COORDINADO POR VALERIE MILES

Fotografía de Nina Subin, Ignasi Roviró y Alex de la Torre.

VALERIE MILES

En mi fin está mi principio. Andrea (Panza de Burro) e Irene (Los diques y Canto yo y la muntanya balla) son dos escritoras cuyas primeras novelas han resonado por su originalidad en el uso del lenguaje y del mito y por captar el espíritu de una época. Han ganado premios, han sido traducidas, y sus voces irrumpen con fuerza en el panorama literario. Pero ¿qué implica debutar con tanto éxito? ¿Cambian los códigos de circulación literaria? ¿Cómo afecta esa recepción a la vida y la obra futura de una escritora? En este intercambio de misivas, exploramos el comienzo brillante –la presión, las expectativas, y la manera en que ese primer impacto puede trazar —o desafiar— el porvenir.


IRENE SOLÀ

Querida Andrea,

Te escribo desde una pequeña isla en el Báltico y te imagino en tu isla del Atlántico. Aquí, las piedras de la playa son blancas y el mar es opaco, metálico y dulce. En el sentido literal de no salado. Desde mi ventana se ve la línea del horizonte muy alta, a la altura de los ojos, pero casi no se oyen las olas. Hoy llueve. Ayer había cuatro cisnes en el agua delante de la casa. Dos blancos. Dos jóvenes, como patitos feos. Cuando nos percibieron con las bicicletas, se alejaron mar adentro, pero no con demasiada prisa ni demasiado miedo.

He estado pensando en cómo empezar esta correspondencia. He estado masticando, lamiendo, la idea de comienzo. Las posibilidades que abren. La incertidumbre. La excitación. Lo que aún no se ve. Lo que aún no se sabe. Pero me doy cuenta de que últimamente he estado más rodeada de finales. O que al menos ayer y anteayer me encontré con dos finales. No todos los días estás ante un final. Ante ese zumbido de las últimas líneas. Ante esa sensación entre cálida y huérfana de haber concluido algo.

Ayer terminé de leer Blood Meridian. Y anteayer leí en un libro que se llama The children of Ash and Elm, a History of the Vikings (lectura que está claramente motivada por mi paradero actual) cómo terminará el mundo, desde la cosmovisión de la gente que vivió en este lugar entre el año 700 y el siglo XI. ¿Lista? Cuando llegue el fin, habrá lobos que se tragarán el sol y la luna, las estrellas, blancas de tan calientes, se hundirán en el mar y envolverán el mundo de vapor, los poderes de la noche se derramarán a través de un agujero en el cielo y los dioses marcharán a la guerra por última vez.

He llegado a este lugar calmo, todo él cubierto como con una manta de sosiego, en donde los colores y los sonidos y hasta la luz son delicados, parsimoniosos, lentos, leyendo libros absolutamente violentos. Salvajemente violentos. Intentaré no hablarte demasiado de vikingos, pero solo por si sientes también curiosidad por el principio, la humanidad empezó con dos troncos a la deriva. Uno de fresno, el otro de olmo, a los que Odín y sus hermanos encontraron en una playa, les modelaron forma humana y les soplaron en la boca para darles vida. A mí me gusta la imagen de soplarles en la boca. Si te apetece, cuéntame sobre ti, sobre dónde estás, cómo estás o qué estás haciendo. Te mando un fuerte abrazo, Irene.

ANDREA ABREU

Querida Irene,

Por la ventana veo el mismo monte, las mismas casas de colores empinadas sobre la misma loma. La manta de nubes bajas y gruesas que dan nombre a mi primer libro. Siento el ah, ah, uh, ah ah, del chillerío arrebatado de mi vecino dentro de los matos. Casi todas las mañanas lo escucho peleándose con palos contra ladrones de órganos que no existen. O sí. La realidad es tan extravagante que me lo creo.

Es curioso que en tu carta haya lluvia. Aquí está todo seco como un panasco. A veces, por las noches, desde mediados de verano, nos cortan el agua corriente porque los depósitos están vacíos. Pienso en los hoteles llenos de agua. A menudo me despiertan los estallidos de la presión del agua regresando a las tuberías. A pesar de los bombazos, me resulta difícil levantarme. ¿A ti te cuesta? Desde la ventana veo también mi huerta. Si pudiera, te daría higos de leche. ¿Te gustan los higos o eres más de brevas? Muchas veces he sentido ganas de conocerte. Me da vergüenza decirlo, pero siento que tenemos muchas cosas en común. Capaz solo es que te admiro.

Qué alegría que te encuentres en un momento de final y de comienzo. Yo llevo unos cuatro años escribiendo la misma novela. La repudié un tiempo porque quería acabarla, luego me di cuenta de que me gusta vivir en el proceso. Amo escribirla, ahora estoy como enviciada. ¿Te preocupa a veces el por qué escribes? Pienso que es una cosa que se nos exige más desde fuera. No hay nada que me deje más tranquila que pensar que escribo de la misma forma que miro las bandadas de canarios salvajes posarse sobre el aceite del coche que hay derramado en la huerta abandonada en la que aparco la furgoneta. Puedes hablarme sobre los vikingos. Amo los mitos fundacionales, aunque yo no esté en la fundación de nada. ¿O sí? Te mando otro abrazo supergigante, Andre.

PD: No te lo vas a creer. Vuelvo corriendo a escribir el final que me faltaba: cuando cerré la carta, la brumasera entró por las puertas abiertas de la azotea como lenguas de vaca extendidas, rizándose y desrizándose. Es increíble, está lloviendo después de tanto tiempo. Lloviendo muy fuerte.

IRENE SOLÀ

Querida Andrea,

Me fui de la isla de la que te hablé la última vez. Regresé a casa en coche desde Suecia, y te he pensado desde muchos lugares. Copiloto a ratos silenciosa, tomando notas para estas líneas. 

Tus preguntas me hicieron cosquillas. Intento responderte algunas. Me gusta dormir. Me gusta abandonarme y desaparecer. Me gustan la horizontalidad y las mantas. Pero también me gusta la noche. Quedarme despierta y observar, hacia fuera y hacia adentro. Y también me gusta la mañana, hacer yoga y ver empezar el día. Haría todo a la vez si se pudiera. Trasnochar. Dormir mucho. Y levantarme muy temprano. Cada día. Me gustan los higos y las brevas. En el jardín de mis padres hay una higuera. Huele tan fuerte que cuando pasas cerca no puedes resistirte a coger algunos higos, aunque no lleves nada donde ponerlos. La última vez, hice una especie de bolsa con la camiseta que llevaba. Hoy día, si la miras con atención, aún se perciben manchas de la leche de los higos en la barriga. Se los llevé a una amiga. Cuando llegué a su casa ella había hecho mantequilla de cacahuete, y untamos los higos con la mantequilla. Eran deliciosos. Me encantaría venir a tu huerta a comer higos de leche. Traería un saco de cacahuetes. 

Me interesa cuando dices que la pregunta de por qué escribes la notas desde el exterior. Al exterior lo mejor es mantenerlo muy a raya, creo. Estaba en Andalucía cuando terminé mi último libro y tu pregunta me ha llevado directa a los paseos entre campos de almendros aún pelados. En mi recuerdo el paisaje es azul claro y rosa. En un momento dado florecieron. Caminaba al atardecer después de todo el día de escribir o releer. A veces seguía trabajando cuando regresaba. Otras veces iba a un bar que se llama la Higuera (todo está claramente conectado) o a bañarme en una poza natural de agua caliente. Había días luminosos, otros pesados.

Pero hay algo increíblemente bello de estar allí cuando estás allí. De vivir dentro del libro que estás escribiendo mientras lo estás escribiendo. Mi sensación es que cuando salgo, cuando termino el libro, dejo de vivir dentro de él. Me voy. Me despido. Y a partir de entonces regreso a ese libro solo desde el recuerdo. Qué bonitos los recuerdos. Pero qué bonito estar viviendo algo. 

Mientras escribía esto el conductor de mi coche dijo ¡¿Uo, ho has vist?! Yo respondí, No, ¿el què? Ha passat un cometa, me contó. El cielo era más oscuro que la última vez que había mirado hacia fuera. Quería preguntarte, ¿cómo trabajas en esta novela? Querría imaginar más el patio, la furgo, el monte y como la novela habita entre estas cosas. Aquí, guardé la libreta en la guantera y miré el cielo a ver si veía caer otra estrella. Te mando un abrazo bien fuerte, Irene.

ANDREA ABREU

Querida Irene,

Te escribo desde la calma de la mañana, con algo de sabor a tierra en el cielo de la boca. La calima se está marchando. Te escribo hoy desde la calma porque no quería actuar desde dentro del desasosiego. Hace semanas que leí tu carta y no te había respondido. Acaba de pasar una tormenta: trajo viento y polvo del desierto y contaminación. Queda un fisquito para la Navidad y todavía no hay casi chupos. En esta época del año lo cubrían todo de amarillo. Me encantaba comérmelos: son ácidos, húmedos, piconcitos.

Este año casi todo es canelo y gris. No hace casi frío. Durante la tormenta, en Canarias tuvimos la noche de diciembre más caliente que se ha registrado en el hemisferio norte. Hoy la calidad del aire no es extremadamente desfavorable como ayer y, por eso, me siento más animada, me dieron ganas de escribirte. ¡Qué preciosa tu carta! Llevo varios días viviendo en ella. Veo el cielo rosado, siento el tacto de los almendreros secos, escucho el agüita calentita de la poza, huelo el frío dentro de la garganta. Mira, antier tarde, cuando se estaba yendo el día, vi a un mirlo bañarse en el agua de la piedra volcánica que hay debajo de la higuera. Es agua que ponemos para que los perros beban, pero los pájaros también se bañan. En aquel baile de plumas negras me acordé de ti y de tu carta. Yo también cojo los higos haciendo una cunita con la camisa, le decimos jaldra, es una palabra preciosa.

Hoy desayuné en la entrada y fui feliz. Observé el mundo con ese color dorado que ahora tienen las cosas y que me cuesta aceptar. Ahora las cosas van a ser doradas y no grises de panza de burro. Pero dije: ¡Soy feliz! Me hace feliz repetir las mismas acciones y profundizar en ellas. La misma acción no es nunca la misma y a fuerza de performarla una y otra vez descubrimos nuevas verdades sobre la vida y nosotras mismas, o más bien nuevas preguntas, nuevas verdades provisionales. Tal vez nuevos relatos que nos hilvanan el alma para que esta permanezca unida pero siempre a punto de zafarse. ¿A dónde crees que van esas verdades que descartamos, aquellas viejas preguntas que creemos superar? En el último año descubrí que, buscando nuevas verdades, rescaté algunas que ya habían estado en mí hace años y que había desechado.

Te estaba diciendo: hoy desayuné en la entrada de casa y fui feliz, de frente a la huerta abandonada que te comenté, y me fijé en una montaña de arena de construcción también abandonada. Me acordé, entonces, de cuando jugaba a hacer casetas con chazos y palos y cubetas y baldes de agua y trabajaba, trabajaba igualito que veía trabajar a la gente grande construyendo las casas. Mirando allí, donde aparco la furgoneta y los canarios salvajes que se levantan del suelo en una manta cuando escuchan mis pisadas, pensé que, entonces, jugaba a la autoconstrucción. Se me ocurrió, también y pensando en ti, que construir una casa se parece un poco a construir un capítulo. Hay que planificar, estructurar, buscar los materiales, ejecutar lo pensado, ver si queda nivelado después de haberlo hecho, dejarlo secar y sentarse a observarlo existir.

La gata parda preñada se subió sobre la mesa mientras estaba desayunando. Hay gatos de la calle que vienen a comer los friskis que les pongo. Son muy enterados y se alongan hasta que casi espichan la cabeza dentro del café. Allí me quedo quieta y observo la vida en ese guineo suavito del temblique de las hojas, del magullar de los gatos, del calor del sol sin lluvia que calienta el piche de la carretera. Me gusta también sentarme al centro de la carretera como cuando era pequeña, sentir el calor del piche en el culo. Hay veces que me quedo tan quieta y me siento tan parte de la vida que los pájaros se acercan mucho. El otro día se posó enfrente de mí un papito colorado (petirrojo, en castellano). El papito colorado es un símbolo en mi nueva novela, aparece cuando va a pasar algo importante que no puedo desvelar. A veces (la mayor parte del tiempo) no tengo que inventar símbolos porque ya existen en la tradición oral canaria: mi padre me contó que cuando un cernícalo se queda suspendido arriba de ti con las alas en un temblique continuo significa que vas a perder dinero. A veces aparece Cabeza Buque (pobrecito, el nombre que le puse), que es un gato negro gigante, del tamaño de un perro, que tiene el aspecto de una marioneta: un pelo negro y tieso como de mentira. Magulla que parece que habla y se pelea con otro blanco de oreja chasquillada que viene a montar a las gatas que están por fuera de casa. Yo les chillo que se dejen de peliaderas.

Las cosas han cambiado un poco desde la última carta, cerré nuevas partes de la novela y sentí ese empezar del que hablamos. En el pasado hubiese temido esa confianza, porque creía que podía significar permitir dejar entrar el descuido o la vagancia, pero aprendí, escribiendo estos años, que es mejor estar tranquila y tenerse a una misma de la parte de una. Comprendí que antes escribía en estado de alerta, como si me estuviera defendiendo de algo terrible. Hoy no hay nada terrible en la pantalla o la página de la libreta. Me aseguro de estar tranquila cuando escribo.

Me alegra saber que el éxito para mí es abrir ese canal de lo creativo y no forzar nada. Comprendí que el objetivo es estar yo en lo que hago, mi auténtico yo, y no responder a lo que la gente espera de mí. No fue tan fácil saber esto después de la explosión de la primera novela y siempre quise preguntarte si tuviste alguna dificultad para, después de tanto reconocimiento, entender si escogías el camino de la autenticidad o el de la copia de una misma. A mí, solo sentirme un rato «obligada» o sugerida de tomar el segundo, me provocó parálisis (¡menos mal!). Leyendo tus libros siento que escogiste el primer camino, pero igual quería preguntarte cómo se sintió.

Volviendo a mis avances con la novela, pienso que cerrar una parte es una sensación preciosa, pero siempre viene aparejado con abrir una nueva. Ahí siempre retorno a enfrentarme a la escritura casi de cero. Reviso los cientos de páginas de notas, elaboro una estructura del capítulo, distribuyo las notas dentro de la estructura y redacto. Esa es mi dinámica.

Ahora estoy yendo a clases de pintura y me siento unificada, no sé explicarlo, siento que estoy explorando nuevas vías de contar esas cosas que tengo dentro. Esa unidad también me la da leer poesía o bailar y escuchar bachata. Ahora mismo tengo abiertos cinco libros a la vez y uno de poesía también que leo a ratos. Leer todos esos libros del mismo viaje me permite encontrar relaciones maravillosas entre ellos. Supongo que los elige mi subconsciente y se da una especie de fenómeno de Baader-Meinhof: ese que sucede cuando aprendes una cosa nueva o tienes una fijación con una idea y tu mente te da la ilusión de que ahora ese algo está en todas partes de una manera mucho más frecuente que antes. El tema que se está dando ahora en mis lecturas es el de la crisis de la narración y la experiencia misma de ser escritora. Estoy leyendo unos libros muy buenos y dibujando y escribiendo mi novela y eso me mantiene aquí y me ayuda a atravesar el dolor que me provoca ver el monte seco, los durazneros y almendreros con la floración trastocada, las abejitas muertas. Leerte también me ayuda. El otro día escuché en el podcast de Punziber que Martín Gaite pensaba que una escribía porque no encontraba al interlocutor adecuado, algo así como en la búsqueda perpetua del interlocutor perdido. No sé qué pienso sobre eso, pero siento que en estas cartas encuentro un lugar donde decirme contigo y me gusta.

Me gustaría preguntarte cómo piensas los libros. Si tienes alguna forma de organizarlos cuando aún no están escritos o algún proceder concreto para estructurarlos o, incluso, si usas alguna herramienta tuya que te hayas inventado. Yo, por ejemplo, tengo el glosario en el que voy registrando los canarismos que escucho —últimamente me he sorprendido de la cantidad de palabras que usa mi familia que vienen del portugués—, o la libreta-diario en el que voy anotando mis dudas, dificultades y apreciaciones sobre la escritura de la novela, algo así como la metanovela.

Gracias por escribirme, mucha suerte con todo lo que estés haciendo y ¡bon Nadal! Un abrazo enorme que llegue hasta donde estés ahora, Andre.

IRENE SOLÀ

Querida Andrea,

Hoy te escribo desde casa. Amaneció lloviendo, pero ahora hace sol. Tengo la ropa tendida fuera y el viento juega a tumbarme el tendedero. Voy levantando la vista, como si tuviera poderes, como si al mirarlo pudiera evitar que los soplos lo tiraran. Aguantarlo con los ojos. Mis calcetines en peligro se secarán muy rápido. Busqué qué son los chupos y no lo encontré. ¿Me mandarías una foto?

Estoy haciendo trabajos de restauración en casa, pájaro viajero que ha vuelto al nido. Sueño en paredes y andamios y me duelen las manos lo que no está escrito. No lo digo desde la queja, ni desde la alabanza del trabajo físico por encima del de estar sentada y escribir, sino desde la curiosidad. Me duele abrirlas y cerrarlas y usarlas, como un recordatorio de que tengo manos. Y tal vez, porque es desde mis gafas protectoras y mis guantes sucios de cemento que miro el mundo, tu carta me pareció muy en consonancia con mis actividades de aprendiz de paleta. Casa-capítulo. Casa-novela. Y me hizo gracia porque a mí también me llaman la atención los montones de arena de las obras, especialmente los que se abandonan cuando los trabajos se demoran, y quedan como mordidos por un lado, y luego vienen niños llamados por ese túmulo y juegan o se suben con las bicis. Cuando estuvimos cruzando Europa con el coche me fijé en diversos montones. Fue un viaje por distintos países, pero si buscabas bien, encontrabas las mismas pilas de arena como montañas de posibilidades.  

Tengo ganas de leer tu próxima novela. Mi sensación es que cada libro se me presenta a su manera. Con su carácter, con sus necesidades, con sus demandas, sus ritmos, sus sensaciones. Yo trabajo leyendo mucho y tomando muchas notas. Me gusta escribir las notas a mano. Siempre a lápiz. Notar el hilillo plateado que conecta el cerebro con la mano. Me gusta el grafito sobre el papel, me parece bonito, desparpajado, trazudo, me acerca al dibujo. La idea de meta novela me encanta. De pre-novela. De novela libre, monstruosa, sin pretensión de ser novela.

Pero te engañaría si te dijera que sé exactamente cómo trabajo. O que domino o controlo la manera. Para mí, en mi manera de hacer, hay una mezcla de cerebro y estómago, y tal vez hasta de espina dorsal. De instinto, de diversión y de interés intelectual. Estudié Bellas Artes y durante casi cinco años, muchos de ellos desde un taller, aprendí a habitar este lugar extraño que es el proceso. Creo que allí también estaba el aprender a transitar el que tú llamas el camino de la autenticidad. Cuando a los libros les salen patas y cola y se largan a hacer su camino, el que sea, el que les toque, pero yo, tú, seguimos por el nuestro. Me imagino este camino mío muy poco romano, sin adoquines ni acera, más bien boscoso y con raíces bultosas, o al menos sin asfaltar, o con el asfalto muy viejo y agrietado, con hoyos en los que el chasis del coche chirriaría y parches de alquitrán de distintas gradaciones de gris y negro. Y les veo a las novelas el culo respingón, con una mancha blanca debajo de la cola en forma de corazón volcado, cómo se alejan. 

Hablas de haber rescatado verdades que ya habían estado en ti y habías descartado. Me fascina cuando la primera idea o la primera opción era la buena. Cuando instintivamente lo sabías. Y luego dejaste entrar a tangentes y posibilidades y dudas y te alejaste de esa primera idea solo para dar un rodeo muy considerable y terminar dándote cuenta de que la primera opción era la acertada. El rodeo no me parece una pérdida de tiempo. A peligro de sonar demasiado trascendente, me parece la vida misma.

Estoy pensando todo el rato en contarte una broma de paletas. Estábamos con el aparejador y el albañil, y el aparejador dijo que él cuando trabaja con el ordenador prefiere tener una pared delante y no una ventana, que si no se distrae. A mí me gusta tener una ventana delante, dije yo. O cosas pasando. El tendedero a punto de caerse, por ejemplo. No me importa. O, hablando de pájaros, hoy vi un puput por primera vez desde que empezó otoño y la mayoría se marcharon. Pero siguiendo con lo que te decía, estoy a favor de los argumentos que me permitan levantar un momento la vista, descansar los ojos de la pantalla. El albañil nos miró y dijo que él, como paleta, siempre tiene una pared delante. Me reí. Me gustó su broma.

Jaldra me parece una palabra preciosa. Te la cambio por almosta. ¿Tú qué estás pintando? Te mando un fuerte y tierno abrazo, Irene.

ANDREA ABREU

Querida Irene,

Recibí tu carta, pero no la había leído. Esta mañana vi a un papito colorado comiendo friskis del cazo de los gatos, con las patitas alongadas sobre el viro del cazo. Al verme, salió volando y se aposó sobre una rama que al caer rebotó. Se quedó ahí rebotando junto con la rama, mirándome de frente.

El otro día hablaba con mi amiga Gema, que ama el tarot, los oráculos y la interpretación de sueños y símbolos diversos, que si el papito colorado tenía algún significado para mí. En los últimos meses siempre me los encuentro muy de cerca y nos miramos mutuamente. Además, como te conté, lo había descartado como símbolo en la novela, pero hace un fisquito que lo volví a incorporar. Capaz motivada por habértelo escrito en la carta y por la cantidad de veces que los veo. Le dije que lo único que podía decir es que me daba calma, que sentía que cuando lo tenía de frente todo estaba bien. Le pregunté si eso podía ser un símbolo, con un significado tan escueto. Me dijo que sí, que había símbolos que solo eran un sí, que su significado era sí. Más tarde busqué en internet: qué simboliza un petirrojo (el buscador no sabe canario) y decía: alegría, amor, protección, suerte, cambios positivos en la vida, Navidad, nacimiento de Jesucristo. Me gusta saber qué representan las cosas para mí, más allá del mensaje histórico que se les haya atribuido. Lo que quería decirte con esto de que me encontré con el papito colorado jartándose a friskis: pensé que era un buen momento para leerte.

Volvieron las lluvias. En este tiempo sin escribirte, todo se minó de flores de bruja. Primero fueron dos, después una corona alargada de flores garrapatiando por arriba de las zarzas como arañas peludas. El amarillo de los chupos (en otras zonas de Canarias les dicen trebinas) se hizo más intenso, el colorado de las amapolas, el blanco de las margaritas de monte, el lila flojito de las flores de los cardos y el más fuerte de las de los chícharos. Aquí te dejo una foto de los chupos (las amarillas):

Me encanta tu reflexión sobre las montañas de arena. Me fui de viaje a Bruselas. Hacía mucho que no viajaba tan lejos. Me quedé traumatizada de todo el tiempo que pasé viajando durante la primera novela y los problemas de salud que eso me trajo. Me marché asustada de viajar yo sola después de tanto tiempo sin moverme. Fui a visitar a una de mis mejores amigas por el treinta cumpleaños. Ella es actriz de teatro y cine y la pasé casi todo el tiempo con personas creativas. Personas del mundo del teatro y conversaciones llenadoras. Ver a tanta gente como yo me hizo recordar que no estoy mal, ver en otras personas cosas que veo en mí y que están normalizadas, propias de las personas artísticas, me hizo sentir que estoy bien, que soy bien. Hablamos de muchas cosas: la relación con los textos en el teatro y en la escritura, las herramientas que cada une tenía para afrontar la mirada ajena… Salió una idea muy interesante: una sabe que está perdida, desviada en el proceso, cuando no está en la relación con el texto, sino solo en el texto (las normas, la tradición literaria, el respeto a la literatura con mayúsculas, el repetir patrones de escritura que han servido en pasajes anteriores y que ya no sirven ahora) o solo en una misma (la afección por pasajes que muestran estilo pero no entran en las necesidades de la historia, el ego…, ¿capaz la aprobación externa o esto iría en un punto aparte?).

Hay que volver siempre no al texto, sino a la relación con él. Es el texto y el yo en una conversación continua en la que ninguna de las dos partes debe tomar la posición central por demasiado tiempo para que no haya desequilibrios de poder. Por otro lado, pienso que los desequilibrios siempre son necesarios para poder volver con más fuerza a ese diálogo. Cuando leo en tu carta la forma en la que trabajas con el texto, siento de verdad esa relación entre tú y el texto. Cómo hablas de la curiosidad y del aprendizaje y cómo reconoces que, aunque tengas algunos hábitos, me engañarías si dijeras que sabes exactamente cómo trabajas y justo por eso es un proceso: porque cada conversación es distinta y, en relación, mutamos, moldeamos y nos dejamos moldear por el otro-texto, que a la vez es un yo-texto. Me encanta lo del camino jarrapiento y minado de yerberío por el que se aleja la novela de culito respingón y nosotras seguimos caminando sin atender demasiado a dónde se dirige la novela culona. Creo que cuando salga la novela voy a hacer mi trabajo de desprendimiento pensando en una novela culona que busca su propio rumbo sin mí.

Más allá de estas paranoias: cogí muchas ideas en el viaje. Me sentí reconectada con esas viejas verdades que estamos comentando. Los bailes lascivos de Bruegel, la enormidad abrumadora de Rubens, un Dalí, un Magritte (el del árbol anochecido con la luna blanca por dentro). También cosas más contemporáneas, como una exposición sobre decolonialidad del artista brasileño Paulo Nazareth (Patois/Patuá) y otra del belga Hans Op de Beeck (Nocturnal Journey), que me hizo reflexionar sobre mi relación con el mundo de los sueños. Además, bailé mucho, sobre todo música electrónica y descubrí artistas muy interesantes como Abel Ghekiere. Supongo que te pasa lo mismo, que necesito (necesitamos) tener conversaciones del alma, escribir, bailar, leer, dibujar, observar las lombrices de tierra asomándose debajo del estiércol a diario. Cerca de esa realidad, la del arte (entendido como una mirada abierta al mundo, y, sobre todo, excluyendo ideas elitistas), siento ese del papito colorado. Soy un , ahora mismo.

Mi profesora de pintura me dijo una vez que ella pensaba que el malestar psicológico de tipo alucinativo o psicótico puede ser un momento de alta intensidad creativa que la sociedad no comprende como tal. Al principio no lo integré ni entendí, pero cada vez siento que me llega más con el cuerpo y con el corazón que con la cabeza. Por supuesto, no hay ningún intento por mi parte de idealizar el malestar o la locura, creo que me entiendes. Es la sensación de que el universo creativo es un importante espacio de libertad mental y auto-entendimiento en una sociedad muy dada a marginalizar las mentes no tan racionales sino más emocionales o intuitivas. En definitiva: tener el grifo de la mente artística abierto (ya sea para dejar entrar o para dejar salir) es mi forma más sana de habitar este mundo.

Allá en Bruselas, volví a visitar el edificio de Passa Porta, la residencia literaria en la que pasé más o menos un mes escribiendo en limpio los primeros capítulos de esta segunda novela que ando escribiendo y que tengo mil ganas de que leas. De hecho, me encantaría enseñártela antes de que salga, si te parece bien. Allí, en Passa Porta, procesé muchas emociones y fue el último periodo en el que viví más fuerte la exposición pública. Hace poco releí Expuesta de Olivia Sudjic. La primera vez que lo leí, no me di cuenta porque no había pasado por la residencia, pero esta vez, a través de las descripciones que ella daba del lugar desde el que estaba escribiendo, me di cuenta de que Sudjic vivió ese proceso de entendimiento radical de la ansiedad que le estaba provocando su condición de persona pública, en la residencia de Passa Porta. ¡Qué guapada de coincidencia! En la librería que hay en la primera planta del edificio, buscando entre los títulos, encontré Te di ojos y miraste las tinieblas en su traducción al neerlandés. Le saqué una foto que guardé para mí pero que nunca te envié. Sirva esta carta como foto o como abrazo, o como las dos cosas.

Por cierto, hermosa palabra. Me imagino las dos manos dibujando una hondilla. Ahora mismo estoy explorando el malestar físico a través del dibujo. Dibujo barrigas inflamadas como huevos de gallina. Gracias por escribirme, Irene. Tus palabras se sienten calentitas y amarillas como el primer sol de la mañana sobre la laja volcánica y liquenosa en la que me siento a mirar la huerta.


Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El PaísThe Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés. 

Irene Solà. Ha escrito las novelas Los diques, Canto yo y la montaña baila, Te di ojos y miraste las tinieblas y el poemario Bestia.

 

 

Andrea Abreu. (1995) es una periodista y escritora canaria, autora de la novela Panza de burro (Barrett, 2020), editada por la periodista y escritora Sabina Urraca. Panza de burro fue seleccionado como el mejor debut español en el 2021 en el Festival de Primera Novela de Chamberí y, con ella, la autora resultó ganadora del XVI Premio Dulce Chacón. Andrea Abreu recibió el premio Talento a bordo del Festival Eñe (2023) y forma parte de la lista de las mejores voces en español menores de 35 años según la prestigiosa revista Granta.

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