POR JORGE EDWARDS
Fidel Castro fue un mito poderoso, una extraordinaria leyenda del siglo xx y de comienzos del xxi, y no sólo en Hispanoamérica. Fue un mito en la mal llamada América Latina, en las grandes universidades de los Estados Unidos, sobre todo en las de la costa de California, en los círculos intelectuales de la ribera izquierda del Sena, en los cafés de Madrid y los bares de Barcelona, en toda Europa Occidental, y hasta en Asia y en África. Sus creyentes menos fervorosos, más escépticos, por paradójico que parezca, fueron los soviéticos y los europeos del Este. La razón me parece evidente. Ellos, herederos directos de la Revolución de Octubre, conocían por dentro los mecanismos de formación de mitos del universo estalinista. En otras palabras, conocían el monstruo estalinista desde su interior, parodiando a José Martí, y no se entusiasmaban con tanta facilidad como los Jean-Paul Sartre o los Julio Cortázar. Ni mucho menos.

«Tú sólo dijiste que el rey andaba desnudo», me comentó, mientras tomábamos un vinillo regional en las Ramblas de Barcelona, un alto dirigente del régimen comunista de Polonia. Lo dijo después de representar a su país, en compañía de su mujer, en los actos de la transmisión del mando presidencial de Eduardo Frei a Salvador Allende, en el Chile de1970. Pocos meses después del golpe militar pinochetista, a comienzos de 1974, leyó la primera edición de mi Persona non grata y llegó a esa conclusión derivada de una fábula de la Edad Media.

Yo había viajado en diciembre de 1970 a Cuba en calidad de diplomático chileno, con la misión especial de reanudar las relaciones diplomáticas entre Chile y Cuba, rotas desde hacía siete años. Un mes antes había asistido a esos actos, simbólicos, llenos de increíble tensión subterránea, de la transmisión del mando presidencial de un demócrata cristiano a un socialista marxista y entusiasta, por añadidura, de la revolución de Castro y el Che Guevara. En esos días había conocido en la casa de Neruda en Santiago a los dos representantes de la Polonia comunista. El poeta, en lugar de dar saltos de felicidad
–como muchos de sus compañeros de partido, que daban saltos en las calles y en las plazas al grito de «el que no salta es momio»–, se veía preocupado, descontento por mi viaje a Cuba. Y los delegados de Polonia, entretanto, en voz baja, en los rincones, nos preguntaban con la mayor gravedad si nosotros, los chilenos, sabíamos en «lo que nos estábamos metiendo». Ellos venían de adentro y sabían, y nosotros saltábamos y cantábamos, con nuestro descubrimiento de un socialismo por la vía electoral, y en verdad no sabíamos nada.

Como ya lo he contado, a las pocas horas de mi desembarco en la Habana, en los primeros días de diciembre del año 70, me encontré entre las bambalinas de un enorme teatro de la ciudad, detrás del telón rojo. Escuchaba el discurso, que había comenzado a escuchar en mi hotel, en que Fidel Castro trataba de explicar el fracaso de su proyectada zafra azucarera gigante, de diez millones de toneladas de azúcar. Era el gran salto adelante de Mao Tse-Tung en su versión caribeña, y anunciar su fracaso, explicarlo con dificultad, con voz agónica, era asistir al principio de la erosión de un mito político. No lo comprendí con claridad en ese momento, pero ahora, en la visión retrospectiva, lo veo en forma clara. Y me imagino que Fidel, consciente de su fracaso, tenía que aceptar la dependencia del bloque soviético y no podía observar con simpatía la alternativa chilena. Había un aspecto añadido lleno de consecuencias. La Unión Soviética tenía que pensarlo dos veces antes de apoyar a fondo el socialismo de la Unidad Popular. «¿Eso es socialismo –preguntaba un diplomático del Este– o es anarquismo?»

En la conversación que tuve con el Comandante en Jefe en la primera noche de mi llegada a La Habana, poco después de su difícil explicación pública, emitida por una cadena de televisión nacional, de su primer gran fracaso, él demostró mucho más interés por la revolución militar peruana, la del general Velasco Alvarado, que por la experiencia chilena que comenzaba. Yo venía de ser consejero en Lima y las preguntas del Comandante en Jefe me revelaban que creía mucho más en las armas que en las letras y en las leyes. Fue una de las primeras verdades cubanas que me tocó ver, por decirlo de algún modo, en acción, en movimiento, sin maquillajes retóricos. Fidel me dijo que le pidiéramos ayuda en caso de necesidad, y lo dijo con las siguientes palabras textuales: «Porque seremos malos para producir, pero para pelear sí que somos buenos». Hablaba, en buenas cuentas, de ayuda militar, de guerra contra la agresión interna y externa, contra la subversión oligárquica, contra el imperialismo. Ahora bien, nosotros no necesitábamos ayuda militar. El presidente Nixon y Henry Kissinger querían maniobrar, meternos presión económica, provocar reacciones internas. Nosotros, frente a eso, necesitábamos desarrollo, educación, agricultura, minería, eficientes. Voto más fusil, repetían como papagayos los miristas, los de la izquierda extraparlamentaria, castrista y guevarista, pero el fusil estorbaba, en una situación como la chilena, donde el estado de derecho todavía se mantenía firme, y creaba peligros nuevos para nosotros mismos. Casi todos nos equivocamos, y cuando salí de mis errores personales y tuve la imprudencia de escribir sobre el tema, fui implacablemente censurado y castigado. La bêtise n’est pas mon fort, me decía yo, recordando una frase de Paul Valéry, pero mis vociferantes impugnadores habían dejado de saber quién era Valéry. O nunca lo habían sabido.

En contraste con Fidel, que podía llegar a ser ambiguo en su lucidez, Ernesto Che Guevara era un voluntarista perfectamente convencido. Cuando se produjo el primer golpe militar de América del Sur, en abril de 1964, y cayó el régimen brasileño del presidente constitucional João Goulart, declaró ante periodistas y funcionarios reunidos en la primera conferencia de comercio y desarrollo de las Naciones Unidas, en el Palacio de las Naciones de Ginebra (Suiza), que eso era lo mejor que podía ocurrirle a la revolución en marcha: caía un régimen democrático mediocre y el movimiento de la historia se manifestaba en forma clara. Por un lado, la revolución; por el otro, los gorilas armados, con lo cual, frente a la escandalosa evidencia, la revolución triunfaría inevitablemente. Yo era secretario de la delegación chilena y escuché estas palabras a un metro de distancia. Eran una mala profecía, una perfecta expresión de aquello que los franceses suelen llamar la «politique du pire», la idea de tocar fondo en el infierno para llegar antes al paraíso. ¡La ilusión revolucionaria perfecta, platónica!

Fidel Castro, en su dificultad, en sus tropiezos con los porfiados hechos de la economía, era más cazurro, más maniobrero, más astuto en el manejo de situaciones de emergencia que muchos de sus compañeros. De otro modo, habría sido derribado del poder, como ocurrió con casi todos los jefes de los «socialismos reales» de su época. En un momento determinado, en días en que se acercaba «al invierno de su descontento», pareció que el inesperado triunfo electoral de Salvador Allende le daría un respiro. Pero no sé si Fidel lo creyó de verdad. Más bien diría que no se hizo mayores ilusiones, pero trató de aprovecharse de la coyuntura, de agarrarla al vuelo en todo lo que fuera posible. Viajó al Chile de la Unidad Popular en visita oficial de pocos días, se quedó alrededor de tres semanas, y contribuyó de ese modo, rompiendo todo protocolo, a una peligrosa exacerbación de la oposición chilena: violentas manifestaciones callejeras, sublevación de bulliciosas cacerolas, inquietud militar, que en la antigua jerga criolla se conocía como «ruido de sables». ¿Provocación deliberada, desdén por cualquier forma pacífica, negociada, legalista, de transición al socialismo? No hay respuesta segura, y no creo que en años de investigación se pudieran conseguir respuestas seguras.