás porque los hermanos Salvatierra aparecen implicados en la instigación del asesinato de Augusto Roca Sucre.[5] Bayo lo describe como un caballero pero con la ferocidad de los barones de la goma, y Salvatierra, que lo era, se hizo legendario. De «los temibles Salvatierra», los tildó un historiador boliviano. El mismo Bayo narra prácticas feroces, como la caza de esclavos entre tribus enemigas, o habla del harén de mujeres nativas de don Nicanor, algo que los propios historiadores bolivianos consideran una rareza. Meses intensos de aventuras aquellos para Bayo, al menos como testigo, que el jalona de otros viajes, hasta Manaos incluso. Aun tuvo tiempo de escribir y fechar allí La Colombiada y El vellocino de oro, perdido éste en el incendio de la barraca San Pablo junto con su equipaje y mamotretos, esto es, la notas de sus viajes por la Argentina y Bolivia.

En el verano del 2011 hablé con un nieto de Nicanor Salvatierra. Sí, había oído hablar de Ciro Bayo, pero no recordaba nada que no fuera lo publicado en prensa en forma de folletín. En la plaza de Riberalta, el nieto me desgranaba la decadencia y ruina de la barraca San Pablo. En Riberalta todo son ruinas, todo está medio comido por la selva, todo ya fue, ya pasó. Era más interesante escucharle hablar del campo de concentración de Carahuara de Carangas, en el que estuvo recluido en su condición de falangista tras la revolución de 1952. Bayo era un recuerdo ajeno, una sombra, alguien que pasó de largo, en otro tiempo.

En la barraca San Pablo debió de estar Bayo un año y medio, no tres como dice.[6] Ahí escribió La Colombiada; vivió de cerca las rebeliones indígenas, las pugnas entre etnias diferentes; tuvo ocasión de ver las espantosas condiciones en las que trabajaban los desgraciados, originarios o blancos, que caían en manos de los gomeros, fueran estos «barones» o no; participó en una expedición a la caza de araonas con un pretexto poco convincente, como es el de hacerse con trabajadores… Su relato no choca con la información que dieron Balzan, por un lado, y Roger Casement, por otro, en su informe sobre el Putumayo, pero su tono no es el de la plena denuncia. Se limita a relatar hechos y detalles de formas de vida atroz.

¿En qué fecha salió Bayo de Bolivia? Él dice que en 1898 y en Por la América desconocida comenta que al tiempo de su salida acababa de llegar la noticia de la muerte de Fermín Fitzcarraldo y del doctor Vaca Díez, ocurrida el 1 de mayo de 1897, en el Ucalali –en una expedición que no era precisamente unas «conversaciones de negocios»–,[7] tiempo después de su salida de la región, lo que permite situar en 4 años la estancia de Bayo en Bolivia. Salió, dijo, con un arco y unas flechas, unas pieles de boa y de tigre y un puñado de libras esterlinas, la moneda que corría la Amazonía –era la banca de Londres la que se encargaba de los intereses gomeros–, como todo patrimonio –curioso destino ese cuando por fuerza tuvo que ver correr los números de la fortuna entre sus manos–, y con algo enigmático de lo que no habla pero que para mí resulta obvio: una cantidad nada despreciable de notas de todas clases (etnográficas, personales, paisajísticas, lingüísticas…). De lo contrario, no se entiende la bibliografía boliviana que publicaría en Madrid a partir de 1910 por mucho que hubiese podido tirar de diccionarios, enciclopedias y tratados de botánica, mineralogía o zoología, terrenos en los que suministró una asombrosa cantidad de datos de todo tipo –económicos, botánicos, etnográficos– e informaciones precisas, poco corrientes en una España que todavía tiene pendiente no la conquista, sino el descubrimiento efectivo y pleno de América.

NOTAS
1 «Indios, pampas, gauchos y collas», en Por la América desconocida I, publicado en volumen independiente por Caro Raggio en 1920, con ilustraciones de Galvan.
2 El peregrino en Indias, cap. iii, in fine. En realidad habla en todos sus libros con mayor o menor extensión. Se ve que lo conocía bien.
3 Episodio éste estudiado por un personaje para mí inolvidable: el historiador y diplomático don Alberto Crespo Rodas.
4 Ciro Bayo, La terraza de los Andes, p. 95.
5 Aunque publicada, por precaución, en 1950, la novela estaba escrita varias décadas antes.
6 Información de la historiadora Marcela Inch, directora del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, en Sucre (2011). No he podido corroborar la información.
7 El Día, Sucre, 3-iii-1893.
8 El Sucrense, 9-vii-1893.
9 Recoge esta voz en su Vocabulario criollo-español sud-americano.
10 El Sucrense, 10-xi-1893.
11 P. 133 y ss. de La terraza de los Andes (1920), y p. 139 y ss. de Por la América desconocida, edición también de Caro Raggio pero de 1927.
12 El Redactor de la Cámara de Diputados, Sucre, Tipografía Excelsior, 1896.
13 La firma de Ciro Bayo, bien como taquígrafo, bien como redactor, o como ambas cosas, se encuentra en las sesiones

de los días 2-ix-1895, 6-ix-1895, 9-ix-1895, 12-ix-1895, 14-ix-1895, 21-ix-1895, 23-ix-1895, 27-ix-1895, 30-ix-1895, 3-x-1895, 10-x-1895, 12-x-1895, 15-x-1895, 17-x-1895, 21-x-1895, 29-x-1895, 30-x-1895, 4-xi-1895, 6-xi-1895, 8-xi-1895, 11-xi-1895 y 19-xi-1895. En total son veintidós sesiones.
14 Bayo, Ciro. La Colombiada, Madrid, Lib. Gen. De Victoriano Suárez, 1912, p. v.
15 Sesión del 16 de noviembre de 1895. Habla el diputado Rebollo.
16 Acta de la Cámara de Diputados de Bolivia, 12-x-1895.
17 Chuquisaca, p. 383.
18 Por la América desconocida, pp. 188 y 276.
19 Balzan, Luigi. Viaggio di esplorazione nelle regioni centrali del Sud America, Milán, Treves, 1931.
20 Fawcett, P. H. Exploración Fawcett. Adaptada de sus manuscritos, cartas y memorias por Brian Fawcett, Santiago de Chile, Zig-Zag, 1954. Hay edición española: A través de la selva amazónica. La increíble aventura del explorador que inspiró el personaje de Indiana Jones, Barcelona, Ediciones B, 2003.
21 La Estrella del Oriente, Santa Cruz de la Sierra, 23-xii-1893.
22 La Colombiada, Victoriano Suárez, Madrid, 1912, p. v.
23 García Morcillo, Juan. «Del caucho al oro: proceso colonizador de Madre de Dios», en Revista Española de Antropología Americana, vol. xli, Madrid, Universidad Complutense, 1982.