ERNESTO PÉREZ ZÚÑIGA
No hay nada más importante en literatura que la anulación del tiempo social, organizativo, anhelante, fragmentario, digital. A la literatura solo le concierne el tiempo interior, un tiempo que parece mínimo y casi invisible pero que se renueva y se estira hacia otras dimensiones que están fuera del radar de nuestros sentidos, incluso del radar de nuestras previsiones.
Así sucede en la lectura de toda obra maestra. Si nos sumergimos en Guerra y paz, por ejemplo, ya no estamos en ninguna circunstancia del aquí. Hemos sido trasladados a otro territorio aún más vivo, aún más penetrado de conciencia que cualquiera de los objetos que nos rodean. No importa que la historia esté centrada en hechos muy concretos del pasado. El libro abre el tiempo como una puerta donde nos adentramos mucho más allá de la memoria, incluso de la imaginación, pues no se trata ni de una ni de otra: sino de una realidad esencial que está sucediendo justo en el instante de leer. Ahí está todo lo que el ser humano necesita saber: los paisajes del alma, sus acciones, sus símbolos, sus experiencias, todo concentrado, todo multiplicado por las dos conciencias que se están fundiendo: la de aquel escritor ya desaparecido y la de la persona que hoy lee.
Ocurre lo mismo si leemos una obra de similar calidad escrita en «nuestro tiempo». Y, aunque las circunstancias sean de aquí, de «nuestra sociedad» o, mejor aún, de «nuestra imaginación», nos importan sobre todo porque están decapando asuntos vitales para el yo interno que se está volcando en la lectura; un yo colectivo en cierto modo, que pertenece a todas las personas que están leyendo o han leído ese ejemplar. Es el tiempo universal el que rige la mejor literatura. Y sus ondas expansivas se reciben en un presente continuo: ahora, siempre.
Es el tiempo del siempre el que importa en la escritura, también en su fugacidad, en su escasez, incluso cuando aprovechamos los resquicios de los días ajetreados para que entre la luz de una palabra. Esa palabra viene de un lugar donde nada ordena el incómodo tiempo exterior. Viene de una constante emanación de sentido que se plasma en toda aquella persona decidida a escucharla a través de sus dedos, si teclea en su computadora, o de sus manos si todavía escribe en papel. No importa tanto quién escribe, pues los escritores somos fragmentos singulares de un río inmenso, sino cómo lo hacemos, con qué fin, para cuál de las formas del tiempo. ¿Para el tiempo interior? ¿Para un tiempo exterior?
El tiempo interior es la esencia de la literatura. El tiempo exterior es su peor enemigo.
Y, sin embargo, ese enemigo trata de hacerse con el control total de la literatura en «nuestro tiempo», más lejos de los mecanismos de la sociedad de consumo que han diluido el valor literario en numerosas editoriales y medios culturales de occidente. Ese enemigo está en todas partes, allá donde mires: como si un espejismo hubiera conquistado el mundo literario por completo. Como si Ulises, al llegar a la isla de Circe, hubiese sucumbido a la tentación de terminar su viaje; y su aventura auténtica, la que le llevó a emprender la navegación, quedase encadenada para siempre. No en el tiempo del siempre, el del tiempo interior, sino en el tiempo del nunca.
Vive la literatura contemporánea atrapada en ese tiempo del nunca de la isla de Circe, y todo el sistema del libro padece ese encantamiento de la profusión de títulos y de la glorificación urgente de la moda de turno. Cada año aparecen nuevas estrellas en el escenario del tiempo externo, de tal modo que ya es el escenario lo único importante. Hablar de él, estar en él. La aceleración y el consumo se han convertido en estética, y el halago y la pegatina publicitaria en la ética principal. Fue muy justa la alerta que lanzó Pombo al recibir el Cervantes: «Nos hemos convertido entre influencers y mercachifles». Y resulta preocupante que ese estado de exaltación continua de lo externo se apodere incluso de los escritores: quién triunfa, quién vale, quién sale aquí o allá, quién ha dicho esto o aquello. De pronto, el libro -ni siquiera el que escriben- importa.
Ayer asistí a una conversación de escritores y críticos que en algún momento derivó hacia un autor de «nuestro tiempo» que, según ellos, había fracasado. Atónito, combatí sus argumentos basados solo en la repercusión mediática, ni siquiera en la económica. Ese autor no se había hecho suficientemente famoso en el mundo literario. Y, a pesar de que fuese reconocido por los mejores de ese mundo, no había tenido suficientes lectores -publicaba en editoriales de corta tirada-, ni premios. Escuchando a mis contertulios, los sabía atrapados en la isla de Circe. Ella, lanzándolos a los chiqueros, les había rebajado una conciencia que, años atrás, cuando empezaron, tenían intacta, aventurera, literaria.
Pensé en las conversaciones de Valle-Inclán en la tertulia del Gato Negro de Madrid, y en las de Dorothy Parker en la Algonquin Round Table de Nueva York. Esas conversaciones se habían imantado a la literatura que hoy leemos. Y recibí una imagen clara: los libros de aquel autor sobre el que hablaban ayer, cuyos libros se han escrito en la alquimia interior del tiempo, se seguirán leyendo dentro de muchos años, cuando de aquel parloteo circense no queden ni siluetas ni huellas.
