caliente, después tibio
antiguo, antiguo
voy a entrar, voy a entrar
Juana Aguirre
Configuraciones onduladas

Se están moviendo. Ahora mismo. Mientras empiezo a escribir esto, un sábado al mediodía de sol y moscas sobre la mesa del living. Se están moviendo. Y se van a seguir moviendo más tarde. Y mañana y en unos años y en unos millones de años más.
Antes no las veía. A las piedras en general y a las piedras que definen el contorno costero de Montevideo en particular. Lo que sí veía era la composición inmensa de su entorno:
el agua,
la arena,
las construcciones humanas,
los perros que huelen el aire,
el musgo,
las sillas de playa,
los cangrejos —vivos, paralizados, muertos—,
las algas,
las bolsas de nailon que se parecen a las algas,
el reflejo luminoso en el pliegue de las olas,
las nubes gordas,
—y las finísimas—
los mosquitos como cardúmenes,
los hoyos inexplicables en la arena gruesa.
Veía todo eso. Pero nunca veía las piedras. Se lo digo a Leticia y se ríe. Asiente un par de veces, mira el horizonte largo y llano, después vuelve los ojos a las piedras. Ella sí las ve. Desde hace mucho —mucho—. Yo ahora creo que también.
/
En el auto somos cuatro: adelante Leti maneja y yo cebo mate, atrás Suri —porque es igual a una suricata— saca el hocico por la ventana, y Fela —porque en aquel momento Leti escuchaba mucho a Fela Kuti— va echada, ocupando todo el asiento, en medio de una vigilia leve. No prendemos la radio ni la música, conversamos. Y nuestra conversación desordenada se entrevera con los sonidos de la calle un sábado atrás del sábado en que empiezo a escribir esto. Pregunto, pregunto mucho. Leti se ríe de mis preguntas. También, pienso, se ríe de la postura tensa que tomo cada vez que le pregunto algo —cada vez que intento esbozar el comienzo de una entrevista—.
Quince minutos después llegamos a Playa Honda. Y entonces bajamos del auto. Tocamos pasto, después arena y después, piedra. Caminamos por el cinturón de rocas que le hace de límite a la ciudad. Caminamos por el contorno. Pisamos el borde del mapa. Damos pasos lentos sobre la tibieza de las piedras, sobre su antigüedad.
Nos paramos sobre rocas que se mueven.
Leti sabiendo.
Yo todavía no.
/
Son movimientos imperceptibles a cualquier ojo los de las piedras, pero siguen siendo movimientos. Pienso en eso el primer día en que me siento a trabajar en este texto. En mi casa, una mañana fría, esbozo una primera línea de esto que no tiene forma aún. Y la borro. Vuelvo a la página en blanco. Pero no es la misma. Hubo un movimiento: que no se vea es otra cosa.
/
Leti se mueve en el contorno y yo la sigo. Leti mira y yo miro a dónde mira Leti. Leti señala y yo sigo el brazo, la mano, el dedo estirado que proyecta una línea recta hasta llegar a eso que Leti quiere mostrarme. Leti avanza, pero yo me vuelvo torpe:
con mis pies y con mis manos,
con el agua que llevo para los perros y para nosotras, con la libreta y el lápiz,
con el grabador que me da tranquilidad —una tranquilidad también torpe porque todo lo que grabo se pierde: ese día hay viento y estamos en un lugar donde el viento le da forma a las piedras—.
Días después de ese sábado y de la primera y segunda hoja en blanco, me voy a disponer a desgrabar. Esto es lo que encuentro:
ffffff
ssssssssss
gggggggg ggg
hhhhh
jjjjjjjj
zzzzzz
/
Retomo la escritura de esta configuración un martes a la noche. Pasaron unos diez días desde que hice la salida con Leti. Una semana, más o menos, desde que escuché la grabación.
Releo. Identifico algunos fragmentos que voy a querer editar o reescribir después. Por ahora, los dejo.
Escribo con una extraña confianza.
Sé de lo que quiero hablar.
No sé, todavía, lo que quiero decir.
/
La Playa Honda es chica. No habrá más de cien metros de arena. A los lados, piedras. Configuraciones rugosas que se extienden hasta que se llega a otro trozo de arena. Se camina rápido la playa. Aunque sea agosto, haya viento y dos perros nos den vueltas alrededor. Igual, con Leti vamos lento. Muy lento. Nos detenemos un buen rato frente a cada roca que se nos cruza. La veo extender la mano en el aire y señalar, animarme a mirar. Una roca entre gris y negra se inmiscuye en otra roca entre roja y coral. Viven en direcciones diferentes, se cortan entre sí mismas, una puja, se abre camino a través de la otra.
Ves el movimiento, me pregunta Leti.
Y yo miro.
Pero no sé si veo eso que Leti quiere que vea.
Entonces su mano se mete en mi campo de visión, entra delicada, flotante, pero enseguida se pone tensa al señalar, al marcar un punto donde la piedra parece doblarse, fundirse con algo más poderoso que ella misma.
El movimiento es lento, duro, apretado.
Quedó impreso —evidenciado—, delante de nosotras. Hirviendo, bajo una presión que no sé cómo imaginar, en el mismo borde de lo que hoy es ciudad.
Si la miro bien, me dice Leti, puedo decir quién es esta roca.
Qué. Quién.
Me explica que se puede saber de dónde viene, de qué está hecha. Pero que hay otras, allá, en el Cerro, por ejemplo —y señala al otro lado de la ciudad con su brazo largo y su mano amplia que corta el viento—, que se transformaron tanto que dejaron de ser ellas mismas. Forman nuevos minerales, dice. Entonces no podés saber si vienen de una roca sedimentaria, esas que se crean en la superficie, o si vienen de las rocas ígneas, esas que se generan cuando se enfría el magma. Ya están tan estiradas, tan aplastadas, dice Leti, ya les habita tanto el movimiento, que no podés identificar qué fueron. No hay rastro.
/
Siguen pasando los días. Pienso en la fecha límite. Tengo que entregar este texto y no hay avance. Solo movimientos invisibles, configuraciones lentas. Quizás alguien pueda percibirlo. Quizás alguien sea capaz de ver cómo emerge una oración y después, muy despacio, otra.
A mí se me vuelve imperceptible.
/
Voy a sacar unas fotos, le digo a Leti como pidiéndole permiso.
A veces siento que todas las rocas son de ella, porque es ella quien me las explica.
No me responde.
Qué me va a decir.
Solo avanza por la playa con sus perros y me deja sola con mi celular y la aplicación de la cámara esperando. Me siento tonta con mi herramienta tonta. No sé cómo abarcar todo esto. No por grande, porque no lo es. No por espectacular, porque tampoco. Sino porque la imagen no me dice nada, el instante que guardo no es nada en comparación con todo lo que contiene la piedra. El tiempo que la habita y que aparece de formas extrañas:
la fusión de dos rocas,
el pliegue,
el rastro de una temperatura,
el historial del viento,
el origen de un mundo.
Saco la foto igual. Cuando termino, voy hasta donde está Leti sentada y me le ubico al lado. Suri se me tira encima. Fela apenas me dirige la mirada.
Y pregunto.
Hace cuánto existen estas piedras.
Leti mira a su alrededor. El viento le da fuerte en la cara y le hace entrecerrar los ojos.
Igual, por la rendija que queda, observa.
Algunas de estas rocas tienen dos mil millones de años, dice. Dos mil millones de años, repito.
Saco, por fin, la libreta. La uso para algo.
2
000
000
000
Dispongo de varios renglones para abarcar más espacio. Sigo sin entender. De qué me sirven tantos ceros, qué hago con ellos. Así que pregunto otra vez. Cómo era este lugar hace dos mil millones de años, digo al aire y a Leti. Y espero.
/
Me llega un mail de Cuadernos. Ofrecen un fotógrafo profesional para que la crónica esté acompañada de imágenes. Ensayo respuestas que no me convencen. No es posible. Estamos hablando de dos mil millones de años. Estamos hablando de minerales que cambiaron tanto que dejan de ser lo que alguna vez fueron. Estamos hablando de piedras que se mueven, pero nadie ni nada puede verlas moverse. Estamos hablando del origen de nuestro suelo, del sostén de nuestro todo. Estamos hablando del todo, pero en una playita minúscula de Montevideo. Cómo se registra eso, me pregunto. Cómo.
Al final dejo el mail sin responder.
/
La playa está sucia, hay plástico en formas no identificadas. También hay huevos de tortuga, esqueletos de pescados y un hombre deportista envuelto en nailon: campera, capucha, pantalón. Camina y suena a bolsa, quizás por eso Suri le ladra sin pausa y mi pregunta sobre cómo era este mismo lugar hace dos mil millones de años queda olvidada.
Dónde estábamos, pregunta Leti cuando la perrita se calma y se echa. Pero no es necesario que le recuerde porque hace un gesto: la idea vuelve a su cuerpo como una flecha.
Esto no existía, responde.
Y aunque suena tajante, lo dice sonriendo y acariciando a Fela que entrecierra los ojos como quien recibe el mejor mimo del universo.
Me dice que tengo que dejar de pensar como pienso. Que hace dos mil millones de años esto era otra cosa y que estaba en otro lugar. Este pedazo de corteza, dice, estaba en otras latitudes y en otras longitudes. Y viajó hasta acá y se juntó con otras cortezas que estaban, también, en otro lugar.
Toma la libreta que tengo en la mano y esboza el contorno de Uruguay. Traza al medio el Río Negro y al sur rompe el territorio con líneas que se atraviesan y que se parecen a cicatrices nuevas.
Cada fragmento de corteza vino con su historia, dice Leti. Y nosotros tenemos que leer la roca para saber de dónde vino y cuándo vino. Y qué trajo consigo. Acá no había nada de esto, hasta que llegó y se quedó y hasta que se vuelva a ir. Los fragmentos de la corteza se mueven, se juntan, se separan. Así, todo el tiempo. Todo el tiempo.
/
Paso días sin tocar esta crónica.
Me pregunto si me contagié de la piedra y de sus movimientos lentos.
Sé que el texto trabaja dentro de mí, de alguna manera. Sé que escribo, aún sin teclear una sola letra. Así, como hace el tiempo en la piedra. Como hace el viento.
Eso me deja tranquila. Pero igual.
/
Sucede en un ómnibus. Lejos de Playa Honda, lejos de Leti y Suri y Fela. Viajo parada, agarrada de un caño para no salir expedida en cada rebote. Somos muchas personas dentro de un vehículo, pero intento no pensarlo así. Intento aceptarlo. El chofer no va a chocar. El chofer es una persona preparada para su puesto. Vamos a estar bien. Y mientras pienso en eso, se libera el asiento que tengo más cerca. Me muevo para dejar pasar a la persona que se baja. Miro a un lado: nadie, miro al otro: nadie. Nadie necesita este asiento más que yo, pienso, liberada de la culpa de haber sido elegida.
Y me siento y sobre mi falda apoyo la mochila, pesadísima.
Saco el celular.
Abro el archivo donde escribo este texto.
Y sucede.
La imagen de Leti, cara al viento, pelo hacia atrás, párpados a media asta. El paisaje quieto, lleno de movimiento. La piedra como cápsula de tiempo. La memoria archivada. Una transformación dentro de una transformación dentro de una transformación. Lo único concreto: las piedras sobre las que nos paramos en agosto van a contener aquel momento. No este texto, sino las piedras. Nos van a guardar a Leti, a Suri, a Fela, a mí. A la ciudad entera, quizás. Algún día seremos memoria mineral. Tal vez nos volvamos una oración de otro tiempo.
