Permítaseme, y prometo que ya es la última, aportar una última perla relativa a la concepción que tenía Bueno sobre la mujer y el matrimonio:

«A ser más inteligente y menos arisca, tal vez lo hubiese conquistado definitivamente, como se conquista de ordinario a un hombre: por la sumisión comprensiva, tolerante y piadosa, que, si lleva en ocasiones a la mujer a despojarse de sus fueros y al olvido de su amor propio, le confiere, en compensación, una cierta dignidad maternal, de seguro y constante ascendiente sobre el carácter masculino» (1924, 202).

Pero, de las expresiones utilizadas por el autor, sin duda es «sumisión» la que mejor expresa su concepto general del deber de la compañera sentimental.

Lo que traza el autor en La herencia es un caso moral y, por lo tanto, le importa menos la técnica narrativa que la glosa de una tesis que se sirve totalmente explícita al lector, como si la novela fuera un tratado de psicología. El estilo de Bueno peca de excesivo telling, no encontramos ni rastro de objetividad narrativa o autonomía del personaje. Por estas razones nos situaríamos más cerca de Balzac o Paul Bourget que de Pío Baroja o Azorín. El lenguaje tiende de una forma especial a las afecciones orgánicas: «La probabilidad de que sobre ser escasa la hacienda estuviera embrollada le entorpeció la digestión. Sentía opresión en el epigastrio y mareos» (Bueno, 1927, 39). Pero de ese atrevimiento a la hora de intervenir dentro mismo de la narración y sacar a la luz las tripas de las motivaciones psicológicas es de donde procede, a la vez, la gracia, la especificidad que nos permite llegar al final del relato, pues Bueno desafía las retóricas tradicionales con esa descarada y nihilista búsqueda de la verdad humana. Por ejemplo, cuando fustiga la falsa caridad hipócrita de las mujeres ricas. Es un rasgo inactual, casi anacrónico, pero concede cierto empaque al autor, con el que consigue colar hacia la aprobación a sus narraciones con facilidad.

La visión de la mujer en El dolor de vivir no es tan orgánica ni cínica, a pesar de que adolece de los esquemas clásicos de la taxonomía al uso. Bueno guarda palabras positivas para Beatriz, la espiritual hermana de la prometida del protagonista:

«Hay una casta de mujeres de sensibilidad jugosa y delicada que oscilan con el pensamiento entre el amor y el misticismo. El hombre y Dios rivalizan por la conquista de su conciencia, y si el amor es para ellas una decepción, como sucede a menudo, desvían el torrente de su ternura por el cauce de la religión hacia la divinidad. El temperamento traza el destino de estas mujeres: son madres o monjas» (1924, 104).

Más claro no puede expresarse: la mujer sólo puede abrazar tres destinos; esposa devota, santa o prostituta: «Si no pueden ser esposas, se resignan a enrolarse en esa legión innumerable de mujeres que, sin romper abiertamente con la sociedad, simulan acatar sus preocupaciones externas, para poder burlar con toda impunidad sus leyes morales y sus normas de decencia» (1924, 105). Únicamente la mujer inteligente puede acompañar al hombre de talento (y es así como nos presenta nuestro autor al diputado Marcelino Jordán):

«Ni aun la bondad, como parte integrante de la belleza, le hubiera bastado. Marcelino era más exigente: necesitaba la inteligencia, sin la cual no hay diálogo posible entre dos personas unidas para siempre. Él no pedía la vasta cultura ni el talento creador a la mujer, sino una cierta comprensión de las ideas y de las cosas que humaniza el juicio que vamos formando de lo que vemos y de lo que oímos» (1924, 118).

¡No iban a ponerse a estudiar las mujeres! Llegados a este punto, ya habrá comprendido el lector que El dolor de vivir no es precisamente un manual de progresismo y, sin embargo, la novela es capaz de atrapar al lector desde la primera página. ¿De dónde proviene esta seguridad en el pulso narrativo que es el rasgo más sobresaliente de la prosa de Bueno? No cabe duda de que los ingredientes que maneja están totalmente pasados de moda a la altura de 1924: sociología decimonónica, una psicología que no es más que esa filosofía del sentido común tan propia de la burguesía y la clase media de la época, la misma de cuyas orejas tiraba con suavidad Benavente. ¿Qué discurso sólido puede construirse con ello? Manuel Bueno apuesta por la novela inactual, aferrada al pasado, y se vale de su talento para construir aforismos y acertar en la liquidación de sus párrafos. A propósito de esta singularidad estilística, Álvarez Blanco ha aportado una interesante justificación biográfica:

«La situación de penuria económica en la que se encontró doña Tomasa [la madre de Manuel Bueno, tras separarse de su marido] le obligó a enviar a Manuel a un convento bilbaíno donde permaneció, en calidad de hermano lego, entre 1881 y 1886. En el convento aprendió Manuel el latín –lengua que salpica sus artículos– y además un estilo discursivo aforístico que está siempre presente en su obra» (2003, 8-9).

Así pues, las quejas del joven Marcelino Jordá, el protagonista de la obra, propias del hombre que quiere creer pero no puede, como Unamuno, tienen también un indudable carácter autobiográfico.

A propósito de la relación entre Manuel Bueno y la fe cristiana hallamos revelaciones interesantes en una entrevista publicada diez años antes que la novela que nos ocupa. La entrevista, un auténtico tesoro de información, ya que Manuel Bueno no era un autor precisamente inclinado a las confidencias personales, fue realizada por el Caballero Audaz y vio la luz en La Esfera el 10 de octubre de 1914. Bueno explicó en ella:

«También pienso dar este invierno, otro [libro] titulado Del Misterio, que es una recopilación de todo lo dicho sobre la eternidad por las religiones, la ciencia, la filosofía, la literatura, etcétera. En este libro recogeré todas las hipótesis que sobre el misterio del Más Allá están en circulación».

Por lo tanto, podemos asegurar que multitud de los pensamientos que cruzan El dolor de vivir ya rondaban por la mente del escritor desde mucho antes, desde la etapa en que pensaba elaborar su ambiciosa recopilación sobre los saberes de ultratumba. La reflexión sobre el fluir inexorable del tiempo, los problemas de fe y de conciencia son una presencia constante en la novela de 1924, sobre todo en los capítulos finales, que es donde afloran con más nitidez las zozobras de Marcelino Jordán.

Encontramos formulado ya el mismo 1914, refiriéndose también al proyecto llamado Del Misterio, el sentido agnosticismo que le caracteriza:

«De mi cosecha no pondré nada; porque yo ni niego ni afirmo. He de advertirle a usted que tal vez por haberlo heredado de mi pobre madre, tengo una gran predisposición para creer. Yo siento mucho la emoción religiosa; me produce una voluptuosidad agradabilísima».

Por lo tanto, no estamos ante un escritor radical que abogue por una cosmovisión materialista que apuntale a una necesaria política descreída, sino ante un descreído involuntario que desearía poder volver a discurrir según la fe abandonando el duro universo de la Razón.

Como decimos, esta entrevista de 1914 es una mina de datos. Por ejemplo, no está de más enterarnos de los retratos que colgaban del despacho del escritor: los de Victor Hugo, Shakespeare, Tolstói e Ibsen, exactamente el canon internacional consagrado por el Romanticismo nacionalista. Sólo falta Goethe, a quien Bueno quiso dedicar una novela hacia el final de su vida. También nos informa el autor de un proyecto que pudo muy bien convertirse en las novelas políticas de los años veinte y treinta, especialmente El dolor de vivir y El sabor del pecado. Proyectaba Bueno en 1914 una obra en seis volúmenes titulada Las cenizas del Romancero que examinaría el devenir de la vida política española desde 1868 hasta la actualidad. ¿No es acaso El dolor de vivir un resumen novelado de los mecanismos políticos de la segunda Restauración?

El único recurso contemporáneo es el manejo de la terminología freudiana con que completa sus juicios psicológicos. El novelista no vacila ni un solo momento, no se abandona a inoportunas digresiones, no se hace plomizo, no es patriotero ni mojigato ni costumbrista, y tampoco airea descaradamente sus preferencias ideológicas, aunque queden a la vista a través de los diálogos, los pensamientos y las caracterizaciones exteriores de sus personajes. El suyo es un alto estilo, anacrónico pero seguro de sí mismo, sin las flaccideces de los escritores moralizantes y adocenados. Más cerca de Galdós que de Ricardo León. Su novela surge a partir del momento en que el autor ha arrasado con todas las convenciones sociales, ha descorrido el velo de las frustraciones y se ha dejado llevar por el más sentido escepticismo. Podría considerársele el sucesor del mejor Valera pero preñado de pesimismo, aunque con quien más paralelismo presenta sea con Blasco Ibáñez, Felipe Trigo y Eduardo López Bago, los escritores del naturalismo radical. Por decirlo de otro modo, Bueno es un neonaturalista de derechas, un antimoderno tal y como los definían Baudelaire y Compagnon.

A propósito de su estilo y sus preferencias de género, Álvarez Blanco ha escrito:

«La poética de Bueno podría definirse como lateral, y con este término no quiero significar marginal. Su dedicación al género menor se vincula a su ideario regeneracionista ya que consideró más eficaz acceder al conocimiento y solución de los problemas de España, no mediante la representación en forma de libro de mapas simbólicos de registros completos, sino mediante el uso de un punto de vista angular y la forma del fragmento. De esta manera, Bueno crea miniaturas que, siendo, económicamente hablando, más accesibles que el libro, pudiesen actuar más efectivamente en la regeneración de España» (2003, 14).

Sin embargo, El dolor de vivir es una novela con ambiciones de totalidad, un friso, una narración con ribetes de obra coral y panorámica. No encaja en este esquema. Por otra parte, su mensaje nihilista no sirve como plataforma o palanca adecuadas para la movilización hacia una conciencia regeneracionista. ¿No ocurrirá que Bueno reservó el mensaje práctico para los géneros menores y, en cambio, dedicó sus novelas a la meditación existencial y a la verdadera meditación política? Como sea, el juicio de Álvarez Blanco pasa por alto el hecho de que Manuel Bueno publicara ocho novelas largas.

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