COORDINADO POR VALERIE MILES

Fotografía de Nina Subin y cedidas por las autoras.

VALERIE MILES

Liliana y Aniela son dos escritoras, cuentistas, que han recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada: Liliana en 2015 y Aniela en 2023. Ambas escriben desde los márgenes del tiempo y la lógica, habitando territorios donde lo especulativo y lo raro se entrelazan con lo íntimo. Exploramos a través de sus cartas, cómo captar lo extraño del lenguaje y, a través de él –de su elasticidad, de su plasticidad–, cómo el mundo se pliega y se subvierte. Vemos cómo la belleza brota en estos momentos suspendidos, a punto de deshacerse, surgida desde el no-tiempo. Y, extrañamente, es entonces cuando parece -solo parece- que todo sigue igual.


ANIELA RODRÍGUEZ – Ciudad de México

Querida Liliana,

He comenzado esta carta más veces de las que me gustaría admitir. Escribo tres o cuatro líneas, las borro, rebobino, empiezo de cero. Esta, espero, será la definitiva.

Es domingo por la tarde y la Ciudad de México, por fin, se queda en silencio. No hay más cláxones zumbando en la calle. Hasta los grillos parecen saber que los días como hoy son distintos; la luz adquiere una tonalidad diferente y el tiempo se vuelve más elástico, como si se estirara apenas un poco más de lo necesario en una ciudad como esta, que siempre está tratando de devorarte.

¿Te has dado cuenta de que los domingos suceden cosas muy extrañas, que no ocurrirían en ningún otro momento? Hay algo de ominoso en ellos, como si una pudiera rajar la piel del infinito y asomarse a contemplarlo por esa misma abertura. Quizá por eso me parecen una especie de umbral suspendido en el tiempo. ¿Cómo son los domingos en el lugar donde vives?

Hace un par de años se incendió un edificio de departamentos cerca de la casa de mi madre. Era domingo, por supuesto. Mamá y yo acabábamos de ver Exatlón (¿conoces ese programa? En México es todo un fenómeno televisivo), y yo ya estaba preparándome para irme a la cama. Con la pasta de dientes aún en la boca, sentí el temblor bajo los pies. He tenido esa revelación muchas veces en Ciudad de México, cuando un sismo está por llegar. Pero nunca antes en Chihuahua. En apenas un instante, un haz de luz iluminó el cielo y encegueció todo en ese rincón del desierto. Mamá y yo nos miramos en silencio, y el mundo, tal como lo conocíamos, se detuvo. O al menos, así lo recuerdo. Segundos después llegó el estruendo, y con él comprendimos lo que había ocurrido. Los bomberos no tardaron en llegar; pasaron un buen rato intentando sofocar las llamas.

Sigo pensando, con frecuencia, en el día del siniestro. Aquella noche me calcé los tenis y salí corriendo, a ver qué había pasado, a buscar ayuda, lo que sucediera primero. Me guiaban el sonido de las patrullas y el rastro del humo negro. Al llegar a la esquina, vi la fachada descascarada del edificio, como si alguien la hubiera devorado por dentro y vomitado sus pedazos en la avenida. Pasamos un rato en mitad de la vorágine, hasta que los vecinos regresaron uno a uno a sus casas; no había mucho más qué hacer. De pie sobre las ruinas, mamá y yo volvimos a quedarnos calladas.

Todo esto es solo para decirte, Liliana, que desde hace mucho escribo buscando esa especie de luz que antecede a la explosión. Me interesa tanto el estallido como el silencio que viene con él, así como sus ondas expansivas que, de una forma u otra, siempre terminan por alcanzarnos. Ahí está, creo, el centro de una historia. ¿Cómo enfrentas tú esas explosiones? Yo prefiero quedarme inmóvil, dejar que sea el lenguaje quien se despliegue y me lleve con él. Al fin y al cabo, esa hendidura en la piel del universo, donde pareciera habitar la intermitencia del sentido, es el lugar desde donde me gusta sentarme a narrar. ¿Será eso el extrañamiento del que quería hablarte desde el inicio? Bueno, ya me contarás qué piensas.

Voy cerrando esta carta para dejarte respirar un momento. A veces me pongo pesada y no sé qué tanto de lo que digo es una tontería. Michael Stipe suena ahora en mis audífonos: «It’s the end of the world as we know it, and I feel fine». ¿Algo nos estará queriendo decir?

Te abrazo, deseando que tu domingo esté lleno de explosiones inofensivas. A.

Posdata: Te dejo por acá una foto que tomé al día siguiente de la catástrofe. Hay algo casi místico en sentarse a contemplar las ruinas de lo que alguna vez estuvo en pie, ¿no crees?

LILIANA COLANZI – Ítaca XX??

Querida Aniela,

Yo también he borroneado mucho antes de mandarte esto: hace años que no escribo cartas.

O quizás sí me carteo con alguien, pero de otra manera: tengo una amiga con la que intercambiamos largos mensajes de voz, a veces de más de diez minutos. Solo podría hacer esto con ella porque no me gusta grabarme —soy torpe para hablar, pierdo el rumbo de las ideas. Atesoro esa voz que viene desde lejos —así como viajan ahora tus palabras— y que llega manchada por el ladrido de sus perros. Hace años leí que un pastor de alguna colonia menonita ultraconservadora en Bolivia —de esas que rechazan la electricidad por ser mundana— decía que escuchar la radio era un invento del demonio. La mención a la radio, según él, estaba ya hace más de dos mil años en el Antiguo Testamento: en el libro de Zacarías aparece «una carta que vuela» y que «es la maldición que sale sobre la faz de toda la tierra». Dejando el castigo a un lado, me gusta pensar en los mensajes de mi amiga —y ahora en los tuyos, que llegan desde el vientre oscuro de internet— como cartas voladoras que traen la promesa del viaje.

He imaginado tu historia —el momento de extraña quietud que antecedió al peligro— bajo el halo imantado de la televisión en la casa de tu madre. Yo también he estado pensando en accidentes. ¿Viste la noticia del avión que se estrelló hace poco en la India? Estuvo en el cielo apenas un minuto antes de desplomarse sobre una residencia para médicos. Entre todas las imágenes terribles del suceso hubo una que se me quedó grabada: la del único sobreviviente de los 242 pasajeros del avión.  El hombre se alejaba a paso firme de ese infierno de humo y escombros, cubierto de polvo o ceniza, con un celular en la mano y seguido por un grupo de curiosos. Era la imagen de un milagro, y todo milagro tiene algo de monstruoso: ¿cómo puede un hombre salir caminando con esa seguridad después de haberse caído del cielo?

La vida de mi suegra está marcada por dos accidentes aéreos. En uno de ellos perdió a su primer esposo, que era piloto: quedó viuda con veintiún años. El segundo lo protagonizó ella misma años más tarde: el avión en el que viajaba al velorio de su padre perdió el rumbo en medio de la niebla y estuvo dando vueltas hasta estrellarse en el Chaco. Mi suegra, que estaba embarazada de tres meses, fue una de las sobrevivientes. Pasó tres días en el monte hasta que la rescataron. Lo incomprensible no solo es que no haya perdido el embarazo, sino que no le tuviera el más mínimo miedo a volar después de eso.

Como ves, también me interesa el «después» de la explosión. Qué hacemos a partir de los escombros. Encontrar la trama delicada y resistente detrás del azar y del caos.

Aniela, ¿a qué le tenés miedo?

Te abrazo, L.

P.D. Me preguntabas qué hago los domingos. Vivo junto a un cementerio católico que estuvo en uso entre 1860 y 1940 y que hoy está abandonado. Voy casi siempre a pasear ahí con mis tres gatos.

ANIELA RODRÍGUEZ

Querida Liliana,

He estado pensando mucho en tu carta. Lo primero que quería decirte es que creo que los humanos somos seres de miedo, y qué alivio: sin él, estaríamos condenados al hartazgo infinito. Estas semanas la ciudad ha sido una tormenta todos los días, a todas horas, de todas formas. De niña le temía a la lluvia, quizás porque en Chihuahua todo era sequía, y esa fuerza que llegaba de golpe me parecía desbordante, con todo su estruendo y su vorágine imposible de contener.

Ya no me asusta estar a mitad de una tormenta (o no tanto), pero sí me da miedo volar. O más bien, me da miedo que el avión en el que viajo se caiga de repente, así que el destino de tu suegra con los accidentes aéreos parece sacado de una de mis pesadillas. Hace algunos años conocí el principio de Bernoulli, ese teorema que explica cómo se sostienen los aviones, y me obsesioné con él. El que un avión se mantenga suspendido en el aire me parece el equivalente a un milagro de la física moderna.

Quería contarte, porque me acordé a propósito de todo esto, que hace un par de días tengo en repeat «American Pie», de Don McLean. Y mira qué coincidencia, porque en la canción hay una estrofa que dice:

I can’t remember if I cried
When I read about his widowed bride
But something touched me deep inside
The day the music died.

No sé si conoces la historia, pero esa última línea hace alusión al accidente aéreo en el que murieron Ritchie Valens, Buddy Holly y The Big Bopper; incluso en Wikipedia la entrada aparece tal cual como «El día que murió la música». La cosa va más o menos así:

Era 3 de febrero de 1959, y la banda entera tenía que viajar a Minnesota como parte de su gira de invierno. Los muchachos estaban agotados, alguno de ellos tenía gripa, y las condiciones del viaje en bus (en plena tormenta de nieve) eran, por llamarlas de una forma, complicadas.

Al bajar del escenario en Clear Lake, Holly alquiló una Beechcraft Bonanza, a la que abordó junto a Ritchie Valens —que le tenía miedo a volar, pero ganó su lugar en una apuesta contra Tommy Allsup. «Es la primera vez que tengo suerte en mi vida» dijo, al ver que la moneda dictó su victoria—, The Big Bopper Richardson —que ocupó el sitio de Waylon Jennings— y Roger Peterson, el piloto. Dicen que cuando la avioneta despegó, el dueño de la compañía aérea estuvo un rato mirándola en el cielo, hasta que vio la luz de la cola descender poco a poco y perderse, sin más, en la nada.

Y ese fue el día que la música murió.

Durante mucho tiempo creí que le tenía miedo a volar, pero ahora siento que lo que realmente me aterra es la posibilidad de la caída. No le tengo tanto miedo al accidente como a esos pequeños instantes que preceden a él. Es en el descenso, en esos pequeños actos de transición de una realidad a la otra, donde siento que el universo es tan maleable que una casi puede tocarle las entrañas.

Tal vez por eso llevo tantos días con la cara pegada a la ventana, como si en el simple acto de ver las gotas estamparse pudiera registrar el momento previo a su destrucción. La vida siempre sigue su curso, con todo y sus bromas perversas y sus monedas que de vez en cuando nos revelan la cara equivocada. Unas veces el azar nos salva; otras, nos acomoda en los asientos de una Beechcraft Bonanza.

Me pregunto si no será precisamente en la caída donde el mundo se vuelve más tangible, más fecundo para nuestras lecturas. Donde, al abrirse tal cual es, revela su hermosura inabarcable. Ahora recuerdo que Heidegger hablaba un poco de eso con todo ese tema del Verfallen, una especie de caída simbólica a la que cada día nos empuja el absurdo engranaje del sistema. ¿Bastará con aceptar, de una vez por todas, que venimos del descalabro y hacia él vamos?

Todo se ve distinto cuando la gravedad hace su trabajo: basta pensar en lo que sucede en las milésimas de segundo en las que unas llaves caen, incluso antes de llegar a la cerradura. La de cosas que se activan en una caída, que es todo menos reposo. Y mira, aquí seguimos: pegadas al suelo, suplicando que la física haga su milagro un día más. Ladies and gentlemen, we’re floating in space.

Por cierto, no conozco a nadie que haya estado en un accidente aéreo (me da un poco de pesar admitirlo, pero me encantaría hacerle mil preguntas). Eso sí: un buen amigo de la adolescencia es controlador aéreo y me contó un par de historias de avistamientos ovni que eran muy divertidas. Pero ese tema lo dejo para otro momento, que ya anochece en la ciudad-tormenta.

Te abraza, siempre feliz de leerte, Aniela

LILIANA COLANZI

Querida Aniela,

Te imagino de niña, asustada en medio de la tormenta, y pienso en las veces que he visto a los ríos salirse de su cauce en Bolivia: los he visto llevándose por delante autos, animales, árboles.

Tu email me hizo pensar en Maroyu, una legendaria banda boliviana de cumbia chicha. En 2018 circuló la noticia de que los integrantes habían muerto en un accidente de carretera al regresar de un concierto en Oruro. Hubo gran consternación, pero al día siguiente los músicos salieron a desmentir y a asegurar que estaban bien vivos y sanos (el fundador del grupo, Rodolfo Yucra, murió de COVID en 2021 y desde entonces la banda se ha separado y vuelto a reunir).

En fin, uno de los hits de Maroyu es la enigmática canción «Lunita, dame platita», interpretada por la voz distorsionada y casi siniestra de Yucra:

Lunita, dame platita
Lunita, dame chiquita
En un baile, la chiquita lo extrañó
La luz fugaz, la historiación,
un melón de dolor.

Los cumbieros bolivianos hicieron este cover a partir de una canción de Paul and Danny, unos cantantes gaboneses radicados en Italia que la rompieron en el Festival de Viña del Mar de 1989 con este tema, cantado en lo que parece ser una mezcla de italiano y español. Mientras que la canción original contaba una historia bastante inocua sobre un día en la playa (insolación/ ay, calor/ qué dolor), la versión de Maroyu es oscura, melancólica, metafísica, hermosamente absurda (historiación/ un melón/ de dolor).

Otro clásico incandescente de la tecnocumbia boliviana es «Vuela mariposa», de la banda América Pop. Esta canción es un cover del tema «Kavir-e-Del», interpretado en los años 70s por la cantante iraní Marjan, y que también fue versionado por la superestrella turca Ajda Pekkan como «Viens dans ma vie»; fue un éxito descomunal en Turquía. ¿Qué caminos siguieron estas canciones para acabar en el corazón de la cumbia boliviana?

Me fascinan estos contrabandos de influencias de los que está hecha la cultura, y que son contrarios al afán de autenticidad y pureza que se nos impone a los latinoamericanos desde el norte global, y que muchas veces los artistas asumimos de manera acrítica. La cultura está hecha de cruces, encuentros, mutaciones y malentendidos. Los modernistas brasileños lo entendieron bien cuando propusieron la antropofagia como práctica cultural (y aprovecho para recomendar una obra del modernismo no tan conocida fuera de Brasil: el bellísimo poema amazónico «Cobra Norato», de Raul Bopp, publicado en Argentina por Vereda Brasil y en Bolivia por Plural).

En tu carta mencionabas a los ovnis y mi recuerdo volvió a Los Ovnis de Huanuni, una banda de rock salida de un centro minero en los 60s en una época en la que era común que las zonas mineras tuvieran su grupo rockero (¿no es una maravilla esto?). Aunque Los Ovnis de Huanuni fueron relegados al «olvidadero» durante muchos años, «El minero» y «Gente pobre» son temas importantes del rock boliviano. Además, ¡fue la primera banda del país que incluyó a mujeres!

Hace poco escuché una charla del geógrafo y artista visual Trevor Paglen sobre sistemas de vigilancia masiva, alucinaciones generadas por la inteligencia artificial, fotografías de ovnis y política. Paglen citaba a Richard Doty, un oficial de la Fuerza Aérea norteamericana que confesó haber propagado mentiras sobre avistamientos ovnis para ocultar operaciones secretas: es decir que cada vez que vemos que el gobierno vuelve a poner en circulación imágenes de supuestos platillos voladores, podemos asumir que detrás hay alguna actividad militar o una operación de inteligencia de las que el público no se debe enterar. Doty decía que es más fácil hacer que las personas amplíen creencias falsas que ya han interiorizado que implantar una mentira completamente nueva. En todo caso, esta es una época muy extraña en cuanto a los regímenes de visibilidad, ¿no te parece? Las imágenes se multiplican por todos lados, estamos hipervigilados, pero muchos de los procesos que rigen nuestras vidas nos resultan invisibles u opacos: pienso en la forma en que internet maneja nuestros datos, por ejemplo.

¿Qué estás leyendo?

Un beso grande,

Liliana

ANIELA RODRÍGUEZ

Querida Liliana:

Hace mucho tiempo que no sentía tanta expectativa por escribirle a alguien. Eso tienen las correspondencias: uno espera al cartero (en este caso, la notificación en la bandeja de entrada) con la sensación de que en ello se juega el sentido de los días. Es una sensación difícil de explicar: una parte del cuerpo que parecía dormida se despereza sin previo aviso. De pronto, encontrar tu carta es una de esas sorpresas que nadie nos anuncia y que llegan cuando ya habíamos dejado de esperar, cuando una está distraída, que es justo cuando realmente llega todo, como en ese cuento de Lispector.

Ahora que mencionas a Andrade, recuerdo haber leído el Manifiesto antropofágico en una clase de la maestría, hace casi diez años. La alegría es la prueba del nueve: me detuve, sin animarme a preguntar qué quería decir con eso el brasileiro. Tiempo después supe que, en matemáticas, la prueba del nueve ayuda a verificar si un resultado es correcto. Aunque no es infalible, ofrece un camino más claro a quien está haciendo el cálculo. En uno de mis viejos libros de la escuela aparece un apartado dedicado a ella: «Como prueba aritmética, la del nueve es una causa perdida», reza la escueta entrada que advierte sobre los peligros de usarla en el día a día. Y aun así, seguimos confiando en ella, quizás porque en su incertidumbre se esconde la posibilidad, aunque mínima, del acierto. Siempre me ha fascinado esa ironía: que algo en apariencia tan sólido como las ciencias exactas pueda tambalearse con tanta gracia. Quizás por eso mismo nunca me atreví a estudiar matemáticas formalmente, aún y cuando me maravillaban desde niña. Nunca quise entenderlas del todo, y qué bueno: las matemáticas me atraen por lo que se resisten a mostrar, ese carácter suyo tan elusivo que las recubre de un halo misterioso. Corremos detrás de ellas como si en algún momento fuéramos a alcanzarlas, sabiendo que probablemente no lo logremos nunca. Y en esa imposibilidad, en esa condena hacia la imperfección, reside para mí parte de su belleza.

Pero volviendo sobre el tema que estábamos hablando, hay una parte del Manifiesto que me resulta genial y que me hace pensar en la canción que mencionaste en tu carta pasada: Nunca supimos lo que era urbano, suburbano, fronterizo y continental. Me entusiasman esos pastiches que parecen raras aves, pero que en realidad son la forma en que todo vive y se convierte: la armonía del desorden, el desborde de una cultura que se niega a mantenerse dentro del molde. Esas intersecciones son, para mí, el verdadero campo de juego, o la contribución millonaria de todos los errores, como decía Andrade. A veces pienso que escribir también es eso: apilar errores hasta que uno de ellos emerja a la superficie y nos salve del tedioso orden del mundo.

Mira que se me ocurrió otra historia de pastiches y de música, la única cosa que me interesa tanto como la escritura. Hace unos setenta años, la cultura mexicana tuvo un auge insólito en Yugoslavia. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mandatario yugoslavo se negó a importar cine hollywoodense, nuestras películas comenzaron a circular en salas y televisores. De ese cruce surgió el fenómeno Yu-Mex: una fusión entre música regional mexicana y voces que intentaban traducirla al contexto yugoslavo. Las Mañanitas (esa versión tan mexicana del Que los cumplas feliz) generaron tal entusiasmo que fueron adaptadas con el nombre de Mamá Huanita. Una joya.

Me preguntaste qué estoy leyendo. Últimamente salto de un libro a otro sin demasiado orden. Uno de ellos es Aliens & Anorexia (¿otra coincidencia?), de la neozelandesa Chris Kraus. Me fascina su habilidad para entrelazar las formas: ficción, ensayo, diario, crítica de arte, con una soltura para pasar de un registro a otro. Justo cuando empezamos a escribirnos, estaba terminando I Love Dick, un libro que luego adaptaron a televisión, pero que en realidad es una especie de performance sobre el cuerpo del deseo, y que Kraus vuelve parte de su propia ficción. Lo íntimo y lo intelectual, lo confesional y lo político: todo parece contenido en esa grieta llamada lenguaje. Ahora que leo a Kraus pienso en mi amiga M. No tanto por el estilo, sino por esa coincidencia que ambas comparten: haber habitado una Nueva York vibrante, haber pasado por el mundo del arte, haberlo observado desde dentro pero sin perder la distancia crítica. A ambas les interesa lo que ocurre fuera del libro y del canon. M es fotógrafa y musicóloga, y así como Kraus, tiene esa necesidad de observar los márgenes, de registrar lo que queda al borde. Conocí a M porque fue finalista del Aura Estrada en el mismo año que yo, y desde entonces somos muy buenas amigas.

Eso del premio fue muy raro, ¿tú cómo lo viviste? En 2023, el año que lo gané, yo había comprado un boleto de ida a Guadalajara. Fui, sobre todo, a exorcizar algunos viejos demonios, pero también a reencontrarme con la escritura. Llevaba años sin escribir un cuento de corrido, así que pedí vacaciones en el trabajo y renté un pequeño departamento en las afueras de Chapala, una ciudad jalisciense cercana a la capital con un lago hermoso, donde puedes subirte a una lancha o tomarte una cerveza a la orilla mientras escuchas banda. Durante cinco o seis días estuve en silencio, con los audífonos puestos, tratando de juntar una palabra con otra. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que el lenguaje volvía a habitar mi cuerpo. Fue como volver a una casa que había olvidado que era mía. Allí escribí los primeros cuentos de Estado de Gracia, el libro que envié al premio (y que aún no sé si terminará llamándose así).

Unos meses después, estaba en Oaxaca recibiendo un reconocimiento que no esperaba, hablando de cosas que nunca sé bien cómo nombrar. Como Aura, escribí mirando la quietud del agua. Intentando invocarla, me senté frente al lago de Chapala. Escuché a las garzas graznar y tomé algunas fotos durante todos esos días. Había algo en ese lugar que me hizo pensar que quizá ella también escribía así: con el cuerpo ofrendado a la marea, contorsionado por el lenguaje y sus posibilidades. Yo también amé el mar, como Aura, y por eso me gusta haber escrito ese libro rodeada de agua por todos lados. No sé si una elige esas cosas o si simplemente aparecen y hay que seguirlas a como dé lugar. Nunca conocí a Aura, pero me da la impresión de que habríamos sido buenas amigas.

¿Cómo fue para ti escribir el libro del premio?

Ahora que debo cerrar, me da miedo despedirme de nuestras cartas. Nunca fui buena con los diarios, Liliana, pero he escrito muchas cartas a lo largo de mi vida. Son, creo, la forma más honesta que tengo de comunicarme con lxs demás, porque no me interesa tanto escribirme a mí misma como escribir para romper los límites de mi mundo y llegar hacia los de otrx. Todo se vuelve más fácil cuando hay alguien detrás de la hoja: la posibilidad de que la palabra se encienda y rebote en la mirada ajena debe ser uno de los actos de ternura más grandes que conozco.

Hace unos días perdí una libreta en la que llevaba escritas un montón de cartas, y que se asemejaba más a una especie de diario. He tratado de rastrearla por todas partes: en casa de amigas, en el hospital donde fui a hacerme un chequeo, en las aplicaciones de taxis en que viajé los últimos días. Nada. Al principio me sentí muy triste. Revolví la casa entera. Incluso abrí el refrigerador, con la esperanza absurda de que mi distracción me hubiera llevado a guardarla ahí, en el lugar más insólito. Qué imagen más ridícula, una treintañera desesperada por una libreta que compró hace diez años. Ahora, trato de consolarme con una frase de Lobo Antunes que me ha acompañado durante mucho tiempo: «Lo importante no es lo que busco, sino lo que encuentro». Escribiendo cartas —a ti, a mi madre, a mis amigxs— mi rostro vuelve a fragmentarse. Y entonces puedo dirigirme a ese destinatario improbable que, en el fondo, también soy yo. Tal vez por eso, hoy espero tus cartas con tantas ganas.

¿Qué estás leyendo tú estos días? Cuéntame, que el espacio se me acaba y siento que todavía quiero leer mucho de ti.

Va de vuelta un beso que no sabe de fronteras, Aniela

PD: No dejes de aparecerte en mi bandeja de entrada. Tal vez el cartero tenga nuevas aguas a las que orillarnos con el tiempo.

LILIANA COLANZI

Querida Aniela:

He estado leyendo varias cosas a la vez, y en especial libros que tenía pendientes hace tiempo. Uno de ellos es House of Leaves, de Mark Z. Danielewski, porque hace un tiempo que me interesan las historias sobre espacios con geometría extraña, y además porque varios amigos se han pasado años recomendándomela. La historia de la casa a la que de pronto le empiezan a brotar varios cuartos está maravillosamente contada, pero me ha resultado un poco agotador y pirotécnico el recurso de las notas al pie. Al mismo tiempo leo el brutal Diario del Amazonas, de Roger Casement, quien viajó al Putumayo a comienzos del siglo XX para investigar los abusos de la Peruvian Amazon Company hacia los indígenas de la región, que trabajaban como esclavos en la extracción del caucho. Casement era un diplomático y nacionalista irlandés que años antes había estado en el Congo documentando los crímenes cometidos por el poder colonial británico; era homosexual, y en paralelo a sus diarios oficiales llevó unos controversiales Black Diaries o Diarios Negros en los que narraba sus encuentros sexuales con adolescentes. También acabo de terminar el excelente e inquietante cuento «Arena, arena, arena», de Tamara Silva Bernaschina, que habla sobre una yegua zombie que persigue a dos jóvenes trabajadores del campo.

El Premio Aura Estrada: lo gané en 2015, un año en que fui muy feliz. Viví en Buenos Aires y en Sevilla, bailé morenada en el carnaval de Oruro a 3700 metros bajo una tormenta que arreciaba, leí y escribí mucho. Leía, escribía y buscaba señales, y las señales se manifestaban. Era difícil y hermoso mantener esa disposición. Algunos años antes estuve muy enferma y aferrarme a la escritura era una manera de enraizarme en este mundo, de pedir: Hasta que no termine de escribir este libro, no me voy a ir. Sin embargo, el 2015 también pasó algo sumamente doloroso: Emma Villazón tuvo un accidente cerebrovascular en el aeropuerto de El Alto, mientras esperaba el avión para regresar a Chile, donde estudiaba. Murió pocos días después sin haber recobrado la conciencia. Por esas cosas de la vida, yo fui la primera en llegar al hospital de El Alto para acompañarla. Emma Villazón era una poeta y una crítica brillante y una persona discreta y honesta, y su prematura partida guarda una simetría con la de Aura Estrada, otra escritora que trabajaba el lenguaje como un diamante y que se fue demasiado pronto. Este año he pensado mucho en Emma a partir de sus propios versos: «se trata de atravesar paisajes increíbles y sinuosos / llevando el deseo como un panal sobre la falda». Que llevemos el deseo de la escritura siempre así.

¡Qué ganas de leer tu próximo libro, Estado de gracia!

Querida Aniela: yo sí escribí diario por muchos años, aunque de forma inconstante. Había mucho de rabia concentrada ahí, mi desborde de bicho raro (o más bien, bicha rara) en colegio católico. Veo esos textos como pequeñas explosiones. Como decís, la carta tiene en cambio algo de red, de invitación, y es más generosa y también más inesperada. Que siga nuestra conversación por fuera de estos marcos.

Te abrazo desde mi ventana abierta en esta noche de verano, con los grillos chirriando,

Liliana


Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El PaísThe Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés. 

Aniela Rodríguez. (México, 1992). Ha publicado los libros de cuentos El confeccionador de deseos (Ficticia, 2013) y El problema de los tres cuerpos (Minúscula, 2019). En 2023 recibió el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada. Fue incluida en la selección de los Mejores Narradores Jóvenes en Español de la década, realizada por la revista Granta y publicada por Candaya en 2021.

Liliana Colanzi. (Bolivia, 1981). Publicó los libros de cuentos Vacaciones permanentes (2010), Nuestro mundo muerto (2016) y Ustedes brillan en lo oscuro (2022), y editó La desobediencia, antología de ensayo feminista (2019). Ganó el premio de literatura Aura Estrada (2015, México), el premio de cuento Ribera del Duero (2022, España), el premio Narrativas a Escena (2024, España) y el Premio Zinklar de cuento (2025, Dinamarca). Fue seleccionada entre los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años por el Hay Festival, Bogotá39-2017. En 2017 creó Dum Dum editora en Bolivia. Vive en Ithaca, Nueva York, y enseña literatura latinoamericana y escritura creativa en la universidad de Cornell.

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