COORDINADO POR VALERIE MILES

Fotografía de Nina Subin, Ivan G. Fernández y Ramón Boadella.

VALERIE MILES

Se dice que al mirar lo cotidiano se descubre el misterio que en sus objetos y situaciones habita y es la esencia de lo poético. Solo los seres humanos, según Steiner, poseen ese extraño don de la posibilidad: la capacidad de abrir mundos alternativos con una breve palabra de dos letras: si. Pero ojo, los escenarios de la memoria son siempre sospechosos y escribimos para pensarlos, para comprenderlos. Pero, comprender, ¿es posible? «Siempre sospechosa, la memoria, efectivamente», responde ella. Y el recuerdo se vuelve una ficción permanente, un cuadro, un lugar, que reescribimos cada vez que regresamos a ella.


RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Gijón

Querida Sònia: la última vez que te vi (aunque acaso fuera también la primera: a lo largo de los años he fiado demasiadas cosas a la memoria, hasta el punto de convertirla en otro instrumento de la ficción, y la ficción, por naturaleza, es un asunto delicado) nos encontramos en un bar de Barcelona.

En mi recuerdo transcurría el mes de febrero, tú llevabas una bufanda que hacía juego con el color de tus ojos (tienes unos hermosos ojos) y había demasiada gente alrededor. Y no gente cualquiera, sino escritores. Una cofradía festiva y ya decididamente embriagada (veníamos de un premio: era la hora de quitarse las máscaras) que hacía difícil la conversación. Ya sabes: mucha gente a la que saludar, tantos rostros conocidos, esa frágil epidermis que el contacto con tus pares va construyendo sin pretenderlo, sin buscarlo, seguramente sin quererlo.

Creo que te hablé de los Pissimboni, de su tacto fantasmal y a la vez tan certeramente tangible, y de que el asombro sigue pareciéndome la única categoría válida a la hora de enfrentar el mundo. Y quiero pensar que tú, qui pro quo, mencionarías alguno de mis libros (¿ciertas páginas sobre Rothko?, ¿por qué soñar una infancia para Jesús?, ¿de dónde nacía esa lacerante fascinación por la sevicia humana?), y que nuestra conversación seguiría pautada por interrupciones, circundada por manos que agarraban manos, y por sonrisas que mostraban todos sus dientes, y que en algún momento yo, siempre esclavo de los aviones (vivir en la periferia, ser excéntrico en el sentido más diáfano del término, me obliga a menudo a llegar el último e irme el primero), me despedí de ti con la promesa, o con la esperanza, o con el simple deseo de retomar nuestra conversación sin el sonido y la furia que nos rodeaban.

Y me pregunto, y te pregunto, en este episodio inesperado del reencuentro epistolar, al modo de una botella lanzada al mar de tu indulgencia, si estas líneas esconden algún atisbo de verdad compartida; si estos recuerdos son algo más que notas a pie de página de esa novela extraña (la más extraña de todas las novelas que podríamos soñar) que es nuestra propia vida; si estas imágenes que extraigo ahora mismo del cajón de sastre de mis años son algo más que otra razzia confío que inocua en los escenarios de una memoria siempre sospechosa. Un abrazo, Ricardo

SÒNIA HERNÁNDEZ

El Masnou, 23 de abril

Querido Ricardo: alargo, escarbo y excavo en este asombro festivo, liviano y alegre, que supone este reencuentro: la posibilidad de cumplir finalmente la promesa siempre aplazada de charlar con más calma.

Recuerdo, efectivamente, el encuentro en la tumultuosa celebración del premio de Barcelona en aquel mes de febrero (un mes siempre infantilmente festivo para mí porque es el de mi cumpleaños). Me gusta la idea de los recuerdos fijados en imágenes como notas a pie de página de la memoria, de la novela que es la vida. Sé que no lo has escrito exactamente así, pero recojo la idea y la transformo, probablemente simplificándola. De hecho, ¿no crees que siempre hay una inevitable apropiación en la adaptación de las palabras ajenas para que encajen en nuestro propio esquema? A veces me obsesiona esa imposibilidad de entender exactamente lo que ha dicho el otro o de hacer entender exactamente lo que pretendíamos decir.

Pues como pretendía decirte, aquella celebración resultó especial por las notas a pie de página que suponen ahora el encuentro contigo y el tiempo que compartí a la mesa con Pablo Aranda. Permíteme que lo recordemos juntos. He conocido muy pocas personas con la generosidad y el entusiasmo de Pablo Aranda dentro de esa cofradía festiva y esa epidermis de escritores que tan bien describes. No deberían asombrarnos estos encuentros, y, sin embargo, su excepcionalidad los convierte en esos pequeños hitos que contribuyen a estructurar el paisaje.

Sí, en el encuentro en febrero en Barcelona hablamos de los Pissimboni y también de la presencia del arte en tus libros. Algunos de ellos tienen una aparición destacada, en otras notas a pie de página de mi memoria. A finales del mes de marzo de ese mismo año, murió mi padre, y en septiembre me invitaron a una residencia literaria en Braga de dos semanas. Me acompañaron La novela luminosa de Mario Levrero y tu No entres dócilmente en esa noche quieta. Tuve un par de charlas en institutos de secundaria de la ciudad. Las comencé hablando del caballo pintado por Han Gan que empezó a cojear porque el artista de la dinastía Tang había olvidado pintar uno de sus cascos: la historia con que abriste el libro sobre el duelo por la muerte de tu padre. Yo he sido incapaz de escribir algo consistente sobre mi duelo, que no es necesariamente lo mismo que la muerte de mi padre. Aparece el tema fugazmente en algunos cuentos recientes. Es redundante decir que tu libro –considero uno de sus principales méritos la huida de la complacencia o de la reconciliación sin matices– me acompañó. Intenté escribirte para contártelo, pero tampoco resultó la conversación prometida. El año pasado, después de una operación quirúrgica, una lectura de convalecencia fue Los muebles del mundo. Entonces ni siquiera te envié un mensaje breve para decirte cuánto me habían gustado los relatos. Tal vez pensaba que llegaría el momento de trasmitírtelo, tarde o temprano, explicitándolo, o sencillamente, dejando que formara parte de la historia, como mínimo, de la parte que se percibe desde este lado. Siempre sospechosa, la memoria, efectivamente. Un abrazo, Sònia.

P.S. Hoy es el día del libro. Ayer estuve en otra de esas fiestas literarias tumultuosas. No coincidimos. Espero que este 23 de abril te depare momentos agradables. Para mí lo ha sido recordar el territorio mental y anímico que establecieron tus libros en diferentes momentos.

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Querida Sònia: a propósito de la compañía que ciertas obras regalan en momentos difíciles, permíteme compartir contigo dos versos de Carlos Marzal: «De vivir nos consuela sólo el arte, / que es estar con la gente, sin la gente».

El homo sapiens es un animal religioso, que no puede existir sin vincularse a un principio de causalidad, a la búsqueda de un fundamento, pero existen muchas formas de religación, y no todas pasan por identificarse con un lugar de trascendencia o con un credo al uso. Para quien concibe lo divino como un fantasma de la conciencia y reduce el misterio teológico a un misterio antropológico; para quien descubre en la Historia un vértigo sin dirección ni sentido, carente de cualquier asomo de finalidad, el horizonte de consuelos se reduce, acaso, a uno solo: la belleza, cuyo culto es la forma más incruenta de idolatría que conozco. No en vano, por culpa de todos los ismos estéticos que en el mundo han sido, ha muerto muchísima menos gente que en nombre de las religiones del Libro o en nombre de las distintas filosofías del progreso pergeñadas.

Confieso que cada vez que la dignidad humana fracasa siento la tentación de dimitir de la realidad y esconderme en un agujero al que no llegue el ruido de nuestra codicia. Cuando era muy joven, la primera vez que visité Florencia, en Santa Maria Maddalena dei Pazzi, un agustino feo como el Gog de Papini y cáustico como la Esfinge de Sófocles me relató la historia de su vida, además de regalarme un sermón acerca del sentido de la muerte de Jesús y el concepto cristiano del perdón. Luego, guiándome a través de una cripta, me condujo hasta la sala capitular del templo. Allí, iluminado por un decrépito foco, me aguardaba uno de los frescos más hermosos de la historia de la pintura: la Crucifixión de Pietro Vannucci, conocido como Perugino, el maestro de Rafael.

Durante una hora, mientras contemplaba aquella obra pintada cinco siglos antes, el mundo, con sus afanes, quedó cancelado. Y la existencia de la belleza se me mostró entonces tan objetiva como la del mal que nos rodea. Pues constaté sin remedio que ambas eran obra de la misma mano: los poemas de Jorge Manrique y los tribunales del Santo Oficio, el David de Miguel Ángel y las soflamas de Savonarola, el genio de Celan y el oscuro empeño de los Lager nacieron bajo idéntico astro.

No creo que la belleza tenga muchos adeptos entre la élite de patronos y consejeros áulicos que dirige el mundo. La belleza no tiene bandera conocida; la belleza no cotiza en Bolsa; la belleza no es un combustible ni una materia prima. Su misterio radica en su inutilidad, en ser, según la célebre imagen de Pessoa, un camino que viene de ninguna parte y a ninguna parte conduce. Pero entonces, ¿para qué le sirve aún hoy, al hombre que una vez fue un muchacho asombrado en Florencia, la Crucifixión de Perugino de Santa Maria Maddalena dei Pazzi?

Para consolarle, para eso le sirve, para librarle de la aflicción de unos tiempos en los que la dignidad humana es crucificada todos los días. Te abraza con afecto, Ricardo.

p.d.: Pienso a menudo en los amigos muertos: Pablo Aranda, Fernando Marías, Enrique de Hériz. Se fueron demasiado pronto.

SÒNIA HERNÁNDEZ

Querido Ricardo: ¿y quién o qué nos consuela de la belleza? No es una referencia a Stendhal, quizás está más cercana a la crueldad eliotiana de las tardes rutilantes como la de ayer.

Me vienen al pensamiento algunas flores reproducidas en pinturas barrocas que se muestran en su esplendor porque justamente ya ha comenzado su decadencia, inmersas en el proceso de putrefacción. Su olor se hace más denso, más pegajoso y demasiado dulce, como el exceso de los tanatorios. Naturalezas muertas.

Poco antes del final esas flores son más carnosas. Han superado el equilibrio o la virtud del término medio, ese punto en el que todo parece dispuesto en el lugar que le corresponde y para siempre. Me parece que tiene mucho que ver con la belleza y el consuelo que proporciona: la posibilidad de lo definitivo y de lo eterno porque ya no hay nada más allá y todo parecía conducir hasta allí. La armonía con el conjunto. A su manera, esas flores que empiezan a pudrirse son también el consuelo de una victoria: han ganado porque han sido. Y por eso conmueven. Es la misma victoria que la inutilidad de la belleza.

Tal vez se trate de un tópico o de un lugar común –entre tanto tumulto a veces cuesta separar el grano de la paja–, pero hace un tiempo que le doy vueltas a la idea de la posibilidad. Ya no se trata de lo invisible que se hace visible, sino de lo que jamás podremos ver, aunque podría existir en otro tiempo y con otras variables. Sin ser, forma parte de nosotros. Cualquier concreción sería, precisamente, una acotación; cuando, como tan bien has escrito, se trata de negar el dolor de la finitud, los límites y la crucifixión de la dignidad.

Otro lugar común o tópico: la grandeza. Las cada vez más agresivas estrategias para controlar el lenguaje que parecen caernos encima como las borrascas o tormentas que se suceden, o como el aire de los tiempos, consiguen que se les tenga miedo a algunas palabras. Se podría superar ese temor intentando que esas palabras alcancen la capacidad de conmovernos que tienen la poesía, la música o el color. No al revés, todo lo contrario de rebajar nada. Conseguir la parábola perfecta. Se me ocurre que esa podría ser una buena prueba de resistencia o competencia. Hasta allí sólo he llegado con las posibilidades que me ha dejado imaginar el arte. Pienso en las inquietantes obras de Maruja Mallo o Leonora Carrington, sólo como ejemplos más obvios. Lo difícil es encontrar un suelo firme más allá de los sobresaltos oníricos, extáticos o metafísicos que pueden coleccionarse bulímicamente.

Últimamente tropiezo frecuentemente con la palabra habitar, en títulos, canciones, artículos y ensayos. Residencia en las posibilidades. Puede sonar a eslogan para animar a la simplificación y al consumo de todo lo que los poderosos ponen a nuestro alcance, cuando querría estar lejos, en el asombro producido por la vastedad de la experiencia en la que nos coloca el arte. No nos invita a nada. Nos invitan los supermercados. Un abrazo, ansiosa por seguir leyéndote, Sònia.

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Querida Sònia: cuántas cosas encuentran acomodo en tu carta. Qué amplia y espléndida paleta de ideas. Son líneas que me refuerzan en cierta convicción que me acompaña desde joven: que escribir bien es pensar bien. Que escribimos para pensar mejor.

De ese conjunto de ideas quiero rescatar una, que desde hace años me seduce y atemoriza a partes iguales, y cuya fuerza en mi vida reciente asocio a la certeza de que mi tiempo existencial se ha acelerado, y de que esa aceleración habla alto y claro, como nunca antes, de las servidumbres de la edad. (Permíteme una confesión sin duda pueril: cumplí 54 años en febrero, pero tengo la impresión de que, al menos, una década de mi vida me ha sido hurtada. Es como si no consiguiera recordar todos los años que he vivido).

La idea en la que deseo profundizar es la idea de posibilidad.

Durante la redacción de mi último libro, Vidas irrevocables, un volumen dedicado al género del retrato en los fondos de la pinacoteca más importante de Asturias, el Museo de Bellas Artes, jugué a imaginar existencias alternativas para personas reales. Los rostros de los retratados eran la coartada para urdir otras vidas. Así, convertí a un pintor decimonónico en traficante de esclavos, a un evangelista de El Greco en poeta neoparnasiano o a una señora de la alta burguesía madrileña en cantante lírica. Mientras el libro crecía me asaltó una sensación de insaciabilidad que se concretó en un sintagma paradójico: Quiénes fuimos donde no estuvimos.

Escribes con singular agudeza: «Ya no se trata de lo invisible que se hace visible, sino de lo que jamás podremos ver, aunque podría existir en otro tiempo y con otras variables. Sin ser, forma parte de nosotros». Y yo aplico esa reflexión a mi propia vida, a las infinitas posibilidades de lo que yo podría haber sido, a las inagotables reservas de existencia que nunca podré conquistar por pereza, negligencia, omisión, descuido o mala suerte: la palabra que no pronuncié en el momento preciso, el cuerpo que no compartí en el instante indicado, la página que cancelé en una mañana de ofuscación. La vida como encrucijada permanente. Y la evidencia de que lo inexplorado es infinitamente más grande y resonante de lo que escogí abrazar. (Recuerdo a vuelapluma en «Quiero solazarme», la parte de Señores y sirvientes que Pierre Michon dedica a Antoine Watteau, un párrafo memorable en el que se desencadena la angustia del pintor por no poder poseer, de la forma más groseramente material, toda la belleza que los millones de mujeres que en el mundo existen, encarnan).

Así que me pregunto si, en realidad, la literatura no ha operado en mí como un gigantesco repositorio de posibilidades. Porque no puedo conocer a todas las personas que me rodean, porque no puedo visitar todos los países que existen, porque no puedo hablar todas las lenguas que quisiera, la literatura me ha devuelto no sólo el tiempo perdido, sino los tiempos que discurren paralelos y simultáneos a mi propia existencia. La literatura me ha centuplicado; la literatura me ha travestido; la literatura me ha instalado en lo que tú llamas «otras variables».

De manera que esta superación de la finitud que es la literatura, este elogio de la posibilidad que es la escritura, quizá me haya conducido otra vez al nicho abrigado y familiar de mi anterior carta: la pregunta por el consuelo. Un abrazo, Ricardo

SÒNIA HERNÁNDEZ

Querido Ricardo: soy de las que acostumbran a leer subrayando con lápiz. Y tener que sacar punta —y conservar las virutas en un frasco de cristal— y observar cómo el lápiz va menguando. Con el subrayado, me apropio de las palabras de otros, refuerza para mí la existencia de lo que se dice. La fascinación por los lápices consumidos como reliquia de uno mismo que sentía el genial pintor Vicente Rojo acentuó la mía propia.

Subrayaría buena parte de tu carta. Qué magnífico título es Elogio de la posibilidad. Definición impecable para la escritura.

En cuanto encuentre el momento —para mí también se ha acelerado el tiempo y se pierde por no sé qué conducto que además de irrecuperable lo hace irreconocible— cumpliré con el ritual de ir a esa librería que me gusta tanto a buscar o encargar tu libro sobre las posibles vidas de los retratados en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Qué magnífico título es Quiénes fuimos donde no estuvimos. Cuántas posibilidades en esos dos libros. ¿Estará ahí también la conversación que se vislumbra inacabable y por eso es siempre susceptible de dar consuelo?

He hecho referencia a dos rituales, el del lápiz y el de la búsqueda de un libro [en la librería preferida], porque después de muchos años de terapia y con terapeutas diferentes, la conclusión más consistente a la que me han hecho llegar es que debo ser más realista. Hacer de los pequeños gestos toda una liturgia para aprender a verlos. Escribimos para pensar mejor, dices tan acertadamente que se convierte en sentencia. Es el único sentido que le encuentro a la escritura. Hacer, así mismo, toda una liturgia para aprender a ver. Escritura, lectura y pensamiento para mí se confunden hasta ser lo mismo. La exploración de las posibilidades de lo que nos asombra, de las imágenes que nos asaltan, de los lenguajes que no entendemos, de la dignidad humana que fracasa, de la belleza que nos hiere o nos salva. Mi escritura se ha ganado la etiqueta de densa, filosófica o psicológica por esa exploración, también de literatura fantástica. Me reconozco en el extrañamiento. Sea como fuere, el caso es que creo que no me ayuda a ser realista.

El arte que reproduce o imita la realidad también puede conmovernos, lo cual, sin duda, es una forma de trascender lo que representa. Sin embargo, cuando leo tu enumeración de las posibilidades descartadas no puedo dejar de pensar que esa parte de la vida es mucho más extensa que los pequeños gestos realizados. Tal vez se fueron allí también esos años que nos han robado. Coincido contigo en que el único consuelo es ese gigantesco repositorio de posibilidades al que recurrir que son la literatura y el arte al que te refieres. Me proporciona una especie de sosiego pensar que todas esas pegajosas especulaciones en las que con frecuencia me quedo atrapada podrían ser trayectos similares al del jovencito por una cripta en Florencia. Él encontró el consuelo ante la Crucifixión de Perugino. Cuánta calma, ahora.

Un abrazo, Sònia.

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Querida Sònia: los reyes y sacerdotes sumerios acordaron que el sistema cuneiforme fuese utilizado por los escribas para regimentar el pago de impuestos, no para celebrar la exaltación amorosa o el elogio de la naturaleza. La función seminal de la escritura entre las civilizaciones antiguas, según Lévi-Strauss, era «facilitar la esclavización de otros seres humanos». Aun así, llegará un día en que el diccionario se convierta en un tesoro. Incubación significa, literalmente, «dormir en lugar sagrado».

Durante este tiempo hemos «incubado» esta humilde correspondencia que me ha regalado instantes de una rara felicidad. A veces me he sentido como un viajero que escribía cartas a casa. Sólo que en ellas no celebraba costumbres ajenas o un recuento de ruinas, sino el consuelo de ciertos dioses: el enigma del arte, la complicidad de la inteligencia. Las cartas que me llegaban desde casa eran muy hermosas. Incluso en la última que recibí pude descubrir que a mi corresponsal la adorna la más gozosa de las conquistas que la edad regala: la serenidad.

Con esa calma me despido de ti, lleno de gratitud y de confianza en que, algún día, esta correspondencia halle su continuación frente a tu mar o el mío. Y que ese día la reencuentre en carne y hueso, como en cierto bar de Barcelona, aunque esta vez sin una multitud en torno. Brindo por ello con este abrazo, Ricardo.

SÒNIA HERNÁNDEZ

Querido Ricardo: te escribo a mano. Con la pluma que me regalaron mis padres cuando publiqué el primer libro de relatos. Otra especie de ritual para poner fin a este ceremonial a la vez de iniciación y de elevación. Este pueblo de mar lleva más de seis horas alterado por un apagón que parece afectar a todo un país, a toda una península. Me ha obligado a un cierto encierro, como pasó hace unos años. Soy una obsesiva de las fechas. En el confinamiento de esta tarde —en la terraza se oyen los vencejos— se clausuran estos días de recogimiento compartido.

Este mediodía en la calle, una mujer alertaba a una pareja joven con un bebé de las fatídicas consecuencias que tendrá este apagón. Siempre hay adalides del apocalipsis dispuestos a avisarnos de las señales que nos amenazan. Estos tiempos, afortunada que soy, he podido mirar contigo algunas de esas señales y avisos amenazantes, pero para certificar que es posible detenerlos con el avance de las imágenes que nos salvan y nos redimen. Gracias por tu escritura y tu pensamiento. Hasta pronto. Un abrazo


Valerie Miles. Nacida en Estados Unidos y radicada en Barcelona, Valerie Miles es escritora, editora, y traductora. Dirige Granta en español desde 2003 y fundó la colección de clásicos contemporáneos en español de The New York Review of Books durante su periodo como subdirectora de Alfaguara. Es colaboradora de The New Yorker, The New York Times, El PaísThe Paris Review, y Fellow del Fondo Nacional de las Artes de Estados Unidos, por su traducción de Crematorio de Rafael Chirbes. Fue comisaria de la exposición Archivo Bolaño, 1977-2003, con el equipo del CCCB de Barcelona, fruto de una larga investigación en los archivos privados del escritor. Su primer libro, Mil bosques en una bellota, fue publicado con el título A Thousand Forests in One Acorn en inglés. 

Ricardo Menéndez Salmón. (Gijón, 1971) es autor, entre otros, del ensayo acerca de la relación entre viaje y paternidad, Asturias para Vera; de la memoir en torno a la enfermedad y muerte del padre No entres dócilmente en esa noche quieta; de los libros de relatos Los caballos azules, Gritar y Los muebles del mundo; y de las novelas La filosofía en invierno, Panóptico, Los arrebatados, La noche feroz, la denominada Trilogía del mal —que incluye La ofensa, Derrumbe y El corrector—, La luz es más antigua que el amor, Medusa, Niños en el tiempo, El Sistema, Homo Lubitz y Horda. Escritor residente en la Bogliasco Foundation de Liguria y Premio a la Excelencia Artística del Gobierno de Baviera en la Internationales Künstlerhaus Villa Concordia de Bamberg, su obra está traducida al alemán, catalán, francés, holandés, italiano, portugués y turco.

Sònia Hernández. (Terrassa, Barcelona, 1976) es doctora en Filología Hispánica, periodista, escritora y gestora cultural. En poesía, ha publicado los poemarios La casa del mar (2006), Los nombres del tiempo (2010), La quietud de metal (2018) y Del tot inacabat (2018); en narrativa, los libros de relatos Los enfermos erróneos (2008), La propagación del silencio (2013) y Maneras de irse (2021), y las novelas La mujer de Rapallo (2010), Los Pissimboni (2015), El hombre que se creía Vicente Rojo (2017) y El lugar de la espera (2019). A finales de 2024 publicó en Acantilado el conjunto de relatos Ejercicios de inmovilidad. Ha colaborado habitualmente en varias revistas y publicaciones, como Cultura|s, el suplemento literario de La Vanguardia; Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos o Letras Libres. En 2022 apareció en México la monografía La mirada transformadora de Vicente Rojo, realizada conjuntamente con el genial artista mexicano y publicada por la Universidad Iberoamericana.
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