
El avión aterrizó en Carrasco bajo un cielo gris, en pleno otoño de Montevideo. No era mi primera vez en la capital uruguaya: ya había pasado varias temporadas en una de las capitales más entrañables del continente. Ya conocía bien las delicias de la ciudad rioplatense. Sus ramblas, su vista deslumbrante sobre el río, su pasión por el tango y el fútbol y, claro, el dulce de leche (el mejor de Latinoamérica, sin duda). Ya me era familiar, también, ese discreto encanto de los uruguayos: su particular manera de referirse a su territorio pequeño y poco habitado. Pero esa particularidad geográfica no lo hace un país menos asombroso. Esta vez, venía con un encargo distinto: mirar con ojos nuevos, despojándome de la familiaridad. Buscaba una manera de entender la ciudad a través de sus creadores. Durante los años que he tenido la suerte de viajar por el mundo, me ha parecido que una de las maneras más enriquecedoras de conocer una ciudad es a través de su arte. Y, en particular, de su arte contemporáneo.
Mis colegas cronistas, conocedores del pulso de la ciudad, accedieron a guiarme. La primera parada fue la mañana siguiente. El estudio de Eduardo Cardozo se ubicaba en el centro, en un edificio antiguo. La puerta de madera, oscura y pesada, se abrió para dejarnos pasar a un espacio lleno de luz, a pesar del día nublado. Lienzos de distintos tamaños cubrían las paredes, algunos vibrantes de color, otros en tonos más tenues. Cardozo nos recibió con un apretón de manos firme y una sonrisa contenida. El estudio era ordenado, con pinceles limpios y botes de pintura dispuestos sobre una mesa de trabajo. En el centro, un caballete sostenía una obra en progreso, una composición abstracta donde formas geométricas dialogaban con manchas de color.
Cardozo, como buen uruguayo, me preguntó si bebía mate. Ante mi negativa, señaló una tetera de hierro fundido y unas tazas de cerámica sobre una pequeña mesa auxiliar. Nos sentamos en unos taburetes altos. Cardozo es un pintor uruguayo de renombre, respetado por su rigor y la coherencia de su obra. «La pintura abstracta parece no tener espacio en este tiempo», comenzó. «Parece a veces relegada. Muchos creen que ya no tiene espacio en la conversación del arte contemporáneo, dominado por lo conceptual, por la instalación, por lo digital. Creo en el poder de lo pictórico, en su capacidad de generar un diálogo directo con la emoción, con la forma pura. No necesita narrar una historia obvia para ser relevante».
Le pregunté sobre la necesidad de esta forma de arte en un mundo que privilegia la imagen explícita. «La abstracción obliga a otra forma de mirar», respondió, mientras tomaba un sorbo de té. «Exige que el espectador se detenga, que busque dentro de sí la conexión. No te lo da todo masticado. Es una resistencia a la inmediatez, a la sobrecarga de información. La pintura tiene una relación con el tiempo, con el gesto, con la materia que es irremplazable», concluyó.
La segunda parada del día nos llevó a un barrio menos transitado, hacia el puerto del Río de la Plata. El paisaje mutaba: bodegas abandonadas, viejos hangares de carga, la presencia cercana del agua y el metal oxidado. Allí, en un espacio que parecía haberse detenido en el tiempo, encontramos el taller de Pablo Bielli. Consagrado fotógrafo, su obra ha aparecido en revistas, libros y exposiciones. Bielli, un hombre de mirada atenta, nos recibió entre pilas de fotografías impresas y equipos.
«Me interesan las personas que viven en los márgenes de la ciudad», dijo, su voz con un leve acento montevideano. «La periferia, no solo la geográfica, sino la existencial. Los rostros que cuentan historias sin palabras». Nos mostró algunos de sus retratos. Me impresionó particularmente el retrato de un hombre negro, musculoso, con cresta y una cara llena de cicatrices. Sus fotos son directas, sin artificios. No son postales de una Montevideo bucólica, sino fragmentos de vidas rudas y dolorosas.
«La fotografía, para mí, no solo documenta», dice Bielli, y señala una imagen de un hombre mayor. «Explora la esencia. La cámara es un pretexto para entrar en contacto con el alma de alguien. No es solo el encuadre, la luz; es la conexión que se genera. Un retrato es una conversación silenciosa». Le pregunté cómo lograba esa intimidad con personas que quizás no conocía. «Requiere de tiempo, escuchar, no imponer. De dejar que la persona se muestre y capturar eso con naturalidad». Bielli no fotografía para embellecer, sino para revelar.
La tercera escala nos llevó a la Intendencia de Montevideo, un edificio que, por un tiempo, albergaba una retrospectiva. Allí, entre salas luminosas, nos encontramos con la obra de Víctor Hugo Andrade. Algunos lo llaman el «Basquiat uruguayo»: quizás porque ha vivido casi toda su vida en las calles. Sus piezas son únicas: lienzos improvisados, transformados en explosiones de color y forma. Utiliza figuras icónicas de la cultura pop, superhéroes desdibujados, políticos caricaturizados, símbolos callejeros. Hay una ironía latente en todo su trabajo; además de una crítica social velada y explícita. Andrade ha expuesto en espacios relevantes, pero la leyenda urbana dice que muchas de sus piezas las vende en la calle para pagar su comida y sus adicciones.

Andrade rondaba por un bar cercano a la sala. Su personalidad es, en efecto, tormentosa; su energía, errática. Lo vi moverse sin un patrón. No busca nada y vocifera frases que no pude entender. Un conocedor de su trabajo me dijo: «Encuentra el brillo en la basura. Lo que se tira. Ahí está la verdad. El brillo de lo nuevo es una mentira. Lo que tiene historia, lo que tiene heridas, eso es lo real». La obra de Andrade es un torbellino de ideas inconexas, pero profundamente sentidas. Hay una autenticidad brutal en su forma de trabajar que habla de ese submundo montevideano.
El día siguiente nos llevó por otros rumbos. La cuarta parada fue una casa misteriosa, en un barrio residencial de Montevideo, una de esas viviendas de clase media que se repiten con pequeñas variaciones. Allí habitaba un artista conocido como «El Alquimista». El anonimato era parte de su encanto. La casa, por dentro, era una biblioteca de lo esotérico: estantes repletos de libros antiguos sobre alquimia, magia negra, filosofía oculta. Un olor a metal fundido flotaba en el aire. Él nos recibió con una formalidad antigua, un hombre de mediana edad con gafas finas y una barba cuidada.
Su estudio está en el sótano. Allí, entre crisoles y herramientas de forja, realiza su obra escultórica, trabajada a partir de la experimentación alquímica. Sus piezas son abstractas, pero sugieren formas orgánicas, mutaciones. «No es crear, lo veo como transformar. La alquimia, no la que busca oro, sino la que busca la esencia. Transmutar el plomo de lo cotidiano en la plata de lo trascendente», dice, mientras señala una escultura de cobre con formas retorcidas. Su voz era monocorde, casi un murmullo. «El metal tiene memoria. Guarda la historia del fuego, de la tierra. Yo solo lo ayudo a recordar. A liberar su forma oculta». Menciona a Borges y su fascinación por los laberintos, por los universos paralelos.
En medio de una de sus digresiones, una mujer apareció en la puerta del sótano. Era su esposa, sonriente y amable.
«¿Quieren un bocado?», preguntó, con una bandeja en las manos. En ella había galletitas de vainilla, alfajores rellenos de dulce de leche y pequeños pastelitos de naranja. La dulzura de la oferta contrastaba con la intensidad de la conversación. Aceptamos, agradecidos. El contraste de la oscuridad del artista (y su obra) con la dulzura de su esposa (y sus bocadillos) fueron casi una instalación. Nos despedimos con una sensación de haber estado en el umbral de un mundo paralelo.
La última parada era, a la vez, la más esperada y la más deslumbrante. En la última tarde de mi estadía en Montevideo, mis amigos me llevaron a las afueras, hacia una antigua casona. La carretera rural, los extensos jardines que rodeaban la propiedad, todo anunciaba una atmósfera distinta. Era la residencia de Ignacio Iturria, considerado el artista vivo más importante de Uruguay.
Iturria nos recibió en su estudio, un espacio amplio, lleno de luz natural, con cuadros por todas partes, algunos terminados, otros en espera. Su sencillez y amabilidad me sorprendieron, no todas las estrellas del arte son tan atentas. Sin duda, un rasgo de la amabilidad uruguaya. «Pasen, pasen», dice, y nos lleva a observar sus lienzos. En ellos, sus mundos familiares: sofás, figuras humanas en espacios cerrados, perros, objetos cotidianos que cobraban una existencia nueva. Sus paletas de colores, a menudo ocres y grises, construyen atmósferas de introspección.
Repasó de su trayectoria. Habló de sus comienzos, de sus obsesiones pictóricas, de las galerías y museos que habían acogido su obra en todo el planeta. Su reconocimiento crítico es global, es un referente del arte latinoamericano. Escucharlo era un privilegio. «Mis fijaciones siempre han sido las mismas. El hogar, la memoria, la soledad. Esos espacios íntimos donde la vida ocurre», señaló con una sencillez genial. «Los objetos tienen alma. Son testigos de nuestras vidas. Los sofás, por ejemplo, son un lugar de confidencia, de descanso, de espera».
Le pregunté sobre sus influencias, sobre el diálogo con otros artistas. «Goya, Velázquez, Mondrian. Pero al final, uno tiene que encontrar su propia voz, su propia manera de contar. No es copiar, es entender y luego desaprender. Es un trabajo de años, de décadas, de estar frente al lienzo y dejar que las cosas sucedan».
Después de unas horas, parecía cansado. Dijo que no estaba acostumbrado a tener muchas visitas. Me preguntó, de la nada, si me gustaba el rock. Le dije que claro. Le hizo una seña con la mano a su asistente, quien se acercó con una caja en la mano. Me la entregó y me pidió que la abriera. «Me encanta su música», dijo: era un retrato de Mick Jagger, de los Rolling Stones, pintado en óleo sobre cartón. Le di la vuelta, estaba firmado y fechado. Levanté los ojos sin entender. «Es un regalo», dijo. Y anunció que se retiraba a descansar.
Dejamos atrás los jardines de Iturria y el cielo ya estaba casi oscuro. Estuve en silencio un buen tiempo, aferrado al regalo que acababa de recibir. Era el final perfecto para mi travesía. A través de los artistas había encontrado una cartografía distinta, un mapa de sensibilidades que dibujaban el pulso cultural de Montevideo. No sé si mi tarea de entender la ciudad a través del arte fue fructífera: es imposible de definir la complejidad de un espacio creativo en apenas unas visitas breves. Habría que pasar años recorriendo las calles, los espacios, los talleres, las galerías y los museos. Me faltarían, además, muchos artistas que me puedan dar pistas complementarias. Pero logré recoger una intuición. Una idea somera pero intensa: Montevideo es una ciudad que, bajo el velo de su sobriedad, esconde una riqueza inagotable de voces y visiones.
