En los treinta, nos dice más adelante, «un joven era de izquierdas o no era joven». Por debajo del relato (porque Sheridan aún confía en el relato como la forma idónea de la comunicación ensayística), se van perfilando las afiliaciones de los miembros de las revistas, sus pasiones, pero también sus contradicciones. Así, además de las revistas ya mencionadas, pasan por nuestros ojos varias publicaciones de la primera mitad del siglo xx mexicano: Savia Moderna, la «otra» Revista Azul, Gladios, La Nave, Pegaso, San-Ev-Ank, Revista Nueva, México Moderno, El Maestro, La Falange, Forma, Examen, Contemporáneos, Barandal, Taller, Tierra Nueva, El Hijo Pródigo, pero también nos acercamos a otras, aunque sea lateralmente, como Plural y Vuelta, las últimas revistas de Octavio Paz. Pasan, también, generaciones y puentes: conexiones escritas que nos permiten ver el desarrollo de la cultura de un país.

La exposición, que parte generalmente de un sugerente análisis de la materialidad de las revistas —haciendo énfasis en sus portadas iniciales en algunos casos— atiende no sólo a cada una de estas publicaciones, sino al entramado cultural, literario y político que les dio origen y respaldo. No es, por cierto, un análisis exhaustivo de todas las revistas culturales publicadas el siglo pasado, cuyos estudios respectivos son citados con oportunidad; sin embargo, por las páginas de este libro aparecen sus nombres y relaciones con las revistas a las que Sheridan se dedica con un énfasis declarado por la poesía publicada en las páginas de aquéllas. No es por ello extraño que, de algún modo, buena parte de los ensayos nos conduzcan de la mano de Paz, pues «la hemeroteca del siglo xx mexicano lleva desde temprano las marcas de Octavio Paz». Sheridan las sigue y vemos al poeta leyendo, muy joven, la revista Crisol; atestiguamos su paso por Barandal, Cuadernos del Valle de México, El Hijo Pródigo… Sheridan también recupera las ideas de Paz sobre Examen, su intervención en Taller, su relación con «los camaradas de Hora de España», varios de cuyos escritores eran «los amigos que hizo Paz a su paso por España en 1937 y por los que abogó ante Alfonso Reyes para que fueran incluidos en las listas de intelectuales a quienes el gobierno otorgaba salvoconducto a México». Así, el número 5 de Taller avisa que se unen a la revista Juan-Gil Albert, Antonio Sánchez Barbudo, Lorenzo Varela, José Herrera Perete y el pintor Ramón Gaya, «que pasa a encargarse del diseño gráfico, copia del diseño de la española para acentuar la nueva hermandad». Sheridan analiza también otras publicaciones en las que Paz participó y concluye que para el poeta —heredero de una tradición que amaba las revistas— éstas son «almácigos y campos de labranza: el paisaje y el mapa». Sus dos revistas, Plural y Vuelta son, a su vez, coordenadas visibles no sólo de México, sino de Hispanoamérica y el mundo.

El último capítulo, inédito en su totalidad, se trata de la recuperación de un largo proyecto que nunca llegó a realizarse: la revista que durante varias décadas intentaron publicar Octavio Paz y Carlos Fuentes. Con base en la correspondencia entre ambos (inédita hasta hoy), así como en el conocimiento de otras correspondencias ya publicadas (la de Paz con Tomás Segovia y las de ambos, Paz y Fuentes, con Arnaldo Orfila), este pasaje del libro es de suma importancia para la historia del campo cultural de nuestras letras en el siglo pasado y relata, asimismo, la historia de una amistad que se truncó en 1988, pero cuyos distanciamientos comenzaron tiempo atrás. La publicación de esa revista que nunca fue (y que, a la postre —y sin Fuentes en el directorio aunque sí como colaborador—, se convirtió en Plural) bien puede ser uno de los puntos neurálgicos y no conocidos de esas desavenencias.

En ese sentido, el libro de Sheridan me permite recordar las palabras de Aurelio Asian en el vigésimo aniversario de Vuelta: «[Vuelta] no ha sido nunca una revista que pretenda publicar a todos los escritores; ni siquiera a todos los buenos escritores. No ha sido una antología ni un inventario ni un catálogo. Es, decía al principio, una casa, un lugar de reunión, una red de relaciones amistosas, afectivas, intelectuales. (Aurelio Asiain, «Brindis», Vuelta 242).

La orfandad es un asunto delicado. No debemos seguir perdiendo casas: es como perder padres, abuelos y quizá —por qué no pensarlo—hasta hijos y nietos. Al final de su prólogo, Sheridan nos recuerda que sólo estudiando y comparando las revistas «podemos desenterrar el tálero y duplicarlo». En sus palabras encuentro otro mensaje: defender lo que amamos.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]
Total
2
Shares