
El espacio es una categoría narratalógica y semiótica de importancia capital en la literatura contemporánea; posee un carácter actancial innegable y es un elemento que tiene la capacidad de sobrepasar la mera función de decorado y convertirse en un protagonista más de la trama. En lo que respecta a la ciudad, su presencia en las letras se ha producido al mismo tiempo que estas crecían de forma imparable con el advenimiento de la modernidad y el avance del siglo XIX. Si bien, lo cierto es que ya poco tienen que ver las efervescentes ciudades decimonónicas con las grandes urbes de hoy en día. Estas se han transformado, y también lo ha hecho el modo en que los escritores las reflejan, reconstruyen y narran en sus textos. Nadie pone en duda que el espacio urbano es algo subjetivo y que, por lo tanto, existe y se reinterpreta a partir del modo en que los humanos lo perciben.
En una de sus habituales extraordinarias conferencias, titulada y editada posteriormente con el título de «Semiología y urbanismo», Roland Barthes defendió la necesidad de concebir la ciudad como un discurso y un lenguaje, como un ente que habla a sus habitantes y que se resignifica a partir del modo en que se habita, se recorre y se mira. De ahí que el crítico y teórico francés llegue, incluso, a dotarle de una dimensión erótica al urbanismo, y añada que el erotismo de la urbe no es otra cosa que la enseñanza que se puede extraer de la naturaleza infinitamente metafórica del discurso urbano. Son numerosos los creadores hispanoamericanos actuales que saben explotar esta dimensión erótica, y llama la atención las muy diferentes –y estimulantes– direcciones en las que la ciudad juega un rol actancial destacado en las letras contemporáneas. No solo emplazamientos ficticios, también lugares reales y conocidos donde conviven el encuentro con el otro, el paso del tiempo y la construcción paulatina de una identidad asociada a un determinado lugar, la memoria o el conflicto entre sus moradores. Como añade Mieke Bal, en los textos contemporáneos ha de verse el espacio urbano como algo afectivo, onírico y cerebral. La literatura urbana es capaz de reconfigurar la realidad y, con ello, dotar de infinitas –casi tantas como lectores– capas de significado al texto escrito. La ciudad como un palimpsesto. La ciudad como un discurso en continua transformación.
Esas ciudades reales que aportan toda su potencia narrativa al relato no son solo aquellas en que se habla mayoritariamente en español: también destacan, por citar tan solo ejemplos recientes, el retrato de Sarajevo en la novela de no ficción Polilla (2024), de Alba Muñoz, la fría Utrecht a la que escapa el protagonista de El holandés (2023), de Elisa Ferrer, la Venecia al borde del colapso de El libro de todos los amores (2022), de Agustín Fernández Mallo, o la inabarcable Nueva York a la que se han acercado, de muy singulares maneras, autores como Lina Meruane, Tomás González, Gabriela Ybarra o Eduardo Halfon, o los continuos paseos vila-matianos por París, Kassel o Montevideo, entre tantos otros núcleos urbanos. No obstante, con el propósito de atender al modo en el que la ciudad se refleja, en la contemporaneidad, en la literatura hispánica, se destacan varias de las sugerentes y singulares vías.
Quizás, una de las claras tendencias de las últimas décadas es que la ciudad ya no se lee tanto desde el centro. Esto acarrea una doble lectura: el protagonismo creciente de la dimensión periférica de la ciudad –especialmente cuando se trata de grandes urbes o metrópolis– y las implicaciones sociales, políticas y culturales que ha tenido el auge de las historias contextualizadas en áreas pueblerinas y campestres y que ha sido denominada como literatura neorrural por críticos como Vicente Luis Mora o Raúl Molina. En cuanto a lo primero, se observa en el creciente emplazamiento de historias en el extrarradio de las ciudades, ya sea en arrabales donde triunfa la precariedad o la podredumbre o en indistinguibles barriadas-dormitorio que se erigen como una suerte de no-lugares, con urbanizaciones idénticas, donde faltan los comercios y la vida, donde el ser humano –según Marc Augé– resulta incapaz de conformar una identidad. Ambos tipos de emplazamientos se observan, por ejemplo, en los relatos del último libro de Elvira Navarro, La sangre está cayendo al patio (2025): por una parte, las banlieues parisinas donde los personajes sienten pánico ante el abandono y crudeza de unos lugares tan laberínticos como hostiles y, por otra parte, localizaciones a las afueras de las grandes urbes y en las que los sujetos se ven abocados a vivir por el desorbitado precio de los centros neurálgicos. Estas urbanizaciones, según las retrata Navarro, pese al confort que pueda vender su novedad, son sitios donde se potencia la soledad del ser humano, dado lo superficial y vacío de la vida que se desarrolla en unos núcleos periféricos donde es muy difícil hacer comunidad. También parece quedar a los márgenes de todo el Iquique que conoce tan bien y del que nos habla Diego Zúñiga en Tierra de campeones (2024), en el norte chileno, y que está rodeado por dos inmensidades: el desierto vacío y solitario y el amenazante Pacífico.
Por su parte, el auge de la literatura neorrural, especialmente en España, tuvo su punta de lanza con la publicación de Intemperie (2013), de Jesús Carrasco, y, desde entonces, han sido múltiples las propuestas en las que se detectaba una vuelta a la aldea como el intento de escapar y poner distancia con una ciudad que no había tratado nada bien a los sujetos protagonistas. Pero la aldea, lejos de ser motivo de mitificación y alabanza, será también un escenario inhóspito en muchas novelas, así como realidad desde la que mofarse de aquellos urbanitas que llegan a estos pueblos creyendo conquistar una parcela de paraíso y con aires de superioridad, como bosqueja Santiago Lorenzo en Los asquerosos (2018). También huye de la ciudad, por causas que realmente se desconocen, Nat, la protagonista de Un amor (2020), de Sara Mesa, pero el área rural que la acoge y sus pobladores le mostrarán un inequívoco rechazo.
La tentación escapista de la urbe del sujeto en la literatura contemporánea en español parece haberse acelerado en la última década, también a raíz de la eclosión del Covid-19. Marta Sanz contaba cómo había vivido en esos duros meses de confinamiento en Parte de mí (2021), en el que trasladaba a la página impresa el diario que había construido en Instagram en esos meses traumáticos para el mundo. También es un Buenos Aires afectado por la pandemia, sus restricciones y el uso masivo del barbijo, en el que se mueve Leila Guerriero para la investigación que acomete y relata en La llamada (2024), una de las obras de no ficción más destacadas de lo que va de siglo, en la que reconstruye la dura experiencia de Silvia Labayru, antigua militante montonera, durante los terroríficos años de la dictadura cívico-militar argentina hasta el presente. Lo cierto es que la pandemia ha disparado en el contexto hispánico, aunque no solo, las ficciones apocalípticas en las que la urbe es un escenario que se dirige a la ruina y del que hay que huir. Son numerosos los ejemplos. Vicente Luis Mora, en Cúbit (2024), describe un Madrid casi apocalíptico, una «urbe monstruosa, violenta y contaminada, en la que apenas podía verse el cielo», con descripciones propias de videojuegos como The Last of Us. También los personajes dibujados por Emiliano Monge en Tejer la oscuridad (2021) escapan, en un futuro ya muy cercano, por culpa de la guerra de una ciudad que está a punto de caer.
Sin duda, estas historias también ligan con una nueva narrativa de lo urbano, aquella que pone en su centro el desarrollo y el impacto desmedido que puede tener lo tecnológico, más aún en escenarios distópicos, donde el presente y el futuro parecen confundirse. No obstante, en esta ecuación no tiene por qué quedar al margen el pasado. Véase una obra tan original como es Don Quijote de Manhattan (Testamento yankee) (2016), de Marina Perezagua. El caballero de la Triste Figura y su inseparable Sancho Panza son los protagonistas de esta novela contextualizada en un Nueva York postapocalíptico, que inicia cuando ambos personajes, amnésicos, se despiertan en una acera en pleno centro de La Gran Manzana. Ya no hay gigantes en forma de molinos de viento, sino rascacielos, y los valerosos protagonistas aparecen ataviados de personajes de La Guerra de las Galaxias mientras la ciudad está condenada a desaparecer por culpa de una lluvia inclemente que no cesa. Otro ejemplo lo constituye La mucama de Omicunlé (2015), de Rita Indiana, que inicia en un terrible contexto distópico para el Caribe, cuando la isla de Santo Domingo ha sido pasto de una catástrofe medioambiental. El núcleo urbano, al haber quedado en ruinas, se intenta reconstruir por medio de unos robots procedentes de China.
En muchos de los trabajos postapocalípticos donde la urbe juega un rol destacado, temáticas como la política subyacen sobre las múltiples capas de significado. Pero, claro, no solo en las distopías emerge este contenido crítico. Son múltiples las obras en las que los autores contemporáneos indagan en un pasado traumático para confeccionar tramas narrativas con un fuerte alegato en el presente, muchas veces con gran calado factual, dejando claro que el pasado no es una cosa monolítica, sino algo que todavía pesa en la actualidad. En La dimensión desconocida (2016), un alegato extraordinario al recuerdo de los desaparecidos durante la dictadura chilena comandada por Augusto Pinochet, Nona Fernández recorre numerosos espacios espectrales en la ciudad de Santiago de Chile con los que conecta pasado y presente, como son los centros de detención y tortura de la DINA, como el Nido 20, en los que actuaba el protagonista, Papudo. Y es que, memoria y espacio urbano son dos motivos que confluyen en muchos trabajos. Es algo en lo que Jorge Semprún fue un decidido maestro, ya que construyó una cartografía sentimental en las ciudades de sus obras mnemónicas sin renunciar a la ficción, como ocurre en Autobiografía de Federico Sánchez (1977), donde pasea a su personaje por el Madrid franquista a partir de sus propios recuerdos como clandestino comunista. La ciudad, pues, como un arte temporal, donde el recuerdo atraviesa distintos momentos a la hora de recrear un pasado. Es lo que sucede en Dos veces junio, originalmente aparecida en 2002, en la que el profesor y teórico de la Literatura Martín Kohan conecta la capital argentina de 1978 –año de Mundial con sede en el país–, con la de cuatro años después, en tiempos de oscura dictadura.
Como expresa Michel Foucault, otro de los pensadores que con mayor lucidez ha repensado los emplazamientos en la posmodernidad, el ser humano no habita un espacio homogéneo y vacío, sino uno cargado de cualidades, tal vez rondado por un fantasma. En las obras citadas de Kohan, Semprún o Fernández esos espacios son casi siempre espectrales. Pero no tiene porqué existir una dimensión política para que aparezcan las figuras fantasmagóricas. En Los ingrávidos (2011), Valeria Luiselli pasea por la ciudad de Nueva York que transitaron Louis Zukofsky o Federico García Lorca, y convoca al fantasma de Gilberto Owen, poeta nacido en Sinaloa y cuya voz se entrelaza con la de la narradora del relato. A tenor de las presencias de la gran urbe –sobre la que también reflexiona Luiselli en libros posteriores como Desierto sonoro (2019)–, escribe en Los ingrávidos: «Ecos de personas que tal vez habían vivido en la ciudad de arriba y ahora solo transitaban por sus entrañas de ballena sobrecrecida».
Y, por último, cómo no comentar esos pasajes en que la ciudad se convierte en una prolongación del frágil estado anímico del protagonista, cuando las calles son ese lugar que se transita prácticamente sin rumbo fijo, donde los personajes, desorientados y tristes, deambulan por escenarios que se presentan como laberínticos y que funcionan como alegoría de la desorientación existencial y errancia que atraviesa a los sujetos. Es lo que –aunque en clave fílmica– Gilles Deleuze definió como la «forma vagabundeo», y donde tanto se parecen el espacio psíquico interior del ser con el espacio arquitectónico de la ciudad. Al hilo de esto se puede pensar en obras como Las ilusiones (2013), un peculiar diario-novela del también cineasta Jonás Trueba que dialoga con su filme Los ilusos, estrenado el mismo año, y en el que se abordan las dudas creativas y existenciales del grupo de jóvenes entusiastas en sus aventuras madrileñas: «Perdidos en la noche, los ilusos hablan de cualquier cosa que les haya sucedido, pero saben que van a la deriva y no les importa, empiezan a asumirlo».
Son, por lo tanto, numerosas y singulares las vías en que la ciudad despliega un potencial narrativo que no se puede despreciar cuando se lleva a cabo una aproximación crítica al elemento espacial en la literatura hispanoamericana actual. Ya sea como extensión del estado psíquico del protagonista, para repensar las nuevas funciones o transformaciones que experimenta el espacio o, incluso, como escenario desde el que reflexionar sobre temáticas como la memoria, la identidad o la ecología: la urbe es, sin duda, una red de signos susceptible de ser descifrada e interpretada y, por lo tanto, constituye un discurso, un poema que despliega gran fuerza significante, por volver a decirlo con las palabras del siempre lúcido Roland Barthes. Pero no hay un solo discurso, sino tantos como lectores. Por ello, las miradas a la ciudad pueden ser tan cuantiosas como los ciudadanos que habitan y atestan estos espacios, y de ahí que los discursos se almacenen y se complementen sedimentando capas de significado inagotables, edificándose como un palimpsesto –o rascacielos, si se permite la metáfora– infinito.