COORDINADO POR VALERIE MILES

Fotografía de Nina Subin y cedidas por los autores.

VALERIE MILES

El yo, ya se sabe, insiste. Estas cartas lo rodean, lo pinchan, lo dejan hablar y a veces lo sueltan para ver si vuelve solo. Hay algo de El mono gramático en sus desvíos, en esa manera de avanzar por la selva mientras el sentido cambia de rama. Dos poetas se escriben y, sin proponérselo del todo, dejan asomar una poesía vivida, no como artificio sino como forma de mirar y de estar. Hay risa, algún vuelo gallináceo y la sospecha de que escribir juntos desplaza ligeramente el centro, acercándolo al nosotros ilimitado, al todo orgiástico.


EDUARDO MOGA
Sant Cugat del Vallès

Querido Jesús:

Aunque, ignominiosamente, yo releo poco o, sin más, nada —ante un libro ya leído, no puedo evitar recordar las dizque últimas palabras de nuestro mejor reaccionario, Menéndez Pelayo: «¡Qué pena morir cuando queda tanto por leer!»—, esta tarde me ha dado por asomarme otra vez a Los poemas de Vikram Babu, que visité con fervor hace algunos años, y a maravillarme con esas fabulaciones hindúes, beneméritas y apócrifas, escritas por un poeta español. Lo más curioso del caso es que ha sido una tarde apresurada: andaba yo haciendo el equipaje para un vuelo gallináceo a Madrid, y regando las plantas (aunque las de fuera estaban sobradamente regadas, después del ensañamiento con que ha llovido en enero), y afeitándome para no parecer un adán en la lectura de mañana (he de acordarme de comprar espuma de afeitar en mi próxima visita al súper: del bote ya solo salían los fondos, acuosos), y, sin que sepa decirte muy bien por qué, quizá por ese mismo trajín, por esa misma urgencia, he necesitado sosegarme y he pensado en la poesía oriental, escrita por un poeta español. Y me he sosegado y la he releído.

¿No te pasa a ti esto? Es decir, ¿no sientes la necesidad, según cómo te encuentres, de leer una cosa u otra? Y, cuando digo «necesidad», me refiero a necesidad física, de modo que la lectura no sea solo un pasatiempo, o ni siquiera una compañía, con ser esto fundamental, sino una suerte de fármaco, un vendaje compre(n)sivo, un masaje en la espalda (o en los pies) de la sensibilidad.

Recuerdo que, en momentos de mucha aceleración, de casi angustia, he recurrido a las Epístolas morales a Lucilio, del viejo y modernísimo Séneca, y también a Qué es el budismo, de Borges, otro muerto muy vivo (y Alicia Jurado). En ambos casos, era como tomarme un Valium, o varios. En otras ocasiones, en cambio, de apocamiento y casi marasmo, me he estimulado con algún delirio del conde de Lautréamont o alguna pesadumbre de Cioran. Cioran, que ha coronado todos los ochomiles de la desesperación, me hace reír. Y me anima, increíblemente. La inteligencia siempre lo hace.

Los poetas en español han culminado excelentes trasvases de las literaturas orientales, ¿no te parece? (Bueno, qué te voy a contar a ti). Ejemplo de esto es uno de mis libros de cabecera, El mono gramático, de Octavio Paz, aunque no estoy muy seguro de que sea un trasvase, sino solo Octavio Paz pasado por la selva. El mono gramático me gusta porque me interpela desde el título: mono y gramático: yo. (Y perdona el egocentrismo, que es mucho mayor de lo que esta anécdota revela). Los poemas en prosa (si es que son poemas en prosa) que siguen a ese título, referido tanto a cada uno de nosotros como a la apabullante especie a la que pertenecemos, son un modelo de ajetreo y, a la vez, de pausa. Su bullicio de palabras es el mismo que el de las hojas de los árboles de Galta, que no dejan de crecer sin que las veamos crecer, y por entre las cuales circula un viento húmedo y rocoso.

Paradójicamente, me interesan mucho estos casos de mestizaje literario oriento-occidental, pero me disgustan —y juzgo imposibles de llevar a cabo— los intentos de aplicar en las sociedades europeas las filosofías y doctrinas asiáticas. No distingo a los hare krishna, con sus rapaduras azafranadas y sus desquiciantes monodias, de una congregación de titiriteros, ni puedo dejar de reír ante una monja budista que fatigue las trochas en quad, como era habitual ver, hace años, en la Sierra de Gata.

Y ahora te dejo, que aún no he acabado de hacer el equipaje.

Un abrazo grande. Eduardo.

JESÚS AGUADO
Barcelona

Querido Eduardo:

Espero que el viaje te haya ido bien. Viaje o vuelo, como tú dices, «gallináceo». Qué gracia me ha causado recrearte en mi cabeza a bordo de una gallina (cuya especie, por cierto, y al hilo de tus comentarios orientales, te recuerdo que procede del sudeste asiático); en mi cabeza no ha tardado en armarse un cómic donde tú y la monja budista en quad que citas al final de tu carta os perseguís por granjas y galaxias con porfía primero, cierta atracción encubierta después y, por último, una efusiva e irresistible concordancia tántrica.

Te pido excusas porque la imaginación es, siempre, lo que primero que se me dispara. Cualquier cosa lo hace. Tu mención de Adán, aunque en un contexto humorístico, me recordó un ensayo juvenil de Ortega y Gasset, Adán en el Paraíso, donde puede leerse: «Una piedra al borde de un camino necesita para existir del resto del universo». Eso es la imaginación para mí: la facultad que rescata, o intenta hacerlo, cualquier cosa de su soledad esencial con respeto al «resto del universo». Darles universo a las cosas. Darnos universo a nosotros mismos. Cósmicos y minúsculos a la vez, imaginar la armonía última que une todo con todo. Analogías, símbolos, ritmos, relaciones explícitas o secretas, conjunciones y disyunciones: para Octavio Paz, que toma esta idea tanto del romanticismo y el surrealismo europeos, y un poco del estructuralismo, como del hinduismo y del budismo, ese es el verdadero cometido de la poesía. Un tejido dentro del cual debemos encontrar, los poetas, nuestro lugar y la voz con que expresarlo. Ser la piedra y ser el universo. O mejor: ser la piedrauniverso sin escisión, sin dialéctica, sin Aristóteles o Freud.

Me encanta que recuerdes El mono gramático, quizás el libro que más he releído en mi vida. (Releer es una pasión para mí, y un acto de justicia con ciertos libros inagotables o que uno repasó distraído en su momento; pero de esto, si te parece, hablaremos otro día). En uno de sus capítulos se hace una enumeración de especies vegetales que recuerda la enumeración de naves al principio de la Ilíada. También ese extraordinario libro tuyo titulado Poemas enumerativos, un compendio de obsesiones que arrasan, hipnotizan y conmueven. Me obsesionan las enumeraciones porque me obsesiona la inabarcabilidad del mundo. No del mundo en abstracto o como suma de lo que hay, sino del mundo de esa piedra del ejemplo ortegiano; de cualquier piedra, de cualquier experiencia, de cualquier instante. Es imposible agotar nada. Miro mi mesa de trabajo ahora mismo (un ahora mismo lábil que se escurre entre los dedos) y es inabarcable, inagotable: sombras, cables, papeles, carpetas, libros, teclas de ordenador, un vaso de agua vacío, el teléfono, el polvo, el gris y el marrón y el blanco y el rojo de los distintos objetos, la pared contra la que se apoya, la barra de pegamento, la grapadora, el portalápices, el colirio… ¿Cómo sobrevivir a esta sobreabundancia y, sobre todo, cómo superar la angustia de que, escriba uno lo que escriba, el mundo no estará representado más que en sus sobras, sus minucias, sus apariencias, sus naderías o sus bordes?

Lo inabarcable se puede enumerar (cada cosa un número pi de infinitos decimales), pero eso no lo desactiva (hablo por mí, claro) como desencadenante de crisis interiores, de falta de confianza en la realidad, incluso de esterilidad creativa. Lo único que lo hace es ese principio de religación universal al que Paz y otros se refieren; porque cuando uno sabe y siente y participa de ese estar todo atado a todo deja de preocuparse por los modos en los que esa totalidad elige para desplegarse o para, quizás usándonos a nosotros, decirse. La imaginación, que, en mí, como te decía, salta con cualquier motivo, es la que mantiene en buen estado la red de pescar mundos para que estos, en justa correspondencia, nos almacenen en sus nasas (peces vivos, no pescados boqueantes) y nos pongan a disposición del universo, de las piedras y de mi mesa de trabajo.

Me encanta lo que dices de la lectura. Pero como ya me he extendido demasiado, sólo un apunte: para mí la lectura, además de un fármaco como lo es para ti, es el lugar de mis desapariciones, un espacio-tiempo donde descansar de mi yo mientras buceo y me nutro en el yo de los grandes. Un abrazo grande.

EDUARDO MOGA

Querido Jesús:

En realidad, no soy yo el que dice lo de «viaje gallináceo»: es Josep Pla, citado por mi padre. Mi padre, que adoraba la boina, el caliqueño y la socarronería gerundense de Pla, siempre recurría a esa expresión cuando había de calificar una salida breve y aparatosa, que no dejaba en el aire más que un revuelo de plumas. Y yo la he tomado prestada de mi padre, que me sigue susurrando cosas al oído pese a llevar treinta y ocho años muerto, igual que él la tomó prestada de Pla. No soy, pues, original. Y no lo soy por partida doble: he copiado a mi padre, que copiaba a Pla. Ya sabes tú que los escritores no hacemos más que tomar prestado —o saquear— lo que otros han escrito. A veces me pregunto si alguna de las ideas que tengo, o que he tenido, proviene solo de mí, y prefiero no responderme. Tener una idea propia es tan raro como la floración de la Puya Raimondii: solo sucede cada cien años. Y algunos no tendrían una idea propia, aunque los amenazaran con arrancarles las uñas con una varilla de bambú.

Tu imaginación estimula la mía. Y, aunque en la vida civil es poco probable que me sintiera atraído por una monja budista, y menos por una que montase en quad, acepto tu erótica fabulación y me veo sumido en un espléndido escarceo con la lama, aunque no en «granjas y galaxias», sino en los más modestos paisajes de la Sierra de Gata, allí donde la veía pasar, entre rugidos espasmódicos y derrapes antigravitatorios, y donde me imagino reviviendo con ella aquellos mismos rugidos y derrapes, pero ahora carnales, agrestes, muy poco tántricos. Y dejaré para otra carta lo que el nombre de la lama me sugiere que haga la lama.

Comparto tu voluntad de enredarme en la red de existencias que configuran este mundo, y el cosmos entero, y hacerme piedrauniverso, como tan bien atinas a sintetizar con ese neologismo que cumple el primer precepto de las metáforas maravillosas: unir lo más alejado, unir lo imposible de reconciliar. Esa fusión, deseada, perseguida y tantas veces frustrada, acalla el dolor constante de ser uno, de ser solo uno, de estar apartado de la unidad esencial, esa de la que intuimos que alguien o algo nos ha amputado, esa que había antes de que fuéramos nosotros, esa que, probablemente, solo sea una creación de nuestra conciencia, pero que sentimos poderosa como el árbol que ahora veo menearse al viento por el balcón del despacho en el que escribo, o como ese montón de objetos insignificantes, pero llenos de palpitación, que abarrotan tu mesa de trabajo. Lorca se preguntaba por qué un zapato ha de ser solo un zapato y no puede ser también un tenedor o una jirafa (me he inventado los términos, porque no recuerdo los que utilizaba Federico, pero tú me entiendes). Pues yo me pregunto, a cada instante, por qué no puedo ser el pájaro —una paloma— que se acaba de posar en el árbol —un plátano— que veo por el balcón del despacho, o por qué no puedo encarnarme en las personas que pasan por mi lado en la calle, cada una con sus orejas, y sus tatuajes, y sus pensamientos girando como engranajes en la gran máquina del cerebro; o, contraria, paradójicamente, por qué no puedo dejar de ser yo.

Porque, es verdad, la religio de la que hablamos nos permite participar del todo, de esa armonía cósmica que han vislumbrado Hölderlin y Cardenal, Poe y Paz, pero también me hace dolorosamente consciente de lo que me separa del todo. Saber que he de envolverme en esa red en la que todo se une, no me exime de sentir la soledad de cada nudo. Y, a menudo, ese sentimiento se impone al deseo de elevación. Ahí me veo entonces, uno, solo, férreamente delimitado por unos límites corpóreos y temporales, desasido, a eones de distancia de cualquier cosa o ser cercanos —como si la lámpara de luz amarilla que me ilumina o la taza de metal de mi escritorio en la que meto los lápices fuesen Alpha Centauri, la estrella más próxima a la Tierra, a 4,4 millones de años luz—, un nudo más, e infinitamente insignificante, en el tapiz inacabable de realidades que pueblan el mundo. Releo lo que acabo de escribir (pero yo no releo) y me doy cuenta de que me ha salido sinuoso y existencial, cuando podría haberlo dicho de una forma mucho más sucinta: el yo es un latazo. Tú también lo afirmas al final de tu carta: la lectura te permite desaparecer, descansar de tu yo. Esa es, ciertamente, otra de las virtudes de la lectura: que nos exime, mientras dura, de ese que nos acompaña, que nos persigue, que se inmiscuye en todos los asuntos de nuestra vida, que nos asfixia con sus miedos y sus obsesiones, y que, lo peor de todo, nos dicta a quién debemos herir, qué hay que sacrificar, cómo hemos de morir. El yo es un lastre que nos impide escapar de nosotros. Ahora que lo pienso, quizá esta sea también una idea muy oriental.

Abracísimos. Eduardo.

JESÚS AGUADO

Querido Eduardo:

Tú también lo afirmas al final de tu carta: la lectura te permite desaparecer, descansar de tu yo. Esa es, ciertamente, otra de las virtudes de la lectura: que nos exime, mientras dura, de ese que nos acompaña, que nos persigue, que se inmiscuye en todos los asuntos de nuestra vida, que nos asfixia con sus miedos y sus obsesiones, y que, lo peor de todo, nos dicta a quién debemos herir, qué hay que sacrificar, cómo hemos de morir. El yo es un lastre que nos impide escapar de nosotros. Ahora que lo pienso, quizá esta sea también una idea muy oriental.

Pero mejor lo dejo aquí, que no está el berenjenal para que un servidor, poco nefelibato ya, ande picoteando por él a tontas y a locas.

Me ha conmovido una reflexión endecasilábica tuya: «sentir la soledad de cada nudo». Eso es: uno está religado (qué alivio) pero uno está, sobre todo, solo. Soledad que uno sufre más cuanto más fuerte sea esa conciencia de participación en la unidad. La soledad del que lleva luz (Nietzsche, Jung y Martí lo dijeron con palabras muy parecidas), la soledad del que porta una luz (un lucifer) que no le pertenece o de la que sólo posee una ínfima parte alícuota.

La luz, el nudo: nos delimitan, nos cartografían, nos colocan, nos siluetean, nos hacen conscientes, nos contienen, nos visibilizan; pero también: nos sajan, nos estrangulan, nos señalan como dianas. Los místicos, que son anti-gordianos y anti-damoclianos por definición (cualquier místico sabe que las espadas de Alejandro Magno y de Damocles implicadas en sus respectivas historias son incapaces de herir porque están hechas de aire, de nada, de mente…), han resuelto o disuelto este dilema saltando al otro lado del espejo, es decir, al lugar donde el «yo» ni está ni se le espera.

Pero los que seguimos llevando a cuestas el «latazo del yo», de nuevo una expresión tuya tan acertada, padecemos, en ocasiones trágicamente, esa dualidad irresoluble, esa gigantesca separación, ese oxímoron metafísico. Cuando escribo, por muy juguetón que parezca en diversos textos míos, lo hago siempre zarandeado por esta tensión: querer poner en el lenguaje lo que no cabe en el lenguaje o, todavía peor, lo que al lenguaje no le compete aceptar como tarea suya. El lenguaje se ríe de nuestras limitaciones, y esa risa, que uno puede escuchar a poco que rasgue las palabras del mundo, es justo la prueba de que eso que nos anuda al tapiz (siendo «eso» y «tapiz» quizás sinónimos en este contexto) es lo innominable, lo inalcanzable, una suerte de silencio dentro del silencio dentro del silencio dentro del silencio y así hasta el infinito. ¿Estoy invocando una trascendencia, una teodicea? No lo creo. Modestamente, y como mucho, una poética no gallinácea que aspire a ser comprehendida por lo inabarcable-inagotable de la piedrecita de mi primera carta y por el resto de humildes coexistentes del universo.

Me he puesto demasiado serio. Ay. Te pido excusas, Eduardo. Con la de carcajadas que tú y yo nos sacamos de la chistera cuando estamos juntos, y lo bien que nos sienta a ambos (perdón si me atrevo a interpretarte) hacer añicos conceptos, situaciones, experiencias y expresiones para planchar rigideces, despeinar silogismos y poner patas arriba el mundo.

Un abrazo grande, Jesús.

EDUARDO MOGA

Querido Jesús:

En todo texto, por más que se estructure cabalmente y desarrolle las ideas como Dios manda, los lectores encontramos algunos asertos, algunos sintagmas, algunas palabras, en las que el ojo —y la inteligencia— se detienen. Es como si sobresalieran de la página y tropezáramos con ellos, pero no para trompicarnos, sino para complacernos. En tu última carta, entre otras agudezas y hermosuras, mencionas ese «otro lado del espejo» al que han saltado los místicos, y en el que el yo ni está ni se le espera.

Tengo para mí que al otro lado del espejo han saltado, además de, ciertamente, Juan de Yepes y Hafiz, Miguel de Molinos e Ibn Arabí, que lo hicieron con la irredenta esperanza de que su yo desapareciera de una vez por todas en el mar incandescente de la divinidad —aunque cada uno siguiendo sus propias inclinaciones: los castellanos, tras un abnegado tránsito nocturno; los islamitas, sublimando los placeres diurnos—, todos los que han buscado, los que seguimos buscando en la literatura y el arte la vía para transformar nuestro yo, tiránico e irremediablemente uno, en un nosotros ilimitado, en un todo orgiástico. Nada menos que Muhammad Alí, aquel boxeador guapísimo (y que lo seguía siendo al final de su carrera), que se definió a sí mismo como alguien que, al igual que la hierba crecía y los pájaros volaban, él pegaba a la gente, recitó este poema monóstico de su autoría para concluir una conferencia en la Universidad de Harvard: «Yo, nosotros». Al otro lado del espejo, está cuanto intuimos que existe, pero no vemos; cuanto queremos que exista, pero no sabemos alumbrar; cuanto deseamos ser, pero no somos ni seremos. Al otro lado del espejo, se encuentra nuestra ansia —nuestra necesidad— de sagrado, que no tiene que ver con dios alguno ni, Dios nos libre, con clérigo de ninguna laya: la voluntad de trascender esto breve, y tan a menudo miserable, que reunimos entre las paredes del cuerpo, con desconchones crecientes y grietas que ya no solo fracturan la superficie enjalbegada, sino nos dejan ver, a cada hora que pasa, paisajes incomprensibles y rostros sombríos. Al otro lado del espejo está lo que nos gustaría alcanzar mientras respiramos —mientras morimos—, pero que, dolorosamente, sabemos que es «lo innominable, lo inalcanzable, una suerte de silencio dentro del silencio dentro del silencio dentro del silencio».

Pero, ay, Jesús, como ves, quizá empujado (suavemente) por ti —copiamos, copiamos, los escritores copiamos—, yo también me he puesto serio. Y las cosas hay que tomárselas en serio, pero no demasiado en serio. Mejor reír, sin duda. Aunque en la risa también hay mucha tristeza.

Es, quizá, su reverso necesario. Y no hay que recurrir a casos tan visibles como el de los cómicos que se han quitado la vida —como Robin Williams, que aún me hace sonreír al recordar su inverosímil imitación de un perrito caliente en Mrs. Doubtfire— o se la han dejado perder —como Eugenio, que, con cincuenta y nueve años, dijo «me quiero morir» y al día siguiente se murió—, para percibir esa inquietante dualidad. Basta con que echemos una mirada a la oscuridad que la risa trocea. Con que veamos cómo se recompone.

Más y más abrazos. Eduardo.

JESÚS AGUADO

Querido Eduardo:

Hemos hablado mucho del «yo», ese animal de compañía, esa sombra jungiana, ese montoncito de migas para las palomas, en estas cartas nuestras. El «yo», que corretea por las palabras sin detenerse del todo en ninguna de ellas; aunque algunos, predadores y asesinos del sí-mismo, lo cazan mientras lo hace para adornar sus salones. El yo manso y violento, caprichoso y meditativo, locuaz y demudado, nuestro y ajeno, volátil y plúmbeo, etéreo y carnal. Este «yo» que, cuando mediatiza lo que somos y lo pone al servicio de un «ego» (parece redundante pero no lo es: el «ego» es la estatua o solidificación del «yo»), estropea, a mi entender, la vocación última que debe tener cualquier obra creativa: ponerse al servicio de un «nosotros».

Ese (te cito) «nosotros ilimitado» o «todo orgiástico», da igual si lo connotamos de trascendencia o de sociología, de ultramundo o de política a pie de calle, crea un espacio propicio para las revelaciones, las epifanías, las metáforas, las ideas, los poemas, los mitos… Un espacio de ser que, al menos desde Heidegger, sabemos que no es necesariamente metafísico; o que no lo es en absoluto porque la metafísica nos ha robado, durante siglos y más siglos, la posibilidad de conocer a la hormiga que también somos, a la nube que se posa en nuestro cuerpo (y al cuerpo que acepta esa nube) cuando se asoma desde lo alto a él, al olivo y sus dialectos polvosos y gustativos. Un espacio compartido: un abrevadero para la comunidad, una aldea para el sentido común, un rizoma de conexiones secretas. Un espacio para la imaginación poética, pero también institucional (ahora me acuerdo de Cornelius Castoriadis y, más cerca, de Agustín García Calvo), que limpie el mundo de los mil y un cepos del egoísmo rancio, simplón y peligroso que lo impregna casi todo.

Pero, en efecto, como haces bien en recordar, sin la risa nada de eso sería posible. No cualquier risa, por supuesto, o no cualquier manera de provocarla, pero esto los dos lo tenemos tan claro que me vas a permitir que no lo desarrolle. La risa y su carácter subversivo, y perdón por el tópico. La risa como deflagración (sin víctimas) del intelecto. La risa como vinculadora o nudo (volvemos al principio) y como hacedora de mayorías felices. La risa, un atributo divino, si Blanchot tiene razón, que nos diviniza a quienes creemos en ella. Quizás la última fe no marchitada por la historia que nos queda, la aldea irreductible que aún resiste el asedio de los poderes.

Ni tú ni yo, por desgracia, somos Astérix y Obélix. Ni siquiera Ideafix o Asurancetúrix, el perro y el bardo, respectivamente, del célebre cómic. Pero seguro que ambos hemos soñado alguna vez con ser raptados hacia una ficción donde ser poeta no se parezca tanto a pelar patatas en un cuartel abandonado. Ya ves, compañero, que termino intentando arrancarte una sonrisa, aunque me temo que sólo he conseguido ponerle una nota melancólica final a este intercambio epistolar nuestro. Un abrazo grande, Jesús.


Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El PaísThe Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés. 

Eduardo Moga. (Barcelona, 1962) es poeta y escritor. Ha publicado una veintena de poemarios, los más recientes de los cuales son Tú no morirás (Pre-Textos, 2021), Hombre solo (Huerga & Fierro, 2022) y Poemas enumerativos (Olifante, 2024). Su obra poética está reunida en Ser de incertidumbre. 1994-2023 (Dilema, 2024). También ha publicado diarios, ensayos y libros de viajes. Con La luz oída ganó el premio Adonáis en 1995 y con Insumisión, el premio de la revista Quimera al mejor libro de poesía publicado en España en 2013 y, en los Estados Unidos, el Latino Book Award. Ejerce la crítica literaria en Letras Libres, Cuadernos Hispanoamericanos y Turia, entre otros medios. Ha traducido a Ramon Llull, Arthur Rimbaud, Charles Bukowski, William Faulkner, Carl Sandburg, Walt Whitman, Sharon Olds y Jay Wright, entre otros autores. En 2025 ganó el XXVIII Premio de Traducción Ángel Crespo por su traducción de Transfiguraciones, de Jay Wright. Ha codirigido la colección de poesía de DVD Ediciones y dirigido la Editora Regional de Extremadura y el Plan de Fomento de la Lectura de la región. Es director adjunto de Gesto. Revista de Literatura, Arte y Pensamiento. Mantiene el blog Corónicas de Españia.

Jesús Aguado. Nació en 1961 y ha vivido en Sevilla, Málaga, Benarés (India) y actualmente lo hace en Barcelona. Algunos de sus últimos libros son: Benarés, India (Pre-Textos, 2018), Dice Kabir y otros poemas (Pre-Textos, 2019), No le hagas preguntas a la tristeza. Antología de poemas de las tribus de la India (Línea del horizonte, 2019), Completamente siendo (Luces de gálibo, 2020), Heridas que se curan solas. Aforismos sobre la poesía (Libros de la resistencia, 2020), Todos mis amores imposibles (Vagamundos, 2022), Los 108 nombres de Dios (Olé, 2022), Aquí se arregla la sed. Soleares (Luces de Gálibo, 2023), Tú pones la tormenta y yo la noche. Poemas de Tagore (con Subhro Bandopadhyay, Galaxia Gutemberg, 2025) y Dulce fruta que crece al borde de un abismo (Eolas, 2025). Es traductor, crítico y coordinador de talleres literarios. Es profesor del Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y del Laboratorio de Teatro Experimental..

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