POR JULIO CÉSAR GALÁN
Proustianos y singulares

Hace cuatro años el poeta, ensayista y traductor Luis Armenta Malpica (Ciudad de México, 1961) publicó en la editorial Vaso Roto la antología poética El agua recobrada, de cuya selección se encargó Luis Aguilar y cuyo prólogo escribió Eduardo Moga. Para poner en situación al lector sobre la trayectoria del escritor mexicano debemos señalar que desde sus inicios nos encontramos con unas coordenadas bien definidas. Posteriormente, estos tiralíneas iniciales se estirarán hasta determinadas distinciones que reportan un estilo sólido y una trayectoria coherente. Ahí está su primer libro, Voluntad de la luz (1996), que lleva de nuevo la palabra al mito, consiguiendo con ese acto una reforma y una recuperación del mismo. Cada poeta lleva una mitología a cuestas y escribirla puede ser una manera de personificar esas vidas no vividas (imaginar significa crear posibilidades).

Los nuevos mitos se convierten dentro de la poesía del autor mexicano en una vivencia distinguida contra lo gris de la existencia. La mitificación como proceso narrativo íntimo. Los nuevos mitos, con sus héroes, ya no son sagrados ni modelos de nada, sino simplemente un deseo de habitar otras vidas, una proyección de cada querencia. El poema como yo-testigo se centra en el referente y lo disecciona; entramos en la muerte de las posibilidades. Todas estas cuestiones repercuten, según apunta con total acierto Luis David Palacios, en su forma expresiva: «El poema fundacional, cosmogónico exige una integridad irreprochable, un ritmo primigenio y trascendente […]. Desde el prólogo, en El pez inmerso encontramos los elementos: pez, migala, mujer, hombre, dios. De estos elementos crecerá el poema». Estos constituyentes naturales, tales como el agua, con ese ascender y descender, representan la necesidad del regreso a la sustancia primordial (de donde procede todo lo viviente) pero también su hundimiento (las aguas superiores y las inferiores), algo que observamos principalmente en libros como Des(as)cendencia (1999), en MundoNuevo, mar siguiente (2004) y El cielo más líquido (2006). Y en ese mantenimiento de la vida circulan asimismo –y de un paso a otro– la lluvia, la savia, la leche, la sangre… Así se llega al cuerpo a través del agua, a través del poema. El estado acuoso, lo que siempre fuimos y lo que siempre seremos. El cielo y el abismo.

En nuestro camino de lectura hay que señalar, en cuanto a la estructuración de la antología, que la omisión de la disposición cronológica de los libros no supone un desconcierto. Al contrario, este caso implica una expresión de la naturalidad y la fluidez de los propios poemas, un libro nuevo. Esa unidad viene dada por su propia poética –una de ellas–, contenida en ese «se puede hablar de todo» mediante el cual se incluye una realidad compleja y heterogénea, observada siempre desde el asombro. Luis Armenta hace suyo el sincretismo del mito y su necesidad. El regreso a la admiración por la tragedia, la autocreación y los instintos. El tiempo cíclico. El objeto de fe en lo sagrado. Mito y memoria. En realidad, el autor mexicano recoge a lo largo de su obra, de esta agua recobrada, el estado de gracia de los seres y las cosas.

Ese tiempo de la recuperación de los recuerdos resulta fundamental: «Tú fuiste la razón el recomienzo la palabra inaudita / con que nombraba el antes / con la que ahora quedaba / inmensamente mío» («Milonga de dos caras»). Sabemos que para comprender el presente debemos conocer el pasado y su proyección; un modo de realizarlo consiste en crear los poemas en que perpetuar lo que fuimos y nunca seremos. Sin embargo, la memoria ejerce su propio proceso selectivo y en esa elección se produce una serie de deformaciones intencionales, que hace progresar la forma del poema, desde sus pensamientos, sensaciones, sentimientos, etcétera.

Por eso la poesía de Luis Armenta Malpica representa una manera de permanecer en sí mismo siendo otros (o, dicho brevemente, Ser uno mismo como otro). Ser consciente de cuanto vive y pasa. El pasado, en estos poemas, une a los lectores, nos reconcilia con nuestras pérdidas y escasas ganancias. Entonces, nos encontramos un sustrato de ajuste de cuentas, pero sin moral por medio. La escritura como arte del detalle y el verso como canal para organizar esos fragmentos.

Transformarse en niño, igual que pretendía Nietzsche, y esa catarsis parece una de las provisiones de Luis Armenta en sus textos. Vivir el presente para saber del poema y vivir con un pie en lo ido: «Mantener viva la memoria de quién hemos sido, de cómo hemos obrado en el pasado y de las promesas que hemos hecho hacia el futuro es lo primero que se requiere para hacernos cargo de la propia realidad y merecer el respeto de los demás como hombres responsables ante quienes se sabe a qué atenerse porque somos capaces de mantener la palabra empeñada, aun frente a la adversidad». Estas consideraciones nos las dice Julio de Zan y es algo que podemos aplicar a esas maneras de recobrar lo fugaz y jugar con ello en las palabras. Para eso hay que vivir en las paradojas y asumirlas; hay que reconciliar los contrarios, fusionarlos, de ahí el vitalismo y el carácter enérgico de los poemas. De ahí esa ebriedad de la vida y de Dios. No es casual, por ejemplo, que el poema y título del libro Ebriedad de Dios (2000) comience con la cita de César Isella «Uno vuelve, siempre, a los viejos sitios donde se amó la vida», que enmarca versos intensos que sobrepasan la nostalgia inicial de lo pasajero: «Era increíble ver que en un vaso cupieran / la luz que yo buscaba y el fondo / inacabable / de lo que yo no quise».

También seré los otros

Esa insistencia en símbolos como la luz implica un lugar de apariciones de otros elementos que ya se venían dando, sea el caso del color blanco o la afirmación del agua. Luis Armenta reconoce la intensidad luminosa de la naturaleza y la ciudad en Luz de los otros (2002). Aquí entran en juego dos de los componentes básicos de su poesía (ambos estrechamente relacionados): el diálogo y lo intertextual. Se trata de una poesía de la lectura y de la escucha; una poesía de la otredad. Con un distanciamiento de lo personal mediante lo polifónico y, al mismo tiempo, una residencia en sí mismo desde la transformación de lo leído y lo escuchado por medio del canal poético.

Esta poesía se manifiesta como una comunidad de lecturas y de textos (ya sean musicales, literarios o artísticos), como una enorme glosa interactiva, como una expansión de ese acto lector. Recrea y revive en sus poemas la intuición y la vibración textual del autor o el artista evocado. Con esta propuesta poética se dispone en lejanía a la propia vida. La distancia del yo para no verlo morir y para exponerlo a lo sublime. La escritura es el resultado del acto de lectura. Este tipo de acto escritor refleja la construcción de una voz esencial desde la ajena y desde el origen de la escritura: la lectura. Testimonio y análisis. A partir de este rasgo, Malpica parece decirnos: la poesía es habitar la lectura. El poema puede formarse a modo de lectura continuada o flujo derivado de otros flujos artísticos.

Nos contemplamos para ser otro, para extender la voz. La paradoja y la verdad. La textualidad artística, musical o literaria observada resulta una invitación a construirla. Y recordamos: «No me pregunten por mis obras, sino por mis lecturas» (Borges al fondo). Desde esta concepción poética, lejos de un culturalismo al uso, algunos materiales discursivos se vuelven diálogo, conversación, coloquio y debate. Cuando se expresa el aspecto dialógico entre lector y texto se determinan las claves de otra textualidad por medio de otro poema.

En ese diálogo otro componente parejo viene de la mano de los intertextos. Por su parte, la ruptura intertextual refleja las relaciones dialógicas que ocurren dentro y fuera de un poema. Más allá de la intertextualidad directa en sus diferentes gradaciones –citas, paráfrasis, alusiones o referencias veladas a otros autores–, tenemos otras más interiores como la intertextualidad restringida entre los textos de un solo autor o la intertextualidad autárquica de un texto consigo mismo. De este modo, presentará –en algunos casos– la visión del poema como construcción o mosaico de citas; en continuo proceso y cadena de intertextos que se reproducen, de este modo unos textos se transforman en otros. La literatura dialoga consigo misma y genera a su vez literatura. Algunos ejemplos se presentan en todos los numerosos poemas enmarcados con citas de autores como Thoreau, Cummings, Larkin, Eliot…; además de aquellos que dialogan con las Sagradas Escrituras o con Jaime Gil de Biedma (entre otros diálogos); además de las paráfrasis que se exponen en poemas de la clase de «Ascendencia, o de la unción de la serpiente».

En ocasiones el poema se incrusta en el conjunto de otros textos y el lector de estos versos debe ponerse en el instante que antecede a la escritura. Por eso, una de sus acciones tiene que ser la recreación del poema, ya que «el fenómeno literario, en todos los casos, es una dialéctica entre el texto y el lector», como nos dice Riffaterre. Y esa subversión supone unir diversas estratificaciones para que el poema se complete y sea significativo. Desde esta estancia se produce –de manera reveladora– la ampliación de la geografía del discurso poético. El lector de El agua recobrada debe llenar y conectar las páginas. La consumación de este hecho resulta –además de otros– vital para valorar una de sus principales aportaciones. La destreza de estos homenajes, codas, paratextos o intertextos se convierte en el elemento de unión de esa fuga y en una mediación entre la obra y su significado.