POR TONI MONTESINOS
Torre del Gorrión Solitario en Recanati (Italia). CC 4.0 Giorgio Galeotti
Encerrado desde niño en la biblioteca paterna; huyendo del noble ambiente familiar mediante visitas, harto decepcionantes, desde su natal Recanati a otras ciudades italianas; buscando en vano una mujer que le correspondiera o tras un empleo convencional que desarrollar; participando, torpemente, en la vida social de su entorno… De tantas formas Giacomo Leopardi (1798-1837) quiso evadirse de sus circunstancias, sin conseguirlo, para acabar consagrándose a las letras de tal modo que su dedicación feroz le costó una ceguera, una malformación en la espalda, una vida solitaria de perfecto inadaptado.

A ella se consagró el florentino Pietro Citati en una biografía que nos era necesaria, pues Leopardi es un poeta muy traducido al español, pero cuya personalidad se nos esbozaba de forma demasiado breve. De modo que se agradeció una lectura —Leopardi (2014)— en que se investigara, por ejemplo, en el simbolismo grecolatino de la luna y el sol que lleva a su literatura Leopardi, u otros pasajes en que se explicara el contexto cultural para entender mejor sus versos. Citati, como nos tiene acostumbrados con otras biografías suyas sensacionales —la que dedicó a Kafka, muy especialmente—, mantenía un estilo homogéneo en el que sabía equilibrar la información y la interpretación, llegando a darnos un Leopardi poliédrico: el hijo, el hermano, el amigo, el hombre enamoradizo —véase, en este sentido, su breve texto en forma de diario escrito en 1817, a los diecinueve años, Recuerdos del primer amor—, el prosista, el poeta, el viajero. Todo con una indagación en su obra de forma paralela a sus experiencias, ahondando así en el sentir y el pensar del poeta que mejor ha cantado la luna, por medio de un libro en que, con gran finura y emotividad, aparecía el biografiado en «una inmensa cárcel»: el palacio donde leyó, en una biblioteca que para su padre «era el lugar sagrado», escribió cartas a sus autores predilectos y forjó un carácter sumiso y enfermó de gravedad, en cuerpo (tuberculosis ósea y dos jorobas, y, para colmo, impotencia) y espíritu (depresiones nerviosas).

«Toda su existencia no era nada más que infelicidad e infortunio. […] La infelicidad no dejaba de crecer, sin pausas, como con ansia. No hay infelicidad humana, escribe en el Zibaldone, que no pueda ir a más», explica Citati en el capítulo «La mente de Leopardi». Pero lo peor de todo era el «hastío», que es «mucho más grave que el dolor, que la desesperación y que cualquier forma de vida trágica; oprime, extenúa, aferra, lacera, espanta, extingue, mata, anonada». Con todo, el poeta sacó aliento para transformar en belleza poética aquello que lo inundaba de melancolía y el ensimismamiento devenía perseverancia y entrega: Leopardi, «tímido», «titubeante, siempre dispuesto a posponerlo todo», escribe, sin embargo, miles de páginas. Detesta el trato social, hasta el punto de preferir comer solo. «A pesar de su talento filosófico y de su inmensa inteligencia, siempre estuvo sumergido en ese beatífico líquido que es la infancia».

Esa mirada aniñada, en perpetuo asombro frente a lo contradictorio, refleja un talante escéptico que aspira a la verdad desde la duda. De ahí que, según Citati, «la convicción más profunda de su vida» fuera «la importancia esencial de las ilusiones y de la irrealidad». Tanto es así que veremos por qué planea fugarse de casa, cómo su imaginación pone distancia entre su entorno y él haciendo de la cosmología lunar todo un tema literario. «En Leopardi, la naturaleza es humana o está humanizada», pues «en la fantasía de los niños todo el universo está humanizado», el viento, el sol, las estrellas, los animales. El poeta crece amparado en sus observaciones, creyendo que la naturaleza hará posible lo imposible, embelleciendo sus divagaciones sobre la desdicha en su descomunal (más de cuatro mil páginas) e inclasificable dietario Zibaldone, escrito entre 1817 y 1832 y que no fue editado hasta 1898, sesenta y un años más tarde de la muerte del escritor, después de un proceso judicial y la intervención del Estado italiano para conseguir que el conde Giacomo Leopardi, sobrino del poeta, cediera los derechos de aquellas cuartillas que entonces pasaban a ser de interés público.

En esa busca de consuelos desde la observación y meditación, se consagrará el autor de «El infinito» (1819), sabiéndose ya un «poeta moderno, es decir, sentimental y melancólico»; con menos de treinta años, escribe sus Obras morales y, al fin, viaja por Italia. Siempre enfermo de mil cosas, pero siempre en un esfuerzo inaudito por escribir, por concentrar la contemplación de mirar hacia el cielo y mirarse por dentro en unos versos, en un párrafo, hasta que la muerte lo ronda y él, que no pudo disfrutar del amor correspondido —«Vuelve a mi mente el día en el que supe / de amor por vez primera y me dije: / “¡Ay, si esto es amor, cómo destruye!”», dice en el poema en tercetos encadenados «El primer amor»—, anhela, ya demasiado tarde, una «juventud ininterrumpida».

Así las cosas, se ha dicho siempre y se volverá a repetir que en Leopardi confluyen los extremos del hombre de su tiempo: es antiguo y moderno a la vez, obedece a la inspiración romántica, pero luego es un escritor pausado, reflexivo, atendiendo a su doble condición de poeta y pensador. No presenta en este sentido, sin embargo, contradicción alguna; Leopardi se muestra consecuente con su agudo pesimismo, fiel a sus tópicos literarios más constantes: el ubi sunt, la fugacidad temporal, el desamor. Giuseppe Ungaretti lo llamó «cristiano estoico»; Italo Calvino, «hedonista infeliz» y «poeta del dolor de vivir»; Josep Pla, deslumbrado por la facilidad para las lenguas del poeta —conocía los principales idiomas europeos, incluido el español, más latín, griego y hebreo—, «ejemplo de estudioso y de trabajador literalmente fabuloso», de forma especial en el Zibaldone, que a la vez podría considerarse un espejo en prosa de lo que serían sus poemas, como sugiere Elena Martínez en una reciente edición del libro, organizada en áreas temáticas en torno a la vida, la naturaleza o las artes, en que destaca «la impresión de que Leopardi tenía una riqueza de intereses espirituales verdaderamente sorprendente».

Todos sus lectores destacan la dualidad inherente a su espíritu poético-filosófico; Rafael Argullol habla de dos Leopardis: el «melancólico, elegiaco, fuerte en la desesperanza, nostálgico de mundos perdidos y extrañamente sabio en un amor que apenas intuyó», y otro «duro y trágico, un hombre lanzado a una lucha sin cuartel con la verdad y que está dispuesto a dejar la piel en el campo de batalla». Y es que Leopardi personifica tanto el tedio como el tesón, el amor por la vitalidad de antaño y la resignada pasividad del presente: «Todo lo he perdido: soy un tronco que siente y pena», afirma en la «Carta a sus amigos de Toscana», fechada en 1830, que abre los Cantos (aparecidos en 1831 y en edición aumentada en 1837); «Mi inclinación no ha sido nunca la de odiar a los hombres, sino la de amarlos», dice en los póstumos Pensamientos (1845), una colección de reflexiones donde trata las relaciones y costumbres sociales con un ánimo crítico —por ejemplo, «la de que se imprima mucho y se lea nada»; ¡qué pensaría ahora!—, un tanto apesadumbrado, aunque también muy ameno.

Ambos textos, en la que fue la traducción de Antonio Colinas (2006), cobraron un nuevo relieve al reunir las dos facetas del escritor, tradicionalmente apartadas por la crítica, la primera en claro beneficio de la segunda. Lo había denunciado Giorgio Colli en el prólogo a los Diálogos morales leopardinos: «La posteridad nunca ha sido avara de reconocimientos con Leopardi, pero sí injusta y miope, tal como él mismo había previsto. Su pretensión de ser al mismo tiempo filósofo y poeta fue considerada excesiva». Y, pese a todo, un poema tan célebre como «El infinito», escrito a los veintiún años, ha sido leído en una clave tan lírica —también autobiográfica— como metafísica. Al parecer de Calvino, «El problema que Leopardi aborda es especulativo y metafísico, un problema que domina la historia de la filosofía desde Parménides hasta Descartes y Kant: la relación entre la idea de infinito como espacio absoluto y tiempo absoluto y nuestro conocimiento empírico del espacio y del tiempo». Leopardi, además, era un experto astrónomo, así que siempre habrá que tener en cuenta su punto de vista científico, incluso en poemas tan profundamente líricos como «A la luna», en el que glosa la pérdida de la juventud —«[…] cuando aún es mucha / la esperanza y breve el curso / de la memoria»—, su tema constante y obsesivo.

En efecto, los años que se fueron y que trae la memoria hace que el poeta valore aquel «dulce tiempo juvenil, más caro / que el laurel y la fama, que la pura / luz del día: te pierdo, sin un goce», como sucede en el poema «Los recuerdos», donde más adelante aparecen los días «que como relámpago se esfuman». La angustia por el paso del tiempo se convierte en un sentimiento que provoca la concepción del poema; más tarde vendrá su redacción. Sabemos de tal proceso creativo por una carta, del 5 de marzo de 1824, a un primo suyo: «Al escribir sólo he seguido una inspiración (o frenesí) que, al llegarme, en dos minutos ya formaba el diseño y la distribución de toda la composición. Hecho esto acostumbro siempre a esperar que me vuelva otro momento, y al volver (ordinariamente no ocurre sino después de algún mes), me pongo entonces a componer, pero con tal lentitud que no me es posible acabar una poesía, aunque sea brevísima, en menos de dos o tres semanas. Éste es el método, y si la inspiración no me brota por sí misma, más fácilmente saldría agua de un tronco que un solo verso de mi cerebro». Es decir, se escribe cuando ya no se sienten las cosas, tras haberlas sentido, según explica él mismo; llevará esto a la práctica, por ejemplo, en el elegiaco y hermosísimo «A Silvia» (en la realidad, Teresa, la hija del cochero de la casa Leopardi), que escribe en 1828, diez años después de la muerte de la joven.

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