ERNESTO PÉREZ ZÚÑIGA

Ramón Gómez de la Serna. Foto by Agence Meurisse 1928. Wikicommons.

El realismo, en la novela, es un término usurpado a la realidad y a las posibilidades de la literatura de ser reveladora. Verosímil, incluso. Pues todo lo que puede alcanzar el arte sobrepasa nuestra imaginación cuando esta permanece inmóvil. Es al ponerse en marcha, durante el proceso mismo de la escritura, cuando se activa nuestra capacidad de percibir los cilios misteriosos de la realidad. Trasladarlos con coherencia a un relato cuaja la verosimilitud de la historia que entonces realiza en el lector esa conciencia colectiva que permanecía secreta hasta el momento de ser narrada. Esto es algo que se funda desde los inicios mismos de nuestra historia literaria.

Cuenta Homero cómo en el tejado de la mansión de Circe se queda dormido Elpénor, uno de los más jóvenes compañeros de Ulises, «no demasiado valeroso en el combate y poco equilibrado de mente». Esa falta de equilibrio le perjudica al amanecer, cuando Ulises llama a los suyos para emprender de nuevo el viaje. Entonces Elpénor se pone en pie aturdido, pierde el paso y se precipita hacia el vacío, donde muere al partirse «el cuello por las vértebras».

La forma de morir es realista en el sentido decimonónico, y simbólica a la vez, pues no hay una estructura interior que sostenga esa caída. El que muere es un pelele de sí mismo. La inconsciencia le ha matado. Su falta de equilibrio mental y su falta de valor le hacían perfecto para escenificar la desgracia de alguien sin consistencia.

La historia podría haber terminado aquí -y así hubiese ocurrido a menudo hoy día-, cuando Ulises se olvida del cadáver de Elpénor y parte con los suyos con la urgencia de emprender de nuevo la navegación. Se dirige hacia la mansión del Hades, donde le aguardan encuentros cruciales con los que ya fallecieron: Aquiles -que hubiese preferido ser el más humilde de los mortales a reinar entre la sombras-, o su propia madre, Anticlea, muerta de añoranza durante la ausencia de su hijo. Entonces, al llegar, ocurre lo inesperado: el primer espectro que se le aparece a Ulises es justo aquel a quien había olvidado en su partida presurosa: el inconsciente, el torpe y débil Elpénor.

Es su fantasma el que, paradójicamente, le otorga la consistencia que nunca tuvo en vida. Cuando habla desde otra dimensión a la acostumbrada, Ulises comprende su tragedia, se apiada de él y, de hecho, cambia los planes de su viaje para atender la petición del difunto: ser enterrado con sus armas, recuperar la dignidad del recuerdo.

Homero se hace inmenso compadeciéndose del más vacuo de sus personajes, hasta el punto de que su protagonista principal interrumpa el viaje hacia Ítaca para recuperar el cuerpo de Elpénor y otorgarle la sepultura que el espectro ha pedido. Pero su primera grandeza ha sido situarlo el primero en las puertas del Infierno, concebir ese otro escenario donde Elpénor ha obtenido una voz esencial que en vida no tenía. Para hallar su trascendencia había de morir y había de hablar desde más allá de la muerte. Lo que la mirada exclusivamente «realista» hubiese relegado a la caída fatal de un tontaina, ha sido sublimado en una realidad mucho más significativa, que se muestra en el contraste entre el escenario previsible y el no previsto y que, por eso mismo, explota el poder de la literatura.

La realidad -y esto lo sabe la física cuántica muy bien- es fundamentalmente misteriosa y la literatura de todos los tiempos se mueve en un filo donde lo ya conocido en nuestro plano de visión debe enfrentarse a un abismo que mira hacia otras dimensiones del ser. En esta era en el que ser humano se adentra en el universo infinitamente plano y fragmentado del universo digital, emerge la necesidad de narrar nuevas historias desde una concepción esférica, y dando voz a un planeta que parece más vivo que nuestro horizonte mental.

Nos inspira el punto de vista de esa multidimensionalidad a la que invitan tanto la física como una espiritualidad sin dogmas. Se esperan noticias del más allá, como decía Gómez de la Serna. Y nos inspira el punto de vista de los ríos o de los animales salvajes. Salvaje es toda narración que se precie de ser domada.

Elpénor apenas sería una anécdota en La Odisea si Ulises no se lo hubiese encontrado, inesperadamente, el primero en la puerta del Hades. Y ese es el gran reto de la literatura: transcender lo anecdótico de una historia que sacuda nuestra conciencia en sus limitaciones, multiplicándola.

La poesía, el arte, la novela son las mejores vías para explorar nuestra libertad y todas nuestras posibilidades creativas y de comprensión. Son una verdadera herramienta de desprogramación de lo evidente, lo previsible, lo obligatorio. Son liberadores de cadenas. Eso hace un «realismo» que valga su nombre.

La aventura de un solo escritor puede ser la de incontables personas de cualquier tiempo que navegan en un libro con su propio barco, ya sea leyendo o escribiendo. Siendo, al fin. Solamente en un buen libro el «es» se ha convertido en «somos». Y esa comunidad reclama un realismo multiplicado, capaz de cruzar el cómodo umbral donde todo lo que observamos permanece bajo la misma luz artificial.

Cuando la historia cuenta que Elpénor se ha caído del tejado, el propio Elpénor reclama su verdadera historia desde la tumba.

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