JULIÁN HERBERT
Invité a Fabián Casas a mi pueblo y Fabián vino, pero yo no estaba aquí: Lo siento, salió una chamba, tengo que viajar a la Ciudad de México. No importa, respondió al whats, veámonos allá, lo mismo da territorio comanche que territorio chilango: ven a la lectura de poemas del jueves, será en una librería de Roma Sur. Así llegué al misterioso open mic de veinteañeros unamitas celebrado en la azotea de Paco Fenton, editor. Era un rincón de la Roma ajeno al look gentrificado del Time Out: una calleja oscura pegada al Viaducto, sin letreros ni tiendas, en un edifico de cuatro pisos. Siga hasta el techo, ordenaron vecinos misteriosos, como conduciéndome a un picadero. Subí. Tras una enramada, distinguí a Fenton y a una veintena de personas (más tarde llegaríamos a ser tal vez el doble) sentadas alrededor del poeta argentino. Celebré ver otra vez a Fabián Casas en persona luego de casi dos décadas de correspondencia y mensajes de voz o texto. Estás hecho un crack zen, le dije. Me presentó a Vicky, su compañera. De los chicos unamitas, sólo reconocí a uno: Sebastián Barriga, poeta tumbado, refinado y pop. Alguien me preguntó si yo también leería. Dije que podía hacer un cameo, pero el chiste no hizo gracia: sonó poco horizontal. Comprendí que se trataba de una lectura anti-paño-verde, sin orden al bat ni presencia de público: no señor, aquí somos todos poetas, cuál público. Válgame Dios (intuí, pero no lo dije): esto va a durar tres horas, y yo que sólo bebo agua mineral.
Nos sentamos en un círculo gordo sin tensión chamánica –a pesar de Fabián–, algo más parecido a Un Culto Bizarro meets Alcohólicos Anónimos. Qué bien, decidí: toda lectura de poemas en una azotea debería tener algo de secta satánica y otro poco de terapia de grupo.
Negándose a recitar («Solamente lo he visto leer poemas suyos dos o tres veces en siete años», me susurró Vicky), Fabián inauguró con un fragmento de Boy Fracassa, su heterónimo objetivista gringo que alguna vez fue amigo imaginario de Robert Creeley. Se supone que Fracassa se habría refugiado en el Amazonas huyendo del macartismo y escribió toda su obra en portunhol selvagem.
Marché con un ejército de muertos/ para
enfrentar a un ejército de vivos/ En la batalla nos
confundimos/ ya no sabíamos quién era quién/
que el enemigo sea como la comida que sirven/
en los muelles de este río monstruoso/ caliente,
picante/ disueltos nuestros ejércitos metafísicos/
marchamos hacia el puente de piedra/ que nos
cruza hacia el otro lado/ todos mezclados/ vivos
y muertos/ sin saber quién es quién/ en este día
de lluvia/ en el Amazonas, febrero 15 de la
inscripción solar/ casa de fuego.
Boy Fracassa: un proyecto pandémico. Tiene sentido trascendente, diría que místico si piensas que su creador es un poeta argentino nacido en 1965, heredero de Joaquín Gianuzzi y representante (junto a Fabio Morábito, Luigi Amara o Silvio Mattoni) de la poesía italo-hispanoamericana que concibe al poema como estructura oclusiva (quiero decir: estrofa más que verso) y vehículo de una anagnórisis despertada por situación, contemplación u objeto. En cambio, Boy –cuyo ficticio idioma natal es el inglés, cuya lengua poética es el portugués, y cuya puesta en página transcurre en castellano– es un objetivista a la manera de Oppen: el poema es la cosa, no su tema. Como ir de Magrelli al verso proyectivo con un paso de alfil. Soberbia forma de entrar a los sesenta, Fabián: desasiéndose del bulto.
Después leyeron Vicky, Sebastián, un par de chicos unamitas y yo: poemas debrayantes, en ese límite entre el algoritmo y el self-branding que nos reprocha Anna Kornbluh a las generaciones (tras)tocadas por el Facebook. Y luego, claro, alguien leyó un poema de Los Simpsons. Desde hace un par de años, cada que voy a un recital alguien lee un poema de Los Simpsons, es la versión contemporánea de ese soneto pop de los noventa, estilo Eduardo Lizalde o Luis Alberto de Cuenca: todos tuvimos uno.
Alza la mano una joven: Quiero leer, pero no es un poema chistoso. Contaba en primera persona sobre una chica que espía las páginas de Youporn de su novio para tomar capturas de pantalla de las actrices porno favoritas, compararse con ellas y, de paso, dilucidar quién es realmente su pareja. Al empezar la lectura, Fabián y yo nos miramos y dijimos Es tremendo, y por supuesto que es chistoso. Demoledor no por su pathos: por la ambivalencia de un lenguaje que dinamitaba tanto la sensiblería como la comedia. Lástima que durara demasiado. Cerca de la mitad, el ritmo se volvió una versión tenue del arranque, quizá porque la grieta de trauma y lenguaje había sido resanada con autoconsolación. Quise interrumpirla, decir: amiga, tienes que sacar lo personal de ese poema, lo personal lo envenena, no lo deja ser dolor. Claro que quién soy yo para pedir a alguien que reelabore su sentimiento autobiográfico, probablemente los poemas se tratan ahora de algo distinto: algo más líquido –diría Anna Kornbluh–. No lo creo, pero ni modo de colonizar lecturas de azotea y convertirlas en talleres de improvisación.
Luego vinieron más poemas y algunos eran buenos, pero no pude seguirlos, me quedé pegado a los ejércitos de muertos y de vivos cruzando un puente de piedra mientras una muchacha se mide en el amor con imágenes porno. Es lo malo de las lecturas donde todo mundo es poeta y no hay público (yo quería ser el público), duran demasiado, además está la regla no escrita del último tercio: todos sabemos (nadie lo dice, es más hot mantenerte en contacto con tus emociones falsas que explorar las verdaderas) que el último tercio de un open mic es el Purgatorio, un triunfo de la terapia de grupo sobre el objetivismo salvaje.
Para salvar el cierre, Fabián contó una anécdota de su primer viaje a México, treinta años atrás: se encontró con Juan Gelman, quien le recomendó que no fuera en taxi de regreso al aeropuerto porque lo robarían, Toma el metro, le dijo. Al final de todos modos lo robaron, pero aquí lo que importa es Juan Gelman: Paco Fenton, Fabián y yo nos miramos con complicidad devota al escuchar su nombre, en cambio los chicos unamitas pasaron por ahí como cuando les hablas a tus hijos de Pelé o Maradona. Qué les importa, pensé: Fabián Casas es su Juan Gelman, esta lectura es la anécdota que contarán mañana. Y está bien que sea así.
No sé si debí consultar mi lenguaje con alguien, pedir permiso a los involucrados antes de meterlos a empellones en este texto, hacer encuestas (una escritora mexicana me sugirió hace poco hacer encuestas) sobre sus sentimientos. Últimamente todo es problemático. De joven fui un chico problemático y no había problema, el problema surgió cuando me convertí en un viejo problemático. Lamento haber arruinado su fiesta de Panteras Negras.
