COORDINADO POR VALERIE MILES

VALERIE MILES
Dos escritoras, dos viajeras, se escriben desde geografías que nunca terminan de fijarse. O se fijan en otros planos, como la memoria, traicionera siempre, o una manera de mirar, que trasciende y transforma en la palabra escrita. En sus cartas se cruzan trayectos, paisajes y formas de extrañeza, una mística del desconcierto que se vuelve en mística personal, o mística a secas . Han vivido en distintos lugares, a veces en el peligro o en la tragedia, y ese impulso por atestiguar la historia, o la historia a través de lo personal, las distingue de la escritura de andar por casa. La aventura no es solo desplazamiento, sino una manera de mirar y de narrar el mundo.
PILAR QUINTANA
Bogotá2
En los últimos tiempos solo quiero trabajar en mis ficciones. Nada de artículos ni columnas ni en general ningún texto por encargo, así sea de ficción. En el mundo de hoy, con sus aplicaciones de mensajería instantánea, todo es para ya. «Si no responde dentro de los siguientes dos minutos el diálogo se reiniciará con otro asesor», me advertían en un chat de soporte al cliente con el que me costó un tiempo dolorosamente largo conectarme. En un correo electrónico, que llegó pasadas las 2:00 de la tarde, me exigían, resaltando la frase en negrilla, que lo respondiera «a más tardar hoy antes de las 5:00 de la tarde». Hace poco encontré en un ensayo de Patricio Pron, No, no piensen en un conejo blanco, una frase que resume el espíritu de esta época: «más, antes, para más personas, más rápido». Así, el tiempo que nos queda es tan corto que para mí es definitivo invertirlo en escribir lo que de verdad me gusta, que es a lo que me refiero cuando hablo de «mis ficciones», aquello que escribo aun cuando no me pagan.
Entonces llegó el correo de Valerie con la invitación para participar en la sección «Correspondencias» de esta revista. Mientras lo leía pensaba en la forma más educada de decirle que no. «En este momento estoy dedicada a mis proyectos personales y no me queda tiempo para nada más. Espero que entendás». Pero se trataba de intercambiar cartas y la correspondencia sería con Olga Merino. ¡Cartas! ¡Con Olga Merino! Tuve que aceptar. Primero, porque solo nos hemos visto una vez, en una noche loca en la que todo el mundo tenía compromisos, y me quedé con las ganas de seguir hablando con vos y de hacerlo a solas, no frente a un público, que fue como nos conocimos, de conocerte mejor, pues. Y segundo, porque siempre he tenido una debilidad por las cartas.
Empecé a escribirlas en serio cuando me gradué del colegio y me fui de intercambio a los Estados Unidos. En aquellos tiempos antediluvianos no existía internet, las llamadas de larga distancia eran carísimas y la única manera de mantener el contacto con las personas que te interesaban era enviándoles noticias estampilladas por correo aéreo. Las cartas que yo escribía eran largas y detalladas y a cambio algunas amigas correspondían con sobres igualmente gordos y jugosos.
En el helado pueblito del norte de Iowa donde viví diez meses hice una amiga española que también estaba de intercambio. Cuando regresamos a nuestros respectivos países, durante muchos años, continuamos la amistad por correo físico y tras la aparición de internet por correo electrónico. El intercambio epistolar terminó cuando se inventó Skype y, aunque nuestra amistad se mantiene intacta, ahora por WhatsApp, siempre lo lamenté. Ya no tengo con quien cartearme. En ocasiones he intentado iniciar una correspondencia con personas de otros países que conozco en mis viajes, en especial escritorxs, pero nadie la ha seguido. Quizás todxs viven tan rápido y tienen tan poco tiempo que prefieren invertirlo en lo que escribirían aun cuando no les paguen.
Valerie sugirió que habláramos de nuestras vidas en Rusia y en la selva, y de las violencias que nos han atravesado. A mí, para empezar, lo que me salió fue esto, pero estaré encantada, si te suena, de seguir la indicación.
Un abrazo de tu emocionada corresponsal,

OLGA MERINO
Barcelona
Querida Pilar:
Pues nos sucedió algo parecido. Aunque me halagó que a Valerie Miles se le ocurriera pensar en mí para un intercambio epistolar, una vocecilla interna me urgía a zafarme, no te líes, que bastante lucha tienes con desatascar el libro —la encasquillada soy yo, no el pobre manuscrito—, titubeo este que se zanjó de golpe al saber quién sería mi correspondiente: ¡Pilar Quintana! No se hable más.
Te admiro desde hace muuuucho tiempo. No recuerdo bien cómo llegué a ti, qué diablos andaba rastreando por internet cuando recalé en tu nombre y en tu novela La perra. Aún no se había editado en España, y tuve que leerte en formato electrónico, a mi pesar de boomer analógica. Y ahí me quedé como una estaca, cual liebre deslumbrada, en el personaje de Damaris y en cómo tensas el arco del lenguaje. Te he seguido desde entonces, de mí para adentro, en silencio, alegrándome de tus éxitos y acariciando el pálpito de que volveremos a coincidir, en carne, más allá de este sugerente carteo.
Año arriba, año abajo, pertenecemos a la misma generación, y convengo contigo en que la correspondencia formó parte de nuestra primera memoria, cartas que eran asunto del verano, con las amigas, para salvar la dolorosa separación de la escuela, o ya en septiembre, con aquellos novietes platónicos que se disolvían en la nada con la vuelta a la rutina. He gustado también de los intercambios epistolares entre escritores, como el que mantuvieron Ana María Moix y Rosa Chacel, esta desde el exilio, De mar a mar —qué hermoso título, ¿verdad? Te diré que, entre los libros que se acumulan en la mesilla de noche, permanece Puedo contar contigo, la correspondencia entre Carmen Laforet y Ramón J. Sender. Alguna noche la picoteo. Me sobrecoge la soledad inmensa de él.
¿Sabes? No me sorprende el finísimo olfato de Valerie al proponernos conversar sobre un fragmento al límite de nuestras vidas: tú, en la selva colombiana; yo, en la Rusia de los años noventa. Dos mujeres, dos hembras —el sustantivo redobla aquí su sentido—, en dos territorios inhóspitos, de climatología extrema y alimañas de diverso pelaje. Se me grabó a fuego en la memoria la primera guerra de Chechenia. Recuerdo también que, por la escasez de taxis en Moscú, parabas un coche al azar y compartías trayecto, sola, con cualquier paisano desconocido. Y el hecho de que, en aquellas primeras discotecas, inexistentes en el pasado soviético, se instalaran tanto guardarropas para los abrigos como cuartitos para depositar las pistolas, las pipas. ¿Cómo las llamáis en Colombia? En jerga, me refiero; los revólveres, las armas de fuego cortas. Allí se usaba mucho la Makárov.
Deseando desde ya el recibo de tu respuesta. Añoraré este experimento.
Abracísimo
Olga
PILAR QUINTANA
Querida Olga:
Gracias por tu carta. Gracias por tus palabras, que me llenaron de orgullo y me pusieron contenta.
Lo primero, antes de la selva, de Bogotá, del intercambio en los Estados Unidos, fue Cali, mi ciudad, mi universo hasta los diecisiete años. Corría 1989 cuando me fui. En aquella época el Cartel de Cali estaba en pleno apogeo. «No se ha logrado calcular el total del dinero que movieron en la década de los ochenta», dice en Wikipedia. Era una ciudad ostentosa. Proliferaban unas camionetas Toyota grandísimas a las que llamábamos burbujas, los carros lujosos, las mansiones, los pent-houses y los establecimientos con luces de neón, ventanas de espejo y paredes alfombradas. La transformación de la ciudad fue impresionante. En los años setenta, gracias a un colectivo de artistas que promovió el cine y la movida cultural, tenía por apodo Caliwood y había sido declarada, con típica exageración colombiana, la ciudad más cívica del mundo. Ahora las mujeres se ponían tetas de silicona y los grandes capos del narcotráfico, que andaban libres por las calles y salían fotografiados en las páginas sociales de los periódicos junto a los dirigentes y la «gente de bien», eran reverenciados.
En esa ciudad, una joven como yo, amante de la lectura y que soñaba con ser escritora, era un bicho raro. Cuando regresé del intercambio en los Estados Unidos me fui a estudiar a Bogotá. En la monstruosa capital, en la universidad, conocí gente más rara que yo y a otrxs con intereses como los míos. Por fin sentí que pertenecía. Me inventaba excusas para quedarme más tiempo luego de que terminaba el semestre académico y tomaba cursos de vacaciones para no tener que regresar en absoluto a la casa de mis padres.
En Bogotá me hice amiga de unos caleños que iban más adelantados que yo y estudiaban para ser periodistas. Como a mí, les encantaba la salsa y me hicieron dar nostalgia de Cali. Quedamos en encontrarnos allí durante las vacaciones y salir a bailar. Me emocionó la idea de estar en mi ciudad con personas con las que no me sentiría fuera de lugar.
Para ese momento el Cartel de Cali estaba en guerra con Pablo Escobar, y la violencia se había desatado. Ocurrían atentados y asesinatos a plena luz del día. Bajaban cadáveres por los ríos. Se hablaba de unos hornos crematorios en las montañas que rodeaban la ciudad para deshacerse de los cadáveres que no tiraban a los ríos. Las muchachas bonitas tenían que huir cuando un hombre extraño las miraba, pues podía tratarse de un traqueto, como llamamos a los mafiosos, que para quedarse con ellas las secuestraría o desaparecería a sus novios. Estas noticias horribles me llegaban a través de la prensa, la radio y de amigxs y parientes. Yo las escuchaba, pero no las registraba de verdad. Estaba tan alejada de Cali, o quizás tan adormecida por lo espantoso de nuestra realidad, que todo lo que allí pasaba se me figuraba un espejismo.
Llegó la noche del encuentro con los amigos salseros. Quedamos en vernos afuera de la discoteca de moda. Inmensa y opulenta y, aunque no la recuerdo bien, seguro con luces de neón, ventanas de espejo y paredes alfombradas. Hicimos la fila para entrar. A todos nos sorprendió que hubiera un guardarropa. En Colombia, país tropical, no hay estaciones y todo el año hace el mismo clima. Fresco en Bogotá, que queda en las montañas, y cálido en las tierras bajas como Cali —por lo que me gustaría que me hablaras del frío moscovita—. Solo que no era un guardarropa sino un cuarto al estilo de los de Moscú para depositar los fierros, que es como les decimos a las armas en Colombia. A través de la puerta entreabierta pudimos ver que no solo había pistolas y revólveres sino también ametralladoras, fusiles y otras armas largas.
Aterrados, nos dimos media vuelta. Esa noche no bailamos. Nos fuimos a conversar a un sitio tranquilo. Yo creo que fue en ese momento cuando me cayó el veinte y empecé a entender en qué país estaba.
Un abrazo,

OLGA MERINO
Querida Pilar:
Desde el escritorio alcanzo a ver la ventana y un trozo de calle. Viene declinando el domingo, con una luz tenue, a esa hora que no es ni zorra ni lobo, como decía un primo de mi madre que fue campesino toda su vida. Esta mañana pasó un camión pertrechado con escobillones y una aspiradora para succionar la cantidad inconmensurable de polen que han soltado los árboles, acumulado en los alcorques y sobre las aceras. Como ha llovido bastante en los últimos meses, los plátanos, tan característicos de Barcelona, se han desmelenado, liberando una barbaridad de pelusa, sobre todo el jueves, el día de Sant Jordi, cuando parecía literalmente que estuviera nevando polvo amarillo. Toses y picazón de ojos. Otro año más, otro Día del Libro y la Rosa. ¿Conoces la festividad? Una locura cada vez más multitudinaria y mercantilizada —en esta ocasión, se han facturado 27 millones de euros—, aunque no deja de hipnotizar la magia de que la ciudadanía se vuelque en la compra de libros durante una jornada.
Me ha encantado descubrir en tu carta otro punto que nos une: la salsa. Te aseguro que jamás de los jamases bailé tanta salsa y cumbia como en mis años rusos, pues compartía oficina, en el cogollo de Moscú, con los periodistas cubanos de Prensa Latina y con la agencia mexicana Notimex, para la que también trabajaba un reportero chileno. Aquel piso enorme y de techos altísimos terminó convirtiéndose en un oasis de calidez latina en un tiempo muy difícil. Fue un regalo. El maravilloso idioma que compartimos y las raíces culturales comunes favorecen que congenie de manera inmediata con los latinoamericanos; por así decirlo, me siento más cerca de una colombiana que de una alemana o una finlandesa.
El caso es que montábamos unos guateques de aúpa en la oficina, entre las máquinas del teletipo y el télex que conectaba con La Habana, mientras los dos retratos gigantes de Fidel Castro y de Che Guevara observaban la gran gozadera ocasional. Bailábamos, bailábamos y bailábamos, supongo que, en parte, para espantar a los demonios. El Moscú de los años noventa constituía una ciudad tan vibrante y violenta como la Bogotá que describes. También corrían los dólares a espuertas. Se estaban privatizando los activos, fábricas y yacimientos del Estado soviético mediante procedimientos digamos oscuros, y la pugna por conseguir un trozo del pastel solía derivar en sangre, en un goteo incesante de cadáveres. Un banquero. Un hombre de negocios de nuevo cuño. Un militar. Las mafias campaban a sus anchas: si quieres protección, una krisha (tejado, en ruso) sobre tu cabeza, tendrás que pagar una mordida, una coima.
Resultó una experiencia de formación extraordinaria, como persona y como escritora. Ah, la gran literatura rusa: Chéjov, Toltstói, Bulgákov, Nadezhda Mandelshtam… Por cierto, acabo de caer en la cuenta de que justamente hoy se cumplen cuarenta años del accidente nuclear de Chernóbil. Visité la central y la zona contaminada en el décimo aniversario de la catástrofe. ¡Qué inconsciencia juvenil! Creo que ahora sería incapaz.
Un abrazo,
Olga
PILAR QUINTANA
Querida Olga:
Acá en Colombia el 23 de abril marca el comienzo de FILBo, la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que se extiende por casi dos semanas: venta y exposición de libros, eventos de escritorxs, recitales, encuentros, firmas, salón de negocios, cocteles, cenas y fiestas. Casi todo queda suspendido durante estos días y vivo entregada al frenesí de la celebración. Este año el invitado de honor es India y conocí a una autora maravillosa: Kiran Desai. Estoy leyendo su novela La soledad de Sonia y Sunny convencida de que estoy ante un clásico de la literatura. Si no la has leído te la súper recomiendo.
Con el relato de tu visita a Chernóbil en el décimo aniversario de la tragedia me hiciste pensar en el miedo y la prudencia que vamos ganando con los años. Viajé tres años seguidos como mochilera. Entonces tenía entre veintiocho y treinta y un años, me rasuré la cabeza para no tener que cargar con los muchos productos para el pelo y fui la más arrojada. Escalé nevados y volcanes, nadé en ríos con pirañas y caimanes, me tiré en bungee jumping, volé en parapente, hice senderismo en los Andes y el Himalaya, atravesé pasos de más de cinco mil metros de altura y llegué por mis propios medios, cargando todas mis pertenencias, al campamento base del Everest.
Al final de mis viajes me fui a vivir a la selva, construí una casa con mis manos y enfrenté temporales, sobreviví enfermedades tropicales como la malaria y la leishmaniasis y luché con animales temibles como las tarántulas, el vampiro sudamericano y varias serpientes venenosas, entre ellas la equis.
Sin embargo, la experiencia más extrema, salvaje y arriesgada de mi vida ha sido la maternidad: la que me ha confrontado con mis miedos y monstruos más profundos y la que me ha dejado más vulnerable.
Hace unas noches, al salir de FILBo, le sugerí a mi esposo que nos fuéramos a la casa caminando. ¡Cómo se te ocurre!, me dijo. Siempre lo hacíamos, fue mi respuesta. Es verdad: nos íbamos caminando para evadir el espantoso tráfico de Bogotá, incluso en medio de la lluvia, bien protegidos por nuestras sombrillas, botas e impermeables, por calles oscuras y largos descampados, cuando nuestro hijo era un bebé recién nacido y lo llevábamos en el portabebés. Eso era antes, zanjó él la discusión, y no porque entonces Bogotá fuera menos peligrosa sino porque nosotros estábamos locos.
Cuando vaya a Barcelona, ¿me llevás a un bar de salsa? A cambio, prometo llevarte a mi lugar de salsa preferido en Bogotá.
Me despido con besos y un abrazo,

OLGA MERINO
Querida Pilar:
Volcanes, pirañas, parapente, el campamento base del Himalaya… Me ganaste el pulso hasta abatirme el brazo contra la mesa, sin que hubiera entre nosotras intención alguna de competir. Y encima, una vida en la selva. Me fascinó, por cierto, el personaje de Rosa en tu novela Noche negra, la épica diaria y la soledad de una mujer en un paraje tan indescifrable («hay unos ojos en la selva, los siente, unos ojos que la espían sin que ella pueda verlos»). Llevo años, muchos años, ensoñada con un viaje en barco por el Amazonas, atravesando el corazón de la selva, desde Leticia hasta la desembocadura, en Belém do Pará, pero no sé si al cabo seré capaz de juntar el dinero, además de sobrevivir al embate de los mosquitos: suelen acribillarme.
Yo me perdí la experiencia salvaje de la maternidad. Renuncié. Nunca tuve el instinto, y cuando llegó la encrucijada biológica de tomar una decisión en firme, seguía sintiéndome incapaz de compaginar la escritura con la crianza de al menos dos hijos, tareas ambas que exigen amor y dedicación de por vida. Quizá no hay que pensar tanto. No sé.
El otro día, cuando estaba a punto de apearme del autobús, reparé en que había un papelito doblado varias veces sobre sí mismo, como los secretos, con una inscripción: «Para mamá». Sucumbí a la tentación poderosísima de llevármelo. Aunque estaba muy pisoteado, me agaché y agarré enseguida el pliego; ya me enjabonaría las manos. No sabría decirte si el correspondiente era niño o niña, pero sí me atrevería a situarlo en torno a esa edad mágica de los once años. Una caligrafía pulcra pero desigual, escrita a lápiz, pedía a la destinataria: «¿Me dejas tocar el piano grande?». Y, de golpe, una sacudida eléctrica, una hebra que culebrea, la semilla de un relato y un sinfín de preguntas. Quién perdió la carta, ¿la madre o la criatura? ¿O acaso arrojaron el papel adrede? Tal vez la mamá tendría que hilvanar una mentira («¿papel?, ¿de qué papel me hablas?»). O quizá fue la niña quien se desprendió del mensaje, plegándose en retirada, en un primer aprendizaje de la frustración. Historias.
De cualquier forma, la vida consiste un poco en eso, en ir anudando renuncias y encajando pérdidas con cierto temple. Como bien dices, una se vuelve también más prudente. Hace poco, me tropecé con una frase estupenda del uruguayo Mario Levrero que me hizo sonreír, y la anoté en un cuaderno: «Cuando se llega a cierta edad, uno deja de ser el protagonista de sus acciones: todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones anteriores».
Se acaba la aventura, pero tengo el pálpito de que volveremos a encontrarnos. Seguro. En Bogotá, en Barcelona, en Cali o en Madrid. Tenemos salsa y charla para rato.
Hasta siempre, Pilar. Otro abrazo.
Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El País, The Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés.
Pilar Quintana. Es autora de seis novelas y un libro de cuentos. La perra, traducida a más de veinte lenguas, estuvo en la lista larga del Dublin Literary Award, fue finalista del Premio Nacional de Novela y del National Book Award y ganó el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana, un English PEN Translates Award y el LiBeraturpreis. Con Los abismos, también traducida a múltiples lenguas, ganó en 2021 el Premio Alfaguara de Novela y en 2025 el Premio IILA-Literatura a la mejor obra narrativa en Italia y fue finalista del National Book Award. Su más reciente trabajo es Noche negra. Es la directora editorial de la Biblioteca de Escritoras Colombianas, un proyecto del Ministerio de las Culturas para rescatar y promover la literatura de las mujeres en su país.
Olga Merino. ha residido en Londres y en el Moscú del derrumbe soviético como corresponsal de prensa, cuya experiencia volcó en el memoir Cinco inviernos. Es autora también de cuatro novelas, entre ellas La forastera, galardonada en 2022 con el XIX Premio Real Academia Española de Creación Literaria. La obra fue también finalista de la IV Bienal Mario Vargas Llosa de Novela y del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2025.