COORDINADO POR VALERIE MILES

Fotografía de Nina Subin, de Daniel Mordzinski y cedida por el autor.

VALERIE MILES

Bajo el guiño de la copla de Manrique, Recuerde el alma despierta, surge la pregunta: ¿qué escriben dos autores, uno chileno y otro nicaragüense, cuando intercambian cartas viviendo a unas pocas cuadras en Madrid? ¿Puede Madrid ser el nuevo París para los escritores latinoamericanos? No por competir con su mito, sino porque aquí confluyen muchos, quizá atraídos por la vida cultural, o incluso por ese sol invernal que alegra hasta los días más anodinos. «Estaríamos acá debido a que nos atrae la magia simpática de las palabras,» dice Carlos. Se ha atrevido a cruzar, le pregunta Sergio, «El “vosotros” frente al “ustedes” nuestro?» ¿Usando el «vosotros» se convierte uno en impostor? «¿Se es madrileño de verdad hasta que se habla en “vosotros”, o cuando la lengua asume con toda naturalidad el “gilipollas” en lugar del “pendejo”?»


CARLOS FRANZ
Madrid, 24 de noviembre de 2025

Querido Sergio:

Acepté con gusto la invitación que nos hizo Valerie Miles para embarcarnos en este intercambio epistolar. Escribirnos cartas mientras ambos vivimos en la misma ciudad y a menos de diez cuadras de distancia, tiene algo de absurdo y, por lo mismo, de lúdico. Dos condiciones que siempre he considerado muy literarias. Pero supongo que lo que realmente me sedujo de este proyecto fue otra cosa. Sólo después de aceptar la invitación a este carteo recordé que ya practiqué este juego una vez, cuando era niño. Déjame contarte.

Yo estaba aún en el colegio, en Santiago de Chile. Tendría catorce o quince años. Ya había escrito unos cuentecitos y devoraba libros. Era malo para los deportes, lento para las matemáticas, pero destacaba en los ramos «humanistas»: el castellano, la filosofía, la historia… Por suerte, no estaba del todo solo. Un compañero de curso, Rodrigo Figueroa, me acompañaba en esas extravagancias. Asistíamos juntos a un taller literario fuera del colegio. Además, mi amigo dibujaba y pintaba. En suma, y en opinión del resto de nuestros compañeros, éramos unos casos perdidos.

El profesor de historia notó nuestros intereses y nos ofreció ayudarlo a clasificar un epistolario familiar antiguo. Nos confió setenta u ochenta cartas escritas en la primera mitad del siglo XIX. Eran unos papeles amarillentos, escritos con tintas oxidadas por el tiempo. Debíamos transcribir y resumir sus contenidos. Creo que aquel maestro pretendía salvarnos de las tenebrosas garras del arte, despertarnos una vocación de historiadores y explotarnos como esclavos. No contaba con nuestra fantasía.

Aquella correspondencia histórica resultó soporífera. Casi todas las cartas versaban sobre asuntos comerciales. Sin embargo, a Rodrigo y a mí nos encantó el estilo de esas misivas. Nos deleitó la solemnidad arcaica de los saludos: «queda de usted, su afectísimo y seguro servidor que hace votos…». Pronto nos dio por emplear formulismos como esos y más arcaicos en nuestro trato diario. «Espero, maese Carlos, que hayáis librado con bien del examen de geometría», me decía Rodrigo durante un recreo. Y nos retorcíamos de risa.

Previsiblemente, decidimos legarle a la posteridad una correspondencia. A pesar de que nos veíamos a diario y de que vivíamos a cuatro cuadras de distancia (casi como nosotros, Sergio), intercambiamos cartas que lanzábamos de noche al antejardín de nuestras respectivas casas familiares. Fuimos más lejos, las escribimos en papeles amarillentos, las sellamos con lacre. Y, como buenos escritores en ciernes, consignamos en esas epístolas reflexiones de la máxima seriedad histórica, filosófica y literaria. Todavía tengo, por ahí, una de esas cartas.

Ahora se me ocurre que ya entonces, hace más de medio siglo, esos niños sospecharon que la correspondencia era un arte antiguo, en peligro de extinción. Y jugaron a cartearse para evitar que se perdiera del todo. En este lunes de otoño, gris y lluvioso, me alegro mucho de que tú y yo retomemos ese juego.

Mi querido maese Sergio, hago votos por tu salud y bienaventuranza. Te saluda tu afectísimo, seguro servidor y amigo, etc., etc., Carlos

SERGIO RAMÍREZ
Madrid, 25 de noviembre, 2025

Querido Carlos:

No puedo recordar cuándo dejé de escribir cartas, así como tampoco cuando dejé de escribir a mano. Llegué a tener una letra clara y elegante, gracias a los ejercicios de escritura del método Spencer, y hoy no sé cómo sería esa letra porque, excepto mi firma, todo lo escribo desde hace tiempo mediante el teclado, con letra digital escogida del amplio menú que me ofrece el ordenador. Esta carta, por ejemplo, va en Bookman Old Style, pero creo tener un tipo de letra para cada estado de ánimo.

¿Cartas? Salta a mi memoria una muy larga y florida que escribí a los 17 años a una compañera del primer curso de derecho, una declaración de amor que nunca me respondió, pero que dio a leer a otras muchachas que hasta sacaron copias, como si se tratara de una joya literaria. En lugar de despecho ante el silencio con que fue recibida, o de vanagloria por el éxito con que fue acogida, lo que sentí fue bochorno por la manera en que mis sentimientos quedaron expuestos.

Los sellos de correo deben existir todavía, pero nunca volví a ver ninguno. Los de España tenían la efigie de Franco en rojo, verde, azul, sepia, e iban de los 15 centavos a las 5 pesetas. Mi amigo el poeta Luis Rocha se vino a estudiar a Madrid, y nos escribíamos con frecuencia. Vivía en la calle Altamirano del barrio Argüelles, y una vez me advirtió alarmado que no siguiera poniendo en los sobres «extrema izquierda», como yo interpretaba buenamente «ext. izquierda» (exterior izquierdo), porque iba a hacer que cayera sobre él la policía secreta del Generalísimo.

Mis años de Berlín en los setenta fueron los más pródigos en cartas. Las llamadas de larga distancia eran tan caras que se usaban casi siempre solo para anunciar desgracias. Cuando uno notaba una larga cola de estudiantes latinoamericanos frente a una caseta telefónica, era que alguno de ellos había logrado manipular el aparato para hacer sin paga llamadas internacionales.

Mientras trabajaba por las mañanas en mi piso de la Helmstedterstrasse, me quedaba en suspenso al escuchar los pasos del cartero en la escalera, para ver luego derramarse en el suelo las cartas que metía por la hendija de la puerta. Se escribía entonces en papel de seda, a dos carillas, para ahorrar en el porte. Nadie envía ni recibe ahora cartas, pero las oficinas de correo aún subsisten, así como subsisten los quioscos de periódicos, sólo que ahora venden mochilas, gorras, camisetas, un paso antes de su total extinción.

Ahora que me acuerdo, fuera del oficio de escritor, en el que me siento contento y feliz, la otra cosa que me habría gustado ser es evangelista, como llaman en la ciudad de México a los escribientes instalados en el portal de Santo Domingo frente a sus viejas máquinas de escribir, donde redactan en beneficio de los clientes que se acercan a solicitar sus servicios toda clase de cartas, empezando por las cartas de amor.

Un abrazo, querido Carlos,

Sergio

CARLOS FRANZ
Madrid, 26 de noviembre de 2025

Querido Sergio:

Respondo tu carta desde la biblioteca del Ateneo. Vengo a diario para concentrarme en la escritura de una novela aquí donde el silencio y la quietud, que tanto escasean en Madrid, son obligatorios.

No me quejo, sólo me pongo en guardia. Madrid es muy atractivo para los escritores, pero es peligrosísimo para la escritura. Las distracciones abundan, menudean las presentaciones, tertulias y conferencias («en Madrid, a las ocho de la tarde, o das una conferencia o te la dan», dicen que dijo Eugenio D’Ors). Aquí, rodeado de estanterías acristaladas cargadas de libros viejos, me invento la disciplina que no quiso darme el cielo y consigo escabullirme de algunas conferencias. Esta biblioteca cierra a la una de la madrugada. En ciertas ocasiones felices la inspiración me ha pillado trabajando en mi pupitre ya pasada la medianoche.

Comparto tu nostalgia serena por la correspondencia que escribías a mano, en papel y enviabas por correo postal. Esas cartas en papel traslúcido, metidas en unos sobres aéreos orlados con una franja roja y azul, tardaban lo suyo, pero eso mismo les añadía un aura, aumentaba su valor. El bulto y el olor de la carta eran otros tantos mensajes. La fantasmagoría electrónica del correo contemporáneo carece de cuerpo. A cambio, nos promete una comunicación escrita que es virtualmente instantánea. Una vez que pinche el botón de enviar, esta carta viajará desde esta vieja biblioteca del Ateneo hasta tu buzón electrónico, estés donde estés, en cuestión de segundos. Podrás tenerla ante tus ojos –ya que no en tus manos– de inmediato y no «después».

Esa inmediatez del email, esa instantaneidad, también esconde una pérdida. Hemos perdido, junto con el bulto, otro atributo de las viejas cartas: la espera. La antigua correspondencia tardaba semanas o al menos días. Durante ese plazo impreciso el remitente y el destinatario quedaban en suspenso… Ya no.

Mientras te escribía lo anterior recordé un pasaje de Respiración artificial, la novela de Ricardo Piglia. Iba a citártelo de memoria, con probable imprecisión, pero ahora ese tipo de imprecisiones también son una antigualla innecesaria. Puse lo que recordaba de ese pasaje en ChatGPT y este escupió, al tiro, el párrafo completo: «La correspondencia en sí misma es una forma de utopía. Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro; hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién) mientras le escribimos y, sobre todo, después al leernos. La correspondencia es la forma utópica de la conversación porque anula el presente y hace del futuro el único lugar posible del diálogo».

Antes me parecía que esa idea de Piglia capturaba un rasgo eterno de la correspondencia epistolar. Pues ya no, ahora el carteo ya no es una forma de utopía, no ocurre necesariamente en el futuro, puede ocurrir en tiempo presente.

¿Significará lo anterior que, en materia epistolar, debemos pasar de la utopía a la melancolía? Creo que no. Por mi parte soy un entusiasta del mundo digital. Adoro esta biblioteca del Ateneo, conocida como La Pecera, tanto como disfruto el océano de libros y datos a los que podemos acceder en Internet. Creo que a ti te ocurre otro tanto.

Es que, además, querido Sergio, se me ocurre que tú y yo tenemos suerte. Posiblemente, tu generación y la mía serán las últimas que habrán vivido en dos galaxias: la de Gutenberg y la de Google.

Te mando un fuerte abrazo que, ni puesto en papel ni convertido en bits, puede reemplazar el que me gustaría darte personalmente,

Carlos

P.S.: te incluyo en este «sobre» una vista de la biblioteca del Ateneo de noche:

SERGIO RAMÍREZ
Madrid, 28 de noviembre, 2025

Querido Carlos:

No puedo resistirme a contestarte la cita de Eugenio de Ors sobre las conferencias que das o te dan, con otra que se aplica a los poetas de Nicaragua, donde hay tantos, y que bien podría emplearse también en Chile, donde creo que hay más. Cuando dos poetas se encuentran en la calle, ambos se vigilan con desconfianza antes de meter prestamente la mano en el bolsillo de la pechera del saco, como si fueran a echar mano de un arma de fuego, y se amenazan al unísono: «¡si me lees, te leo!», sacando, más bien, un mamotreto de papeles.

Es fascinante, cierto, ver como la correspondencia ha determinado nuestra percepción del tiempo, y nuestra idea de pasado, presente y futuro; el tiempo como una ilusión, según el viejo Eisenstein.

En la época de la colonia, una carta tardaba hasta un año en llegar de Madrid a Santiago, o a Managua; de esta manera el futuro se dilataba. Se celebraba en América la coronación de un príncipe cuando a lo mejor ya había muerto, o enloquecido. Y que el correo, que traía los despachos reales y las disposiciones del Consejo de Indias tardara tanto en llegar, tenía que ver también con las arbitrariedades del poder delegado de los virreyes y gobernadores porque les era fácil desobedecer una vigilancia tan improbable y lejana.

Veo en la foto que me envías todos esos pupitres vacíos del salón de lectura de la biblioteca del Ateneo, que reflejan silencio; y me acuerdo de mis largas horas de trabajo, todas las mañanas, en la biblioteca del Instituto Iberoamericano de Berlín, entonces en un palacete en Stiglitz, donde se había rodado la película Cabaret, que pasó en cartelera en los cines de la ciudad mis dos años allí, cálidos años de la guerra fría, muro de por medio. Era el pleno verano de 1973. Afuera cegaba el verdor de los árboles y la tentación era salir en busca del sol, porque luego solo tendría brumas y viento helado, pero el deber, sabes bien como es eso, me retenía en el pupitre porque debía entregar a la editorial Siglo XXI un extenso ensayo sobre la gestación de la cultura centroamericana. Yo investigaba el pasado y en aquella biblioteca había todo sobre el pasado, desde autos sacramentales y piezas de teatro callejero de la colonia, a los libros publicados en el siglo diecinueve que nunca trascendieron, y hasta los directorios telefónicos de la primera mitad del siglo veinte. La minuciosidad documental prusiana.

Me di cuenta entonces que, para entender Centroamérica, viéndola en su conjunto, y es el caso también de América Latina, había que verla desde lejos, a través de viejos libros y documentos que allá nunca encontrarías juntos. Es lo que le ocurrió a Miguel Ángel Asturias en Francia, donde se enteró de la existencia del Popol Vuh en La Sorbona, y así encontró la llave que le franqueó la entrada al mundo real maravilloso, igual que ocurrió con Alejo Carpentier, que vino a descubrir en París que el Caribe era surrealista.

No sé si eso explica la atracción de París, como metrópolis cultural, para oleadas de escritores latinoamericanos, desde Rubén Darío a Vargas Llosa. Debemos buscar por qué esa atracción se ha trasladado hoy hacia Madrid, donde vivimos tantos escritores latinoamericanos, hombres y mujeres. Sí, exilio, algunos somos desterrados, pero otros muchos no, y sumamos al menos cien los que vivimos en la villa y corte, según mis cuentas al aire. Este puede ser un buen motivo de conversación epistolar en prosa llana. Te lo digo porque Darío escribía largas cartas en alejandrinos pareados, como la maravillosa epístola a Juana Lugones, esposa del poeta Leopoldo Lugones.

Arcades ambo.

Un abrazo,

Sergio

CARLOS FRANZ
Madrid, 29 de noviembre de 2025

Querido Sergio:

Hoy sábado no he salido de la casa. Me doy buenas razones. Desde mi ventana veo que la gente pasa muy abrigada. El viento remece los árboles en la plaza del Conde Duque. Un remolino sube hasta la altura de esta cuarta planta y siembra el balcón con hojas amarillentas.

Yo también caí en la cuenta de que era latinoamericano cuando viví fuera de Chile, ya adulto. En Washington D. C. a fines de los ochenta y en Berlín, a comienzos de este siglo, «descubrí América en el mapa», vi que los hispanoamericanos somos más semejantes entre nosotros de lo que creemos.

Son curiosos esos efectos de la distancia. La lejanía borra las diferencias menores y subraya los parecidos generales. En cambio, la cercanía –que tiene mejor prensa– suele provocarnos un efecto negativo: aumenta nuestra percepción de las diferencias.

De niño, entre mis siete y mis once años, viví en Argentina. Allá me enseñaron que era chileno. Desde luego, en el colegio hacía lo posible por mimetizarme: hinché por la selección albiceleste, me aprendí de memoria el nombre de todas las provincias desde Jujuy a la Tierra del Fuego, y entoné el himno –«Oíd mortaaales…»– con acento rioplatense. No hubo caso. Mis compañeros siguieron apodándome «el chileno», con intención punitiva.

Cuando regresé a Chile me alegré porque me sacaría de encima ese mote. Pero mis nuevos compañeros, en el colegio de Santiago, me pusieron otro. Notaron mi acento argentino y empezaron a llamarme «el che».

Esos apodos sucesivos fueron incómodos pero instructivos. Creo que aquellas experiencias tempranas me vacunaron contra los nacionalismos propios y ajenos. Quizás por eso me atrae la idea de ser hispanoamericano, así, en general. Julio Cortázar dio en el clavo cuando escogió como epígrafe de Rayuela aquella frase de Jacques Vaché: «Nada mata tanto a un hombre como obligarlo a representar un país».

Después de citarte ese epígrafe (me he pasado una vida repitiendo-me-lo) recordé que Vaché escribió aquella frase en una carta dirigida a André Breton. Y ahora yo la he insertado en esta carta para ti. Si esto fuera un cuento podría llamarse «Continuidad de las correspondencias».

Me asomé a la ventana y vi que ya paró el viento. Ya no suben esas hojas amarillentas invasoras. Voy a salir a comprar el pan. Hay una panadería estupenda en la esquina. Si aún no la has descubierto te la recomiendo, se llama Panic. No les queda lejos. Y al lado venden una gran variedad de quesos españoles hediondos y ricos. Un día de estos juntémonos a comer pan de masa madre y quesos cremosos. Con unas copas de vino. Nuestras patrias están muy lejos, pero acá somos vecinos. Eso es lo bueno.

Abrazos y cariños a Tulita,

Carlos

P.S.: Me olvidaba de tu invitación a pensar sobre las razones por las que tantos escritores hispanoamericanos viven en Madrid. Aparte de los desastres o decadencias que nos alejan de nuestros países y de que la vida literaria sea más variada acá, se me ocurre aportarte una razón etimológica. Un posible origen del topónimo Madrid estaría en el bajo latín matrice, matrix, matriz. Esta palabra latina está emparentada con madre. Venimos a Madrid porque esta nos acoge como una madre, o al menos como una madrina generosa. Mi hipótesis es tan etimológica como esotérica. Estaríamos acá debido a que nos atrae la magia simpática de las palabras. Suena bonito ¿verdad?

SERGIO RAMÍREZ
Madrid, 1 de diciembre, 2025

Querido Carlos:

El sábado, antes de irme a dormir, revisé el estado del tiempo en mi móvil y las horas de la madrugada del domingo aparecían marcadas con el copo geométrico que anuncia la nieve. Vengo del trópico incandescente y mi infancia fue ajena en absoluto a la nieve, pero ver nevar desde la ventana es algo mágico que solo se puede disfrutar si se vuelve a ser niño. Y a eso de las cuatro me recordé (ese sinónimo de despertar que usaba mi abuela: el «recuerde el alma dormida…» con que empieza Jorge Manrique las Coplas por la muerte de su padre, no significa sino «despierte el alma dormida»). Bueno, me recordé, me levanté guiado de la mano por ese niño que no me abandona, y fui a asomarme a la ventana esperando encontrarme con la suave avalancha de copos blancos alfombrando las aceras, pero la calle fría y desierta bajo el alumbrado eléctrico seguía igual que siempre. La nieve, para usar el más común de los lugares comunes, brillaba por su ausencia.

En mis años de juventud escribí un cuento que se llama «Nicaragua es blanca.» Un sabio meteorólogo predice en Managua una nevada sobre Nicaragua para Navidad. El dictador y su corte, y la alta burguesía del país, ven en el acontecimiento una manera de asemejarse a los Estados Unidos, y mandan importar abrigos de pieles, y hasta trineos. La esperada nevada no cae sobre la capital, y el dictador, que se cree víctima de un engaño, manda a meter a la cárcel al sabio meteorólogo. Pero la verdad es que nieva, lejos, en los lugares más remotos del país. En aquel tiempo, tenía una gran fascinación por la enajenación cultural, como la sigo teniendo ahora.

Quizás algo que nos acerca a Madrid, hasta asumirla como una capital latinoamericana, es que la nieve está ausente del paisaje, y cuando ocurre una nevada de verdad, es vista por los madrileños como un hecho para recordar, como la tormenta Filomena de la que siempre se vuelve a hablar. Una de las cosas que me atrae de Madrid es que siempre hay sol, aún en invierno, y me aleja de esos cielos grises tan temibles, como los de Berlín. Sol, y el español como idioma común, que todo lo ilumina. Hay algunas barreras en el idioma que no sé si como chileno te has atrevido a cruzar. El «vosotros», por ejemplo, frente al «ustedes» nuestro. No sé. Siento que al usar el «vosotros» me convierto en un impostor. ¿Se es madrileño de verdad hasta que se habla en «vosotros», o cuando la lengua asume con toda naturalidad el «gilipollas» en lugar del «pendejo»?

En Madrid se escuchan hoy todos los acentos, todas las voces, y en ese sentido no hay barreras. Una cosmópolis hispanoamericana donde se va tejiendo una cultura híbrida, rica, variada, que apuntala su propia modernidad, porque esta es una ciudad muy moderna, precisamente porque es abierta, y es al mismo tiempo una capital cultural. El otro día me topé con un dato: hay casi 300 salas de teatro en Madrid, frente a cerca de 400 que tiene Nueva York.

La primera vez que vine a Madrid fue en 1966. Era una ciudad provinciana, encerrada en esta atmósfera de colores sombríos que las dictaduras son tan eficaces en crear. En la avenida José Antonio, como el franquismo había bautizado oficialmente a la Gran Vía, había matronas que ofrecían a los turistas mantillas de encaje, y violeteras, como en las letras de los chotis, y en las tiendas de suvenires se vendían botas de vino, abanicos, peinetas y castañuelas, todo el catálogo vernáculo que la dictadura propiciaba, «la España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía», que dice Machado; y en los tours en autocar no podían faltar ni la visita al Valle de los Caídos, ni al alcázar de Toledo, donde, con voz emocionada, el guía narraba cómo el coronel Moscardó, héroe nacionalcatólico, alzado contra la república, se negó a rendir la fortaleza a cambio de la vida de su hijo: «encomienda tu alma a Dios, da un grito de ¡Viva España! y muere como un patriota». La España gris, tan macabra como la España negra.

Un día de estos me doy la vuelta por la panadería de Conde Duque que me dices, y de paso te toco el timbre. Me fascina el olor incitante de las panaderías, que se siente de lejos, y me trae a la memoria el del horno en forma de panal de mi abuela, la que decía recordarse por despertarse, y cuando evocaba a un hijo ausente, exclamaba ¡ah, prenda, mi hijo!, a como escribía Garcilaso, ¡Oh dulces prendas por mi mal halladas…!

Ex toto corde. Un abrazo.

Sergio


Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El PaísThe Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés. 

Sergio Ramírez. (Nicaragua, 1942) Premio Cervantes 2017. Cuentista, novelista, ensayista y articulista. Ha recibido numerosos premios internacionales por obras como Castigo divino, Un baile de máscaras, Margarita, está linda la mar (Premio Alfaguara 1998), Sara y, más recientemente, El caballo dorado (Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa 2025). Fundador de la revista Carátula y presidente del Festival Centroamérica Cuenta. Profesor visitante de literatura en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), Universidad de Harvard y Universidad de Princeton.

Carlos Franz. (1959) ha publicado las novelas Santiago Cero (1990; Premio Latinoamericano de Novela CICLA, en 1988); El lugar donde estuvo el Paraíso (1996; Primer Finalista Premio Planeta Argentina, y llevada al cine en España); El desierto (2005; Premio Internacional de Novela del diario La Nación de Buenos Aires); Almuerzo de vampiros (2007; Premio Consejo Nacional del Libro de Chile); y Si te vieras con mis ojos (2015). Esta última obra fue galardonada con el Premio Bienal Vargas Llosa otorgado a la mejor novela publicada en idioma español en el bienio 2014-2015. Además, Si te vieras con mis ojos ganó en Chile el Premio del Círculo de Críticos de Arte 2015 y fue escogida por la Revista de Libros del diario El Mercurio como Libro del Año en 2016. Ha publicado tambén el volumen de cuentos La Prisionera (2008; premio Consejo Nacional del Libro de Chile); el relato Alejandra Magna (2011, Ediciones del Centro, Madrid); y el ensayo La muralla enterrada (2001; Premio Municipal de Ensayo 2002, Santiago de Chile). Ha sido traducido a once idiomas. Es miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua y correspondiente de la Real Academia Española.

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