La actitud intelectual de Laín tenía que ver con la generación del 14, cuya figura central fue Ortega, que trató de insertar el pensamiento español en las corrientes de librepensamiento europeas. Por otro lado, Laín se fue preocupando cada día más y más por el pensamiento científico y la historia de la medicina. Con posterioridad a Cuadernos, fundó otra revista, Archivo Iberoamericano de Historia de la Medicina y Antropología Médica. Rosales, en cambio, es un literato: poeta notable y valioso ensayista, interesado por el pensamiento existencialista de corte cristiano y por la literatura barroca, sin excluir el magisterio de Ortega, del que siempre se sintió heredero. Rosales aún no ha sido leído como merece. Este perfil intelectual de Rosales explica la presencia en Cuadernos de Thomas Merton, Georges Bernanos, George Santayana, Pierre Enmanuel, Teilhard de Chardin, Gabriel Marcel, etcétera.

Volvamos a los primeros signos de la revista. El homenaje a Maeztu mencionado antes colindaba con la parte más derechista de Cuadernos; el homenaje a Machado, en cambio, fue una iniciativa de Rosales de reincorporar a un poeta de difícil asimilación por el franquismo. Machado había sido decididamente republicano, combatió el alzamiento con sus artículos y poemas y murió nada más alcanzar el exilio francés. Teniendo en cuenta estos datos, la actitud de Rosales fue admirable si se piensa en las dificultades de la época. Rosales dedicó más tarde parte de otro volumen a Pablo Neruda, poeta al que quiso y admiró desde 1933, y sobre quien escribió un estudio, inacabado, que ya en su vejez publicamos en Cuadernos. Para Rosales la Guerra Civil era indefendible, sin que esto supusiera admiración por el comunismo o idealización de la República. Pronto apoyó —débil pero visible oposición al régimen— a don Juan de Borbón y, además de escribir un magnífico libro sobre el conde de Villamediana y su tiempo, dedicó —otra obra inacabada— un largo estudio al autor del Quijote titulado Cervantes y la libertad. Tanto por la calidad de su obra literaria como por el personaje en sí, culto, socarrón y sabio, merecería una mayor atención de nuestros biógrafos y críticos. Rosales incorporó, asimismo, a numerosos poetas latinoamericanos, pero, especialmente, a los nicaragüenses Pablo Antonio Cuadra, Ernesto Cardenal y Carlos Martínez Rivas. Todos estos poetas eran entonces católicos y reaccionarios, aunque luego derivaran, algunos de ellos, sin dejar de ser cristianos, hacia actitudes políticas cercanas al comunismo.

En 1966 Rosales deja la dirección de Cuadernos y sugiere el nombre de José Antonio Maravall, historiador y estudioso del pensamiento español, cercano a la línea historiográfica de la revista francesa Annales y al materialismo histórico. Maravall declaró, en una revisión de su tarea como director de la revista, que la asumió desde la no ocultación de sus ideas políticas. José Antonio Maravall dirigió la revista durante ciento ochenta y cinco números, exactamente, hasta 1982. Durante este periodo la revista se hizo eco de nuevas disciplinas y materias: sociología, antropología, psicología social, economía social, etcétera. Y no es raro encontrar la firma de grandes estudiosos del mundo hispánico como Marcel Bataillon y Charles. V. Aubrun. Por otro lado, Maravall fue incorporando a numerosos discípulos suyos, como Carmen Iglesias, Antonio Elorza, José Álvarez Junco, José Antonio Gómez Marín, Juan Trías Bejarano y otros. Tampoco hay que olvidar que en los años setenta, antes de finalizar el franquismo, muchos de los denominados «nuevos filósofos» —algo que, sorprendentemente, se les siguió llamando cuando sus hijos eran ya mayores…— publicaron ensayos en los que se hallaba una relectura del pensamiento más provocador de finales del xix y de las propuestas del ensayismo francés sesentayochista.

En 1982, Félix Grande, quien había sido jefe de redacción durante muchos años, sucedió en la dirección a Maravall y realizó una amplia labor hasta 1996. Poeta y crítico, Grande vinculó de manera decisiva la revista al mundo latinoamericano, amparada ya de manera clara en un régimen de libertad que, aunque tolerado a veces en el tardofranquismo, no podía aún decir su nombre, es decir: ser abiertamente crítico. Mucho había cambiado el contexto en el que Cuadernos comenzó a editarse: ni España era ya la misma ni Europa y el mundo tampoco. Si en 1948 la actitud de la revista era claramente anticomunista, en 1967 vio cómo su jefe de redacción recibía en la Cuba castrista el Premio Casa de las Américas. A finales de los cuarenta y comienzos de los cincuenta, Ernesto Cardenal (como sus compañeros Martínez Rivas y Pablo Antonio Cuadra) confesaba un claro franquismo: durante la dirección de Félix Grande, Cardenal era filocomunista, aunque seguía siendo tan antinorteamericano como en su juventud. En 1982, año en que deja Maravall la dirección, gana las elecciones el Partido Socialista Obrero Español, con Felipe González a la cabeza, que contó con las simpatías del autor de Estudios de historia del pensamiento español. En otro aspecto, el mundo editorial de los años ochenta nada tiene que ver con el de los cuarenta y cincuenta, pobre y regido por una censura vigilante. La España democrática se ha convertido en el centro editor de la lengua, con una buena parte de la producción en Barcelona, y la mayoría de los novelistas y ensayistas hispanoamericanos buscan la difusión que les proporciona la emergente industria editorial, vinculada, por otro lado, a la más amplia europea. Y junto a este mundo editorial, el de las revistas.

En sus dos primeras décadas, Cuadernos, como Ínsula, fueron revistas centrales a las que una gran parte de los escritores consagrados y de los nuevos literatos se acercaban y tenían como espacio de referencia, aunque muchos exiliados se miraran, comprensiblemente, en las ejemplares páginas de la argentina Sur, dirigida por Victoria Ocampo, y con un jefe de redacción excepcional, el escritor José Bianco; Las Moradas, dirigida por el poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, y Orígenes, dirigida por Lezama Lima y José Rodríguez Feo. Desde comienzo de los setenta el espacio literario español era compartido con multitud de revistas, tales como Revista de Occidente, en su nueva etapa, Papeles de Son Armadans (1956-1979), Camp de l’Arpa, Quimera, La Estafeta Literaria, Cuadernos para el Diálogo, Índice, Triunfo y muchas otras que no arrastraban un pasado que, sin ser deshonroso, no podía ocultar su vínculo con la España que había ganado la guerra. Por otro lado, son los años en América de revistas como Plural y Vuelta (1971-1976 y 1976-1998, respectivamente), ambas mexicanas, dos rostros de una misma aventura literaria e intelectual dirigida por Octavio Paz.

Si miramos los números monográficos de Cuadernos, será fácil observar que la presencia (una presencia notable) de escritores hispanoamericanos en ellos es tardía. De hecho, la mayor incorporación se produce bajo la dirección de Félix Grande, llegando a producir una suerte de alternancia, como la que observamos en los premios Cervantes, salvo que, en esta ocasión, cuando se le dedicó un grueso monográfico a Borges, no fue necesario que lo compartiera.

Ya más cercanos al final de siglo, en 1996, y tras un suceso cuyas vicisitudes nos llevaría demasiado tiempo, toma la dirección Blas Matamoro, escritor argentino que había sido jefe de redacción desde 1979 y subdirector desde 1990, es decir, que conoció la etapa de Maravall y trabajó con Félix Grande en la totalidad de su periodo como director. Blas Matamoro tiene la peculiaridad de ser el primer director hispanoamericano de la revista. De formación múltiple que abarca la filosofía y la crítica literaria, la narración, la traducción, la musicología y la biografía, es autor de una amplia y erudita obra en la que la diversidad no excluye los caminos propios. Como los últimos años me tocan demasiado cerca, me abstendré de juzgarlos, pero adelantaré una somera descripción de un material que, como todo lo anterior, necesitaría muchas páginas que, lamentablemente, aún no se han llevado a cabo.

Creo que en la etapa de Blas Matamoro, que concluye en diciembre de 2005, la revista acentuó la curiosidad por las literaturas extranjeras y por disciplinas sociales que no habían merecido la atención necesaria. Algo que se planteó la dirección de la revista es que había que reinventarla, enraizarla nuevamente en el contexto de la literatura mundial, y, así, mostrar que el meollo imaginativo y reflexivo de nuestra lengua tiene sentido si está relacionado con el resto de la producción literaria. No es que, al aislar una gran obra (digamos que la producida con la novelística del boom), ésta desaparezca, pero sí se empobrece y, en esa medida, se oculta sensiblemente o se desvirtúa. Gracias a la nueva estructuración de la revista, que se abría en cada número con un dosier que ocupaba una tercera parte de su contenido, el número de temas tratados con cierta amplitud aumentó de forma considerable. Sólo una pequeña enumeración de algunos de ellos podrá dar una idea de lo que trato de decirles. Desde 1996 se dedicaron dosieres a los temas y autores siguiente (y cito intencionadamente sin mucho orden): Vicente Aleixandre, Marcel Proust, la crítica de arte en nuestros días, Josep Pla, José Bianco, Alfonso Reyes, Alejandro Rossi, el libro español, entendido en su aspecto sociológico, Stéphane Mallarmé (antología de su correspondencia), aspectos del psicoanálisis, el 98 visto desde América, las bibliotecas públicas, escritores en Barcelona, William Blake, Eça de Queiroz, Juan Benet, José Ángel Valente, aspectos de la cultura venezolana, brasileña, cubana, gallega, catalana, los problemas conceptuales de la inteligencia artificial y, en fin, un panorama de las revistas culturales en español, el tema que hoy, centrados en Cuadernos, nos ocupa. En ocasiones, esos pequeños monográficos, de unas sesenta páginas de la revista, consisten en la recuperación de textos del propio autor, como fueron los casos, por poner sólo dos ejemplos, del dedicado a José Bianco, en el que recuperamos, en dos ocasiones, artículos y ensayos, no retomados en libros o aún inéditos, dedicados a las literaturas francesa, inglesa y latinoamericana, y, el otro caso, Mallarmé, del que publicamos un conjunto de cartas literarias aún inéditas en español. En otras ocasiones hemos mezclado la recuperación con el estudio, como el de Machado de Assis, el gran novelista brasileño del siglo xix y, probablemente, el mayor en su siglo de Iberoamérica.