JULIÁN HERBERT

Quería escribir una carta a Gerald Murnane para hablarle de Los Ángeles. Empezaría por contar que la primera mañana de mi viaje, cuando volví a la habitación del hotel con un café para Syl, ella salió de la ducha envuelta en un perfume floral familiarísimo cuyo nombre no pude precisar. Le pregunté qué era y se encogió de hombros: «Es el jabón del hotel», y enseguida nos fuimos al J. Paul Getty Museum.

Cada vez que escribo «Getty» pienso en mis padres y, desde hace un año, también en Gerald Murnane. La culpa es de los hoteles, las carreras de caballos y las fotografías. La primera vez que escuché el nombre del magnate petrolero estadounidense fue en boca de mamá. Contaba que el mayor resentimiento de mi padre nunca fue hacia ella, sino hacia el traje de bellboy que le obligaron a vestir, cuando era joven, en el Hotel Pierre Marqués de Acapulco. Aquí cabe una digresión dentro de otra: qué raro que, habiendo sido alguna vez el hombre más rico del mundo, Paul Getty poseyera nada más dos hoteles, uno en París y el otro en Acapulco. Hay algo vagamente obsceno ahí: tener hoteles como si no fueran negocio, como quien tiene una casa clandestina. Fin de la digresión dentro de otra. Papá, que por supuesto era un neurótico, estaba convencido de que J. Paul diseñó personalmente los uniformes de bellboy como un gesto racista para garantizar que sus empleados mexicanos parecieran payasos.

Intenté contarle esta anécdota a Syl mientras subíamos en tram las colinas que albergan el Getty Center y sus preciosos jardines, al noroeste de L.A. No pude llegar a ninguna parte con el discurso porque me interrumpía a mí mismo –como ahora– deslizando sutiles conexiones entre el apellido Getty, el nombre Julian Herbert y la prosa de Murnane.

J. Paul tuvo varios nietos, entre ellos uno que se llamaba como él, fue secuestrado y perdió una oreja (aquí cruza por un instante la sombra de David Lynch) debido a la tacañería del abuelo, que se negó en un principio a pagar el rescate. Pero quien me interesa por ahora no es el trágico J. Paul Getty III, sino su hermano pequeño: Mark, un emprendedor medio desheredado que creó en los noventa Getty Images, la agencia fotográfica más grande del mundo. Uno de los fotógrafos fichados por la empresa se llama como yo: Julian Herbert. Su especialidad son las imágenes deportivas y, entre ellas, los eventos ecuestres.

Como podrá suponer Gerald Murnane si algún día recibe esta carta, empecé a interesarme en el trabajo de mi tocayo fotógrafo por narcisismo. También por insomnio; hubo una época en la que no dormía casi nunca y practicaba mastergoogling, que es como antes llamaban al mal hábito de buscarse a uno mismo en Internet. Así encontré a Herbert. Lo que me atrajo de sus fotos fue la compacidad de jinete y caballo, la sensación de que no podrían desprenderse uno del otro a riesgo de trastocar cierto orden mitológico. Y, a contrapelo de esa visión telúrica de los cuerpos, la gasa aérea de lo real: el disparo de salida, el barrido impresionista del público en el fondo, el encanto colorido de las gorras y uniformes de los jockeys, que un poco lucen como bellboys glorificados; retratos de mi padre.

Rara vez he asistido a eventos ecuestres, y eso que el tema tiene gravitación familiar: mi tío Julián, a quien debo mi nombre, fue militar de caballería y compitió en un torneo preolímpico antes de graduarse de subteniente. Nada, sin embargo, habrían sido las carreras para mí, salvo imágenes coloridas y nerviosas que un hombre que se llama como yo captó durante años en justas mundiales, si no fuera porque, a mediados del 2024, leí Something for The Pain, el libro de Gerald Murnane a propósito de su experiencia de décadas participando como apostador y público en espectáculos de esta índole en Australia.

Publicado en español por editorial Minúscula bajo el título Una vida en las carreras, esta memoir narra en 280 páginas escasas una red caótica y precisa de curiosidades y anécdotas, aventuras brutales o misteriosas, naderías excéntricas y encantos decorativos, confesiones genealógicas, épicas privadas y aun así fantasmagóricas, chismes sabrosos y viñetas sublimes. No estoy haciendo una reseña: esta carta aspira a ser un plagio estilístico y, en esa medida, una declaración de amor. Cada página de Murnane me pareció un poco más bella, un poco más mía, en la medida en que las imágenes suscitadas en mi conciencia se transformaban en correlato, disonancia o ampliación de las fotos de Julian Herbert que, durante años, exploré de madrugada. «Contenidos mentales»: así se refiere Murnane al palimpsesto entre memoria, fantasía y disección sintáctica que es la base de su estilo.

Lo que intento escribir, lo que intentaba decirle a Syl mientras recorríamos los jardines del J. Paul Getty Center y volvía a sentir el perfume floral familiarísimo e ignoto que percibí horas antes en nuestro cuarto de hotel, es que confío en la enumeración, pero descreo de la extrema liquidez e inmanencia que predican autores como Kenneth Goldsmith, Karl Ove Knausgaard y otros representantes de la autoficción desmoralizada. Me parece estúpido escribir «La ficción me da náuseas», porque la ficción más pura es el lenguaje. La retórica no es una serie de reglas académicas: es la pasión de resonancia con la que, diría José Revueltas, «la realidad se deja seleccionar». Es un elogio de la coincidencia.

Lo del Getty fue un sábado. Al día siguiente era domingo 18 de mayo y teníamos boletos para visitar Paramount. Me di cuenta, primero, de que al lado del estudio está el Hollywood Forever Cemetery, y segundo, de que justo esa fecha era el aniversario luctuoso de Chris Cornell, cuyos restos están sepultados ahí. Decidimos ir a pie desde West Hollywood, un recorrido de una hora, para honrar la memoria del vocalista de Soundgarden y Audioslave. Todo el camino nos acompañó el olor dulzón que ya había sentido antes, dos veces: cuando Syl salió de la ducha y cuando paseamos por los jardines del museo. ¿Cómo se llama esta flor? Al llegar al cementerio, el perfume se volvió más intenso. Había una pequeña procesión de gente tatuada, maquillada y vestida de negro que, creímos, nos llevaría directo a la tumba de Cornell. La seguimos. En realidad, los darkies nos condujeron a otra lápida: más sencilla, un poco sucia, cubierta de colillas de cigarros y objetos azules y juguetes extraños como un patito de hule o la versión de plástico de una oreja cortada. Era la tumba de David Lynch. Debajo de las fechas de nacimiento y muerte, se leía un epitafio: «Night Blooming Jasmine». El nombre de la flor que llevaba dos días buscando en mi memoria.

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