COORDINADO POR VALERIE MILES

VALERIE MILES
Quizá, en medio de la situación actual del mundo, los adamismos un tanto frívolos de generaciones más jóvenes, más susceptibles por la simple falta de experiencia, empiecen por fin a dejarnos un espacio a la llamada generación anfibia: quienes tuvimos una infancia analógica y una adultez digital. Todos estamos desconcertados por estos años vertiginosos y crueles, pero recordar la efervescencia cultural de las vanguardias de hace un siglo resulta alentador: allí también convivieron, de manera intensa, lo luminoso y lo terrible. Frente al poder desmedido y dañino de los algoritmos y de las grandes tecnológicas, quizá lo único que todavía nos protege, paradójicamente, es nuestra tradición lectora y cultural, que nos hace menos vulnerables y menos rehenes de su influencia. Porque las lenguas han sido dotadas de poderes extraordinarios y hoy, ante la degradación del lenguaje, se nos pide volver a reconocer su potencia creadora, volver a comprender que en él se juega también nuestra capacidad de resistencia. En esta correspondencia de palabras precisas e ideas nítidas, se vislumbra cómo se puede empezar.
SELENA MILLARES
Querido Domingo: Esta mañana he retomado al fin nuestras tareas en torno a las vanguardias, porque los plazos se nos van echando encima. Y pensé en escribirte largo sobre eso y otros temas, como corresponde a los hábitos de nuestra generación anfibia, que no renuncia a lo digital, pero recuerda los placeres de otro tiempo más humano. Ese tiempo gozoso de las cartas que tardaban días en llegar al buzón, o el de los libros y revistas de papel, con ese tacto y olor que nos siguen acompañando. Y, sobre todo, de la libertad de escribir sin que te vigile el Big Brother de Google, agazapado en las esquinas de la pantalla para ofrecerte enseguida la manzana dorada de su publicidad. ¿Sabes?, a veces, hasta me divierto engañando al algoritmo, que en realidad es menos listo de lo que parece, como esos lisonjeros que nos quieren complacer y al final no dan una. Porque de eso van un poco las artes, ¿no?, de saltarse las expectativas y cruzar la frontera de lo desconocido, y arriesgarse a traer el fruto de su viaje, aunque fracasen muchas veces. Pero benditas las derrotas quijotescas, y benditos quienes se arriesgan y hacen avanzar la cultura y la humanidad por nuevos caminos hacia el porvenir.
Sé que he tardado en escribirte, te cuento que no ando especialmente animada últimamente. Es leer las noticias cada día y quedarme helada con la exasperación de la violencia que vivimos. Por fortuna la literatura nos salva una vez más. Consuela, acompaña, alienta. Nos regala un poco de infinito. Y nos recuerda que a la barbarie le sigue siempre, tarde o temprano, la hora de la justicia. Aunque nada puede calmarnos este dolor por las atrocidades, es como contemplar un Guernica cada día, y no poder hacer nada para ayudar a cerrar esa herida abierta a la humanidad entera. Ojalá fuera posible poner en pie a sus muertos a golpe de amor, como en aquel poema de Vallejo, «Masa». ¿No tienes la sensación de que esto ya lo vivimos, de que estamos volviendo a aquellos años de nuestro fervor, los 20 y los 30, a la velocidad del rayo? En fin, miro ahora la fecha que figura arriba, y bien podría ser la de aquellos años tan paradójicos. De un lado, nuestra formidable Edad de Plata, y aquellas conquistas de la democracia y la cultura. De otro, esas fuerzas oscuras, que han regresado. Entonces eran Hitler, Dollfuss, Mussolini. Ahora, los que ya sabemos. Es tremendo el modo como todo vuelve. Y lo peor, saber lo que viene después.
Pero no quiero ponerme sombría en esta carta, querido Domingo. También «todo cambia», como canta Mercedes Sosa en una preciosa canción. Confiemos en eso. Así que prefiero pensar ahora en el lado bueno de aquel tiempo. El de aquel volcán increíble de las artes y las letras. Su magma inagotable. Todavía está ardiendo. Son nuestros clásicos contemporáneos, nos hablan todos los días. De la belleza. De la fe. De la esperanza. Pero, además, qué gozada de época. ¿Tú viste aquella película de Woody Allen, Midnight in Paris? Seguramente sí. Y recordarás cómo un tipo cae en una especie de túnel del tiempo y aparece perdido en el París de los años veinte, rodeado de aquella gente fascinante: Hemingway, Picasso, Dalí, Buñuel. Bueno, vale, ya imagino lo que estarás pensando. Me parece verte, diciéndome: sí, Selena, las obras, fascinantes, pero ellos, no tanto, ¿no? Y es verdad. Pero claro, quién puede tirar la primera piedra. Al fin y al cabo, eran hijos de su tiempo. El mundo que vivimos también arrastra como una correntada. Solo hay que imaginar qué pensarán de nosotros los ciudadanos del siglo XXII. Nos tacharán de bárbaros por dejarles como herencia un planeta yermo, enfermo, en llamas o en cenizas, qué se yo. Pero otra vez me pongo tremendista. Además, aún no te he respondido a tu última carta, sobre la búsqueda de una editorial para nuestro libro. Déjame meditar sobre eso. Lo vamos hablando.
Y mientras, vuelvo a mi propósito de animarme. Pensemos en aquel tiempo de la película de Woody Allen. ¿No te gustaría vivir algo así? No haría falta que fuera París, la España de ese tiempo era también un lugar magnético. ¿Dónde te gustaría aparecer de repente? Aunque a mí, si me dieran a elegir, lo que me gustaría es ir de grumete o polizón en un barco con Joseph Conrad, te lo aseguro. Ya ves, eso tiene nacer en una pequeña isla en medio del Atlántico. Te lleva a mirar de otra manera. Mirada de gaviota atrapada en el asfalto, quizá. Pero sí, qué electrizante debió ser el poder escuchar a Lorca o Miguel Hernández recitando. Qué grato, conversar con Antonio Machado en un paseo entre los chopos. Y qué fabuloso, ser una paloma en la ventana de Picasso y ver arder sus pinceles sobre el lienzo. Pero ya me estoy extendiendo mucho por hoy. Envío ya, y seguimos en otro momento. Te prometo pensar en nuestro proyecto y comentarte. Mientras, espero que te estés cuidando mucho. Y que podamos compartir pronto otra cena bien conversada en esos rincones marinos de Barcelona que tanto me gustan. Seguimos navegando. Un abrazo muy fuerte, Selena.
DOMINGO RÓDENAS
Querida Selena: Dices que no andas demasiado animada últimamente, pero, si ha de servirte no de consuelo, pero sí de lenitivo, te aseguro que somos muchos los que compartimos el desaliento sin por ello aceptar tentación alguna de derrotismo o de claudicación. La realidad que nos construyen a base de violencia, estupidización y control no da para mucho optimismo, ni siquiera el de la voluntad. Pero tampoco debería empujarnos a la inhibición o el abandono de cualquier resistencia, por mucho que el alcance de esta resistencia sea tan limitado. El ámbito en el que nos movemos, el de la cultura o, si quieres, el de la literatura, añade a esa limitación una creciente irrelevancia social, lo que contribuye no poco al desánimo. ¡Pero ya basta de este tono ceniciento, que crea adicción! Ayer mismo hablaba con un amigo sobre aquel libro de Erich Fromm que tantos leyeron en nuestra juventud (y que era una lectura remanente de las del 68), La revolución de la esperanza. ¿Recuerdas aquello del principio-esperanza, tan de una época pletórica de energía revolucionaria y de sueños utópicos? De aquella afirmación de la vida frente a la mecanización tanática del mundo apenas han quedado cenizas y un polvillo de nostalgia de la época en que el futuro se asomaba como una promesa y no como una amenaza. No fue casual que, en aquellos años, a caballo entre los sesenta y los setenta, se reavivara el espíritu de insubordinación y libertad irrestricta de nuestras vanguardias de comienzos de siglo, porque la aventura estética de la vanguardia implicaba una necesaria esperanza de transformación, una convicción profunda en que el mundo (o cuando menos el arte) puede ser rescatado de su degradación y de su alejamiento de los valores vitales.
También hoy hay quien reclama una vuelta a la esperanza (más allá de religiones, sectas y otros discursos de consolación y redención), como Byung-Chul Han, el filósofo de moda. En El espíritu de la esperanza viene a desarrollar aquel apunte en el que Kafka sostenía que los seres humanos no pueden vivir sin creer en algo superior a ellos mismos, como puede ser la posibilidad de un porvenir menos ominoso. Es una verdad tan gigantesca como abrumadora, porque explica el inmenso daño que se ha autoinfligido la humanidad a través de conglomerados de ideas (políticas, religiosas, étnicas…) que han fanatizado a millones de personas. Pero no quiero ponerme solemne, perdona. El surcoreano tiene razón: entre la angustia que maniata y la esperanza que abre caminos no hay disyuntiva, siempre que la esperanza trascienda lo puramente emocional o afectivo —me parece que Terry Eagleton habló de esto hace unos años en Esperanza sin optimismo— y se convierta en un impulso activo guiado por la inteligencia crítica y, ay, por la sensibilidad. Ahora que digo esto caigo en la cuenta de que la última novela de Belén Gopegui, Te siguen, nace de ese impulso y recoge, con toda la justificada rabia contra la vigilancia ubicua de la que somos víctimas, la esperanza de que la gente poco a poco reaccione contra el imperio de los algoritmos.
Me ha hecho reír tu tauromaquia algorítmica, ese citar al algoritmo como se cita al toro para que embista donde no hay nada, para que te ofrezca lo que no te interesa. Es como devolverle a la Inteligencia Artificial las trapacerías que comete cuando opera como generadora de textos (me refiero a ChatGPT y otros programas que, por desgracia, utilizan algunos de nuestros estudiantes). Me divierte ver cómo maneja datos incorrectos o cómo se inventa referencias o informaciones, quizá extraídas de fuentes absolutamente indignas de confianza, que resultan hilarantes, por no decir indignantes, en un trabajo académico, pero que podrían ser combustible para la creación literaria. Bueno, este sería otro asunto delicado, el de la literatura obtenida mediante la generación electrónica del texto y el maquillaje o tuneo posterior, pero prefiero no entrar ahora en ello. Sí te diré que la perfección, cuando menos gramatical, que han alcanzado ciertos programas de IA me hace exigir cada vez más a la literatura actual una cierta incandescencia del lenguaje, un grado superior de complejidad compositiva y audacia formal y un tratamiento complejo, matizado y oblicuo, de las cuestiones morales, afectivas, intelectuales, políticas o de la índole que sea que plantee. En fin, que reaparece la demanda de la ética estética propia de la actitud de vanguardia.
Y aquí no voy a negarte que la mitología de los años veinte y treinta que alimenta la película de Woody Allen me sigue cautivando. Claro que muchos de aquellos artistas y escritores distaron de ser santos o ciudadanos ejemplares (algunos fueron, sin paliativos, canallas), y creo que conviene que no lo olvidemos cuando ejercemos de historiadores, biógrafos o simples exégetas, pero el machismo de Buñuel o de Picasso o de Neruda (¡y de tantísimos!) o el narcisismo pueril de Dalí y la inmadurez afectiva de Borges no impiden que nos recreemos en la fantasía de aquel tiempo rutilante, con el talento explotando aquí y allá como frutas que revientan de granazón, desperdigando sus semillas hacia un futuro promisorio que nunca satisface su promesa. Pero también esta carta se me está alargando y querría enviártela antes de que las noticias que nos bombardean (el verbo no es fortuito) me obliguen a borrar cuanto te he dicho sobre la necesidad de la esperanza. Con un abrazo grande, Domingo
SELENA MILLARES
Domingo querido: Tienes toda la razón, necesitamos vivir con ilusión, con esperanza, con imaginación. También con alegría. Pensar aún, como decía Cortázar, que al abrir la puerta de atrás podemos encontrar el prado donde relincha el unicornio. Y la esperanza sigue siendo, sí, revolucionaria, más que nunca. Es la salida a esta parálisis colectiva de zombis encadenados a su móvil. Por eso me parecen especialmente importantes la literatura y las artes en este momento, como ocurrió en aquel tiempo de entreguerras. Necesitamos esa libertad de soñar, crear, pensar en otros mundos posibles, y sobre todo transformar éste. Plantarle cara a la dictadura digital y la realidad siniestra que vivimos, donde están estableciendo su imperio el odio y el miedo, del que tanto alertó Montaigne. Odeim y Oido, los llamó en una novela Bolaño, el último gigante de la vanguardia.
También imaginó a unos escritores filonazis para quienes la revolución pendiente era la abolición de la literatura. Casi nada. Desde luego, es lo que interesa al capital: apesebrar a los lectores para que se conviertan en consumidores extáticos de productos ultraprocesados y en serie. Y de noticias también manipuladas: negacionistas, pasatistas, reaccionarias. Interesa además que los escritores vean su poder de imaginación desactivado. Que se entreguen a esos géneros comerciales y chatos: las tediosas no ficción y autoficción, las heladoras distopías, las previsibles simetrías de la novela negra. Las artimañas del algoritmo han creado una tribu de hechizados con la imaginación anestesiada, o herida de muerte. La memoria también es muy incómoda para ese poder invisible que maneja la caja negra del algoritmo. Decía el poeta W. B. Yeats que las artes son hijas de la memoria y la esperanza. Y el sistema se ha empeñado en cancelar ambas. Gran jugada: si nos olvidamos del lobo, no lo reconoceremos cuando vuelva a asomar sus orejas. Y está rondando muy cerca, como en los años veinte y treinta, armado hasta los dientes, para dar la batalla definitiva contra la libertad. «Que la amnesia nunca nos bese en la boca», escribió también Bolaño.
Por fortuna, ya empezamos a estar todos demasiado hartos de cultura secuestrada o dirigida. También de la espectacularización del dolor, y la pornografía de la violencia, que narcotizan la sensibilidad para que nos acostumbremos a tantos desmanes como si fueran algo normal. Estamos demasiado hartos, en fin, de libros con mucho glutamato, puro efectismo, y ninguna verdad en su interior. Y de las mentiras que nos cuenta la Imbecilidad Artificial, porque todo lo roba en la red, que está atiborrada de bulos y basura. Menudo cenagal. Comparto lo que dices: ahora más que nunca, necesitamos la incandescencia de un buen libro. Eso no lo logrará la adocenada IA jamás. Pero no creas que soy enemiga de esos avances. Ni diría, como Machado, que un fantasma fotografiado —es decir, fuera del libro—, tiene el mismo interés que una cafetera. Al contrario, soy consciente de cuántas maravillas nos trae la ciencia. Ahora bien, qué daño está haciendo a los adolescentes su uso sin control. Los científicos dicen que el scrolling les pudre el cerebro. La expresión brain-rot fue palabra del año del diccionario de Oxford. Es para echarse a temblar. Pero mientras, hay quienes disfrutan con cinismo contando los dólares que ganan con ese drama.
El asunto es que internet parece la nueva religión, el nuevo opio del pueblo. Nunca fue más fácil intoxicar cerebros. Casi toda la (des)información corre por las venas de Google. ¿Cómo es posible que Europa no haya sido capaz de generar su propio buscador? En tiempos pasados eran los curas quienes amedrentaban a la gente desde los confesionarios. Ahora todo es más fácil, eficaz y veloz. Y entronizar el mal gusto, con la excusa de democratizar el arte, ha sido parte de la jugada destructora, lo cuenta muy bien Annie Le Brun. Toda esa hojarasca masiva esconde su fulgor, lo apaga, lo oculta. Pero el espíritu humano tiene una inagotable capacidad de resurrección y de permanencia. Yo creo en ella. Los libros, por ejemplo, perduran a pesar de todas las amenazas. «Hot girls read books», leo en la camiseta de una de mis estudiantes, y sonrío.
En fin, en ese vaivén vivimos. En esa danza. Sin duda permanece la grandeza de aquellos locos años veinte y treinta. Han intentado tumbar a sus dioses: será que resultan peligrosos todavía. Pero tampoco se trata de mitificar. Todo tiene su lado sombrío. Por ejemplo, ese estupendo loco que fue Antonin Artaud decía odiar a Montaigne porque su escepticismo contribuyó a la desesperación del espíritu humano, a la desesperanza, al terror frente a la muerte. Lo pienso ahora, porque esta semana conocí en Potsdam a un escritor mapuche que me contaba, con fe absoluta, cómo la machi (chamana) podía poner a volar su gnen (nagual) para que hiciera lo que le mandaba. Era alucinante la paz interior de ese hombre que hablaba con sus dioses y con la naturaleza, y desdeñaba el mundo «civilizado» o winka. Por algo nuestras vanguardias miraron al mundo primitivo. A esa alcancía de tesoros. Pero ese es tema para otro día, que ya me estoy excediendo mucho. Va un abrazo grande y «chispatélico», como los que dedicaba el incandescente Lorca desde aquella hoguera de ideas y sueños, tan cercana todavía. Selena
DOMINGO RÓDENAS
Querida Selena, la cuestión de la esperanza y la ilusión nos daría para mucho, ¿no te parece que es uno de los motores de cualquier vida humana? No importa qué sea lo que se espera o con qué se ilusione (recuerda que illusio significaba «engaño»), lo que importa es que haya algo en el futuro que impulse el presente, que actúe como una recompensa del esfuerzo y la espera, algo que valga la pena. Tu tía abuela Josefina de la Torre utilizó una vez una expresión que, sacándola del contexto en que surgió (una carta a su amado Juan Chabás), sirve para definir la actitud esperanzada más razonable: «ilusión sin cronología». Pienso que la ilusión de mejorar o reparar la realidad, aunque sea en pequeñas porciones, es posible; que la pendiente de empobrecimiento económico y cognitivo de buena parte de la población puede detenerse y quizá revertirse; que se puede combatir o disipar la niebla de demagogia populista que hace que esa misma gente se vuelva contra sus propios intereses. Se trata de una ilusión nada ilusa, sostenida en la certeza lúgubre de que su realización ni será fácil ni será próxima, de que requerirá denodados ejercicios de perseverancia, una ilusión sin fecha de cobro, o sea sin cronología, pero capaz de sustentar una línea de resistencia y actuación. Pero ya está bien de divagaciones.
En tu carta invocas la libertad, la imprescindible libertad para el inventor o imaginador de mundos posibles (los de ficción o el nuestro purgado de los señores Odeim y Oido —ese anagrama de Miedo y Odio—, pero también te refieres a la libertad amenazada por el lobo totalitario, cuyos aullidos resuenan desde los años veinte y treinta y vuelven a oírse ahora tan próximos. Pero ya no es el lobo fascista o comunista, aunque a menudo coincidan los métodos de intimidación, exclusión y control, ahora es un lobo resabiado y transformista que puede disfrazarse, mira por dónde, de defensor a ultranza de la libertad. Para ello combate la existencia de normas reguladoras, empezando por el Estado, que puedan coartar el libre juego (quiero decir depredación, claro) económico y social, un juego siniestro consistente en blindar la supremacía de una minoría a la vez que el número de los débiles, que son los que pierden sin remedio, crece exponencialmente. Esa es la única regla. Este lobo-hidra asoma por doquier, en la pujanza imparable de los partidos nacionalistas y xenófobos y en el triunfo avasallador de la ideología de los plutócratas libertarios. Y me refiero, como supondrás, a los señores del algoritmo que creen que la plena libertad (de mercado, de acumulación de capital y poder) es incompatible con la democracia. Es la idea del discreto Peter Thiel, ideólogo de este capitalismo tecnológico desatado a quien su doctorado en Filosofía por Stanford no le ha impedido alinearse con los ultraconservadores en un proyecto de demolición de la democracia y sus mecanismos de equilibrio y contrapeso. Discúlpame que me haya ido por estas ramas, pero la rama de Thiel y su incidencia en algunos poderes políticos recientes, me parece muy elocuente de la transformación del mundo que pretenden. Y ya no te digo lo elocuentes que resultan sus inspiradores filosóficos, como Ayn Rand, con su apología del individuo fuerte, productivo y autárquico, ajeno a la idea de solidaridad o compasión social.
Se trata, claro, de una transformación a peor, desde luego para la mayoría, que la soporta o acata, según el grado de lucidez, como una fatalidad o como una usurpación. Y no creas que estoy lloriqueando ridículamente sin ver las ventajas alucinantes que el mundo digital nos ha traído a todos, y ya no te digo a los investigadores de cualquier disciplina. Cuando digo «a peor» pienso en la creciente desigualdad económica y social favorecida por los medios digitales y en la merma de las capacidades intelectuales de los ciudadanos, que abarca desde la concentración necesaria para la resolución de problemas complejos hasta la aptitud para analizar críticamente la realidad, de la que depende, por supuesto, la posibilidad de discernir entre la verdad y la ubicua mentira.
Un escritor canadiense, Cory Doctorow, llamó enshittification a este proceso de degradación, refiriéndose al modo en que las plataformas digitales que ofrecen algún servicio se van degradando paulatinamente hasta hacerse inútiles. Pues desde que leí su artículo, hace un par de años, pienso que ese término, mierdificación, puede extrapolarse, aceptando su grosería, a muchos ámbitos de nuestra vida actual, desde la política (¡sobre todo la española!) y su manipulación de emociones primarias hasta no pocos productos artísticos, musicales, literarios, académicos ¡sin excluir el abaratamiento de las relaciones personales! Pero, viendo que la carta se me desboca, echo el freno, te mando un abrazo permanente y te emplazo a continuar el diálogo en un mundo menos winka. Domingo
Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El País, The Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés.
Selena Millares. (Las Palmas de Gran Canaria) es poeta, narradora y ensayista. Ha publicado los poemarios Páginas de arena, Cuadernos de Sassari, Sueños del goliardo y Lámpara de madrugada, y ha participado con sus versos en antologías, revistas, talleres, recitales y exposiciones de arte en distintos países. Es autora además de las novelas El faro y la noche y La isla del fin del mundo, los relatos de Matrioska y la muestra pictopoética Isla y sueño. Ha recibido los premios internacionales Città di Sassari de Poesía en Italia y Antonio Machado de Literatura en Francia (Collioure). Entre sus libros se cuentan también ensayos como La maldición de Scheherazade, La revolución secreta, De Vallejo a Gelman o El huracán y el silencio. Ha trabajado en universidades de Europa y América, y es catedrática de literatura hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Madrid.
Domingo Ródenas. (Cehegín, 1963) es catedrático de Literaturas Española e Hispanoamericana en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) y crítico literario del diario El País. Ha sido profesor visitante en las universidades de Brown y Ca’Foscari de Venecia. Es autor de los ensayos Los espejos del novelista (1998), Travesías vanguardistas (2009) y El orden del azar. Guillermo de Torre entre los Borges (2023) y de las antologías Proceder a sabiendas (1997), Prosa del 27 (2000) o Contemporáneos. Prosa (2004). Ha editado obras de Unamuno, Azorín, Gómez de la Serna, Benjamín Jarnés, Antonio Marichalar, Miguel Delibes, Carmen Laforet, Antonio Buero Vallejo, Max Aub, Dionisio Ridruejo, Javier Cercas, Fracisco Ayala y Luis Martín-Santos. Entre sus trabajos sobre las letras contemporáneas, se cuentan Derrota y restitución de la modernidad, 1939-2010 (2011), Ensayo español. Siglo XX (2008), Pensar por ensayos (2015), Las dos modernidades: Edad de Plata y Transción (2021) y La Transición cultural en España: pensamiento literario y campo intelectual (2023). En breve publicará la biografía Mariano José de Larra, la modernidad en ciernes.