COORDINADO POR VALERIE MILES

Fotografía de Nina Subin, cedida por la autora y de Carmen Carrasco.

VALERIE MILES

Caminar, pensar y escribir son, quizá, las formas más puras del ejercicio intelectual. No hay mejor deporte que el paseo, porque en él el tiempo se disuelve y el pensamiento se pone en movimiento. De esos «paseos pensantes» surgen las ideas, las intuiciones más hondas, los diálogos imaginarios entre amigos que avanzan al mismo ritmo que sus pasos. El ensayo, entendido así, no es un mero género literario, sino una forma de conciencia: un modo de pensar que une ética y estética, reflexión y estilo. En tiempos inciertos, el ensayo libre y literario se convierte en resistencia, en un arte de la conciencia que busca sentido mientras avanza entre los abismos del presente.


JORGE FREIRE

Querida Mercedes,

Me pregunto cómo llevas estos días de otoño, de luz cansada y, al menos para mí, una cierta molicie. Conociéndote, algo me dice que no te has resignado al ocio de mantita y serie y que andarás azacaneando algún ensayo nuevo, rodeada de centenares de libros, o que estarás a punto de subirte a un avión rumbo a Reikiavik para dar una charla sobre Halldór Laxness, o algo así.

Mañana doy una conferencia en Burgos y los organizadores me han preguntado cómo quiero que me presenten. He pedido, en un primer arranque de broma, que me cuelguen el rótulo que acompañaba al tertuliano Juan Adriansens, a quien recuerdo ver en la tele cuando era un niño (yo, no él), y que rezaba: «erudito». ¡Ni tan mal! Luego he aclarado, ya hablando en serio, que no quiero que me presenten como filósofo, pues filósofos somos todos los que nos devanamos la sesera, de forma más o menos obstinada, con las cuestiones existenciales que nos acompañan desde la noche de los tiempos, y tampoco como escritor, término cuando menos impreciso en un tiempo en que todos escribimos; y no me refiero a la tan cacareada auto-ficción, sino a ese popular género epistolar que es el WhatsApp. Conque no, ni filósofo ni escritor. He pedido que me presenten como ensayista.

Me invitan a hablar de mi ensayo Los extrañados, que ya ha cumplido un año. Es curioso pensar que, entre que uno escribe un libro y la editorial lo lee, lo corrige, lo maqueta, lo imprime y, finalmente, lo exhibe en las librerías, ha pasado tanto tiempo que, cuando por fin te toca presentarlo, recuerdas a duras penas de qué rayos hablaba. ¿No te ha pasado eso?

Sospecho que lo que tú y yo llamamos ensayo no es ensayo a secas, sino un artefacto, típicamente europeo, que no se conforma con la pura abstracción ni con el mero estilo. No solo un género literario, que también, sino una conciencia moral, estética e histórica de la cultura. A diferencia del ensayo americano, más pragmático y más orientado a la experiencia individual, el europeo tiene más presente su estilo, su herencia y también, reconozcámoslo, su decadencia. Se me ocurre, a modo de aforismo, que pensar es escribir bien y escribir bien es pensar moralmente.

¿Existiría Montaigne sin su desparpajo elegante, Nietzsche sin su ímpetu de botafuego, Camus sin su claridad moral o Steiner sin su elegancia trágica? Cada uno a su manera, fundieron ética y estética hasta convertir el pensamiento en un arte de la conciencia. Es como si el pensamiento rehusara desenvolverse en silogismos o en fórmulas y solo se revelara en el temblor más o menos sutil de la prosa. El ensayista europeo sabe que su oficio no es razonar como un geómetra, sino tantear en la oscuridad y tener cuidado de rozar el abismo con los dedos sin llegar a despeñarse. Y ante todo sabe que lo suyo no es un oficio, sino un modo de estar en el mundo.

¿Qué opinas tú?

Espero que podamos vernos pronto para continuar esta conversación, que nunca hemos interrumpido, con un vino de por medio y el gusto de volver a reírnos un poco de todo.

Con afecto y admiración, Jorge

MERCEDES MONMANY

Querido Jorge,

Como buen globetrotter del pensamiento que eres -pensador en tránsito, como esos pasajeros que bajan de un avión para correr hacia otro- siempre te pillo entre conferencia y conferencia, entre AVE y AVE, entre simposio y simposio. Pero con la rapidez de las comunicaciones que tenemos hoy día, los amigos, sin vergüenza alguna, nos infiltramos al instante, dándote la vara con las cosas más insólitas y peregrinas que sospecho nada tienen que ver con aquello de lo que te dispones a disertar en ese momento. Y con la generosidad que te caracteriza también, siempre respondes y nos haces reír con algo mínimo, con lo que cerrar o abrir el día en modo optimizante, dentro de ese caos ordinario y habitual que no nos quitamos de encima ni con agua caliente.

Y, como siempre, me río de cualquier cosa que, veloz, asoma la cabeza por medio de esas geniales acotaciones y observaciones tan ágiles tuyas, las mismas con las que disfrutamos, aumentadas, al leer cualquier artículo tuyo. Pensándolo bien, igual las risas de hoy, en intercambios fulminantes de amigos, resuenan más que en las cartas de antaño que llegaban con una semana de retraso de cuando se habían hecho las bromas.

Pero pasando a temas para mí cruciales que has apuntado, y que me apasionan, lo sabes: en «ese tanteo en la oscuridad» y en «ese modo de estar en el mundo» está, claro, a lo que nos hemos estado dedicando estos últimos años los dos. Me refiero a un ensayo totalmente libre de ataduras. Un ensayo literario -de altísima literatura a lo largo del tiempo- que, tienes razón, vendría de estos autores que mencionas y nos entusiasman: Montaigne, Camus, Steiner, Nietzsche… También el gran Connolly y el no menos grande Edmund Wilson. En mi caso tengo que reconocer que me han influido mucho, como «maestros», dos grandes autores italianos, Claudio Magris y Roberto Calasso, con los que, además, me ha unido una buenísima amistad, sobre todo con el primero, además de una admiración total y rendida. He aprendido muchísimo de la forma de «narrar» de ellos de un modo fascinante, cautivador, poético, con decenas de historias, nombres, acontecimientos culturales y artísticos que se iban dando la mano sin parar y se leían con un placer sin límites, entregado, por parte de un lector «secuestrado» desde la primera línea.

Estoy hablándote de «ensayos» de Claudio más o menos convencionales -que tanto tenían que ver con Nietzsche- como El anillo de Clarisse o en libros sin género como El Danubio, que creo nos marcó a muchos y marcó, en general, toda una época, la de una erudición clara, a cada paso sugestiva, estimulante, de gran belleza, que no alejaba al lector, como había pasado en épocas y generaciones anteriores, o aún ahora, con una erudición árida, áspera, antipática, casi imposible de ser leída. Tengo que reconocer, como tú hacías maravillosamente en ese libro de iluminaciones continuas y deslumbrantes, que es Los extrañados, que en los últimos años cada vez me atraen más esos ensayos que reflejan colectividades en tiempos oscilantes, amenazados, en tiempos que «bordean abismos» y obligan a fuertes compromisos vitales o morales, no pocas veces equivocados. Me gustan muchísimo los libros actuales, sin género, del inglés Philippe Sands (como antes me entusiasmaban los ensayos, pespunteados de humor, de Tony Judt) desde Calle Este-Oeste a Ruta de escape, pero también ese tipo de libros, o ensayos, que reúnen constelaciones y colectividades atrapadas en momentos históricos simultáneos y trascendentales, como es el caso de varios firmados por escritores y críticos alemanes excelentes como Volker Weidermann (Ostende, 1936, el verano de la amistad) o uno reciente, igualmente espléndido, como es Febrero de 1933. El invierno de la literatura, de Uwe Wittstock. Igualmente, me entusiasman, y disfruto mucho, de las novelas ensayísticas o ensayos novelados, de un grandísimo escritor francés actual como Éric Vuillard, que eleva fragmentos escogidos, colaterales y muy significativos del pasado, en unas cuantas páginas, y con un estilo envidiable, a la categoría de manuales de historia europeos de cerca de mil páginas o a series novelescas del XIX gigantescas como la Comédie humaine de Balzac. Creo que toda esta manera de «narrar» ideas, reflexiones, constelaciones formidables y únicas, recorre gran parte de lo mejor, al menos para mí, de la literatura, o si se prefiere, de la literatura ensayística europea de nuestros días. ¡Y ahí estarías tú! Si estás de acuerdo, claro.

JORGE FREIRE

Querida Mercedes

Acabas de darme la respuesta. Voy a pedir a los chicos de Burgos que me definan como «pensador en tránsito». Iba a decirte en broma que espero que no te refieras al tránsito intestinal, pero entonces he caído en lo reveladora que es esa polisemia. El pensador debe rumiar ideas, metabolizar vivencias y, con perdón, evacuar todo ello con mayor o menor pericia. Hay mucha gente que engulle y no asimila, efecto de una época definida por la sobreabundancia de información y que a tantos se les hace bola. Ante esto, creo que es preferible la frugalidad: antes de tragar titulares, consignas y propaganda, exponiéndonos a ser presa del reflujo y a terminar vomitando opiniones por doquier, es preferible ese ayuno intermitente que tan de moda se ha puesto últimamente. Por eso diría que el mejor pensador es aquel cuyo tránsito es regular.

Has nombrado a Cyril Connolly, que es uno de mis santos tutelares. Si a San Jerónimo lo pintan recostado en la celda, pluma en ristre y con la Biblia en el regazo, a San Cyril Connolly no podemos sino imaginarlo tumbado en la cama, sepultado por libros y papelajos, con la ginebra en la mesilla. Lees La tumba sin sosiego y casi puedes percibir el rumor de las sábanas detrás de cada frase. Edith Wharton podía tener su glamour escribiendo entre sábanas de lino y bajo amplios doseles, dejando caer las hojas para que su secretario las recogiera… Pero la estampa de Connolly garrapateando artículos para Horizon entre almohadones mueve a la risa. Y, sin embargo, creo que es un tema muy serio al que convendría dar unas vueltas. Por mi parte, he llegado a la conclusión de que la postura determina la prosa.

No descubro nada si digo que hay escritores que piensan sentados: prosas rollizas y suntuosas como las de Santo Tomás, Chesterton o De Prada. Es como si hicieran falta generosas posaderas para hincar así la pluma. Pero también hay escritores que piensan de pie. Forman una larga lista que se inicia con los peripatéticos y llega a Henry Miller o Claudio Rodríguez, que hasta escribían andando, y que incluye a todos aquellos que, como intuyó Nietzsche y patentizaron Walser y Handke, saben que los mejores pensamientos son los pensamientos paseados. Yo, salvando las distancias, me incluyo en ese grupo, y también te incluyo a ti. Nos tienta la butaca, como a todos, y en ocasiones daríamos rienda suelta a las arborescencias de la prosa, pero nos basta una caminata para sacudirnos esas tentaciones. Churchill decía que su secreto era el deporte: no practicarlo nunca. Creo que tú y yo coincidimos en que no hay mejor deporte que el paseo.

Ahora estoy pensando en Por las fronteras de Europa, cuya reedición celebramos. Me pregunto cómo es posible alumbrar una obra tan monumental sin materia sobrero. Porque lo colosal tiende al michelín, a la materia adiposa, al relleno, y tú eres capaz de escribir obras ciclópeas y al mismo tiempo de una fibrosidad atlética, libros de más de mil páginas que son todo músculo, tendón y hueso; al peso, uno esperaría un mamotreto; pero al leerlos no hay rastro de la molicie del comilón, sino más bien la tensión magra del corredor de fondo. No sé si los libros sirven de «gimnasia revolucionaria», como decía el viejo anarcosindicalista, pero tengo claro que existen libros con abdominales.

Confío en que disculpes el desvío. Ya sabes: echo a andar…

MERCEDES MONMANY

Querido Jorge,

Como siempre, eres una máquina imparable de buenos íncipit, al modo de los mejores de algunas novelas, y me das un montón de inspiraciones para micro-debates de los nuestros: si intensidades o frugalidades, si engordes sin fin o dietas frugales con objeto de mantener la locura frenética de nuestros días a raya… Se supone que los que nos hemos ganado con mucho trabajo el derecho de llamarnos adultos no nos tragamos así como así titulares, consignas y abyectas y burdas propagandas, pero tienes razón que el rumor ambiental, los vómitos y regurgitaciones tóxicas dejadas a su paso por todo tipo de informaciones, muchas de ellas misérrimas en su interés, pero que se cuelan como sanguijuelas venenosas sin soltar ni por un momento la yugular del discurso principal, el que valía la pena, son muy difíciles de evitar. Difícil no «perder la razón», malograr el hilo, desdibujarse, descarriarse miserablemente, seguir manteniendo un criterio propio sano y adecuado para cada situación. El runrún de idioteces disfrazadas de algo legítimo menos idiota de lo que aparenta es realmente agobiante. Todos tenemos un montón de libros interesantes que leer encima de la mesa, algunos incluso pendientes angustiosamente de releer después de años, estamos suscritos a periódicos y revistas que no tenemos tiempo de leer al día a día, con temor, además, solo en 24 horas, de «perder pie» en lo último que ha pasado en el mundo. La culpabilidad, como si no hubiéramos hecho los deberes, aquellos que se arrastran desde la época del colegio, para muchos de nosotros, roza lo neurótico. En cualquier cosa que nos diga algún amigo inteligente nos entra de súbito una culpa letal por no haberlo leído a tiempo. Ayer mismo un amigo polaco, un buenísimo escritor, Marek Bienczyk, me decía si no había leído la entrevista de «Finkie» (Finkielkraut) en el Nouvel Observateur y le contesté que enseguida me ponía a buscarla, que estaba suscrita al Obs, pero que había tenido mucho agobio de trabajo y no había podido echar ni una simple ojeada en más de un mes. Bueno, pues te puedes imaginar que sigo sin leer la entrevista… El tiempo es nuestro asesino doméstico, hay que aceptarlo y no desesperarse demasiado.

Por otro lado, me ha encantado tu aforismo, tan walseriano y handkiano, de que los mejores pensamientos son los pensamientos paseados. Y aquí quería consultarte (como si fueras mi gurú de paseos-pensantes): ¿hay que pasear siempre solo? Si un amigo, amablemente, te dice «avísame cuando salgas a pasear, que te acompaño» ¿qué le respondes? Para no parecer demasiado borde o lunático, quiero decir… Los paseos-pensantes en principio hay que hacerlos en solitario, ser un huraño bosquímano como Thoreau, por la selva de asfalto. Cada paseo sería refugiarse en una cabañita móvil y urbana en la que nadie más pudiera introducirse por un rato, a veces un largo rato. Calasso hablaba en uno de los libros suyos que más me gustan (La Folie Baudelaire) de esa cabañita que el poeta parisino se había construido en los confines de «un Kamchatka –península de Siberia- literario», para mantener a raya de extraños su propia e intransitable locura-Baudelaire. Pero, rompiendo esta prohibición radical -negarse a que alguien acompañe a uno en sus paseos- uno de mis pequeños libros preferidos es el del editor y mecenas suizo Carl Seelig: Paseos con Robert Walser. Eran, en realidad, diálogos fantásticos de dos buenos amigos en movimiento. Surgían verdaderas joyas, y Seelig estimulaba inteligentemente lo mejor en píldoras del solitario y extraordinario ser que era Walser. Cuando en un momento determinado de sus paseos Seelig le diga «cuánta razón ha tenido en vivir en la pobreza, la sencillez y la libertad, y cuánto yerran los creadores cuando aceptan compromisos en favor de la existencia material», Walser, al principio, asiente muy convencido. Pero, tras un largo silencio (esos silencios que dice Seelig que se repetían en muchos de sus encuentros, antes de «arrancarse» a hablar con cualquier excusa y comentario) Walser le contestará lacónicamente: «Sí, pero la mayoría de las veces se trata de un viaje de derrota en derrota».

Me voy a pasear un rato con Lassie, mi perro, que respeta silencios y cabañas móviles urbanas…

JORGE FREIRE

Querida amiga:

Quisiera saber qué piensas de esta supuesta obligación de «estar al día». No entiendo muy bien a aquellos que actúan como centinelas a los que se hubiera encomendado custodiar con celo las novedades editoriales, como si el mundo fuera a derrumbarse si no leen la última entrevista o la última novela recién salida al mercado. Podría hacérseles la crítica facilona de que la masa es informe y que, por ello, el hombre-masa se obstina en in-formarse, esto es, en darse forma con la opinión publicada. Pero esa manía mórbida por la primicia, que no es en general un signo de inteligencia, en literatura suele ser patrimonio de los listos. ¿Quizá por eso el daño es peor? Nuestra querida Wharton tiene un ensayo breve, muy acerbo y muy divertido, titulado «El vicio de la lectura». En él carga las tintas contra la lectura volitiva, la lectura «llevada a cabo deliberadamente», motivada por la creencia, hoy tan en boga, de que los libros nos hacen mejores. Esto lleva a que muchas personas renuncien al placer de la lectura y se impongan estar al corriente de todo lo que se escribe, como si de una labor gimnástica se tratase, creyendo que las horas de lectura le conferirán una cierta virtud. Wharton cita el testimonio del crítico de arte Philip Hamerton, que, habiéndose marcado un curso de lecturas poéticas de Chaucer estimado en cincuenta horas, escribía en sus diarios: «Como anoche le dediqué una hora y media, me quedan cuarenta y ocho horas y media».

Yo creo que hay que leer con lentitud, como recomienda Nietzsche en el prólogo de Aurora. Y sospecho que con la escritura es igual, que conviene no tener mucha prisa y resistir a la tentación de echar nuestro cuarto de espadas en cuestiones de «rabiosa actualidad». El propio Nietzsche afirma que escribir con lentitud es un placer no exento de malicia. Hay que desesperar a quienes se apresuran. Pero aquí llega mi duda: una vez rechazada está fiebre por lo nuevo (basada en la creencia de que lo nuevo es bueno por el hecho de ser nuevo), ¿cómo evitar emboscarse en la torre de marfil? Porque tú, siempre con un pie en los clásicos, te has mantenido permanentemente atenta a lo que iba saliendo. Es más: si no hubiera sido por ti, jamás habría leído a Nedim Gürsel, a Elif Shafak, a Sandro Veronesi o a Andréï Makine, y no habría sabido de tus amigos Modiano, Tocarczuk o Krasznahorkai hasta que les hubieran dado el Nobel. Me pregunto cómo haces para separar el grano de la paja y mantenerte al cabo de la calle, cómo logras estar al tanto sin que la corriente de la actualidad te arrastre (con la fuerza del río Arlanzón, que corre frente a mi ventana).

P. S. Ayer di mi charla burgalesa. Me hice presentar con el título de ensayista en tránsito. No hubo protestas. Hoy me propongo la tarea de mirar cómo el agua se lleva las prisas de los demás.

MERCEDES MONMANY

Querido Jorge, desde un Madrid falsamente otoñal de 22 grados.

Me encanta que seas introducido, como una especie de alias paseante, así: «ensayista en tránsito». ¡Espero que no olvides ponerlo en tus contraportadas! Por otro lado ¡qué melón tan interesante has abierto, Jorge! Bueno, como todos los tuyos tan adictivos, que a tus lectores nos hacen masacrar tus libros con miles de comentarios en los márgenes. ¡Induces siempre a la conversación!

Pues bien, siguiendo el hilo de lo que dices, siempre he odiado eso tan neurótico y paroxístico de algunos de sentirse obligados (sin que nadie se lo haya pedido) a convertirse en centinelas de todo tipo de novedades, superficialidades prescindibles y datos a cuál más absurdo para demostrar que «uno está en el mundo» y que, como apuntas, «lo custodian» en lo neurálgica y nuclearmente imprescindible. Qué exacto lo de tu amiga Wharton (permíteme que la llame así ¡has trabajado muchísimo con y junto a ella!) contra la lectura volitiva, inducida fanática y deliberadamente.

Pues bien, te resumiré algo cotidiano y banal de mi vida y de mi estar hoy día en el mundo. Banal quiero decir para muchos de los que adoran (en correspondencias que creen que pasarán al Más Allá de lo trascendental), forzándolas voluntariosamente, tan solo comentar los Ídolos de Barro de lo Sublime y de lo Actual. Tengo que decirte que mi estar en el mundo actual, aparte de acabar de venir ahora mismo de esa belleza impresionante que es la ciudad de Cáceres, que ha hospedado unas jornadas maravillosas literarias, y de pensamiento, en torno a la Bienal Mario Vargas Llosa, mi absoluta y feliz novedad es que mi hija Laura, que vive en París con su marido Romain, me acaba de hacer abuela de la pequeña Carlota. Ayer mismo estaba pensando en lo importantes que son los abuelos para todos los seres humanos, en lo mucho que les ha marcado en un sentido u otro. Y aquí me abstendré de citar obras literarias sobre el tema, como es el vicio tuyo y mío en el que solemos caer: no todo lo humano pasa solo por la experiencia dejada por grandes escritores, filósofos, músicos o artistas. Yo solo he conocido, y me he criado, con dos abuelos. En mis recuerdos infantiles y de adolescencia que tanto me marcaron en signos inequívocos de ética, de cómo ser buenos y de cómo estar en el mundo con un sentido de la justicia y del amor extensible a otros seres humanos, no sólo egoístamente, de forma tiránica, a nosotros mismos, dividí ese mundo primero a una emoción muy básica: clasificaba a los mayores que me rodeaban entre gente a la que les gustaban los animales y los niños y gente que despreciaba totalmente el mundo animal y que solo le hacían caso a «sus niños», a los niños de la familia. En esa infancia de las primeras emociones e intuiciones de lo que vendría, a mi querido y dulce abuelo Josep Monmany, apellido que llevo con mucha honra, sobre todo en homenaje a él, lo recuerdo llevándonos al cine (a aquellas películas que nos hacían reír tanto de Terry-Thomas, de Jerry Lewis o Louis de Funes), paseando junto a mi perro sin raza Pipo, transmitiéndonos a mis hermanos y a mí el amor por los animales, por el orgullo de «las buenas notas», por los libros de su biblioteca y, en definitiva, impulsándonos a no dejar nunca de ser sensibles y compasivos…

¡Qué grandes paseos me esperan con la pequeña Carlota! ¡Como los tuyos con tu preciosa niña Leonor!

Un fuerte abrazo querido Jorge, continuaremos hablando, escribiéndonos y paseando sin parar, lo sabes.


Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El PaísThe Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés. 

Mercedes Monmany. (Barcelona) Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Crítica literaria y ensayista especializada en literatura contemporánea, y europea en particular, ha sido también editora y asesora de publicaciones. Forma parte actualmente de diversos consejos de redacción de revistas culturales como Sibila y Revista de Occidente, así como es miembro del Consejo Asesor de la Fundación Ortega-Marañón. Chevalier des Arts et des Lettres de la República francesa, Cavaliere dell’Ordine della Stella d’Italia y Medalla de Oro de la República de Serbia, tiene publicada, entre otros, una trilogía europea compuesta por los libros: Por las fronteras de Europa. Un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI, Ya sabes que volveré. Tres grandes escritoras en Auschwitz: Irène Némirovsky, Gertrud Kolmar y Etty Hillesum y Sin tiempo para el adiós. Exiliados y emigrados en la literatura del siglo XX. También es autora del libro de conversaciones Humanismo cosmopolita, junto a Rafael Argullol y de Del Drina al Vístula.

Jorge Freire. (Madrid, 1985) es filósofo y escritor. Ha obtenido el XI Premio Málaga de Ensayo con Agitación. Sobre el mal de la impaciencia y el II Premio Sapientia Cordis con Palabra de Honor. Entre sus libros se cuentan Los extrañados y La banalidad del bien. Escribe en ABC Cultural y Ethic y colabora en los programas Más de Uno y Por Fin, de Onda Cero. El Cultural lo ha definido como uno de los diez filósofos jóvenes cuyas reflexiones marcarán el pensamiento y los debates de la próximas décadas. .

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