COORDINADO POR VALERIE MILES

Fotografía de Nina Subin, Pascale Descazeaux y Leanne Dixon.

VALERIE MILES

Es extraño reconocerse en miedos antiguos, idénticos a los de quienes vivieron antes que nosotras. Creemos ser únicas y, sin embargo, las pesadillas persisten, no solo en el tiempo sino también en el espacio. Este verano, en Can Cab, en el Ampurdán catalán, Paulina y yo conocimos a Yassmin, una ingeniera sudanesa que descubrió que la literatura la conminaba. Entre lecturas compartidas y conversaciones intensas, la residencia abrió un lugar para ensayar mundos fuera de la lógica económica. Nunca escapamos del todo de la ciudad, pero allí una sudanesa y una chilena encontraron afinidades electivas y palabras que estremecen y consuelan. ¿Está este mundo hecho para soportarse o para disfrutarse? Quizás nuestro interminable e imposible viaje hacia el hogar no sea otra cosa que el hogar mismo.


PAULINA FLORES – En avión de Lima a Barcelona

Querida Yassmin,

Comencé a escribir esta carta en mi mente, justo antes de partir desde Barcelona rumbo a Perú. Recuerdo pensar en ti en momentos muy específicos: durante el segundo vuelo que tomé en Madrid, mientras buscaba el asiento 18J y observaba a los otros pasajeros intentando descubrir cómo serían mis compañeritos del jardín infantil durante las próximas 10 horas de vuelo. Una semana después, flotando en el aire, pero ya de regreso, cuando me toqué el pecho como alguien con fiebre se tocaría la frente, estaba muy nerviosa, aguantándome el ataque de pánico y pensé que luego te contaría que se me ocurrió que podría tener fiebre en el corazón. También desde el segundo piso en un restaurante en el centro de Lima, y miré abajo, hacia el comedor y estaba lleno de personas con bandejas enormes dentro de cuyos compartimentos había entre tres o cuatro platos distintos, pero siempre destacaba el amarillo, el naranjo y el violeta. Caminando hacia Miraflores desde San Isidro para despedirme del Océano Pacífico. Soy una cursi, me gusta tanto escribir cartas. Hace poco escuchaba en la radio una teoría etimológica sobre «cursi». Supuestamente viene de «cursiva», ese tipo de letra inclinada que imita la manuscrita. Primero pensé: qué rabia que lo cursi se asocie a lo infantil y lo femenino. Luego: ¿Aquello que no es cursi es un hombre adulto? En tercer lugar: ¡Qué hermoso que lo cursi se asocie a los niños y a las mujeres! 

La noche previa a llegar a Can Cab se lo conté a un amigo escritor. «Ustedes… siempre en residencias», me respondió él, con ironía amistosa. Y al rato, con un tono de voz más tímido, de insegura ilusión o tierna revancha, agregó: «Ahora que mi hijo entra a la universidad yo también podré ir a residencias». Sólo para empezar la correspondencia, ¿te parece que es cierto? ¿Siempre andamos en residencias? ¿Lo de las residencias es algo nuevo o está de moda en los últimos años? ¿Es una extravagancia o una especie de privilegio que causa risa o burla? ¿Es algo de escritoras de treinta y tantos y sin hijos?

Mientras pensaba en ti, en aviones o en Lima, siempre recordaba tu risa, ¡es muy bonita!, y en la forma singular e interesante en que usabas el dedo índice para dar énfasis al hablar. También en la Y, porque en mi cabeza la idea de tu nombre era con J, entonces, en mi dislexia mental cuando pienso en ti siempre tengo que corregir las letras para que esté bien escrito. Y por supuesto, en Sudán. Y con ello, viene asociado de una vez toda la impotencia por la injusticia, la violencia colonial y la mezquindad de Europa occidental, donde ahora vivo… Creo que ya te lo dije en persona, siendo franca, antes de conocerte no sabía casi nada de Sudán, y ahora, es raro… obviamente sé sólo un poco más, pero como que lo quiero mucho. O sea que aparte de la nueva información, hay afecto. ¡Un abrazo! Paulina

P.S.: Some lines from the poem «The Things I Say are True», by Peruvian poet Blanca Varela

Todo es perfecto. Estar encerrado en un pequeño cuarto de
hotel, estar herido, tirado e impotente, mientras afuera cae
la lluvia dulce, inesperada. 

Everything is perfect. To be locked in a small hotel
room, to be wounded, cast off, impotent, while outside rain falls,
sweet, unexpected. (traducción de Esther Allen)

YASSMIN ABDEL-MAGIED – Londres

My Darling Paulina,

No esperaba que tu primera carta me hiciera llorar, pero así fue.

Era temprano cuando empecé a leer tu nota, recibida a las 6:24 a. m., hora de Londres, emocionada, como quizá una niña en la mañana de Navidad (aunque, como musulmana, nunca he sido esa niña). ¿Qué me habría escrito Paulina?, me preguntaba. Recibir una carta era más misterioso, intencional, más prometedor que un simple correo electrónico. De niña solía enviar cartas a mi mejor amiga, que se había mudado, pero eso fue hace décadas. Aún intento enviarlas a mis amigas adultas en distintos rincones del mundo, pero nadie me responde. ¡Por fin había llegado la ocasión!

Debo reconocer, con un poco de vergüenza, que leí tu carta mientras estaba en el baño. Sé que no se acostumbra confesar que llevamos el teléfono allí, pero de algún modo se ha vuelto mi ritual: despierto, miro la hora, me levanto de la cama y reviso mis correos electrónicos desde ese lugar. Descargué una copia de la carta y mientras leía, me conmovieron las descripciones y giros de tu estilo, tu atención al detalle y la envidiable manera en que pintas escenas cargadas de emoción con una prosa tan elegante, cualidades que ya admiraba en tus cuentos… y entonces tus palabras sobre Sudán me golpearon, un puñetazo en la boca del estómago.

Lloré, Paulina. Fue tan inesperado que me desconcertó mi propia reacción. Creo que fue la idea de que pensaras en mi querido Sudán con cariño lo que tanto me estremeció… y entonces recordé la última vez que lloré por Sudán en el mismo baño: el 15 de abril de 2023, el día en que comenzó la actual guerra contrarrevolucionaria. Había repetido el mismo ritual: levantarme de la cama, ir al baño, revisar el teléfono… pero esa mañana me esperaban notas grabadas de mi tía, con miedo, mientras, al fondo, los ruidos de bombardeos y disparos. Estaba rezando, repitiendo una y otra vez la misma frase. Era la shahada: la profesión de fe que todos los musulmanes pronunciamos justo antes de la muerte.

Me quedé con aquello, con ese miedo angustioso y sin esperanza… pero mis lágrimas por tu carta fueron diferentes. Habías dicho de Sudán: «obviamente sé solo un poco más, pero ahora hay afecto, lo quiero», y me aferré a ello. La posibilidad de que mis historias sobre un lugar que añoro, por más incomprendido que sea, puedan aún llevar a un desconocido a quererlo… es un regalo. Subhanallah.

También me preguntaste por las residencias, y me descubrí montando de inmediato un alegato en su defensa. Aunque puedan parecer decadentes o aburguesadas, yo no me habría convertido en escritora de no haber sido por ellas. Una amiga me convenció de postularme a la primera, hace ya unos ocho años, y el año en París que pasé en la Cité Internationale des Arts en 2021 cambió mi vida. Fue mucho menos glamuroso de lo que parece, pues recuerda que soy africana, musulmana y con velo en la Francia de Macron, nada de James Baldwin ni de Emily in Paris. No importó. Nunca había pasado tiempo con artistas así. Nunca me había permitido leer por el mero gusto de hacerlo, al margen del trabajo o los exámenes. Estudié ingeniería en la universidad; provengo de una familia en la que la educación sirve a la movilidad social y el servicio a la comunidad, no a la propia realización ni al placer. Tampoco me habían tratado nunca como si mis trabajos creativos o artísticos mereciera la atención. De pronto, encontré un lugar donde podía ser otra. Las residencias me han enseñado a leer, me han llevado por el mundo, me han dado el espacio –literal y mental– para empeñarme en algo diferente. Quizás no sean más que un lujo para mujeres de treinta y tantos sin hijos. Pero sinceramente, Paulina, este mundo es duro. ¿No se nos permite acaso un lujo?

Recuerdo una conversación con otra pariente en Sudán, una vez, cuando le expresaba mi pena por llevar una vida «normal» mientras ellos estaban en guerra. Ella fue tajante: «¡Disfruta! ¡Disfruta! ¿De qué sirve que estés a salvo si no vas a aprovecharlo? ¡Es donde Alá te ha puesto!».

Me pregunto si repito esta anécdota como una excusa, como una manera de justificar mi vida en paz y relativa prosperidad mientras la mayoría de mi familia sufre. Pero también siento que es verdad, y me lleva a preguntarme: ¿a quién consideramos merecedor de la tranquilidad, del cuidado, incluso del lujo? ¿Está este mundo hecho para soportarse, o para disfrutarse? ¿O esa pregunta depende de quién seas? A la espera de saber de ti de nuevo pronto, Yassmin

PAULINA FLORES – Barcelona

Querida Yassmin,

Tu carta también me emocionó profundamente, y tras leerla me sentí consolada por tus palabras y tan agradecida. Admiro tu político optimismo. En realidad, no sé si te consideras optimista, pero lo que quiero decir es que a pesar de ser este un mundo duro, como señalaste, me da la sensación de que también comulgas con la idea de que ser pesimista o absolutamente cínica, resulta irresponsable. Sentí que entre las dos hubo una afinidad inmediata en la residencia gracias al humor (¡amé que leas tus correos sentada en el baño!) y me dio felicidad confirmar por qué me atraía tanto escucharte, tiene que ver con mis nuevas búsquedas literarias y también personales, en el sentido de que me hace conectar de una nueva forma con mi país y mi pasado. Esta semana comencé a leer a Mark Fisher, visité la exposición «Cómo diseñar una revolución: La vía chilena al diseño» y recordé cuánto amaba de adolescente el folclore y La Nueva Canción Chilena. Comencé a escribir esta carta el viernes por la mañana y la termino la noche del domingo, desde un balcón que da a la Rambla, con el ruido blanco de los restaurantes y los turistas de fondo. La luna bien redonda y brillante arriba.

Anoche, de madrugada, con calor e insomnio, mientras pensaba en tu carta recordé que hace muchos años atrás vendía golosinas en el colegio. Hace tanto que no pensaba en esa niña que me pareció que no había sido yo, que fue otra. Ella tenía 11 -12 años y hasta bien entrada a la adolescencia fue una vendedora ambulante. Iba de sala en sala ofreciendo sus productos: chocolate Carezza a 100 pesos (algo así como 10 centavos de euro) y collac Bom Bom Bum (caramelo en forma de chupetes a 0,5 centavos de euro). Eran los precios comerciales estándar y me pregunté si acaso los igualaba para ofrecer una posibilidad al monopolio comercial de los kioscos de la jornada escolar completa de mi colegio. Los azúcares en esa época no estaban prohibidos o cuestionados… Al poco de imaginar a esa niña, me di cuenta de que en realidad no he cambiado tanto. Desde entonces, siempre me ha gustado trabajar en los recreos. Cuando los demás descansan o juegan. Ser vendedora me permitía entrar a cada sala de clases tal como alguien va de pueblo en pueblo y observar y conocer a sus habitantes, más grandes y más pequeños, de todos los cursos. No sé de dónde me inventé la personalidad, pero lo hacía. Y qué raro resulta imaginarme sobrellevar ese asomo de aburrimiento y temor por la soledad al oír el timbre que daba inicio al descanso de la clase, pero lo cierto es que me recuerdo como una buhonera tan disciplinada como divertida, cantarina, risueña. Y seguro que en más de una ocasión alguna amiga me acompañó en la venta. Lo hice durante años. Hasta que comencé a trabajar como vendedora en tiendas de mall los fines de semana. Al principio mi mamá era algo así como mi intermediaria. Era ella quien compraba los productos al por mayor en una distribuidora de La Vega y ahora imagino muy cómicas las conversaciones serias y ejecutivas que manteníamos por teléfono, cuando yo sacaba cálculos y le hacía el siguiente pedido proyectando según lo vendido en la semana, o decidía si innovar o no con otro producto que ella proponía (recuerdo unos alfajores sabor plátano que fueron pura pérdida). Mi mamá no se llevaba ningún porcentaje en comisión, más bien es probable que me ayudara con la inversión inicial. De hecho, ahora que recuerdo bien, seguramente me inspiré en ella, porque hacía algo similar en su trabajo y vendía ropa a sus compañeras de la oficina para ganar un dinero extra. No estoy segura hasta qué grado mi madre era consciente que esa «independencia económica» permitiría a la niña emanciparse, mental y luego en términos habitacionales, del hogar que construyó para mi hermana y para mí. Yo lo entendí pronto.

Trabajar en los recreos. Supongo que también lo he recordado por el tema de las residencias. Para mí dedicarme a la literatura ha sido siempre ir un poco al revés de los horarios «oficiales» o «cotidianos». Es el esquema práctico que me ha funcionado, pero también conlleva algo de culpa o no sentirme una completa inútil y ociosa por dedicarme a algo que amo. Creo haberme escuchado explicarlo con un «Dinero para comprar tiempo para leer y escribir», pero en realidad se trata de otorgarle otro valor al tiempo, un valor que busca justamente no seguir a lógicas económicas. ¿Sentiste vértigo cuando pasaste de ser ingeniera a escritora? ¿Fue un cambio? ¿Y si lo fue, lo decidiste a conciencia, apostaste todas las fichas de una vez o fue más paulatino?

Lo cierto es que la segunda residencia en que participé me entregó la proto-idea de la última novela que escribí. Tenía tanto tiempo libre que después del desayuno me iba a mirar los árboles durante mucho rato, quiero pensar que para preguntarme qué historias anacrónicas resguardaban bajo sus ramas. También me gustaría preguntarte qué trabajaste en la residencia o más bien, qué ideas te llevaste para seguir escribiendo.

Si ando más nerviosa e insomne de lo habitual es porque estoy buscando un nuevo lugar para vivir y el sector inmobiliario en Barcelona, como en la mayoría de las ciudades, da terror. Así que estoy pensando que necesito tener una seria, una ejecutiva conversación con esa niña que vendía chocolates. No sé hasta qué punto entendía ella la idea de futuro a su corta edad, pero parecía ingeniosa, sin miedo y también quiero que me explique sobre esa confianza con la que se paseaba por la sala de profesores ofreciendo sus golosinas. Esa niña siempre tuvo problemas para dormir, pero soñaba cada noche con su libertad.

Un abrazo enorme, Paulina

posdata: te dejo esta vez una de mis canciones favoritas de Víctor Jara en la versión de Inti Illimani. Ojalá te guste <3

YASSMIN ABDEL-MAGIED – Londres

My dear Paulina,

¡Qué imagen tan hermosa me pintas! La seria, ejecutiva, pequeña Paulina, vendiendo dulces de aula en aula… Me encantó imaginar las conversaciones con tu madre, o cómo habrías creado charlas divertidas y entretenidas para tus clientes (¡y esos precios!).

Me recordó a mi propio intento de vender mercancías cuando era niña. Tendría unos ocho o nueve años cuando empecé a hacer pulseras y collares con unas cuentas especiales, negras y blancas, que habían traído de Sudán. Creé un pequeño negocio llamado «Y and Y jewellery» (la segunda Y por Yasseen, mi hermano menor), y tuvimos un éxito rotundo durante unos meses vendiendo a otros alumnos, hasta que la escuela lo cerró de golpe («¡somos una escuela, no un mercado!», recuerdo que rugió el director en la asamblea). En retrospectiva, mi espíritu emprendedor fue bastante cruel, pues pronto empecé a dar órdenes a mi hermanito como si fuera la dueña de una fábrica, exigiendo que cumpliera con los pedidos mientras yo me quedaba con las ganancias.

Me alegra que, de algún modo, entre aquel entonces y ahora, esa inclinación a aprovecharme de quienes tenían menos poder que yo haya sido expulsada de mi personalidad. ¡Al menos eso espero! Hablamos de esto en Can Cab, si recuerdas: la crueldad benigna de los niños. Pienso en ello a menudo… ¿cómo responsabilizar a los pequeños? Si eres madre –como muchas de mis amigas lo son ya, mientras me pregunto si quiero serlo–, ¿cómo enseñas a tus propios hijos a comportarse como deseas? ¿Cómo lidiar con la angustia de que la persona que creas es, en realidad, alguien sobre quien no tienes dominio? ¿Qué hacer si tu hijo crece para defender todo aquello a lo que tú te opones?

Estoy escribiendo una obra de teatro sobre eso ahora mismo, pero me inquieta que el tema me aterre demasiado como para trabajarlo al fondo. Siento que debo llegar a una conclusión, pero me pregunto si la hay. Es extraño encontrarse viviendo los mismos miedos de todos los seres humanos desde siempre. Creemos ser únicos… pero nuestras pesadillas siguen siendo las mismas.

Te escribo desde mi despacho, un pequeño escritorio que he alquilado en el primer piso de un gran edificio corporativo, lo que me permite mezclar lo serio con lo lúdico. Es algo nuevo para mí, este escritorio, pero nació del deseo de darle cierta estructura a esta vida. Afuera está gris –al fin y al cabo es Londres– y hace frío, aunque estemos en pleno verano. Dentro del edificio, en cambio, hay luz y silencio, y me gusta ese murmullo que recuerda a las bibliotecas, a la posibilidad, al espacio para pensar. Pero, claro, no es un silencio absoluto: mientras escribo, pasa el tren de superficie y el edificio tiembla un poco. Nunca podemos escapar del todo de la ciudad…

He pasado la última semana en Edimburgo, por el festival internacional del libro, y pensé mucho en ti, en lo que habrías opinado de los otros escritores, de los libros, de las conversaciones. Me encantan los festivales literarios, sus bajas apuestas y sus altos dramas, la disputa de las palabras y las ideas, y con cuanta seriedad la gente se toma la literatura, un mundo cuya existencia desconocía hasta que publiqué mi primer libro. La gente suele sorprenderse cuando lo cuento, cuando revelo que la primera vez que asistí a un festival literario fue cuando me invitaron a participar en uno. Pero, como dices, yo era ingeniera, de una familia de ingenieros. Nada sabíamos del mundo literario, y mucho menos del angloparlante. Y además: ¡las entradas son caras! Es muy de clase media, sobre todo en el Reino Unido. Aunque por mucho que satirice y me burle de los festivales literarios, les debo gratitud. Me inspiran, de verdad. Poder escuchar a los mejores hablando de su oficio, de su obra, de sus ideas; la ocasión de conocer a otros artistas, de charlar de cosas ligeras con seriedad y de cosas serias con ligereza; la alegría de estar entre pares que admiras… y entre aquellos que no (¡!). Ay, estas alegrías… Y cómo les gusta el chisme a los escritores, ¿verdad? Mucho más divertido que cualquier congreso de ingeniería al que haya asistido.

Para responderte sin rodeos: me resultó extenuante pasar de ingeniera a escritora. Me tomó muchos años aceptar el cambio, en parte porque no entendía el valor de la vida de escritora. No tenía un marco para ello. Ser médico, ingeniero, abogado, contable… de acuerdo, esas son profesiones que aportan valor a la sociedad. ¿Pero escritora? ¿Y sudanesa? No tenía sentido, ningún sentido. «Escribe en tu tiempo libre, junto al “trabajo de verdad”», decía una voz en mi cabeza. Y era mi propia voz, fíjate, ni siquiera la de mis padres o mayores. Pero no pude evitarlo. Cuando llegó el momento de decidir, más de una vez, entre escribir y el «trabajo real», seguí escogiendo escribir, a pesar de mí misma. Siento que camino por una senda que mi yo racional no transita… pero supongo que de eso se trata, ¿no? ¿Siempre tuvo sentido para ti?

Aunque incluso siendo escritora o artista a tiempo completo, gran parte del tiempo no se dedica realmente a ello. En el festival, por ejemplo, moderé siete actos distintos, sobre libros que iban desde la fantasía juvenil hasta el cambio climático, y por primera vez pude hablar de mi propia novela, que saldrá el próximo año. No recuerdo si ya te lo había contado… At sea. Me descubrí en modo promoción, otra vez vendiendo mis mercancías. Una prueba de que el negocio de escribir es algo completamente distinto al Negocio de la Escritura. Supongo que aquellas habilidades emprendedoras, afinadas en mi infancia, al final resultaron útiles…

¿Y tú? ¿Disfrutas ese momento en que el libro se encuentra con el mundo? Me parece que, como un hijo, no se puede controlar lo que hará una vez que salga de nuestros cuerpos…

Ahora, para asegurarme de haber respondido a todas tus preguntas: ¿qué me llevé de nuestra residencia? Una maravillosa lista de libros para leer, y una nueva valoración por el cuento. También pude trabajar en otra novela que debo entregar… la próxima semana (¡ay!). ¿Y tú? ¿Cómo va la búsqueda del nuevo apartamento? Yo también estoy esperando a que nuestro casero nos diga si podremos quedarnos en el nuestro… ese nerviosismo, la precariedad de esta vida, me pregunto si algún día nos abandona.

Gracias por tu canción, hermosa, llena de alma: la he estado escuchando en bucle mientras camino de regreso a casa, entre los turistas y el tráfico del Este de Londres. Te dejo una de mis canciones sudanesas favoritas… y esperaré, con el aliento contenido, tu respuesta. Yx

PAULINA FLORES

Querida Yassmin:

No sé si porque mencionaste Londres, o por mi situación habitacional, pero comencé a ver las películas de Harry Potter antes de dormir. «The Cupboard under the Stairs, 4 Privet Drive, Little Whinging, Surrey», a esa específica dirección le enviaban las cartas desde Hogwarts, miles de sobres entrando por la chimenea porque su tío se las requisaba… Qué tonta, aunque tiene sentido empezar y terminar nuestra correspondencia con cursilería. ¿Terminar?

Lo que sí terminó, este lunes, fue la ola de calor que sufrió España. Escuché el reporte de incendios simultáneos al despertar cada mañana. El fuego arrasó con casi 400.000 hectáreas… Así que con solo leer la palabra frío en tu carta sentí alivio. Además de otorgar un valor alternativo al tiempo, creo que esa es la razón por la que leo y escribo.

«We can’t completely escape the city…» dijiste también, y justo un par de días antes sentí algo parecido a la rabia contra Barcelona: ¿cómo puede hacer tanto calor y las personas comportarse de manera tan absolutamente fría? «¡Eres fría!», me dieron ganas de gritarle a la ciudad, harta, como una loca. Curioso que mi madre me lo aconsejara a mí al día siguiente, con todo su cariño y para referirse a otro asunto que yo le contaba, dijo: «A veces hay que ser fría, Pauli. Estratégica, aguante un poco más». Estamos preocupados por la salud de mi abuelo.

Llevo 51 días sin tomar ansiolíticos. Fue una de las tareas, digamos, prácticas que comencé en la residencia, ¿te acuerdas de que les conté? Supongo que las residencias también pueden ser eso para mí, un centro de desintoxicación… Ha resultado realmente valioso para mí. En Can Cab también avancé con una vieja idea para una nueva novela. Se sintió como hacer experimentos de química, precisamente porque mis conocimientos sobre química son casi nulos, pero sí, algo reaccionaba con otro algo, y yo podía observar la relación y anotar. Por si fuera poco, en la residencia también te conocí a ti. O sea que no puedo sentirme más afortunada, ninguno de estos intercambios, de esta compañía tan cálida habría existido si no. Ya me encargué tu libro, Talking About a Revolution, para seguir conociéndote y hablar a distancia.

Con respecto al tema «ferias», parto a México la próxima semana para participar en dos. La verdad es que me cuestan, pero he aprendido a ser profesional y dar lo mejor de mí. Lo que me gusta son las amistades con las escritoras y los colegas que se van construyendo poco a poco: una noche te quedas hablando hasta la madrugada para volver a encontrarse recién en uno, dos o tres años después en Bogotá, Quito o Guadalajara.

No me dan ganas de despedirme (carita triste). Cuando leía tus cartas, tus palabras resonaban con tanta inteligencia y sinceridad que me sentía mejor persona por el solo hecho de que tus pensamientos alojaran por un rato en mi mente. Gracias.

«That our endless and impossible journey toward home is, in fact, our home», leí en un ensayo sobre la comicidad en Kafka. ¿Me creerías si te digo que después de subrayarlo, estallaron fuegos artificiales en el cielo? Una pareja jovencísima celebraba su compromiso a un par de metros. Estaba en mi segundo lugar favorito de mi querida y, tan fría como calurosa, Barcelona. Quién sabe, tenemos la suerte de encontrarnos pronto en alguna feria, in shāʾ Allāh. Un abrazo y un beso enorme hasta entonces, Paulina.

YASSMIN ABDEL-MAGIED

My dear Paulina,

Lamento mucho lo de la salud de tu abuelo, aunque me alegra la noticia de que las cosas parecen mejorar, inshallah. Lo tendré en mis oraciones, sin duda: llevo una pequeña lista en mi mente que repaso cuando rezo; algunas son grandes y abarcadoras y otras son más íntimas, como la salud y la calma para mis seres queridos, y para quienes son queridos por ellos. A menudo pido también el perdón para mis padres; incluso si guardo alguna rabia hacia ellos por cualquier cosa, quiero que sean perdonados. ¿No somos todos un manojo de contradicciones?

Te deseo lo mejor en tus viajes, y espero que puedas pasar un tiempo precioso con esas personas que quizá solo ves una o dos veces al año, o quizá cada cierto número de «estaciones», pero que siguen siendo igualmente valiosas. Esta vez en Edimburgo llevé a mi marido y a mi mejor amiga –con quien casi había roto recientemente, pero logramos recomponerlo y ahora me siento mucho más feliz, mucho más estable–, y fue divertido compartir este mundo con ellos, un mundo que pocas veces me detengo a pensar que en realidad es un jardín bastante cerrado, el de quienes nos ganamos la vida trabajando con palabras.

Mencionaste los incendios –he estado pensando mucho en el clima últimamente, en la crisis climática y en todos los cambios que vivimos. A veces me pregunto qué dirá la historia de este tiempo. ¿Cómo se nos juzgará? Siento una especie de… ¿envidia, quizá?… hacia las generaciones futuras, que podrán ver qué les depara el porvenir. Pero supongo que eso es lo más común del mundo: querer vivir más tiempo. Hay algo tan mundano en ese deseo, tan absolutamente humano. Siento al mismo tiempo alivio de ser como todos los que he leído en la historia que han querido vivir para siempre, y desilusión por mi propia vulgaridad. Una ocurrencia habitual, creo, a medida que envejezco…

Y entonces me pregunto sobre mi relación con el tiempo, con el pasado, el presente y el futuro. Hace poco conocí la obra de un filósofo cristiano nacido en Kenia, John Mbiti, que propuso la idea de un «tiempo africano». Basándose en dos tribus de África Oriental, Mbiti concibe el tiempo como un «fenómeno cíclico más que una progresión lineal de eventos». El tiempo, en su concepción, se mueve del presente (sasa) hacia el pasado (zamani). El pasado da dirección y propósito al presente, pero el futuro importa menos. Y lo más relevante: el tiempo no es una mercancía que pueda usarse, comprarse o venderse. El tiempo se crea, se produce. El ser humano no es esclavo del tiempo, sino su creador.

¿No es revolucionario? A mí me lo parece. Siento que he vivido ambas concepciones del tiempo: en mi «trabajo», que existe en el mundo occidental, y en mi «hogar», es decir, en mi familia y comunidad sudanesas, que nunca parecen querer someterse al reloj. Allí la filosofía es que las cosas toman el tiempo que tienen que tomar… y quizá así sea. Pero yo me rebelo contra esa idea, mientras me siento ahora mismo en mi oficina, trabajando contra un número de palabras que siento que debo entregar en el plazo que yo quiero/necesito que sea…

Espero que nos encontremos a su debido tiempo, mi querida Paulina. En una ciudad, cálida o fría, o quizá en algún lugar nuevo para ambas. ¿No sería una aventura? Inshallah…Yx.


Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El PaísThe Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés. 

Paulina Flores. (Santiago de Chile), ha publicado el libro de cuentos Qué Vergüenza y las novelas Isla Decepción y La próxima vez que te vea, te mato, los tres traducidos a varios idiomas. Ha obtenido el Premio Roberto Bolaño, el Premio del Círculo de Críticos, el Premio Municipal de Literatura y el Bauer Giovanni, en Venecia. En 2021 fue seleccionada por la revista Granta como una de las 25 mejores narradoras en español menores de treinta y cinco años.

Yassmin Abdel-Magied. Es una escritora sudanesa que actualmente reside en Londres. Autora de cinco libros, su primera novela literaria At Sea será publicada por Canongate en 2026. Este vertiginoso eco-thriller literario sigue a Zainab, una experta perforadora, mientras navega en el mundo dominado por hombres de la perforación en alta mar. Sus escritos han aparecido en The Guardian, TIME, The New York Times, The New Arab, Vogue y otros medios.

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