
Cristina Oñoro
En el jardín de las americanas
Taurus
528 páginas
Hay en Cristina Oñoro (Madrid, 1979) una curiosidad infinita, tan inabarcable como la de los niños que comienzan a vislumbrar el mundo, su curiosidad es también contagiosa y empuja al lector a lanzarse de lleno a su historia como si estuviera acompañándola en su periplo detectivesco por los archivos de una generación de mujeres que cambiaron la educación española. «Aunque las voces de aquellas personas desconocidas se hubieran apagado hacía mucho tiempo, leyéndolas, varias veces tuve la sensación de escucharlas hablar en las habitaciones de al lado», escribe. Y no solo sus voces, todavía parecen escucharse ecos de los pasos de todas esas muchachas cruzando los pasillos y bajando escaleras, pasos confiados que se detienen al llegar a un aula o al laboratorio Foster, y que se acallan en la hierba del jardín. En su último libro En el jardín de las americanas. Una historia transatlántica 1871-1936, la investigadora se deja llevar por el entusiasmo —como si volviera a tener siete años y leyera las novelas de Enid Blyton con asombro una página tras otra por primera vez— para armar la genealogía de las estudiantes americanas que llegaron a Madrid en los años veinte y treinta a estudiar en el Instituto Internacional y la Residencia de Señoritas y la de aquellas españolas que cruzaron el Atlántico para estudiar en los colleges estadounidenses.
Es apasionante seguir el hilo de esta genealogía hasta 1871, justo cuando una joven misionera protestante de apenas veinticuatro años, Alice Gordon Gulick, está a punto de subirse a un barco en el puerto de Boston junto a su marido, un reverendo que va a llevar el protestantismo a España. Aquella muchacha será la fundadora del Instituto Internacional y el punto de partida de la historia que Oñoro quiere contar. Me gustaría decir que el libro se lee como una novela y es cierto que el estilo ensayístico de su autora es muy literario y gozoso, pero no quiero engañar al lector, aquí tenemos un ensayo de más de cuatrocientas páginas lleno de referencias y citas, de hilillos que van hacia atrás y hacia adelante y que, a veces, puede resultar abrumador por la cantidad de material que se aborda. Oñoro coloca en el centro de la primera parte del ensayo a Gulick, desde que llega hasta que muere después de una larga enfermedad en 1903, es decir, la historia del Instituto Internacional está irremediablemente ligada a ella y de ahí que la investigadora reconstruya toda su historia que, aunque interesante y desconocida, hace que, por momentos, el ensayo parezca una biografía de la americana.
La segunda parte es más coral, tiene más protagonistas, como Susan Huntington, veintidós años más joven que Alice Gulick, y que se encargará del Instituto Internacional desde 1909 o Carolina Marcial Dorado, pupila de Gulick que acabará siendo la primera directora del departamento de español de Barnard College, hasta María de Maeztu, directora de la Residencia de Señoritas, María Goyri o Zenobia Camprubí. Estas historias se combinan con el viaje de Oñoro a Estados Unidos para reconstruir la otra parte de la historia: la de las instituciones estadounidenses que acogieron a estudiantes españolas. Entre todas ellas, destaca la historia de Carmen Castilla, que escribió un diario durante su estancia que se editó, por primera vez, noventa años después de que fuera escrito. Las notas se inician el 28 de agosto de 1921 en San Sebastián donde comenzará un peregrinaje en tren hasta Amberes y, una vez allí, se subirá al barco que la llevará hasta Nueva York el 12 de septiembre. El diario de Carmen Castilla —junto a las cartas que se conservan en el archivo de la Residencia de Señoritas escritas por sus alumnas a María de Maeztu— es uno de los documentos más interesantes y vivos porque permiten escuchar la voz de una de esas estudiantes pioneras.
Hay tantas, tantísimas vidas e historias dentro de este documentado y riguroso libro de Cristina Oñoro que, visto en su conjunto, es una preciosa pieza en el puzle de nuestra historia, como un cachito de cielo, difícil de colocar y, al mismo tiempo, hermoso y único.