POR MARÍA DE LOS ÁNGELES GONZÁLEZ BRIZ

«¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo

con que se afana debajo del sol?».

Eclesiastés, 1, 3

 

Un niño feo. Casi imposible imaginar, para alguien que haya conocido la persona o el personaje, que esa imagen fuera la elegida para la base sobre la cual trazar la posible biografía. Sin embargo, corresponde a la primera presentación que hace de sí mismo Fernando Díaz-Plaja (Barcelona, 1918-Montevideo, 2012) en El viaje de mi vida:

Melilla, 1922. Un niño feo y bizco llamado Fernandito [cuyas lógicas, pero ingenuas ocurrencias de hermano menor] producen gran hilaridad en el resto de la familia y se repetirá[n] a lo largo de [la] infancia. […] Esas «gracias» que, en su mayoría, divierten tanto a los parientes como aburren a los extraños. Algo así como las fotos o películas hechas en las excursiones que sólo aprecian los que figuran en ellas, a pesar del empeño de sus creadores para mostrarlas a todas sus visitas (1999, pp. 13 y 14).

 

La cita permite inferir, tal vez, uno de los propósitos implícitos en su obra: mantener la «gracia» y el protagonismo de niño mimado; poder hablar de sí mismo, de sus viajes y experiencias sin aburrir, transformando la mostración de lo propio en la producción de una curiosidad que la escritura a la vez satisface.

El lector añoso y con memoria recordará, sin embargo, a Fernando Díaz-Plaja (Barcelona, 1918-Montevideo, 2012) por la estampa elegante, atractiva y en cierta forma desenfadada, su figura de actor de cine, muy difundida por los medios masivos a partir del éxito rutilante de El español y los siete pecados capitales (1966) y todo lo que siguió a éste por dos buenas décadas. El detalle anecdótico elegido, que concentra los únicos episodios de la infancia, construidos o seleccionados de entre los relatos familiares con los que quizás alguna vez se identificó, resulta irónico a la luz de esa imagen pública para la que trabajó con ahínco, pero tal vez sea el reverso que, en el fondo, la explica.

Así culmina esa única evocación infantil, que corresponde a la radicación de la familia en Melilla, donde el padre había sido destinado como oficial del Ejército:

La población, hispana en su mayoría entre las tropas y servicio administrativo, no tenía demasiado contacto con los indígenas, excepto en el servicio doméstico. Nuestra criada se llamaba Aixa y cuando la invitábamos a volver con nosotros a la Península se asustaba. «No, no, los españoles cortar cabeza».

En vano intentaba Guillermo, mi hermano mayor, explicarle que tan españoles éramos nosotros como los que iba a encontrar en Madrid o Barcelona (1999, p. 14).

 

Un niño feo, el pequeño de la familia, creciendo con la mirada puesta en Guillermo, el mayor y admirado. Sin embargo, la apostura, el aspecto físico, el cuidado por agradar y agradarse aparecen como marcas constantes en entrevistas y en las referencias de vida, siempre intercaladas en sus libros de divulgación, en los relatos de viajes, en los anecdotarios de costumbres. Además de éstos, considerando su vastísima producción, se percibe con claridad otra vertiente: a la par de sus libros más conocidos y muy populares (El español y los siete pecados capitales llegó al millón de ejemplares vendidos), trabajó empeñosa y metódicamente el historiador de la vida política y de las costumbres.[i] Pero estaba advertido acerca del precio que suponía el doble juego, y que la figura deportiva y cuidada punteaba en contra del prestigio serio y aun de las posibilidades académicas, al menos dentro de España, en los años sesenta y setenta: «El erudito tiene que ser bajo, con gafas de concha, y tanto más insignificante como hombre cuanto más importante en la ciencia» (1975, p. 22). La cita también pone de relieve los ideales que estimaba y lo que hacía, en su opinión, a un hombre no «insignificante». Si bien declara que su altura y su voz sonora le granjearon a menudo la animadversión y la envidia, y contribuyeron a forjar el prejuicio de su pedantería, no deja de ser ambivalente la forma en que supone que los otros lo perciben a primera vista, según declara en Mis pecados capitales: «¿Quién es ése que viene avasallando?» (1975, p. 21).

 

LOS DÍAZ-PLAJA
En un severo balance que hace José-Carlos Mainer de la trayectoria de Guillermo Díaz-Plaja (1909-1984), señala que «en 1941 había instado expediente de notoriedad para fundir en uno solo sus dos apellidos y configurar de esa manera su muy eufónico nom de plume» (2003, p. 17). Guillermo fue el mayor de una familia de cinco hermanos que dio tres escritores. En medio de los varones, crecieron Mercedes, Pilar y Aurora, esta última periodista, narradora y reconocida bibliotecóloga. No hay noticias de anteriores intelectuales en la genealogía.

También afirma Mainer que «cuando acababa el decenio de los sesenta, Guillermo […] parecía estar en la cumbre de toda buena fortuna literaria»: poeta, miembro de la Real Academia, «autor de más de un centenar de libros, conferenciante reputadísimo, colaborador en la prensa de más tirada» (2003, p. 17). De modo que puede presumirse la conciencia y el propósito de Guillermo como fundador y cabeza de un linaje nuevo que el doble apellido consolidaría. En Latinoamérica y hasta aun bien pasada la fecha de su muerte, Guillermo fue, indudablemente, más conocido que Fernando: su obra crítica, publicada en editoriales españolas de mucha circulación o en sellos de Buenos Aires, era de inevitable consulta para los estudiantes de literatura, en especial, sus Historias, su Romanticismo, su Modernismo frente a Noventa y Ocho, su Azorín, su Valle-Inclán, su García Lorca.

Sólo a la distancia y prestando atención a ciertas semejanzas, puede revelarse el paralelismo entre la obra de los dos hermanos varones que, si no compitieron, lograron, mediante la estrategia de la diferenciación pública, que pasaran inadvertidas las enormes coincidencias. En general, el mayor fue considerado el profesor serio, al que se adjudica erudición, y al menor se le atribuye la frivolidad, el afán económico o el oportunismo comercial, el narcisismo y el juego —cuestión esta última que él señala respecto a la muy frecuente categorización suya como playboy en los medios masivos (1975, p. 23)—. La estrategia de autopromoción de Fernando, muy apoyada en sus imágenes fotográficas para la prensa masiva, contribuyó a esto.[ii]

Lo cierto es que, a fines de los sesenta, Fernando estaba, asimismo, en la «cumbre de toda buena fortuna»: gracias a un libro de éxito, había logrado la notoriedad y el dinero que le permitieron la elección de codearse con la nobleza y los artistas, llevar un tren de vida lujoso por un buen periodo —cruceros, viajes por el mundo, deportes exclusivos, autos descapotables, vivía en uno de los pisos más alto en el edificio más alto de Madrid—, además de publicar sin restricciones más de un título por año. Aunque eso no podía quitarle los antecedentes eruditos: once libros anteriores, varios de los cuales eran de historia duramente documental, así como otros de un género que llevó a su apogeo en España, la historia de las costumbres y las idiosincrasias, los anecdotarios, en los que conjugó la erudición con la afición a enterarse de las menudencias de la vida cotidiana,[iii] e incluso volúmenes de historia literaria organizada en base a sesgos temáticos y concebidos amenamente para un público amplio y no especializado. Antecedentes de los cuales resultan las más evidentes semejanzas entre los dos hermanos: la extraordinaria entrega al trabajo, la hiperproductividad, la capacidad para la escritura divulgativa, a la que en los dos casos se suma la abrumadora cantidad de lecturas rastreables en ficheros y clasificaciones, la inteligencia para la organización de mapas conceptuales y para extraer de esas lecturas conclusiones de una abstracción suficiente que permita superar la descripción de casos. Guillermo lo hace explícito cuando afirma que la principal virtud que ha de tener la crítica literaria —una de sus especialidades— es «la capacidad de síntesis;[iv] ya que ninguna labor podrá realizar aquel que, como el singular erudito que satirizó Anatole France, corre siempre el riesgo de morir asfixiado bajo el peso de sus propias fichas. Sólo el edificador de esquemas es capaz de transmitirlos a los demás» (1968).