POR JUAN MALPARTIDA

Si el hombre, tal como gustaba explorar Ortega y Gasset, oscila entre lo individual y lo social, entre la subjetividad y la puesta y apuesta exterior de su temporalidad, las revistas de pensamiento y las revistas culturales y literarias son, creo, uno de los símbolos mayores de ese espacio que nos permite expresarnos y acceder a lo común: la historia. La revista es un espacio de alterne afortunado, el lugar donde encontramos y nos encontramos con los otros, donde intercambiamos opiniones, y, lugar de alterne al fin y al cabo, discutimos porque sentimos que lo nuestro irreductible no es en realidad sino lugar común, es decir: lo que nos compete a todos, el mundo de las creencias, ideas y opiniones. Una revista es una plaza, un zoco, el espacio por donde pasa o debería pasar el mundo. Ortega fue más lejos que la mayoría de sus contemporáneos porque llevó la reflexión filosófica al periódico, quizás porque ya había llevado el periódico a la filosofía; por eso le decía a Martin Heidegger que, aunque su meditación sobre el ser era indudablemente muy profunda, debería hablar de lo que pasa en la calle. La calle, ese lugar donde el ser suele estar ausente, porque es la ausencia; pero, en cambio, es rico en concurrencia humana.

Un poeta que iba del ser a los seres, y que compartía con Ortega y Unamuno su desdén por la esencia y su interés por el devenir, Antonio Machado, escribió en su estancia en Valencia, camino de su exilio y de su muerte, varias de sus mejores prosas, las de Juan de Mairena. Fueron publicadas muchas de ellas en una revista que considero simbólica de todo esto que digo, Hora de España, editada y dirigida por un grupo de poetas y prosistas que, poco más tarde, se hallarían en México, amparados por el Gobierno de Lázaro Cárdenas y por la amistad de poetas e intelectuales que, a su vez, les ofrecieron revistas para que se expresaran, como Taller (1938-1941) y El Hijo Pródigo (1943-1946).

Hora de España fue hecha durante la Guerra Civil española, desde enero de 1937 a noviembre de 1938. Buena parte de los veinte y tres números tuvieron como redacción la casa valenciana de Juan Gil-Albert, quien fue, ya en México, jefe de redacción de Taller, dirigida por Octavio Paz. Paz, que había de ser un puente para varios escritores del exilio —entre ellos y de manera destacada, Cernuda—, había publicado en el número ix (septiembre de 1937) de Hora de España «Elegía a un joven muerto en el frente», y en el último, de 1939, «El barco».

Sabemos que, a pesar de la gran actividad que muchos de nuestros poetas, novelistas y ensayistas desplegaron en América, pocos desembarcaron realmente en Hispanoamérica, salvo, por poner dos ejemplos notorios y a un tiempo parciales, el mismo Luis Cernuda y, sobre todo, José Moreno Villa. Para ambos, la realidad mexicana fue importante. Cernuda, como es sabido, llegó a México tras haber vivido su primer exilio en Inglaterra y luego en Estados Unidos. Gil-Albert, tras el paso por un campo de concentración en Francia fue directamente a México, y hay algunas breves huellas de México en su obra de entonces, tanto en poesía como en prosa.

La nómina de los colaboradores de Hora de España es importante y hay que recordar algunos de esos nombres, además de los ya mencionados: Antonio Sánchez Barbudo, Rafael Dieste, Manuel Altolaguirre, María Zambrano, José Bergamín, Rodolfo Halffter, Joaquín Xirau, Pedro Bosch Gimpera, Benjamín Jarnés, José Moreno Villa, Emilio Prados, Rafael Alberti, Rosa Chacel y León Felipe. Entre los latinoamericanos, publicaron en sus páginas César Vallejo, Juan de la Cabada y Nicolás Guillén. La presencia latinoamericana es escasa, pero se explica fácilmente por la situación de acoso e incomunicación en la que se llevó a cabo dicha revista. El último número, el 24, impreso en Barcelona, fue quemado en su totalidad por las tropas insurgentes durante la toma de la ciudad.

Si me importa señalar el valor axial y simbólico de Hora de España es porque no puede entenderse sin las otras revistas y el mundo que deja atrás y en los que su esfuerzo se apoya: la gran Revista de Occidente, Litoral, e incluso, a pesar de su paso rápido, las revistas Residencia, Índice, Cruz y Raya, Carmen, Caballo Verde para la Poesía, La Pluma, etcétera; algunas de pocas hojas, pero todas significativas y expresivas de los rumbos e impulsos culturales de su tiempo.

No trato de hacer ninguna historia de las revistas españolas, sólo señalar muy exteriormente lo que la Guerra Civil española deja atrás antes de internarse en otro mundo, un mundo mermado, desarticulado y reactivo a casi todo lo que habían sido las aspiraciones intelectuales e imaginativas anteriores a la guerra, especialmente desde la actividad de los medios. Si pensamos en una revista como Escorial, que ampara a los nuevos poetas y prosistas, pero también a otros que habían publicado en el periodo anterior, es fácil observar los cambios, aunque lentos, de paradigmas. Escorial, cuyo primero número es de noviembre de 1940, quiso, sin embargo, ser un lazo con Hispanoamérica y gracias, sobre todo, a su director tuvo una actitud no del todo servil en un momento de España realmente dramático y destructivo. Fue fundada y dirigida por Dionisio Ridruejo y tuvo como subdirector a Laín Entralgo, y a ella estuvieron vinculadas gentes como Antonio Marichalar, que había sido colaborador de Revista de Occidente, y crítico muy enterado de lo que se publicaba fuera de España, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero, Torrente Ballester, Antonio Tovar y otros.

Dos de las revistas que se iniciarían próximas al comienzo de la mitad de siglo, Ínsula (1946) y Cuadernos Hispanoamericanos (1948), las dos aún vigentes y, por lo tanto, decanas de las revistas españolas, van a articular durante muchos años buena parte de la crítica literaria y humanística en España. Ínsula fue fundada por Enrique Canito y, desde sus inicios, tuvo como mayor colaborador al crítico José Luis Cano, que le sucedió en 1982. El vínculo de Vicente Aleixandre con Ínsula fue decisivo y, sin duda, tuvo una importancia enorme en relación con los escritores exiliados españoles. Fue, y sigue siendo, una publicación estrictamente dedicada a la lengua española. En cuanto a Cuadernos —de la que voy a tratar de bosquejar un retrato somero—, nace con la vista puesta en Hispanoamericana, pero no tanto, en principio, por un exceso de curiosidad hacia lo que se hace en los países hispanoamericanos como por el intento de proyectar una imagen de España y una influencia sobre los países de habla española. Cuadernos fue, además, respuesta a Cuadernos Americanos, fundada y dirigida en México por escritores republicanos, como Juan Larrea. Sin embargo, desde el principio quiso insertarse en una tradición europea, sin duda católica y conservadora, no podía entonces pensarse en otra cosa, pero ya no fascista, aunque algunos de los artículos o de los números monográficos estuvieran marcados por esta incardinación. No obstante, la revista evitó afirmaciones franquistas, y, necesitada de cumplir un papel en Hispanoamérica, adoptó desde el principio una cierta tolerancia y capacidad de asimilación intelectual de nombres y actitudes que difícilmente se tolerarían al resto de las publicaciones españolas de la época. Su primer director fue Laín Entralgo, ensayista de gran formación y un hombre que, viniendo de la Falange (como lo habían sido, uno más que otros, los dos que lo siguieron, Luis Rosales y José Antonio Maravall), fue evolucionando hacia un pensamiento liberal que dejó huella en los primeros años de la revista. El 1948 Laín había publicado, entre otras cosas, Sobre la cultura española (1943), un estudio sobre Menéndez Pelayo (1944) y el ensayo La generación del 98. Sólo los títulos ya expresan una evidente preocupación por el tema español (sobre el ser y el estar de los españoles) y más si se piensa, como señaló él mismo treinta y cinco años más tarde, que en la monografía sobre Menéndez Pelayo no hay ningún estudio sobre el polígrafo escritor y América. Una ausencia significativa. Laín fue uno de los intelectuales que, formando parte de los vencedores de la Guerra Civil, tuvo el coraje (el primero fue Ridruejo), así fuera con poco rigor, de revisar su pasado y ser crítico con él mismo. El periodo de Laín fue corto y en algún momento compartió la dirección con Mario Amadeo. Hay que pensar que, en aquellos años, algo que desde nuestra perspectiva actual nos puede parecer extraño, Hispanoamérica era para nosotros una gran desconocida, salvo por la relación mantenida en el primer tercio de siglo con algunos modernistas y luego, gracias a los jóvenes de la generación del 27, con poetas como Huidobro y Neruda.

Yo creo que en las dos primeras décadas de la revista Cuadernos Hispanoamericanos la visión de América aún está lastrada por el tipo de americanismo que habían practicado Menéndez Pelayo y Unamuno, y que vemos impregnar las actitudes de la generación del 27, es decir: que admiraban, sobre todo, o partían en su admiración, la huella española en los pueblos americanos. El interés —por poner un ejemplo que indique una diferencia y extrañeza mayor— hacia los mundos precolombinos e indígenas es rarísimo entre los españoles, y todavía puede contarse con rapidez el número de antropólogos, arqueólogos y sociólogos que ha aportado algo a este tema. Pero, además del pasado y de su huella en el presente, está la ausencia, corregida en las últimas décadas, de intelectuales preocupados por el presente de Hispanoamérica. Dos números monográficos creo que son representativos del perfil de la primera etapa de la revista: el dedicado a Ramiro de Maeztu (1952), en el que tanto participó, en el aspecto organizativo, Manuel Fraga Iribarne, por entonces director general del Instituto de Cultura Hispánica, y el dedicado a Antonio Machado (1949), preparado por el que sería poco más tarde director de la revista, Luis Rosales, y que, de hecho, ya influía notoriamente en Cuadernos. En realidad, Laín Entralgo —como sugiere Blas Matamoro— se ocupaba poco de ella, labor que correspondía más a un jefe de redacción que ejerció durante varios años, Enrique Casamayor, un hombre de actitudes ambiguas, cuando no serviles, como es notorio en algunas de las correspondencias que han sobrevivido, por ejemplo, la mantenida con un joven José Ángel Valente, y también, como acabo de mencionar, a Rosales, poeta y hombre de letras vinculado a lo largo de su vida a diversas revistas literarias.

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