JULIÁN HERBERT

Hay un poema de Richard Wilbur («Digging For China») que narra esta pequeña historia: alguien le dice a un niño que, si atravesara la tierra bajo sus pies, podría llegar a China, un lugar muy distinto a Nueva Jersey, con un cielo «as clear as at the bottom of a well», aunque habitado igual por árboles y gente. El chico va a casa, toma una pala y cava un hoyo durante toda la tarde. No llega muy hondo antes de quedar exhausto, pero al soltar la herramienta se marea y es poseído por visiones: «silver barns, the fields dozing / In palls of brightness, patens growing and gone / In the tides of leaves, and the whole sky china blue». Wilbur concluye con dos sencillos versos que traduzco: «Hasta que no recuperé el equilibrio / todo lo que vi fue China, China, China».

Esto lo pienso en Buenos Aires mientras camino de La Boca hacia Parque Lezama para comer en el Británico con el suabo Timo Berger. Es mi tercera vez en esta que, desde una capa de insobornable adolescencia, mi memoria llama La Ciudad de la Furia. Del primer viaje recuerdo casi nada: una charla de Piglia en el Malba, alguien que aporreaba un piano a medianoche en la segunda planta de Eterna Cadencia, un concierto de Hilary Hahn en el Teatro Colón. Del segundo conservo una sola imagen: cuatro días de acuartelamiento en una habitación con vistas al Parque 3 de Febrero mientras trabajaba con Gael García Bernal y Roger Ross Williams en el guion de una película. Siento que apenas hoy atisbo deveras Buenos Aires y, a la vez, sé que no podría apreciarla sin las visitas anteriores. Desconozco casi todo lo que pisé una vez, sólo sé dar razón de los lugares a donde vuelvo.

Le pregunto a Syl, que camina a mi lado, a qué ciudad le gustaría regresar. Responde que a la Alhambra. Lo dice así, y para mí tiene sentido: hay estructuras que son, por sí solas, ciudades. Luego añade Madrid, Córdoba, Granada, Barcelona: el primer viaje que hicimos tras la pandemia. En los nueve años que llevamos de pareja hemos vuelto dos veces a Los Ángeles, nunca a Londres o Chicago, siempre a la Ciudad de México, cada diciembre a Guadalajara, algo a Querétaro, una vez a Dallas. En 2017, pasamos dos meses en Shanghai. Aunque fue un solo viaje, lo viví como dos: el primer mes anduve solo, el segundo ella me alcanzó para recorrer juntos (procuré repetir hasta los días de la semana, los horarios, las calles) las rutas que había yo ensayado antes.

No voy a obviar la pedantería de los dos párrafos anteriores. Es más cómodo hablar de volver a París que volver en carne y hueso a Ciudad Frontera, el pueblo del desierto donde pasé una infancia agónica, o al Hospital Universitario de Saltillo, donde recogí en septiembre del 2009 el cadáver de mi madre. Cualquiera sabe que las vueltas más pronunciadas se despliegan no sobre el espacio: sobre el tiempo del dolor.

En griego, «vuelta» es τρόπος: «tropo». Volver a una ciudad o un país o un edificio es siempre un poco una metáfora, una figura retórica. Célebre por su vocación melancólica, la poesía mexicana posee una versión fundacional del gesto: «El retorno maléfico», de Ramón López Velarde. En el poema, Ramón define su pueblo (Jerez) como un «Edén subvertido», y la emoción de volver como «una íntima tristeza reaccionaria». Octavio Paz recogió el tópico en «Vuelta», poema escrito a su regreso a México tras una década en la India: «Camino hacia atrás / hacia lo que dejé / o me dejó / Memoria / inminencia de precipicio / balcón / sobre el vacío». Creo que volver fue el signo que más marcó la segunda mitad de su vida. Está presente en el título de su libro de poemas de 1976, en el nombre de la revista que fundó y le dio poder en el ámbito hispánico, en su ensayo Posdata (1970), que es un retorno al Laberinto de la soledad, e incluso en su escritura tardía: Vislumbres de la India (1995), un testamento intelectual que es su manera un poco oblicua de regresar al territorio simbólico donde, sospecho, fue más feliz que en su patria.

Por fin estamos en el Británico y llega el suabo Timo Berger, nos abrazamos (también a la gente se vuelve) y bromeamos sobre canas –yo tengo sangre india, así que llevo muchas menos de las que merezco. Timo fue la primera persona que me sacó de mi país, invitándome a Berlín en el otoño de 2006. Hace diez años que no nos veíamos, aunque nos escribimos todo el tiempo. Me pregunto si seríamos tan amigos si él no viviera en Berlín, mi ciudad favorita, a la que siempre tengo fe en volver. Sólo estuve cuatro veces, pero, mientras esté convencido de que regresaré, una zona de mi experiencia cotidiana será inmortal.

A los 28 años me sentí viejo, creí que la nostalgia era una aventura noble, y escribí mi versión de ese viaje al pasado:

He crecido en patios sucios
inventando juguetes de madera.
Los sueños y las cicatrices
dan la talla de mi cara.
Sé muy poco del mundo,
pero llegan postales.

Tuve dos hijos, una
cita en un juzgado
y gran facilidad para
poner los ojos tristes,
y aun así algo me falta.

No es el cuerpo de Laura
ni la mente de Sergio
ni la insolada perfección de los ciclistas.
Me falta regresar a la cocina de la abuela
y comer ese pastel de chocolate
que a los seis años me supo tan amargo.

Ahora tengo 54 y he aprendido que la nostalgia es un hechizo mediocre. El verdadero temple está, como demuestra Marty McFly, en la aventura de volver al futuro. Cavar hacia China: retomar lo habitual con ojos extranjeros. Por eso, mientras Syl y yo comamos en el Británico con el suabo Timo Berger, y caminemos luego hasta Eureka Records en busca de vinilos y una remera verde del Artaud, y nos metamos al mercado de San Telmo poseídos por el demonio de las compras de pánico, una parte de mí estará ya en el avión, el autobús, el taxi, metiendo la llave en la cerradura, entrando a casa. Descubriré tres tomos con la poesía completa de Eielson, y un balcón cubierto de plantas presidiarias, y dos gatas de mirada celeste llamadas Momo y Juju, y la lovecraftiana mancha de humedad que dejó una gotera en el lavabo, y el hermoso tarot de Taylor Ellis con los cantos de las cartas dorados. Todo lo que veré será Buenos Aires, Buenos Aires, Buenos Aires.

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