COORDINADO POR VALERIE MILES

VALERIE MILES
Escribir es una forma de videncia, es abrir los ojos para mirar lo que no se deja ver, lo que surge en las grietas del lenguaje, lo que queda fuera de la palabra: la muerte, el balbuceo, la locura. Ordenar las palabras es una forma de invocación, una magia negra que ilumina, un llamado a lo que se esconde en lo cotidiano. La memoria, la historia, los ausentes, todo aquello que persiste más allá del tiempo. Aquí exploramos cómo la escritura desdibuja la frontera entre lo visible y lo invisible. ¿Es el horror un problema de percepción? ¿Son los fantasmas solo sombras del lenguaje? ¿Qué habita ahí al fondo de las aguas negras del Riachuelo?
NATALIA GARCÍA FREIRE
Madrid
Querida Mariana, la primera vez que escribí una carta tenía cinco o seis años y sabía escribir muy pocas palabras. Eran mis hermanas las que escribían cartas y las quemaban. Le escribían cartas a nuestro tío muerto y me dijeron que era lo que había que hacer para mantenerlo al tanto de todo. Yo no recuerdo qué escribí, asumo que sería un saludo y mi nombre. Recuerdo que me encantaba escribir la palabra garabato, con la g con la cola como la de un gato, la había practicado muchas veces, así que quizá llené la carta de garabatos. En fin, escribir era eso: hablar con los muertos.
Todavía me interesa eso de la escritura. No su utilidad o efectividad para contar una historia, sino la posibilidad que nos brinda de ir a dónde ya no hay lenguaje: la muerte, el balbuceo, la locura; escribir para ver fantasmas, para que aparezcan los que se fueron, para rasgar un poquito la realidad y ver su reverso. Lo que me conmueve es eso que se abre y descoloca. El momento en el que no hay nada que entender, solo una fisura que se abre como las grietas en la tierra tras un terremoto.
En la Broma infinita, Foster Wallace escribe que el infinito es el espacio entre dos pensamientos y a veces siento que la escritura es eso, el espacio entre dos pensamientos, el paréntesis en el que aparentemente no hay nada, que escribimos todos los pensamientos para llegar a ese espacio vacío. Como escribían mis hermanas sus cartas para luego quemarlas, para hablar con los muertos confiando en que el deseo profundo de hacerlo bastaba.
Y creo que ese instante se alimenta de lo que debería estar y no está, de lo que debería ser bello y resulta siniestro, de lo que debería dar miedo y nos da risa, de lo que debería darnos ternura y nos resulta atroz. Como la niña que canta «In heaven everything is fine» en Eraserhead de David Lynch. Mientras escribo, ha aparecido el recordatorio en mi teléfono de que debo contactar con un gestor para poder empezar a tributar en España: lo siniestro.
Y yo con mi bata de señora escribiendo cartas que no quemaré con todos estos pensamientos sin llegar al infinito, ni al cielo, cuando la vida me exige facturas y llamadas a un hombre que no conozco, pero en el que deberé confiar más que en cualquier otra persona: mi futuro contable.
In heaven everything is fine, querida Mariana, y espero que en Buenos Aires también.
Te abraza, N.
MARIANA ENRÍQUEZ
La Plata
Querida Natalia, te escribo desde la ciudad donde pasé mi adolescencia, una ciudad universitaria famosa en Argentina por ser una especie de centro ineludible de cultura juvenil. Siempre que la visito y veo viejos amigos, recordamos nuestras juventudes tóxicas. Me puse a pensar si, en aquellos días, nos escribíamos cartas. Es curioso: recuerdo la sensación de recibir una carta, el cuidado para rasgar el sobre sin mutilar el papel dentro, incluso el uso de vapor para poder abrirla con mayor cuidado. Sin embargo, no recuerdo haber escrito cartas, ni de quién las recibí. Me dio tristeza. Aquí hace mucho calor y en cada habitación hay un aire acondicionado o un ventilador. El verano siempre me causa nostalgia, como si en algún lugar existiera un estío platónico, un sol perdido.
Vine a la ciudad para entregarle dos huesos a mi mejor amigo. Sucede que planeo mudarme pronto y en Australia, hacia donde voy, no puedo llevarme a mis muertos. Uno de ellos se llama Tati: es una calavera que encontré, en esta ciudad, cerca de la Facultad de Odontología. Supongo que la abandonó un estudiante, porque le falta la dentadura. Lo sé, lo sé: debería haberla entregado a, no lo sé, ¿la policía? ¿Una organización de derechos humanos? Pero me la quedé porque primó, en ese momento, un pensamiento literario. En la novela Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, la protagonista, Alejandra, le cuenta a su amigo Martín que su bisabuelo fue degollado por la Mazorca, un grupo de choque del gobierno de Rosas, caudillo argentino de mediados del siglo XIX. Y, después, le explica que la cabeza fue conservada en la casa por su familia, los Vidal Olmos. Se la muestra: la cabeza está en una caja. Martín se espanta pero Alejandra le dice, parafraseo, qué otra cosa se puede hacer con una cabeza, no podemos enterrarla sin el cuerpo. Así que entonces imité a Alejandra, una de mis heroínas literarias, en vez de hacer lo correcto.
El otro hueso es una tibia que robé de las Catacumbas de París. Espero que no me consideres un monstruo y tengo una explicación para ese robo también. Es que en tu carta hablabas de muertos, y me tomó por sorpresa la coincidencia porque, cuando la leí, estaba cargando con huesos.
Sobre la escritura: también creo que es una especie de magia. ¿Necromancia, quizá? En todo caso, se trata, como en una plegaria, de poner palabras en un determinado orden para crear una realidad, alterarla o revelarla. La escritura hace aparecer algo en el vacío. Yo le tengo infinita confianza. Un abrazo, Mariana
NATALIA GARCÍA FREIRE
Madrid
Querida Mariana, me encanta imaginarte en verano, con esa nostalgia tan extraña, calurosa y descolocada. Tan lindo lo que has dicho: un estío platónico, un sol perdido. Me hace pensar en Mario Levrero: «todos los veranos son como una muerte para mí». Yo sé poco del verano, del bochorno, de los ventiladores; los pocos veranos que he pasado en Madrid los he sufrido como un animal moribundo. Y al imaginarte llevando huesos bajo ese sol tremendo, el sudor, lo despacioso del tiempo, te he pensado como una especie de Sísifo, cargando a tus muertos cuesta arriba, nada monstruosa: absurda y feliz.
Acá es invierno y yo miro por la televisión documentales de mapaches o koalas que a mi gato le encantan, mientras corrijo textos de alumnos de talleres de escritura. El gato mira atento la televisión sin sonido y maúlla cuando le hacen un primer plano a algún mapache. Nos mira un bosque de mentira. Extrañamos nuestro bosque de verdad. Este frío no se parece al que dejamos, un frío de altura, de cachetes chamuscados y chuquiraguas y gotitas de rocío en los geranios y las buganvillas del jardín, de insectos que el gato perseguía de madrugada. Cuando escribo, busco ese viento y la humedad que ya no habito. ¿Qué crees que cambie al escribir cuando estés en Australia? ¿Cómo atraviesa la geografía nuestras palabras? ¿Robarás huesos allá donde vayas?
Me ha fascinado la historia de Tati, el pensamiento literario sobre cualquier lógica de la vida, la forma en la que los libros nos convierten en monstruos absurdos y felices. Leí Sobre Héroes y Tumbas y creí que iba a volverme loca, pero no volví loca del libro, volví bastante aliviada, como si lo tenebroso de Alejandra hubiese supuesto algún tipo de catarsis. Lo sentía incluso en el cuerpo. Algo había cambiado. Y volví a leerlo, ansiosa, con ganas de ver otra vez la casa, el mirador, a Martín, los pliegues de la boca de Alejandra, princesadragón, princesavampira. Cuando era niña, mi padre inventó un juego: en la madrugada, cuando dormíamos (mis dos hermanas y yo en una cama pequeñita) entraba a gritos, alguna vez con una máscara, y nos asustaba. No recuerdo que nos hayamos reído nunca más que tras esos sustos de muerte. Cada noche esperábamos que fuese la noche en que papá nos asustara porque después venía un alivio enorme y totalmente inesperado. ¿No hay algo de eso en el miedo y lo tenebroso en la ficción?
Necromancia, dices en tu carta, y es así. Magia oscura que ilumina. Un abrazo lleno de frío seco madrileño, Natalia
MARIANA ENRÍQUEZ
Buenos Aires
Querida Natalia, ¿Cuándo te mudaste a Madrid? ¿Dónde vivías antes? ¿Dónde empezaste a escribir? Perdón por empezar esta carta de forma tan abrupta, es grosero disparar un interrogatorio, pero es que también me pregunto cuánto cambia nuestra escritura con la geografía y la lengua. Siempre que encuentro a Samantha Schweblin, a quien conozco desde hace veinte años cuando recién empezábamos a publicar, hablamos sobre la Lengua. A ella le preocupa su «castellano» y a la vez le resulta fascinante. Vive en Berlín, su círculo social está formado por otros latinoamericanos pero claro, ¡todos hablamos distinto! A mí me cuesta unos cinco minutos acostumbrarme al castellano chileno: llego al aeropuerto y podría estar en Finlandia. Muchos términos mexicanos los entiendo sólo por contexto. Ah, ¿y qué son las chuquiraguas? Podría googlearlo, pero prefiero que me lo expliques.
Vuelvo a Samantha. Ella siente que su porteño está contaminado, que es algo anacrónico, o quizá evolucionado. El proceso de escritura cuando la lengua es lejana debe ser muy diferente, aunque ella asegura que, en su caso, el teclado está en Alemania y su cabeza en Argentina. Solo que su presente no está en Argentina, así que se pierde el habla diaria. ¿Importa tanto?
No sé cómo cambiará mi escritura rodeada del inglés: en principio, como una armadura, me acerqué a unos argentinos que venden paellas en una feria de alimentos en Launceston, a un chileno periodista de tenis que vive en Tasmania, y le pedí a mi marido que, en casa, me hable solo en castellano. ¿Cómo sentís tu castellano? ¿Le decís español? ¿Tu círculo cercano de hablantes es ecuatoriano, latinoamericano extendido, madrileño?
Siempre me fascinó que Samuel Beckett eligiera deliberadamente el francés en 1946, un año después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Alguna vez dijo que prefería «Francia en guerra a Irlanda en paz», pero sin embargo volvió varias veces a su país. No sé si lo odiaba, pero decía tener recuerdos de su estancia en el vientre materno, y esa memoria era tormentosa y claustrofóbica, de ahogo. Quizá la relacionaba con su patria y su lengua. Luego lo intelectualizó y aseguró que necesitaba el extrañamiento de la lengua para la creatividad: de hecho, escribió la espléndida Esperando a Godot en francés.
Qué divertido lo de tu padre por las noches, al mío jamás se lo hubiese ocurrido algo así. Mi tío era el de las bromas, aunque conmigo le salió mal. Jugaba con tirarme a un río al que llamamos Riachuelo, que está muy contaminado. Me tomaba en brazos y gritaba: «¡uno, dos, tres!». El tres era el chapuzón que por supuesto nunca ocurría. Quedé traumatizada. Al menos ahora escribo sobre el Riachuelo, que es mi agua negra lovecraftiana.
Se acaba de desatar una tormenta de verano con granizo. Un abrazo, Mariana
NATALIA GARCÍA FREIRE
Querida Mariana, volví a Madrid hace menos de un año. Había vivido aquí antes, entre el 2015 y 2017. El resto de mi vida la he pasado en Cuenca, Ecuador. Una ciudad del austro, rodeada de bosque de páramo. Empecé a escribir ahí. Y mi primera novela la escribí la mitad en Madrid, la mitad allá. ¿Dónde y cómo empezaste a escribir vos? ¿En dónde nacieron las obsesiones, tu lenguaje de terror y extrañamiento?
Me gusta pensar que todo atraviesa la escritura: la lengua, la geografía, el irse, el volver, la familia, el amor. Ahora en Madrid estoy rodeada de amigos latinoamericanos (Chile, Perú, Argentina, Ecuador) y también españoles de todos lados (andaluces, madrileños, catalanes, navarros) y eso me fascina. Hay tantas lenguas españolas. Todos hablamos distinto, pero el otro día donde unos amigos nos descubrimos hablando un código compartido con los latinoamericanos: el de las telenovelas. Todos podíamos hablar María la del Barrio o El privilegio de amar o Amazonas. Cantábamos las mismas canciones, decíamos las cosas que decían los personajes (pa’sumecha; serena, morena). Al menos nuestra educación sentimental hablaba exactamente el mismo idioma. La literatura, el cine, la música también se vuelve eso, ¿no? Códigos compartidos que nos permiten sentirnos cerca de cualquier persona. Supongo que vivir lejos hace que siempre estemos buscando esos sitios seguros, como vos al acercarte a los argentinos que vendían paellas en Lauceston. Pero pienso también en todo lo que se gana al habitar lo extraño. Pienso en Rosario Ferré, escritora puertorriqueña, que traducía su propia obra y fue encontrando ahí una forma de escribir distinta, pasaba del español al inglés y del inglés al español como forma de expandir sus libros, de reescribir saltando de una lengua a otra. Creo que todo nos atraviesa, hasta cambia nuestra personalidad en otras lenguas. Yo en España me siento mucho más tímida que en Ecuador, pero recuerdo que tuve un novio de Wisconsin y hablando en inglés era atrevida y un poco peleona.
Como a ti, a mí me cuesta cinco minutos acostumbrarme al castellano de cualquier sitio. Y siento que mi habla diaria se mimetiza con quien esté cerca. Mi hermana se ríe cuando hablamos por teléfono porque dice que tardo un rato en volver a ser cuencana. Creo que no importa tanto, me gusta que todo se contamine, la mirada, el habla; aunque sí que entiendo a Samantha cuando dice que su cabeza está en Argentina. Mi cabeza suele estar en Cuenca, pero Cuenca se va volviendo un territorio imaginario expandido y extraño, lleno de chuquiraguas, que son flores del bosque de páramo, son altas y pinchocitas, de color naranja (como cuencana diría: color tomate), son raras porque todo en el bosque de páramo es pequeñito, las flores son de caramelo pegaditas al suelo y los arbustos son enanos. Es como un gran colchón de agua y de repente aparecen las chuquiraguas como flores de florero de la abuela porque parecen cubiertas por esas mallas de plástico que les ponen a las flores. Son de verdad y parecen de mentira. (Te pongo una foto abajo)
El páramo es así, parece de mentira de lo extraño que es, y dan ganas de lanzarse de cabeza en todos los pajonales como si fuesen agujeros de gusano y hay lagunas por todos lados, espejismos. Creo que todos escribimos desde algo fundacional, abrazándolo o rechazándolo o transformándolo en algo distinto en cada encuentro con el lenguaje. Me gusta pensar que miniaturizamos todos los paisajes (pasados y presentes) y hacemos collages con ellos. Al menos yo lo hago y no me importa usar una casa de aquí, un bosque de allá, crear una geografía alucinada porque el lenguaje permite que habitemos todo al mismo tiempo. El lenguaje crea nuestra cuarta dimensión, ¿no? Como si abriéramos puertas para guardar cosas que no caben en ningún otro sitio. Y ahí cabe todo. Como en tus aguas negras lovecraftianas.
Cuéntame cómo es una tormenta de verano en Argentina. Natalia
MARIANA ENRÍQUEZ
Melbourne, Australia
Querida Natalia, ¡Qué hermosas son las chuquiraguas! Ah, las tormentas de verano en Buenos Aires. No puedo decir nada romántico de ellas. Nunca me gustaron las tormentas, es una aprensión histórica y justificada. Sufrí inundaciones en todas las casas donde viví. En especial en la casa de Lanús, al sur de Buenos Aires, mi casa natal, la que queda cruzando ese río lovecraftiano, el Riachuelo. Recuerdo la calle vista por la ventana como un río oscuro, en el que flotaban plásticos y ramas de árboles. Cuando mi madre era adolescente pasó un día entero en la terraza de esa casa –en Argentina le decimos «terraza» a la azotea- esperando a que bajasen las aguas.
En La Plata, la ciudad donde viví de adolescente, a solo 50 kilómetros de Buenos Aires, mi barrio también se inundaba, pero yo vivía en un primer piso, podía ver el barrio bajo el agua desde el balcón. En 2013, La Plata quedó bajo más de dos metros de agua: mi mejor amigo, Ariel, salió de la casa con sus perros en brazos, el agua por encima de la cintura. Hubo más de 50 muertos.
Ahora estoy en Australia, donde me mudé: acabo de comprar una casa en Launceston. Esa ciudad tuvo una enorme inundación hace cuarenta años, así que con mi pareja decidimos que el barrio elegido fuese en altura, una colina muy cerca del centro y muy por encima del río. Si el agua nos alcanza será porque llegó el fin del mundo. Acabo de hablar con mi madre: hace unos días una tormenta dejó unas 13 personas muertas en Bahía Blanca, no tan lejos de Buenos Aires, pero no alcanzó la capital. Se la escuchaba aliviada: la última inundación le arruinó muebles, fotos, el suelo de madera. La destrucción del agua es horrible, es tristísima. En la casa que acabo de dejar para mudarme del otro lado del mundo tenía tres compuertas: el agua entraba desde la calle, pero también desde los desagües del patio interno.
Así que, entonces: las tormentas de verano en Buenos Aires son espantosas.
Empecé a escribir en La Plata cuando tenía 17 años. Estaba en mi último año del colegio secundario. Escribí una novela, Bajar es lo peor, que se publicó en 1995. Yo era muy atrevida y me drogaba con lo que me pusieran delante. La novela tenía elementos de terror que nadie reconoció como tales, aunque yo se los había robado a Clive Barker de su novela The Hellbound Heart, que seguro conocés por la película Hellraiser.
Con los años, mi imaginación se llenó de las aguas negras del Riachuelo, un trauma, como todo fantasma, un signo de que el pasado no ha pasado, como decía Faulkner. ¡Me olvidaba! En Estados Unidos, quise visitar la casa de William Faulkner en Oxford, Mississippi: tenía que ir desde Memphis, es un tramo corto. Me lo impidió una tormenta bíblica, de cielos negros y granizo, el gótico sureño en acción.
Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El País, The Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés.
Mariana Enríquez. Nació en 1973 en Buenos Aires. Es periodista y docente. Publicó las novelas Bajar es lo peor (1995), Cómo desaparecer completamente (2004) y Este es el mar (2017), los libros de cuentos Los peligros de fumar en la cama (2009), Las cosas que perdimos en el fuego (2016) y Un lugar soleado para gente sombría (2024), las crónicas de viajes Alguien camina sobre tu tumba (2013), el perfil La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo (2014) y los libros ilustrados Ese verano a oscuras (2019) y El año de la rata (2020). En 2019 su novela Nuestra parte de noche recibió el Premio Herralde. En 2021 editó su obra periodística en El otro lado y en 2023 el memoir Porque demasiado no es suficiente. Ese mismo año estrenó No traigan flores, perfomance de lectura en teatros. En septiembre de 2024 se le otorgó el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso. Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas.
Natalia García Freire. Nació en Cuenca, Ecuador en 1991. Actualmente trabaja como profesora de Escritura Creativa, Relato breve y Novela en la Escuela de Escritores de Madrid. Publicó Nuestra piel muerta (2019), Trajiste contigo el viento (2022) y La máquina de hacer pájaros (2024). Su obra se ha traducido al inglés, francés, italiano, turco y danés. Tenía un jardín, cruzó el Atlántico con el gato y todavía escribe.
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