Desde enero de 1990 trabajé con Félix Grande (1937-2014) y Blas Matamoro (también con otras personas de la redacción, como María Antonia Jiménez y Maximiliano Jurado), y especialmente con Blas conversé a diario no sólo sobre los contenidos mensuales de la revista, sino sobre muchos asuntos literarios, filosóficos y políticos, algo que me ayudó a desbrozar mi propio camino. En cuanto a Félix, era poeta y, en cierto sentido, un personaje, un espíritu a un tiempo sensible y generoso, tan resuelto como inseguro. Le debo, entre otras cosas, mi entrada en Cuadernos.

Tras la jubilación de Blas Matamoro fue nombrado un novelista, Benjamín Prado, que se ocupó de la revista durante cinco años, y cuyo signo más destacable quizás sea el de sumar a numerosos jóvenes y articularla, en parte, con criterios cercanos a la prensa diaria: pequeños textos, muy de actualidad. La novedad y el azar. Por otro lado, limitó la atención a la producción iberoamericana.

Desde julio de 2012 me cupo el honor, tras muchos años como jefe de redacción, de dirigir Cuadernos Hispanoamericanos y mi interés central ha consistido en incidir en su naturaleza de puente entre las distintas literaturas dentro de nuestra lengua, inserta ésta en el contexto de la cultura universal. A su vez, procuro que su producción rote sobre algo que quisiera haber aprendido de un gran escritor mexicano, Octavio Paz: el pensamiento crítico. El que se revisa a sí mismo y, finalmente, se resuelve en creación.

En resumen: una revista que, con este número 812, de febrero de 2018, cumple setenta años de edición ininterrumpida, que nació a nueve años después de acabada la Guerra Civil y a tres años del final de la Segunda Guerra Mundial, es decir, cuando las esperanzas del eje ya habían sido abatidas y España se encontraba aislada, muy empobrecida y con buena parte de los intelectuales hispanoamericanos —comprensiblemente— en contra del Estado. Por otro lado, había un número muy alto de exiliados que trataron de mantener publicaciones e instituciones culturales en diversos países hispanoamericanos, con una actitud crítica y al mismo tiempo de agrupación y subsistencia de una identidad política. En ese contexto, Cuadernos era una revista con directores ilustrados, pertenecientes al bando de los vencedores en la guerra, pero cercanos al falangismo e, inmediatamente, a un cierto liberalismo de corte cristiano, europeo, culto y conservador. Después del año 1956, que es la bisagra que los universitarios pusieron en la historia del franquismo para abrir una ventana que ya no se cerró, la revista comienza cada vez más y más a introducir colaboraciones de escritores nada afectos al régimen, tanto españoles como hispanoamericanos. En fin, tras la muerte de Franco y el inicio de la Transición, la revista, siguiendo un curso de cierta independencia de criterios dentro de un organismo estatal, se movió como el resto de las revistas españolas, aunque con una feliz competencia que durante muchos años no había conocido.

Cuadernos Hispanoamericanos es una publicación de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), una revista que está en casi todos los departamentos de español del mundo. Cada número aparece en nuestra página web, alcanzando una difusión que llega a los veinte mil lectores mensuales. Las revistas en papel han disminuido en los últimos años, pero su presencia digital, con distintos formatos, se ha multiplicado hasta el punto de que podemos hablar de una verdadera selva de las letras en la red.

El propósito de Cuadernos es y ha sido el desarrollo de criterios y la propuesta de información para ofrecer, desde el amor a la literatura y al pensamiento, obras que quieren perdurar en la memoria y en el tiempo, que suponen una búsqueda de la excelencia. Las revistas nos permiten alternar, ya lo dije al principio, nos permiten ser otros y ser con los otros, y en este sentido son un espacio político: una plaza favorable de la ciudad.

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