Si a eso se une la ruptura del marco pictórico que había iniciado y llevado a sus últimas consecuencias Turner (el cuadro, en la tela, es solamente un fragmento de la totalidad de un mundo ilimitado), se entenderá que el público lo rechazara y, lo que es más curioso, con los mismos argumentos con los que rechazará la Olympia de Manet: porque en esas pinturas, dicen los entendidos, «no pasa nada». Es decir, no hay figuras que compongan una anécdota, o bien, como en Friedrich, están de espaldas. Fueron especialmente duras las críticas a los paisajes que Constable expuso en el Salón de 1824, en París. Los críticos no le veían el sentido, sólo los «bonitos colores». Es un momento climático porque es posible (aunque nadie ha podido demostrarlo) que Goya asistiera a ese Salón. En todo caso, el paisaje ya no es el lugar donde se representa un hecho o suceso ejemplar, ahora el paisaje simplemente es. La sustitución, como género esencial, de la pintura de historia por el paisaje supone la posibilidad de transmitir sentimientos, juicios, momentos trágicos, delirios sublimes y todo tipo de contenidos sin necesidad de que esté presente la figura humana. Es la gran vía abierta hacia las vanguardias.

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De un lado, por tanto, los pintores que expresan una interioridad nueva y un concepto del arte destinado a cubrir casi dos siglos. Y del otro lado, los románticos que regresan al pasado en busca de unas certezas que la modernidad les niega. De entre estos, los más característicos son los nazarenos, el grupo que surgirá como respuesta germánica a la invasión napoleónica. Porque el gatillo que provoca el disparo no es otro que el nacionalismo, una ideología propia de la sociedad burguesa posterior a la Restauración. De nuevo fue la Germania el lugar de origen del movimiento nacionalista, debido a esa alianza irracional entre el odio a Francia y el rechazo de la Ilustración. Uno de sus primeros (y mejores) ideólogos fue Herder, defensor de un localismo fanático frente al cosmopolitismo de la Ilustración. Para él, únicamente lo particular y castizo tiene sentido. El cosmopolitismo ilustrado es una insensatez y una quimera porque no hay verdades universales, sólo verdades nacionales, gracias a la función central de las lenguas particulares.

Este nacionalismo no es exclusivamente filosófico y político, es también artístico. Hasta Napoleón, los clasicistas tenían a Roma por única capital del arte. Ahora van a aparecer decenas de ciudades, cada una de ellas caracterizada por una peculiaridad estilística. No es lo mismo el Romanticismo de Jena que el de Dresde, Düsseldorf o Berlín. Al mismo tiempo, París y Londres se convierten en capitales de la producción artística nacional. Los nazarenos, que empezarán fundando en Viena la Hermandad de San Lucas en 1808, se refugian en Roma tras la invasión napoleónica, pero acabarán en las diversas cortes posteriores a la Restauración como pintores oficiales de las aristocracias reinstauradas. Para ellos el arte es una forma de religión y sus asuntos vuelven al temario clásico de la escena moral, la alegoría y el repertorio histórico. Con una peculiaridad, y es que el tiempo antiguo favorito es el Medievo, o, mejor dicho, un sueño en forma más o menos medieval, lo que da lugar a un «estilo trovadoresco» en el que caerá incluso Delacroix.

Es el momento en que confluyen los primeros trabajos etnológicos, la recolección de leyendas, cuentos, músicas y canciones folclóricas, como el fascinante conjunto de cuentos titulado Das Knaben Wunderhorn, recogido por Brentano en 1808 y tantas veces ilustrado por los nazarenos. El nacionalismo puso en marcha el mito de la cultura popular y en todos los territorios restaurados comenzó la búsqueda de la voz ancestral de la raza. En la técnica, los nazarenos regresan a la pintura al fresco a secco usada por los pintores del Renacimiento tardío. Tienen un éxito esperable entre las jerarquías de la Germania restaurada, así como entre el público que puede regresar a una pintura de argumento, anécdota y moralina que «dice cosas».

En España este proceso de invasión extranjera y reacción nacionalista tuvo una peculiaridad propia. De una parte, la invasión napoleónica puso en marcha, también aquí, una revuelta feroz de rechazo a lo francés y una guerra que tras mil vicisitudes acabaría con la Restauración de Fernando VII, cuyo reinado duraría hasta 1833. Pero esa convulsión no crearía una escuela romántica propia ni acabaría con el clasicismo tradicional. Lo que se produjo en España fue la emergencia de una figura descomunal, la de Francisco de Goya, cuyo desarrollo une la totalidad de los movimientos de la primera mitad de siglo xix: fue clasicista, fue romántico, fue realista y anunció con un inmenso talento el arte del futuro. Es un artista excepcional para explicar esta época convulsa y revolucionaria.

En 1819, Goya se encuentra en una situación comprometida. Por una parte, ha colaborado con los afrancesados y con José Bonaparte, pero, por otra, Fernando VII, una vez restaurado, le ha respetado y conservado sus sueldos y privilegios, como si no hubiera sido el amigo de los más odiados antimonárquicos, Jovellanos, Moratín, Llorente. Esta inestabilidad se derrumbará en 1820 cuando, tras una revolución, comience el bienio liberal que será aplastado por una nueva invasión francesa. Los cien mil hijos de San Luis, con el apoyo de las potencias europeas, reponen en el poder despótico a Fernando VII. A partir de ese momento no le quedó a Goya otra salida que el exilio. Es imposible resumir una figura como la suya en un texto tan breve. Dejo en manos más expertas el intentarlo. Bástenos decir que, si hemos caracterizado este periodo como el de un Romanticismo convulso, violento, negador y rupturista, no cabe la menor duda de que Goya lo encarna a la perfección.

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Me permito concluir con un resumen exagerado de los pasos que sigue el movimiento Romántico.

El primero y fundacional se da en Germania de 1790 a 1814, es el Romanticismo puro y sumamente teórico. El segundo es el eclecticismo del periodo napoleónico en el que los clasicistas se funden con algunos aspectos del Romanticismo. El tercero es el Romanticismo revolucionario de 1814 a 1830 que desemboca en el realismo. En ese punto se sitúa el extraordinario anuncio del futuro, La Liberté guidant le peuple, de Delacroix, al que debe añadirse de inmediato un paisaje con locomotora, como el célebre Turner que muestra la impresionante máquina de Stephenson entrando a toda velocidad en Londres en medio de la tempestad.

Hay un último momento, en puertas de la modernidad, que podríamos situar en 1871 con El nacimiento de la tragedia, de Nietzsche. Es un regreso al Romanticismo del origen y el inicio de las vanguardias europeas. Esas vanguardias que, como Friedrich, Constable o Runge, son fragmentarias, están fundadas en la teoría, son sentimentales, moralistas, formalistas y quieren que la historia de la pintura vuelva a empezar a partir de cero. Es probable que ese nuevo principio no fuese sino su final definitivo.

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BIBLIOGRAFÍA

De la inabarcable bibliografía dedicada al Romanticismo o al periodo histórico de 1810-1830 europeo, elijo tan sólo aquellos títulos cuya lectura tiene una relación directa con esta presentación o han sido citados en la misma.

 

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