En dos hombres tan opuestos encontramos más de una coincidencia: ambos eran la viva imagen del dandy, cada uno a su modo: James con su perfil aristocrático y su chistera; d’Annunzio con su calva, su bigote y su corta estatura, que podían haberle convertido prácticamente en una caricatura. Ambos llegaron a Roma, y luego a París (centro entonces no sólo de Europa, sino de todo Occidente, tomado como concepto) huyendo de lo mediocre, de una vida de tintes provincianos. En el caso de d’Annunzio, el paso era obvio. En el de James, es la consecuencia de una perversión de la mentalidad americana: Europa encarnaba lo antiguo y lo feudal, una civilización bella y rodeada de un halo de misterio que atrae y repele a un tiempo por su componente de corrupción y decadencia, frente a lo que dejaba atrás: la sociedad americana, los Estados Unidos y sus gentes tal y como aparecen retratados en su obra, nos muestran una serie de virtudes y una libertad propias de un carácter y una moral más moderna y avanzada que la europea. Ambos sentían fascinación por Napoleón, pero mientras Richard Wagner significó para James poco o nada –rechazó incluso una invitación a conocerlo personalmente– d’Annunzio, mitómano irredento, se sintió inspirado por su obra. James se asoma a la Europa atrasada como quien contempla un cuadro antiguo; d’Annunzio nos muestra la vergüenza que le provocan las escenas de la Italia profunda, ocultas apenas tras un sutil velo de fascinación. D’Annunzio celebró el carnaval romano, inmortalizado en sus crónicas. James abomina de él. James protesta porque los cardenales y la realeza van sin séquito en Italia, mientras narra los fastos del jubileo de la reina Victoria en Londres, donde retrata a una monarquía tan supuestamente cercana al pueblo como la de Vittorio Emanuele… Se diría, sin embargo, que lo que molesta a James no es tanto la accesibilidad como la falta de boato. En Via Condotti, durante el carnaval romano, pudo ver a la princesa Margarita. «Cualquier día habría esperado media hora para verla […] pero no tuve la suerte de reconocer ningún preparativo a tal efecto». D’Annunzio lamenta en su artículo «Demoliciones y restauraciones», publicado en el Piccolo Corriere el 12 de mayo de 1885 (publicado en castellano en 2013 por Fórcola Ediciones en el volumen Crónicas romanas) la destrucción de palacios y haciendas romanas para dejar paso a la modernidad, mientras canta las lindezas del carnaval y de la moda de París. El bullicio que ensalza d’Annunzio es el que molesta a Henry James («un norteamericano poco sofisticado se queda pasmado ante el número de personas de toda edad y condición a quienes no les causa el menor rubor ingenuo ir por las calles disfrazados de actores secundarios») que no pierde ocasión de criticar lo vulgar de las diversiones romanas, la presencia continua («democrática», la llama él con algo parecido al desprecio) de tipos populares: mendigos, soldados, monjes, turistas y paletos… Únicamente encuentra solaz y deleite en rincones escondidos, inesperados –de los que sin duda Roma, aún hoy, contiene miles– que sólo él parece valorar: una iglesia con «una fachada tan modesta que apenas se reconoce». Son continuas sus quejas, sobre todo, por la modernización (la secularización, lo llama él) de la Roma de 1873 frente a la que conoció en su primera visita, a finales de 1869, época del Primer Concilio Vaticano. Da la impresión de que llegó buscando un mundo no ya más antiguo, sino manifiestamente peor: más atrasado, más sucio, más pobre, y comprueba consternado que se ha quedado sin material para su obra, que la Roma que contempla ya no es la Roma literaria de Hawthorne. El deslumbramiento inicial, el que plasma en aquella carta a su hermano William, ha dejado paso a la decepción: ha caído la máscara del esnob que se siente traicionado por el paso veloz de una modernidad que avanza con botas de siete leguas y se lleva por delante eso que él, precisamente él, ha venido a contemplar con sus propios ojos desde el otro lado del Atlántico.

Bien mirado, es una actitud lógica en alguien de su condición: quien ha nacido y crecido como James en un ambiente acomodado y avanzado y ha tenido la suerte de recorrer, como él lo hizo, algunas de las principales ciudades europeas y educarse en ellas, no contempla de la misma manera una postal del viejo mundo que un hombre como d’Annunzio, que si bien gozaba en aquel momento de ciertas posibilidades materiales, había crecido con las estrecheces mentales de lo provinciano, del campo, del pueblo llano. En su detallada narración de la experiencia de los milagros de Casalbordino, d’Annunzio se muestra entusiasmado en sus cartas a Barbara Leoni, sorprendido ante la visión de un horror indescriptible; ese entusiasmo, fruto de la inmediatez, se condensará y destilará después, cuando la experiencia se convierta en un inserto del Triunfo de la Muerte: ahí ya no lo muestra tan pintoresco como en su correspondencia, y la sorpresa cede al horror que le provoca el atraso, la incultura y la enfermedad. Cierto es que ponerse en el lugar del protagonista de la novela, Giorgio Aurispa, le sitúa en un nivel superior de rigor crítico, y los años transcurridos –y las experiencias acumuladas, así como la situación personal de d’Annunzio, su endeudamiento, sus huidas y sus transferencias amatorias– le proporcionan también una distancia que le lleva a valorar de otra manera aquel fresco de culto casi animal. ¿Cómo hubiera reaccionado James ante la visión de los peregrinos de Guardiagrele, arrastrándose en pos del esperado milagro que acabara con sus enfermedades, con su dolor, con su mutilación, con su deformidad? Seguramente habría adquirido entonces una conciencia clara de lo que era la Italia más atrasada en aquel momento, y no se hubiera lamentado por lo que la modernidad se llevaba por delante. Tal vez se habría curado de su esnobismo. Pero James no era un naturalista ni un realista a la francesa, ni lo quería ser –a pesar de la influencia que él mismo confesó que los escritores franceses de la época habían ejercido sobre él– y de la Roma de 1873 regresó a Inglaterra: un lugar mucho más afín a su personalidad, donde el carácter de sus gentes era menos ruidoso, el colorido de la ciudad menos estridente, lo moderno era menos obvio y el clasicismo estaba más domesticado que en la cuna de la cultura clásica.

En 1875 James regresó a París, como ya hemos visto, donde pasó un año viviendo en el Quartier Latin y volvió a ver a Zola, Daudet y Goncourt. Su influencia se plasma, por ejemplo, en Las bostonianas y en algunas otras novelas que publicó en la década de 1880. Pero, aunque seguía los preceptos de Zola, su actitud y su tono se acercan más a la ficción de Alphonse Daudet. Publicó en estos años Transatlantic Sketches, A Passionate Pilgrim y Roderick Hudson, con influencias de Hawthorne –a través del cual, por cierto, había conocido Roma como fuente de inspiración para un novelista–.

En 1877 visitó a su amigo Charles M. Gaskell en Wenlock Abbey, su casa de Shropshire. El entorno romántico y oscuro de la casa le inspiró un ensayo sobre abadías y castillos y, según parece, una de sus obras más célebres: Otra vuelta de tuerca. También sembraría en él el afán de trasladar su residencia al campo: en torno a 1898 se mudaría a una casa de campo que adquirió en Rye, Sussex, donde terminó de escribirla. En el curso de estos años ingleses James continuó estudiando el estilo de los realistas franceses, sobre todo de Zola, cuyo estilo influiría en él en los años venideros, a medida que se apartaba de Hawthorne y se enriquecía, también, con el de George Eliot e Ivan Turguéniev. Entre 1879 y 1882 vieron la luz Los europeos, Washington Square y Retrato de una dama. A causa de la muerte de sus padres hizo dos visitas a los Estados Unidos en 1882 y 1883, que serían las últimas.

Si nos atenemos a su obra y a la de sus biógrafos, da la impresión de que vivió sus años londinenses instalado en una posición de espectador. Iba yo a escribir «una cómoda posición de espectador», pero puede que no lo fuera tanto: al principio vivió en una habitación alquilada en Bolton Street, vieja y desvencijada, aunque en 1886 se mudó a un piso luminoso y flamante situado en el 34 de Vere Gardens, Kensington. Allí comenzó a escribir The Tragic Muse, novela que le supuso un esfuerzo y una insatisfacción tal que decidió volver al relato. Experimentó también la decepción por la falta de éxito de ventas de sus obras, lo que le hizo volverse hacia el teatro, donde el fracaso fue, más que manifiesto, estrepitoso. Si bien es cierto que eso no le hundió, y que al día siguiente del 5 de enero de 1895 del fracaso teatral de Guy Domville salió a la calle impertérrito como el más puro británico, James escribió siempre presionado por la necesidad de ganar dinero con sus obras –dinero que, por otra parte, no necesitaba– y por el afán personal e intransferible de alcanzar un determinado rasero estilístico. Dice Edmond Gosse, sin embargo, que ese fracaso teatral le impulsó luego a librarse de ciertas ataduras y que comenzó a escribir con más libertad, algo que tal vez se perciba en sus últimas obras.

La vida y la literatura de Henry James parecen haberse desarrollado en una contradicción constante: era un americano que vivía en Europa, un habitante –y beneficiario– del Nuevo Mundo que iba en busca del Viejo; un admirador de los naturalistas que, sin embargo, no quería profundizar más allá de la carne, independientemente de que la profundidad psicológica de sus personajes fuera inigualable; era un rico que vivía en habitaciones alquiladas pero tenía acceso a los clubs londinenses más exclusivos. Si se consideraban sus orígenes desde el punto de vista europeo, era un outsider que procedía de una familia provinciana de clase media y que intentó acceder a todas las clases sociales: en su ficción vemos desde escenarios obreros hasta entornos aristocráticos, y no faltan las ocasiones donde habla de un americano de clase media que trata de abrirse paso en la sociedad de las grandes ciudades europeas. Trabajaba para ganarse la vida a pesar de tener una fortuna familiar relativa, y no contaba con la experiencia de una educación exclusiva, entendida como se entendía en la Europa de entonces, así como tampoco la de la universidad o la vida militar: por todo ello carecía del trasfondo en el que crecía un hombre de su edad y de su época. Por otro lado, con arreglo al gusto de la cultura angloamericana de la era victoriana, era un hombre «femenino», lleno de prejuicios y sobre el que siempre pesó, como hemos visto, una sombra de homosexualidad. No se adentró en los bajos fondos de la sociedad que describieron sus contemporáneos franceses o el propio Dickens, en Inglaterra, y –según cuenta su secretaria, Theodora Bosanquet, en su obra Henry James at Work– «cuando salía del abrigo de su estudio al mundo exterior y miraba a su alrededor veía un lugar de tormento donde aquellas criaturas que ocupaban el lugar de las aves de presa no dudaban en clavar sus garras en la carne temblorosa de los niños descarriados o indefensos… Sus novelas son una muestra continuada de la maldad, un ruego apasionado y reiterado que pide libertad para que esas gentes oprimidas puedan desarrollarse sin la amenaza de la barbarie estulta y despiadada». Empeñó su esfuerzo estilístico en una escritura innecesariamente complicada, compleja y oscura. Edith Wharton, que le admiró profundamente, dice de él que tiene párrafos absolutamente incomprensibles, algo que como traductora suya he de corroborar al cien por cien. E. M. Forster también tildó su estilo de difícil y oscuro, y decía que abusaba de las frases largas y excesivamente latinas. No puedo estar más de acuerdo con él: la mayor parte de sus párrafos tienen un paréntesis dentro del cual hay otro paréntesis, y es muy complicado verterlo a cualquier idioma si el traductor no conoce bien la sintaxis latina –a veces, incluso el léxico– o, al menos, la italiana y la francesa. Borges lo criticó por «la falta de vida» de sus novelas. Colm Tóibín dijo que sus personajes ingleses «no funcionaban», no eran creíbles. Y Virginia Woolf expresa en una carta a Lytton Strachey esta opinión respecto a él: «Por favor, dime qué veis en Henry James. Tengo aquí sus obras, las leo y no logro encontrar más que agua de rosas con un ligero tinte… urbano y pulido, sí, pero resulta tan corriente y descolorido como Walter Lamb». H. G. Wells lo imaginaba como «un hipopótamo laborioso que intentaba atrapar un guisante atrapado en un rincón de su jaula». Posiblemente, una descripción atinadísima.