Marta Sanz
Los íntimos
Anagrama
504 páginas
POR CARMEN G. DE LA CUEVA

Marta Sanz (Madrid, 1967) es una escritora que se piensa pensando como si fuera uno de sus personajes, como Valeria Falcón en Farándula que se «piensa pensando y puede que ése haya sido mi gran problema». En Los íntimos (Memoria del pan y las rosas) (Anagrama, 2024) Sanz escribe sobre las cosas que le pasan en el mundillo cultural y sobre cómo se piensa pensando sobre ellas. Exactamente igual que Valeria: convulsivamente. Decir que se piensa pensando es como decir que se piensa escribiendo, si los libros se escriben para entender algo o para salir de algo —«amor, enfermedad, miedo, desdichas infraestructurales o neuróticas»—, Los íntimos va algo más allá, su autora parece poseída por una escritora, otra, que, dejando de lado la mesura y la vergüenza, se dedica a saldar ciertas cuentas pendientes: «Soy una escritora, en medio de la selva, que se abre camino entre la vegetación con un machetito mellado».

El propósito es noble: a partir de la experiencia propia como escritora desde sus inicios cuando publicó El frío en 1995 y hasta el presente, Marta Sanz aborda los problemas y dificultades como escritora en un mundo selvático, marcado por el mercado. Quiere escribir al descubierto, poniendo sobre la página todos sus temores, envidias, insatisfacciones y dudas, dejando hablar a la impostora interior: «¡Malagradecida! ¡Llorona! ¡Pesada! ¡Engreída! ¡Chula! ¡Pejiguera! ¡Graciosilla! ¡Fea!».

En Los íntimos, la autora vuelve a interpelar al lector con una voz híbrida entre la autobiografía y el ensayo, tan propia de ella, una voz que mezcla con naturalidad y destreza los dolores y malestares personales y políticos como ya hizo en La lección de anatomía (RBA, 2008, Anagrama, 2014), en Clavícula (Anagrama, 2017) o en Monstruas y centauras (Anagrama, 2018). Quizá en este libro la voz resulte más irritante y maliciosa que en los otros, salvo en los momentos en que el inventario de agravios deja hueco para agradecer la compañía en la cerrazón selvática: cuando cuenta cómo vivió una feria de Frankfurt con Pilar Adón a la que acababa de morírsele su padre —este fragmento recordaba a la complicidad que mostraba con su amiga Elvira en Monstruas y centauras cuando cogidas del brazo recorrieron las calles de Madrid en el mítico 8M de 2018—, las cenas compartidas con Isaac Rosa y sus hijas en su casa, todas las autoras y mujeres a las que nombra desde la admiración, sus vaivenes emocionales con el editor y amigo Constantino Bértolo o los momentos que dedica a hablar sobre su abuelo mecánico y melómano.

Lo que más incomoda de Los íntimos es la autoparodia constante, como si un visillo cubriera de alguna manera lo doloroso, lo hostil, lo grotesco de hacerse escritora, de ser escritora, viniendo de donde se viene en un mundo que te cuestiona tanto por la clase como por el género, es decir, como si no quisiera contarlo todo y por eso hablara de sí misma con cierta ironía, con una verborrea narrativa que te deja exhausta aunque tenga visos de genialidad. Ella misma sale de detrás de los visillos para mostrarse con claridad en un momento del libro, en la «epifanía número N»: «Escribir sobre la vida literaria desde la ficción irónica, poniéndose la túnica de oficiante externo de la palabra escrita, implica adoptar una posición superior. Rodar desde arriba los acontecimientos. Separarse de la secuencia. Extirparse del plano. Como si el asunto en el que andas metida —embarrada, enfangada, emporcada, feliz como una niña con los dedos pegajosos de algodón de azúcar— fuera con los demás, pero no contigo».

Al principio de Los íntimos, llega a confesar que, cuando escribió La lección de anatomía, le daba vergüenza escribir sobre ser escritora, le «daba miedo el expresivo chismorreo literario. Carecía de relevancia para contar el vínculo entre economía y retórica». Esa escritora de 2008 ya no existe como tal, la Marta Sanz de ahora es una escritora con mucha menos vergüenza, pero sigue faltando en este último libro cierta intimidad, más detalle, más dolor y rabia, la fragilidad que mostró en Clavícula. Recuerdo con detalle la lectura de su ensayo No tan incendiario (Periférica, 2014), cuando Marta Sanz proponía «escribir textos que duelan. Frente a las visiones edulcoradas de la realidad, toda la literatura tendría que doler y alejarse de esas bonitas perspectivas irónicas que no son más que un tupido velo para tomar distancia y para separar “inteligentemente” los labios sin causar muchas molestias practicando el ejercicio de la corrección política. La autocensura. La actitud que garantiza un lugar en el mundo». Escribir sin autocensurarse.