La preocupación por el paso del tiempo es una constante temática junto con la dialéctica entre recuerdo y olvido, motivos que irán hilvanando esta obra desde la cual Morales interpreta la realidad, a veces con asomos autobiográficos que marcan la experiencia vivida, rescatada siempre por la palabra poética. Se trata de composiciones tan entrañables como «Madre» y «Recuerdo de Yaya la modista», junto a otras donde asoman epifanías de un momento cotidiano que se intenta redimir, por ejemplo en «Gato negro en el Paseo de las Delicias», la belleza de un cuerpo en «Mujer desnuda», el motivo rilkeano de los objetos que evocan nuestra existencia en «Las cosas» —y que luego veremos también en aquellos emblemáticos pasos en la nieve de Siles—, el estado de desolación al pasear por las calles y la esperanza que pueden evocar unas flores en «Geranios» o «Floración», pero serán, sobre todo, composiciones en torno al sentimiento de finitud temporal (donde no aparece la angustia, pero si la melancólica tristeza por saberse mortal) las más relevantes, porque en ellas se presenta volcada toda la emoción de la experiencia vivida y cierto intimismo reflexivo de talante unamuniano en que el recuerdo es precisamente el arma vivificadora de las cosas perdidas, de las ilusiones y en sí de salvación final, se trata de «Ahora que el otoño me unce a su tristeza», «Oscuro desamparo», «La memoria» y, sobre todo, su magnífico «Palabras», que anuncia las preocupaciones hermenéuticas de su última etapa y donde encontramos la unión de vida y poesía, la palabra como memoria y superación del tiempo, mera ilusión que termina por ser ceniza y olvido, quedando un sentimiento de amargura por todo lo que se ha sido, o intentado ser, que entronca con la metafísica barroca.

Entre tantos adioses (1993) configuraría su última etapa marcada por la reflexión de la palabra poética y un tono preponderantemente elegíaco. El mismo poeta en la introducción explica este acento melancólico, el de la experiencia ante la pérdida de cosas y seres queridos, el sentimiento de desencanto que ello conlleva, de ahí el título de la obra: la desesperanza ante la ausencia y el papel que paulatinamente tiene la palabra poética como memoria. Morales divide la obra en cinco partes que explican ese proceso: una primera parte bajo el epígrafe de «Aurora tenaz» recoge poemas como: «Soledad», lleno de imágenes de desamparo ante calles vacías o el abandono de la noche; «Nuevo nacer», sobre la esperanza que genera el nombre de la amada; «Invicta» y «Alba nocturna» que evocan cierto tono positivo ante la presencia de la esposa, pero destaca sobre todo la composición «El poema» —que introducía la selección— porque expone ya la estética del libro mediante el motivo machadiano del homo viator y la metáfora de la escritura como devenir existencial: «He aquí que voy escribiendo / huellas de un caminante / hacia el olvido, / palabras que se quedan / yertas sobre el papel»; sin embargo, ante esa desolación existencial aparece la fe en la escritura y la apelación baudelairiana al lector, al tú como compañero de este viaje mortal que cantaba Blas de Otero y que resulta que es también la misma travesía poesía. El segundo apartado lleva por título «Patrimonio de los ojos» y muestra la satisfacción por vivir, por contemplar la realidad de la existencia en la naturaleza y las cosas cercanas a los sentidos visuales y olfativos, principalmente, son poemas como «Plenitud», «Otoño», «Aroma» o «Nieve». La tercera parte se titula «Raíces» y hace referencia al sentimiento de arraigo espacial que son sus lugares queridos (su ciudad natal Talavera de la Reina), se trata de «Primeras palabras» donde se evoca la génesis del lenguaje por parte del niño, palabras maternas sencillas y esenciales, ligadas a las percepciones elementales; en «Ciudad» se vislumbra el motivo del retorno y en «Casas» los espacios ocupados en la vida. La cuarta sección, bajo el epígrafe de «Homenajes», son composiciones de admiración a algunos poetas entre los que selecciona aquí las dedicadas a Miguel Hernández, Gerardo Diego y Vicente Aleixandre. Finalmente, el quinto apartado, «Patria de la ceniza», alude ya al tema predominante del tiempo destructor y presenta una imagen desolada del final humano, son poemas como «Pájaro» de evocaciones juanramonianas cercanas al Platero y yo, donde la imagen del recuerdo se encarna en un grácil canto de armónica belleza que pervive frente a la muerte, como lo es en «Tacto» la exaltación de este sentido humano en tanto triunfo de la materia, o en «Presencia» lo es la palabra escrita perdurable en el espacio, o las sílabas en «Instante», para llegar en «Trono» a la coronación de la memoria, la salvación del hombre por el recuerdo que, sin embargo, también es efímero, como afirma el poeta en sus versos finales, tono desolado que termina sintomáticamente con «Adiós», toda una despedida melancólica de la existencia acompañada por motivos machadianos como son la tarde y las referencias a los apagados jardines modernistas, que acentúan esa atmósfera de decadencia, aún más intensificada por la presencia de una consciencia poética que da cuenta de esa ineludible realidad que es la mortalidad.

La última selección de la antología lleva por epígrafe «La palabra» y consta de siete poemas que luego formarán parte de su último libro Poemas de la luz y la palabra (2003). Son composiciones breves con tendencia al verso libre y predominio del heptasílabo, que dan cierto tono de condensación reflexiva. Morales señala en la introducción que son poemas que no tienen historia, mera muestra de su amor por la palabra gracias a la cual existe la poesía. El escritor selecciona siete donde la mitad de las cuales contiene en el título el nombre de la palabra, hecho que muestra su preocupación por el tema hermenéutico tan presente en esta etapa. «Triunfo» describe la creación de la expresión en su proceso fónico y cognitivo, circunstancia que es vista como una victoria frente al vacío. «Palabra efímera» trata sobre el nombrar poético, los términos dichos existen sólo en el presente al ser pronunciados o leídos, de ahí su adscripción a existir en el tiempo y a sufrir la fugacidad, mientras en el poema «Palabra» —que evoca al Juan Ramón de Eternidades— trata la búsqueda de la belleza y la perfección por la poesía, exaltada mediante imágenes de grandeza como ese ojo de águila o luz que ilumina el silencio, hasta llegar a comparar el hecho poético con una flor donde los pétalos son las sílabas; en «Luz de la palabra» surge ya esta asociación que estará de manera presente en su último poemario (Poemas de la luz y la palabra del 2003), aquí el nombrar poético es fundación, llena el vacío del mundo porque es luz que da forma y límite a las cosas; bajo esta metáfora bíblica del verbo iluminador de la oscuridad, se construye «Creación», donde la realidad familiar es el baluarte frente a la soledad. En «Palabra del poema» asoma el motivo de la inspiración neorromántica, los términos surgen de regiones temblorosas, se comparan a las aves, a la música, a lo etéreo del ritmo de una guitarra o a la luz misma, hasta llegar a la idea de la palabra pura y desnuda con la cual se identifica lo permanente, concepción juanramoniana que choca con ese juego de contrastes que ha sido la estética de Rafael Morales, así, en el último poema, el titulado precisamente «Pretéritos», volvemos a encontrarnos, no con una palabra ligada a la eternidad, sino de nuevo con el poso barroco de nuestro poeta: las palabras olvidadas y perdidas en el tiempo, las voces ausentes porque nadie ya pronuncia y consecuentemente están muertas. Morales personifica el nombrar poético mediante imágenes desoladoras, incluso violentas, cuando describe los nombres desangrados y yertos en el pasado.

Con este poema final acaba la antología, se ha dado una visión desesperanzada de la existencia y de la misma poesía, el devenir temporal acaba por vencer al ser humano y a los objetos de su creación —las obras— que pueden llegar a ser mero olvido, de aquí este Por aquí pasó un hombre, un intento de edificación desde lo pretérito, del dolor que experimenta la finitud, testimonio de lo vivido y con ello de lo escrito, que puede ser salvado de nuevo si es leído.

 

[1] Morales, Rafael. Reflexiones sobre mi poesía, Escuela Universitaria de Formación del Profesorado, Madrid, 1983, p. 12.

[2] Sobre Morales en el marco de la poesía de posguerra por ejemplo los estudios de García de la Concha, Víctor, La Poesía Española de 1935 a 1975, Cátedra, Madrid, 1987; Mantero, Manuel, Poetas españoles de posguerra, Espasa Calpe, Madrid, 1986; Palomo, María del Pilar, La poesía en el siglo xx (desde 1939), Taurus, Madrid, 1988; Ruiz Soriano, Francisco, Poesía de Postguerra. Vertientes poéticas de la primera promoción, Montesinos, Barcelona, 1997; o sobre el poeta las monografías de López, Julio, Poesía y realidad en Rafael Morales, Ámbito Literario, Barcelona, 1979; D’ors, Miguel, Los poemas del toro de Rafael Morales, Eunsa, Pamplona, 1972 o Clavero Martínez, María Ángeles, La conciencia del tiempo en la poesía de Rafael Morales, Universidad de León, 2006.

[3] Luis, Leopoldo de. Poesía social española contemporánea, (1965), Ed. Júcar, Madrid, 1982, p.175.

[4] Hierro, José, «Prólogo a Poesías completas (1962)», en Cuanto sé de mí, Seix Barral, Barcelona, 1974, p. 12.

[5] Morales, Rafael. Por aquí pasó un hombre, Fundación Gerardo Diego, Santander, 2019, p. 12

[6] Morales, Rafael. Reflexiones…, p. 12.

[7] Morales, Rafael. Por aquí pasó un hombre…, p. 15.

[8] Ayuso, José Paulino, «Introducción» a la edición de Morales, Rafael, Obra poética completa (1943-2003), Cátedra, Madrid, 2004.

[9] Morales, Rafael, Por aquí pasó un hombre…, p. 43. Es uno de los poemas más valorados por Gerardo Diego y la crítica como ha señalado y estudiado el profesor Diez de Revenga, Francisco Javier, «Rafael Morales: Poética y Poesía», Hesperia. Anuario de Filología Hispánica, iii,(2000), p. 31.

[10] Hierro, José, «Fracaso», Corcel, núm. 13, Valencia, 1947, recopilado en García Cantalapiedra, Aurelio, Verso y prosa en torno a José Luis Hidalgo, Institución Cultural de Cantabria, Santander, 1971, p. 120.

[11] Morales, Rafael, Por aquí pasó un hombre…, p. 81.

[12] Se trata del poema «Y haberlo hablado todo», Canelo, Pureza, Celda Verde, Editora Nacional, Madrid, 1971, p. 27.

[13] Canelo, Pureza, Habitable, Rialp Madrid, 1979. El mundo del poema es en sí habitable y un espacio de emoción, ideas en las que coinciden nuestros poetas.

[14] Villena, Luis Antonio de, «Voy con ellos», Marginados, Visor, Madrid, 1993, p. 10.

[15] Sobre el tema el excelente artículo del profesor HUERTA CALVO, Javier, «En torno al género del lirodrama: La máscara y los dientes y La rueda y el viento de Rafael Morales», en AAVV., Rafael Morales, Homenaje, Universidad Complutense, Madrid, 1995; también

[16] MORALES, Rafael, Por aquí pasó un hombre… p. 133.

[17] Sobre Prado de serpientes consúltese el interesante trabajo de ROMARÍS PAIS, Andrés, «Título y co-texto en un poemario de Rafael Morales», Revista de Literatura, 113, 1995.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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