(DI)SIMULAR LA REALIDAD

Rumores, leyendas, mitos que se disparan todavía más en el momento en que la policía entra en el escenario, a través de diferentes medidas como, por ejemplo, la de custodiar la entrada del Hospital General. La hibridación del silencio con la censura, del ocultismo con la desinformación, va generando un espacio cada vez más enrarecido, descorazonador, intimidante y peligroso. Cualquier atisbo de información que desalentase y perturbase el estado de ánimo social debía ser atajado de inmediato, sí, pero a nadie le resultaba ajeno lo que efectivamente sucedía. Se produce, en consecuencia, un choque discursivo entre el planteamiento oficial que oculta y el extraoficial que se mueve por el deseo y la curiosidad de saber. Todo ello provoca el acenso paulatino del malestar social, un malestar que, a medida que vayan creciendo los casos, irá aumentando hasta el punto de llegar a ciertos límites de insostenibilidad. Será entonces cuando se hará inviable mantener aquel simulacro de normalidad y, en diciembre, coincidiendo con los primeros devaneos navideños, se comunicará oficialmente los sucesos que están asediando a la ciudad. Aquí es donde entramos en una segunda fase de la anomalía en la que, concretamente, esta se anuncia y se presenta al público. Cabe apuntar que, en este instante, la transmisión de la información se realiza con cautela, sin alarmismos, dosificada, apuntando siempre a la provisionalidad del fenómeno, así como designando por primera vez a los convalecientes de la enfermedad como exánimes. Importante es este último punto ya que a través de aquella denominación se presenta a la ciudadanía una situación que, verdaderamente, no es una anomalía, sino una circunstancia que ya tiene ciertos visos de ser domesticada. Cuando se puede nombrar algo es porque ya hay dominio sobre ello, como dirán Bergson, Adorno, Zweig, Michaux, Breton, Kertész, entre otros. Por ello, «lo desconocido debería ser presentado en sociedad de tal forma que los ciudadanos tuvieran, desde el inicio, la esperanza de que ya empezaba a ser conocido o de que pronto lo sería. La segura solución futura del enigma tenía que ser la condición previa de la formulación del enigma».[6]

Al hacer público el fenómeno, el poder nuevamente urge y exige la alianza con los medios de comunicación para presentar la provisionalidad y el control incipiente del fenómeno. La excepcionalidad debe ser presentada como provisoria y, por ello, las primeras decisiones gubernamentales se encaminan a mantener el equilibrio entre el no alarmismo, la circunstancialidad y el dominio prematuro de lo que acontece. Una de las medidas más destacadas es la creación de una comisión de tutela del Senado, cuyo objetivo es velar por la información, regulando los diferentes canales comunicativos. Más adelante, y con sutilidad, se ramificará en otras comisiones de vigilancia encaminadas al control del comportamiento y pensamiento de la sociedad. Sin embargo, el continuo goteo de exánimes provoca que las intenciones gubernamentales fuesen efectivamente cada vez más difíciles de sostener y, por esa razón, tras la comisión de tutela, el siguiente paso del gobierno será declarar el estado de crisis. Es evidente que con esta decisión se dibujan las primeras grietas en su autoridad así como en su prurito de mantener en pie el simulacro de excepcionalidad. La ciudadanía, por su parte, responde de forma pacífica, sin confrontaciones ni altercados a estas medidas y, además, sin entrar, en ningún momento, en estado de pánico alguno, aunque sí que es verdad que haya cierta desorientación e incredulidad comunitaria: ¿Por qué declararse el estado de crisis en una situación que, en mayor medida, era transitoria? De ahí que la incredulidad, a medida que la ciudadanía advierte que los nuevos casos no cesan de producirse, se va transformando poco a poco en suspicacia y desconfianza. Así «casi imperceptiblemente el ritmo interno de la ciudad se hizo más pausado y los ciudadanos se adiestraron en el gesto precavido. Se tanteaban entre sí, prefiriendo conocer la opinión del otro antes que aventurarse a exponer la propia. Reconociéndose bajo el acecho nadie podía ser ya completamente inocente».[7] Todo ello origina que la ciudad fuese dividiéndose en dos grandes facciones: por un lado, la que veía, entre las sombras de la censura y del engaño, la naturaleza catastrófica del fenómeno y, por el otro, la que no daba ninguna importancia a lo que acontecía o, a lo sumo, le otorgaba el estatuto de inverosimilitud.

La llegada de la Navidad, a su vez, también contribuye enormemente en impedir la irrupción de estados más peligrosos para la integridad comunitaria. Las fechas navideñas sirven de sedante ideal para anestesiar una ciudadanía inconscientemente cada vez más tensionada y polarizada. Amnesia necesaria, en cualquier caso, que conduce a la sociedad, por un lado, a rememorar la plenitud del pasado y, por el otro, rebajar la importancia de la anomalía. Pero de esta sedación, de este autoengaño, no concurrían los sanitarios de la ciudad, cada vez más atormentados por el desarrollo del fenómeno. Aldrey, desesperado, informa continuamente a Víctor de los fracasos de la psiquiatría para desgranar los resortes de la enfermedad. Nada ha mejorado desde el inicio. Más aún, la cosa va degenerándose hasta tal punto que incluso cataloga el papel de los servicios sanitarios de absolutamente irrelevante ya que, en realidad, no había nada que hacer, o tratar, con los enfermos del hospital y que, a su vez, su función, más que médica, en todo caso, se identificaba más con carcelaria, al estar encargado simplemente de garantizar la seguridad de los internados.

 

VIDA EN LA INTEMPERIE

Como era de esperar, después del analgésico navideño la desconfianza transmutó en miedo. Se inicia una tercera etapa de miedo a ser contagiado, miedo a ser esclavo de la anomalía, miedo a ser succionado por lo desconocido. Y es que «cuando se sintió que esos otros podían ser cada uno, hasta apresar a todos, la lejana sombra tomó el aspecto de un cielo negro y permanentemente encapotado. La igualdad en la amenaza llevó consigo la comunión del miedo. El sentimiento de que algo esencial había sido arrebatado, y de que en adelante habría que vivir con tal pérdida, introdujo la tiranía de lo inseguro y la nostalgia de lo irrecuperable».[8]  El terror sale de su hibernación y, con él, las conductas ahora sí se convierten en peligrosas. Agresividad e ira empezarán a circular por el espacio social en un primer momento de forma contenida tal y como lo prueba, por ejemplo, la respuesta de alivio y satisfacción de los familiares de los exánimes que entregaban a estos a las disposiciones hospitalarias. Además, en este momento, la enfermedad pasa a ser vista como un mal y, como tal, es un estigma con el que nadie quiere involucrarse. A su vez, esta lacra hace que la vigilancia entre ciudadanos sea cada vez más acechante y asfixiante. Las delaciones a las autoridades pertinentes se van haciendo poco a poco más numerosas, y las fricciones aumentan a medida que lo hace la inseguridad. Como puede deducirse, la desconfianza y el miedo van implementándose en el alma de la sociedad hasta el punto de que la vida social cesa definitivamente, a excepción de los movimientos estrictamente necesarios (es decir, para trabajar y obtener bienes básicos).

Ante esta situación, o para agravarla todavía más si cabe, depende de cómo se mire, las autoridades continúan con su plan de legislación. Ahora bien, en este momento ya no habrá decoro, pudor y provisionalidad en las medidas, sino que su actuación será asertiva, rotunda, severa. El poder continúa, por consiguiente, en su peculiar movimiento autodestructivo ya que ante las primeras desviaciones ciudadanas opta por el autoritarismo y la censura, alejándose de métodos alternativos de gestión de la problemática como concienciar a la ciudadanía de sus responsabilidades o informar verazmente de lo que acontece, etcétera. La censura opaca cada vez más lo que sucede en el seno de la ciudad y eso hace que la población se tensione todavía más ante esas actitudes tiranas y desconcertantes del gobierno. Prueba de este hecho está en que se podía hablar y notificar de todos los sucesos que se producían extramuros de la ciudad, pero, por el contrario, cualquier acontecimiento interno de la misma debía silenciarse implacablemente. Como mucho podía hablarse del pasado de la ciudad, de sucesos acaecidos antes de que se iniciase la maldición, pero del presente sólo podía hablar el silencio.

El vacío en las calles, la censura y el merodeo constante de la policía por las calles, provoca que la fantasía del ciudadano se dispare cada vez más, imaginando planes secretos, y algo descabellados, contra su bienestar, hasta dibujar finalmente una guerra secreta que se libraba contra un enemigo invisible, abstracto, pero aterrador. Hay una batalla invisible contra una entidad imperceptible en la que cada miembro de la comunidad es cómplice involuntario así como espectador inconsciente de la misma. Además, junto con este dominio de la fantasía, los rumores y las presuposiciones se erigen ahora en la fuente de información principal y con mayor fiabilidad. La comunicación oficial deja de tener validez en beneficio de leyendas e historias más o menos ficcionales que se relataban en rellanos, supermercados, tiendas o lugares de trabajo.

Mientras tanto, la enfermedad, el mal mejor dicho, continúa su curso expandiéndose con una virulencia desalentadora para las autoridades políticas y sanitarias. Tanto es el incremento que se destinaron aulas de colegios, institutos y universidades para poder cobijar los excedentes hospitalarios. A su vez, la incomprensión y la ignorancia siguen definiendo la situación. No hay ninguna mejora en la investigación de la anomalía. Los exánimes sufrían una dolencia, extraña, paradójica, absurda, pero completamente desconocida, «aquel era un dolor refinado. Se participaba en su seno, sin alardes ni ostentaciones. No permitía la brillantez del desgarro ni la grandeza de la resistencia. Ni siquiera, combatido, dejaba vislumbrar el valor de una actitud o la dignidad de una conducta. Arrasaba, por el contrario, con brutalidad igualitaria, hundiendo a sus elegidos en un pantano de inanición».[9] Casi ningún movimiento, a excepción de ligeros tambaleos, deslizamientos errantes y lentos ademanes. Un aspecto relevante en este momento es que se opta por estigmatizar todavía más si cabe a los convalecientes, de ahí que se les rape la cabeza, por un lado, alegando razones higiénicas y funcionales, y, por el otro, se les uniforme con un vestido marrón oscuro. Hay que señalar, remarcar y segregar a los malditos al ser la encarnación del mal. Ya no eran enfermos, confirmando lo apuntado anteriormente por Aldrey, sino presidiarios, reclusos de un sistema que se veía trastocado por su simple presencia. Ahora bien, ante esta tesitura, la ética abandona el escenario y la compasión se esconde en un lugar oscuro e impenetrable en el alma de sus conciudadanos. Los exánimes no despiertan ningún tipo de empatía, compasión o vínculo emocional, sino que, por el contrario, lo único que generan es malestar y rechazo. Es necesario desprenderse de esos elementos abyectos que perturban el bienestar social. Obviamente que existe un egoísmo y narcicismo comunitario, que les impide ver más allá de sus preocupaciones, y la ética se derrumba con la misma velocidad en que lo hace el incremento de los portadores de la desdicha.

Poco a poco, la ciudad va entrando en una especie de entropía peligrosa en la que nadie salía de ella ni tampoco la visitaba (salvo aquellos que lo hacían para ejercer las actividades imprescindibles). Entramos así en una cuarta etapa. Progresivamente, el estigma pasa de la individualidad a afectar a toda la comunidad, a ojos del mundo exterior. La marca del mal ya no es sólo propiedad de los pobres exánimes, sino que la ciudad ha absorbido gran parte de aquel sortilegio, en una simbiosis perversa, difundiendo al exterior una imagen de territorio embrujado, maldito, sitiado por una maldición desconocida pero totalmente efectiva y destructora para aquellos que la pisan y conviven en ella. No obstante, lo verdaderamente sorprendente es el movimiento contrario. Es decir, es desconcertante percibir como nadie sale de la ciudad, que ningún residente considerase su huida, como si estuviesen retenidos por algo desconocido (tal y como lo muestra varias veces Víctor, por ejemplo, en su imposibilidad de escaparse del atolladero y de sentir la necesidad de permanecer anclado en él realizando su crónica de los exánimes). Nada les somete a permanecer ahí, podían escaparse a cualquier otro paradero que les librase de la locura pero, lejos de ser así, algo misterioso, una fuerza enigmática les imanta en el territorio. Ante esta situación entrópica, la ciudad poco a poco se va transformando en una fortaleza, una ciudadela en la que nadie entra ni sale, y donde, a más a más, en sus calles, parques, espacios se manifiestan los primeros indicios de degeneración.

En el interior de la fortaleza todo transcurría entre la oscuridad de la rutina y los relámpagos de la agitación. La vida, estrechando su silueta, se había hecho mínima, elemental, una sombra de su significado. Las normas excepcionales, con las que se había tratado de contener la situación excepcional, la habían despojado de ornamentos, mostrándola en su seca desnudez. Acabado abruptamente el banquete el convidado, antes seguro de su suerte, se había visto transformado en un harapiento mendigo al que correspondía alimentarle con las migajas.[10]

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