LA CASA QUE PERDIMOS

Les Temps Modernes desapareció recientemente y, aunque no fui nunca una lectora asidua, esa muerte me dolió. Hasta el siglo pasado, las revistas eran una casa. Una casa que debía ser mantenida, remozada, defendida… Era un espacio para la conversación pero también para la crítica, y los interlocutores éramos también nosotros, los lectores.

Debo confesar que mis primeros acercamientos a las revistas fueron ataques desalmados. «La esperanza conduce más lejos que el terror», de Ernst Jünger, aparecido en el número 78 de la revista Vuelta, se convirtió en pasto para mi diario, no porque hiciera apreciaciones sobre el ensayo, sino porque recorté el título y lo pegué para dar cuenta en blanco y negro de mis desventuras amorosas. Las revistas de mi padre se volvieron mi semillero de imágenes. Las revisaba rápidamente, recortaba ilustraciones, títulos, algunos poemas y los pegaba en mi cuaderno. Fue hasta algunos años más tarde, a la muerte de mi abuelo, cuando me hice de la colección completa de Plural, que él había juntado y encuadernado amorosamente durante los años de existencia de la revista, pues aparecía como una publicación del diario Excélsior, al que estaba suscrito. Para entonces, yo ya no recortaba revistas y guardé con amor filial aquellos tomos que me hablaban de un ser perdido y amado. Pero no la leí sino después de que ocupara casi diez años de mi vida revisando otra revista, cuyo antecedente era Plural y que se llamó Vuelta, la revista de Octavio Paz.

Por razones que no viene a cuento mencionar, yo había decidido que si lograba entender a Vuelta —como si fuera una persona, un alma viva no sin contradicciones, anhelos, decepciones— lograría saber por qué había dejado mi mundo en la Ciudad de México y había terminado viviendo a cuatrocientos kilómetros de distancia de mis afectos, de mis calles amadas en el centro del barrio de Coyoacán.

En Coyoacán vivía Vuelta. Su muerte —su desaparición— deparó, extrañamente para mí, un autodestierro que hoy pienso estúpido mas no por ello menos dramático. Así que, a la distancia y varios años después, empecé a leer la revista que había conseguido completa (veintidós tomos empastados en color azul) y que no tenía los infames recortes que mi tardía adolescencia infligió a las revistas de mi padre que quién sabe en qué mudanza se perdieron, ya mutiladas. Entonces veía a Vuelta como una persona cuyo corazón era Paz y sus órganos y extremidades, sus colaboradores y amigos. Por otro lado, sentía que la revista hablaba con un nosotros que nos incluía a todos.

En mi juventud, leer Vuelta (ya no digamos, escribir o trabajar en ella) significaba, para bien o para mal, una distinción que se me hacía visible en las discusiones de mis compañeros de la facultad que llevaban bajo el brazo aquella delgada publicación que, entre otras cosas, acompañó mi matrimonio, pues el más asiduo a ella, y por quien empecé realmente a leerla, fue quien hoy es mi marido: las revistas también crean lazos a veces indestructibles.

Las polémicas desatadas en Vuelta se volvían también polémicas de nuestras tertulias y esperábamos con ansiedad las respuestas, bien en la propia revista o en otros medios: revistas y suplementos que respondían a veces hasta con un mes de distancia. Ahora eso nos parece inadmisible. La respuesta debe ser inmediata, casi en tiempo real, y no importa que los polemistas hayan tenido o no el tiempo suficiente para pensar bien sus respuestas. Pero, me pregunto ¿hay, de veras, polemistas?

El caso es que, ya lejos de la Ciudad de México, creí conveniente entender qué había pasado en la historia de esa revista y así —por ósmosis, pensaba— me sería claro qué había pasado con mi vida. Entendí que una revista era no sólo una persona sino, como ya dije, una casa. Sus secciones, recámaras; sus columnas, ventanas y su corazón, nuestra lectura. Sus tapas, las de un verdadero diario. También supe que mientras un grupo cultural se mantuviera unido, existía la posibilidad de hacer vivible esa casa. Asimismo comprendí que, como dijera algunas vez Guillermo Sheridan en «Las revistas, esas nebulosas» (More Ferarum 7/8): «Una revista es intransferible. Si una revista sobrevive a sus autores, ha sido plagiada por la institucionalidad». De mi suerte, que no importa para esta columna, sólo me quedó claro que a veces las cosas ocurren sin que uno pueda meter las manos.

«Algo menos que una religión y algo más que una secta», frase que Octavio Paz le dedicó a la revista de Victoria Ocampo, Sur, fue el epígrafe de mi libro sobre Vuelta. Pensé que ahí había acabado la historia, pero la historia de las revistas no terminó para mí. «Esas nebulosas, cargadas y finas, que llenan los intersticios entre los libros son, claro, materia transitoria, son laboratorio y producto terminado al tiempo», según pensaba Alfonso Reyes, se volvieron mi obsesión. Ya que no tenía una revista —mi mayor deseo—, podía estudiarlas como obsesiones de los otros. Así llegué de nuevo a Paz, el mayor animador de revistas en el siglo pasado mexicano y me dediqué a estudiar Plural, pero esa es otra historia. Paz pensaba que las revistas eran también «puentes» entre generaciones, pero tener, dirigir una revista fue, quizá, el mayor de sus anhelos.

El 14 de agosto de 1954, Paz le escribió a su gran amigo, José Bianco, y le aseguró que sólo si hacía «algo concreto» podría escapar «del penoso sentimiento de que mi presencia aquí [en la Ciudad de México] es inútil. Naturalmente, no se me ha ocurrido nada mejor que una revista. (Cuando los escritores quieren salvar al mundo, siempre se les ocurre fundar una revista)». No sé si ahora los escritores quieran salvar al mundo. Sé que ya nadie se mata por defender una revista, pero hubo un tiempo en México en que las revistas fueron el centro de la vida cultural.

 

UN REVISTERO

«Una revista literaria es una forma particular de escritura colectiva. Se redacta al interior de cada número, que a la vez dialoga con el anterior y con el que habrá de seguirle. Unas y otras entablan un diálogo también —dialéctico y disonante— con las revistas de las generaciones anteriores y son almácigos donde se forman las nuevas: hablan con los libros actuales y con los del pasado, y con otras revistas, afines y adversarias».

Con estas palabras Guillermo Sheridan —el tercer colaborador más asiduo de Vuelta— comienza su Breve revistero mexicano, un libro que integra capítulos o secciones dedicados a publicaciones periódicas nacionales en el arco que cubre el siglo xx: desde Savia Moderna (1906) hasta Vuelta (1976-1998). Si bien se hace explícito que la mayoría de los textos contenidos en este libro fueron publicados anteriormente (aunque revisados y ampliados para esta edición), su reunión representa una valiosa contribución a la historia de la literatura mexicana; una historia que sin el análisis y comentario de sus publicaciones periódicas quedaría trunco.

Incluye asimismo —tanto en el capítulo que funciona a manera de prólogo, «Revistas a la mano», como en el resto del libro— reflexiones importantes sobre el papel y función de las publicaciones periódicas que construyen tanto el canon como el contra canon de nuestras letras. Así, Sheridan analiza, con vivacidad, conocimiento y una escritura rigurosa y atenta, revistas que formaron parte del tronco de la literatura mexicana, pero también aquellas otras que desde la izquierda se perfilaban como revistas contrarias a las que hoy se conocen como publicaciones de la literatura «oficial»: el capítulo «Dos revistas de combate: Crisol (1929-1931) y Frente a Frente (1934-1938)» es una buena muestra de ello, aunque Sheridan nos advierte, hablando de Crisol, que la revista es un «recordatorio elocuente de la siempre lamentable combinación de los intereses del Estado con los de intelectuales oportunos». Hoy, cuando vemos que las instituciones culturales (el Fondo de Cultura Económica, las radiodifusoras y los canales de televisión estatales, por ejemplo) han sido cooptadas por esos mismos intereses del Estado y se han arrimado a ellas o se han impuesto en ellas esos «intelectuales oportunos», no podemos menos que lamentarlo.

Hablando de un artículo aparecido en Frente a Frente, donde el músico Luis Sandi denuesta a Agustín Lara por ser «un filibustero de la música y un cantor de prostíbulo que envilece a las masas», y después de aclararnos que el músico era de izquierdas, Sheridan sonríe: «Es conmovedor reparar sobre el clasismo implícito y el bien intencionado racismo involuntario en una sentencia emitida en nombre del verdadero pueblo, ávido de cultura». ¿No ocurre igual ahora?

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