En ese primer número, además de una declaración de intenciones, Bayo publicó un poema de autorretrato jocoso titulado «Buena vida», en el que aparece ese hombre bienhumorado que pone de relieve Pepe Esteban, su gran valedor desde hace mucho:

«Me levantaré a las nueve / Haré ganas y al Central / Al Tararí, al 6 de Agosto / O al restaurant Cardinal / Tendré caballo chileno / En coche pasearé / Y en la plaza y en El Prado / De pepe presumiré… / Iré vestido de leva, / choco y botas de charol; / y en verano iré a la finca / si me pica mucho el sol. / Esta vida tan buenaza / cuando me case he de hacer… / con tal que me traiga en dote / harta plata mi mujer». 

Acechar una buena dote, ir a la finca si le pica mucho el sol, una «vida buenaza»… ¿Era así Bayo o así le gustaba verse o presentarse en escena? ¿O por el contrario se trataba de una crítica velada a un público de ociosos y de ilustres sin quehacer que poblaban el escenario? De hecho, en la revista arremeterá contra la juventud ociosa de la ciudad, pese a la universidad de los jesuitas.

Un examen de los veinticuatro números aparecidos entre el 13 de agosto de 1893 y el 8 de mayo de 1894 permite conjeturar sobre la vida que llevó Bayo en Sucre, sus altibajos y sus curiosidades. La revista era su certificado de existencia. Como director de El Fígaro, Bayo era alguien en un mundo en el que contaban otras cosas que las que él podía aportar, y de las que carecía: dinero, posición social, entronques familiares, alcurnia… Me temo que Bayo, en aquel mundo cerrado y estamental, era un adorno, estimado pero adorno.

En El Fígaro, Bayo escribía el editorial, un «Palique», que apareció en casi todos los números. También firmó otras colaboraciones con el seudónimo de Boyarico, ya habitual en prensa, y sobre todo no perdió la oportunidad de colaborar con unos poemas infumables pero no mucho más que los del resto de los colaboradores, salvo tal vez uno dedicado a su experiencia de cabalgar por la pampa Argentina que recuerda a Estanislao del Campo. No eran buenos, pero eran auténticos –Caro Baroja dixit, aunque dudo que los hubiese leído–.

Algunas de sus colaboraciones en El Fígaro fueron a parar a libros posteriores, como ese artículo publicado en el número 24, titulado «Americanismos», que se corresponde con el capítulo ix de Chuquisaca o La Plata perulera.

Tienen interés sus colaboraciones firmadas con el seudónimo Boyarico. Se trata de una serie de «Escenas andaluzas». En total son siete crónicas en las que Bayo habla de ciudades andaluzas, de los gitanos y su historia –y del origen fantástico de su lengua, la germanía–, del cante hondo, de los cafés cantantes y de las corridas de toros. Lo hace de manera amena, con conocimiento de causa. ¿Bayo taurino? ¿Bayo flamenco? En esas páginas está. Resulta más ameno que divagando sobre el tamaño de los cráneos y la degeneración de la raza o haciendo el elogio de la familia como institución social de primer orden (y etcétera), algo sin duda pintoresco para un aventurero.

Las colaboraciones de Bayo reflejan un personaje que de aventurero tiene muy poco y de extravagante mucho. Por ejemplo, en el número 21 de la revista, publicó una demencial colaboración titulada Filemón y Báucis (Égloga), dedicada nada menos que «Al Ilustrísimo Señor Granado, Obispo de Cochabamba». Son 32 octavas reales (y poco republicanas). Un diálogo imposible entre los inevitables Menandro, Filemón, Báucis, acompañados nada menos que por Venus y Mercurio, que es quien acaba llevando la voz cantante… Ahí aparece un Bayo muy servidor de la jerarquía eclesiástica. Que fuera deudor de los franciscanos de La Recoleta, hasta un punto que él no aclara, no lo explica todo; de hecho, viajó al Beni con recomendación franciscana.

De lo que sí habla Bayo es de la presencia y del predicamento de los eclesiásticos en la vida boliviana. Si habla de sus costumbres más bien licenciosas lo hace señalando que es una tradición desde la época de la colonia. Los hijos de curas, los candeleros,[i] son algo más que una recurrente leyenda urbana boliviana.

Hubo un momento en que la revista pareció coger vuelo y pasó de las alrededor de ocho páginas a doce, con ilustraciones y viñetas, y alguna página final desmañada, obra de su colaborador Víctor Puig, a quien Bayo elogió con motivo del carnaval sucreño.

En el número 7, escribe Bayo: «En Bolivia por lo general se habla pestes de España porque se la desconoce en absoluto», algo que, si valía para 1894, también vale para más de cien años después. Se queja de que los poetas locales riman España con saña, ingratitud, inconsciente e injusticia, pero celebra los 3.000 fusiles máuser que la Argentina presta al Gobierno español para la guerra de Marruecos. Y en El Sucrense publica una efeméride[ii] que festeja la «gran gesta» de la independencia americana.

Al margen de los poemas, los paliques y las escenas andaluzas, Bayo mantuvo una agria polémica con escritores bolivianos (más agria de lo que él mismo querrá recordar), con un trasfondo turbio de nacionalismo, que tal vez fuera uno de los motivos por los que la revista se fue al traste. No sólo se trató de un asunto económico. La liquidación de la revista tuvo que influir en el estado de ánimo de Bayo, reflejado en las páginas de Por la América desconocida,[iii] donde dice que al cabo de dos años empezó a cansarle la enseñanza y le volvieron las ganas de recorrer tierras, de ir a los Andes, asomarse a la costa perdida, meterse en el oriente boliviano… Mucho viaje para tan poco tiempo.

En las vacaciones del tercer año escolar, que serían las de 1895, es decir, el mismo año que lo encontramos trabajando para el Congreso boliviano, se desembaraza del colegio buscando un sustituto de nombre Lamiñana, que recibirá la subvención del Congreso y sus emolumentos. Y es que, ese año, entre septiembre y noviembre, Bayo tuvo un oficio ocasional y breve, pero muy bien pagado, en el Congreso boliviano, lo que le permitió asistir a unas sesiones en las que se trataron temas relacionados con su vida futura en la región de Rivera-Alta (entonces) y del Madre de Dios. Bayo se había hecho amigos en Sucre. Algunos de los colaboradores de su revista eran congresistas, honorables en la terminología de la época.

Como él mismo cuenta en La plata perulera, las actas de las sesiones en las que intervino están publicadas en El Redactor de la Cámara de Diputados correspondiente al año 1896,[iv] unas veces como taquígrafo y otras taquígrafo-redactor.[v] Bayo confesará que no sabía taquigrafía, pero que corregía el estilo de los taquígrafos y hacía hablar a los diputados como Castelares, por lo que estos quedaban agradecidísimos.

El interés de las actas de esas sesiones del Congreso es que algunos de los graves asuntos en ellas tratados encontrarán reflejo en La plata perulera. Me pregunto cómo los escribió ¿Se trajo a España notas, recortes de prensa, diarios…? No lo sé. Probablemente sí. ¿Dónde están? ¿No desaparecieron todos en la barraca San Pablo cuando fue incendiada por «los bárbaros»?[vi]«Bárbaros», expresión esta para referirse a los hoy indígenas originarios, habitantes tanto de la pampa argentina como del Madre de Dios, que se encuentra en la prensa y en las actas del Congreso, y que enmascara un genocidio sin paliativos.

La actividad en el Congreso le permitirá a Bayo conocer de cerca la realidad boliviana de la época: justicia, administración civil y eclesiástica, leyes mercantiles, asuntos de aduanas, relaciones internacionales (muy tensas con los Estados Unidos), territorios amazónicos explorados e inexplorados, condiciones de vida de los indígenas originarios, educación nacional, concesiones de entradas caucheras… Ciro Bayo escuchó describir la Amazonía como un lugar sin ley, habitado por salvajes con los que toda comunicación se hacía imposible: no podían mandar abogados, médicos, jefes o secretarios (sic)[vii] por la inseguridad de la región; había que construir fortines que defendieran las barracas y entradas caucheras; los barraqueros que colonizaban la región reclamaban tierras, concesiones y privilegios, y fuertemente armados se peleaban a muerte entre ellos. Los indígenas, por su parte, están lejos de tener «mansedumbre», dirá el ministro de Colonización. Hablan también de atraer colonos europeos, pero estos, sin protección armada, no acuden. Por eso hay que construir fortines. Por lo que respecta a los hoy originarios, se señala su negativa al servicio militar obligatorio,[viii] algo que durará hasta la guerra del Chaco. Curiosamente entre votaciones de leyes abstrusas, le tocó redactar actas en las que se trata de asuntos como reclamos, abonos y subvenciones a la Iglesia boliviana.

Durante esos meses, Bayo se empapó de Bolivia, al margen de conocer de cerca y tratar a importantes personajes políticos de aquella época, pertenecientes a la clase dirigente: el poderoso minero Aramayo, por ejemplo, empeñado en la capitalidad de Tupiza, su feudo más importante.

En las actas del Congreso se pueden rastrear algunos pasajes de La plata perulera, como la defensa del indígena que hace en el capítulo xiv, con la sesión en la que se habla de un impuesto sobre los cadáveres y la explotación indígena, y un diputado (Bayo taquígrafo y redactor) describe a los indígenas por completo desposeídos (silencio en la sala). Todos de acuerdo, pero cada cual a lo suyo, a su negocio. Tal vez como ahora mismo.